Casa de la cisterna 1917-1923



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OLIMPIADA DE BUENOS AIRES

El ajedrez argentino ha tenido un desarrollo que –por su nivel- destaca claramente por sobre el resto de Sudamérica. Según el historiador José Pérez Mendoza, la práctica del juego comienza alrededor de 1852 en el Club del Progreso donde se reunía la clase culta porteña. Dice el mismo cronista que algo más tarde un grupo de aficionados se juntaba a jugar después de “la misa de una en la Catedral” en una casa situada en Rivadavia entre San Martín y Florida. Con el paso de los años comienza a jugarse en los cafés Katuranga y Lloveras, adonde el “ruso” Máximo Abramhson daba clases de teoría a quienes llegaron a ser los mejores jugadores argentinos de principios de siglo, como Benito Villegas y Eugenio Zamudio. A ellos se atribuye la fundación del Círculo de Ajedrez de Buenos Aires que -a pesar de no tener una sede fija- organizó los primeros torneos nacionales donde descollaron, entre otros, los maestros Miguel Àngel Nelly y Julio Lynch.

En 1905 y con el objetivo de divulgar el ajedrez de manera más eficiente se funda el Club Argentino de Ajedrez y a partir de entonces su práctica se generaliza. Un hecho muy sugerente es que en 1913 se incorpora a la enseñanza regular en colegios de la Capital Federal y se juega incluso en los ferrocarriles, cuyos vagones comedor tenían juegos para entretenimiento de los viajeros. En 1910 llega el campeón del mundo, Dr. Emmanuel Lasker, y más tarde lo hace en dos oportunidades José Raúl Capablanca. Otro hecho decisivo es la contratación en 1922 de Roberto Grau como periodista de ajedrez del diario La Nación donde tiene a su cargo “Frente al Tablero”, una columna dedicada completamente al tema. Durante muchos años, Grau lideraría la actividad ajedrecística trasandina convirtiéndose en un precursor clave de su época de esplendor a partir del fin de la segunda guerra mundial.

La influencia argentina en el desarrollo del ajedrez en Chile ha sido trascendental y se ha cristalizado en constantes encuentros presenciales o a distancia y la visita a nuestro país de grandes figuras como Guimard, Bolbochán y Pilnik. Por su parte, numerosos ajedrecistas chilenos han participado en el Torneo de Mar de Plata que –tras un humilde comienzo- se convirtió en una de las citas más renombradas del concierto ajedrecístico internacional. Como dato anecdótico, la primera confrontación entre chilenos y argentinos fue un match por correspondencia que comenzó el 12 de octubre de 1902 y se prolongó hasta mayo de 1903. ¡Sí que había tiempo en esos años! El equipo chileno estuvo formado por P. Duclos, Santiago Letelier, Oscar Gándara, Ezequiel Puelma y Roberto Rengifo. Los argentinos fueron Agustín Drago, Miguel Ángel Nelly, Alberto Palacios y Benito Villegas. Posteriormente se sostuvieron varios encuentros telegráficos en uno de lo cuales dimos la sorpresa al derrotarlos.

Argentina tenía, pues, argumentos como para ser sede de la olimpíada24 de 1939 y lo consiguió tras una ardua lucha contra las postulaciones de Estados Unidos y Hungría, entre otros. Siempre comandada por Roberto Grau («Jugar al ajedrez es poner en marcha el cerebro en una actividad que recrea, pero que obliga a un proceso mental armónico y lógico»)- había participado en 4 de las 7 olimpíadas anteriores quedando dos veces entre los cuatro mejores equipos del mundo.

En esta ocasión, los argentinos se prepararon mejor que nunca. Reunieron a sus mejores exponentes y tuvieron como entrenador nada menos que al campeón mundial Alexander Alekhine, quien a veces jugaba pimpón contra nosotros. Debo señalar que Alekhine siempre fue muy amable conmigo y creo que con toda la gente que le tocó alternar (salvo, por supuesto, con Capablanca). Era liviano y divertido para conversar. De hecho nos hicimos amigos inseparables en espíritu aunque yo estuviera en América y él en Europa, y en su libro “Gran Ajedrez”, publicó la partida que gané a Czerniak en una de las rondas iniciales. Pero en una ocasión -justamente en esas rondas de partidos rápidos- conocí el lado oscuro de su personalidad: Salas Romo le ganó 3 juegos seguidos y Alekine en una inesperada reacción se puso de pie dando vuelta de paso el tablero:

- ¡Esto no es verdad!, gritó, ¡yo soy el campeon del mundo!-

Valga decir que un día más tarde parecía no recordar el incidente y se mostraba tan jovial como de costumbre.


En la organización de la olimpíada los argentinos –y particularmente uno de ellos- se esmeraron al punto de dar todo de sí por el éxito. Con muchos meses de antelación, Roberto Grau comprometió a las empresas patrocinantes. Sin embargo, llegado el momento de los quiubos muchas de ellas se retractaron y todo el plan estuvo a punto de sucumbir. Fue necesario que Grau apelara a la conciencia ciudadana organizando campañas de ayuda que al fin prendieron en el alma nacional y lograron salvarlo. El evento se realizó en el Teatro Politeama de Buenos Aires, tradicional referente de los bailes de carnaval y en el que alguna vez actuaron figuras como Enrique Guastavino, Vicente Martínez y Gregorio de Laferrère. En su imponente hall se instalaron tableros gigantes y comentaristas para el público que día tras día repletó la sala. A mí el ambiente de torneo logró impactarme al punto de hacerme comprender por qué para algunos jóvenes el ajedrez puede llegar a ser la cosa más importante de sus vidas.

Chile fue invitado con pocos meses de antelación, y para formar el equipo se trató de hacer un torneo por eliminación entre todos los jugadores, pero el intentó falló porque los citados estaban absortos en sus ocupaciones, y se optó entonces por llamar a los mejor rankeados del momento, que eran Castillo, Flores, Letelier, Salas y Reed. En la clasificatoria jugamos con Latvia (que ganó el grupo), Alemania (que terminó campeón), Francia, Bulgaria, Uruguay y Bolivia, y rematamos –sorpresivamente- terceros alcanzando así la serie de honor junto a otros quince equipos25. En la ronda final –por la Copa Hamilton Russel- nuestra actuación fue más discreta pero salvamos el honor.

El torneo, no obstante, hubo de superar una segunda crisis, de la que nuevamente los argentinos comandados por el incansable Roberto Grau lograron sacarlo: cuando empezó la ronda final, la Segunda Guerra Mundial acababa e declararse en Europa y varios equipos debieron enfrentarse en el tablero mientras sus respectivos compatriotas se mataban en el campo de batalla. Algunos competidores quisieron regresar de inmediato pero la habilidad de los dirigentes evitó el desbande. Al final sólo el equipo inglés retornó de inmediato (su lugar en las finales quedó sin llenar). Pero varios encuentros -debido a la multitud de sentimientos encontrados que provocó el conflicto- no fueron jugados a pesar de estar presentes las respectivas delegaciones y tras tensas negociaciones en las que los ecos de la guerra marcaron un ominoso mar de fondo, se computaron como empatados.

Un recuerdo imborrable para mí fue la presencia de Mendel26 Najdorf en la delegación polaca y la partida que jugamos en la tercera ronda de la final. Yo había salvado ya algunos escollos importantes y en la rueda anterior había hecho tablas con el gran Capablanca, por lo que mi orgullo rebosaba. Najdorf, joven, delgado, mas bien bajo, llegó al partido con un aire taciturno y un periódico enrollado que dejó junto al tablero. Miré disimuladamente el titular y me enteré del reciente bombardeo de los alemanes sobre Varsovia, la ciudad natal de mi contrincante. En la partida misma –así como en su actitud fuera de ella- no manifestó ninguna excitación, sólo me destrozó sin piedad.

Con posterioridad, Najdorf hizo enormes esfuerzos por comunicarse con alguien en Polonia hasta enterarse de que había perdido a toda su familia –una esposa y una hija- en la guerra. Nunca quiso regresar a la lejana Europa y optó en cambio por quedarse en Argentina país que lo acogió con los brazos abiertos. Se dedicó al ajedrez para ganarse la vida jugando, entrenando a futuros maestros y dando simultáneas a ciegas. Aún ostenta el récord mundial de esa especialidad al enfrentar a 45 tableros de los cuales ganó 43. Por otra parte es el único jugador sudamericano que ha alcanzado a disputar dos veces (1950 y 1953) el torneo de la Candidatura al Campeonato del Mundo.

En todo caso, y en parte gracias a la coincidencia del torneo y la guerra, comienza ahí la mejor época del ajedrez argentino. Con la radicación en el país de varios grandes europeos como Eliskases y el propio Najdorf, surge una camada de figuras descollantes. Hay que agregar que Argentina ya tenía a Pilnik, que habiendo pasado su niñez en Alemania estaba radicado en el país desde los 16 años, y a otros como Guimard, Rossetto y Sanguinetti, por no hablar de ese joven prodigio de nombre Oscar Panno que aparece en los comienzos de los 50 para convertirse -por varias décadas- en el amo los tableros trasandinos.

Por mi parte, aunque en todas las justas ajedrecísticas que sostuvimos luché denodadamente por el triunfo de mi equipo, tuve y tengo con los argentinos una relación de amistad que rebasa lo meramente ajedrecístico. Me he sentido siempre a gusto compartiendo con ellos una conversación amistosa lo cual radica en parte en su tonada al hablar que resalta la última sílaba de cada sentencia, como preguntando “entendés lo que estoy diciendo ¿no?” (y que algunos chilenos consideran una impertinencia). Para mí es una manera eficaz de mantener vivo el interés del interlocutor. Entre mis amigos de ese país, que fueron muchos, haré mención de tres de ellos:

Herman Pilnik nació en Aregentina27 en 1914, emigrando posteriormente junto a su familia a Alemania, país del cual retornó años más tarde. En Argentina fue tres veces campeón nacional y permanente animador de los Torneos de Mar del Plata. Gran Maestro en 1952, ganó los Torneos de Bewerwijk en 1951, Viena en 1951/52, y Stuttgart 1954. En 1956 fue candidato28 al título mundial. Asiduo admirador del sexo opuesto se lo solía ver por las calles de Buenos Aires y Mar del Plata con su elegante vestimenta y sus largos cabellos rubios, acompañado de hermosas mujeres. Era simpático y entrador. Viajó mucho (dicen las malas lenguas que el motivo de cada uno de sus traslados fue una deuda insoluta). Se instaló temporalmente en Chile en 1962 -donde contrajo matrimonio- y permaneció en nuestro país hasta 1971. Compartió conmigo su ajedrez vigoroso, y en vísperas de la definición del Zonal de Sao Paulo jugamos un match de entrenamiento en el que me venció estrechamente. Participó tres veces en el Campeonato de Chile y aunque tenía argumentos más que suficientes para coronarse campeón, nunca pudo conseguirlo. Después voló a enseñar ajedrez a la Academia Militar de Caracas. Cuando lo acompañé al aeropuerto me dijo que había descubierto un método infalible para ganar en ajedrez, y que muy pronto me haría saber la fórmula. Pero falleció en 1981 sin haberla revelado. A pesar de que lo había perdido de vista por varios años, la noticia de su muerte me dejó un vacío difícil de llenar.

Jacobo Bolbochán, procedente de Azul, estudió en el Colegio Nacional Puygrredón y se trasladó a Buenos Aires en 1924, cuando tenía 18 años. En 1926, cuando se presentó al Círculo Argentino de Ajedrez -donde ya jugaban monstruos como Roberto Grau, Luis Palau e Isaías Pleci- sus conocimientos del juego ciencia se fundaban casi exclusivamente en los comentarios acerca del torneo de Nueva York que leía en los diarios. Pero ya en 1930 se adjudicó el torneo de “Bodas de Plata” del Club Argentino, donde compartió el primer lugar con el platense Carlos Hugo Maderna, delante de Grau, Villegas, Palau, Portela, Fenoglio, Falcón e Ibañez. Fue campeón argentino en 1931 y 32 y se mostró humilde en el éxito (cosa rara entre los ajedrecistas e inédita entre los ajedrecistas argentinos). Su comentario fue “Este match con Pleci me ha convencido de que aún tengo mucho que aprender”. En Buenos Aires se solía decir: “Cuando Bolbochán sacrifica una pieza, no mires el tablero, firma la planilla”. Fue representante olímpico en Varsovia en 1935, Estocolmo 1937 y Buenos Aires 1939, ciudad donde falleció en 1984, siendo Maestro Internacional.

Carlos Guimard, por su parte, nació en Santiago del Estero. Fue Campeón de Argentina venciendo a Roberto Grau y tuvo numerosos éxitos internacionales. Además, de jugar ajedrez fue periodista, dirigente y organizador de torneos. Su juego vigoroso era clásico en su estilo. Fue el creador de una variante que lleva su nombre: 1.e4 e6 2.d4 d5 3.Cd2 Cc6!? En un reportaje que le hicieron sintetizó el profundo análisis que subyace tras esta última jugada con el comentario “Sólo sé que tengo que atacar el peón de d4”. Era muy amigo de Grau y de Najdorf y nos visitó en Santiago varias veces. Fue en todo momento un muy buen camarada nuestro. Me parece que aún vive.


Al final, la Copa Hamilton Russel, que otorga la Olimpíada de Ajedrez, fue ganada por los alemanes, debido -dicen algunos- a que casi nadie quiso jugar con ellos, y se aplicó el expediente del walk over. Pero los países del bando aliado se confabularon para que la copa no les fuera entregada y los germanos llegaron a su tierra con las manos vacías. Así y todo, fueron recibidos como héroes.

DUBROVNIK 1950

Después de la Olimpíada de Buenos Aires en 1939 –y a consecuencia de la segunda guerra mundial- todos los eventos deportivos internacionales sufrieron un largo receso ya que los gobiernos estaban más preocupados de levantarse de las cenizas que de hacer celebraciones. En lo personal, durante ese período se cimentó mi vocación por la ingeniería antisísmica. De hecho poco después del terremoto de Chillán trabé conocimiento con el profesor Julio Ibáñez, de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, quien –visionariamente- había montado un “laboratorio de temblores” y lanzado algunas teorías que me tocó analizar -y finalmente refutar- en el Boletín de la Universidad. Debo decir que aunque me preocupé de resaltar su aporte científico, al profesor Ibáñez el artículo no le hizo mucha gracia. Yo creo que en ciencia no existen avances que no se hayan construido sobre los fracasos de sus precursores.

En todo caso, a raíz de esa publicación y gracias a la intervención de mi amigo Raúl Sáez me invitaron a formar una comisión internacional –constituida por un representante de Japón, uno de de los Estados Unidos, uno de Francia29, y yo, que tenía por misión establecer una norma universal para la edificación antisísmica. Aunque nos reunimos varias veces en diferentes lugares del mundo, debido en parte a la diversidad de ondas telúricas en las distintas regiones y en parte a que la ciencia sísmica estaba entonces en un estado muy primitivo, la definición de esas normas se fue haciendo cada vez más lejana. Cuando expresé esa convicción me marginaron, y de hecho, el objetivo fue abandonado por utópico un tiempo después. Con todo –como en el caso del profesor Ibáñez- los avances logrados fueron una contribución al desarrollo de la construcción de edificios de altura y a la ingeniería antisísmica en general.

En el mundo del ajedrez, recién a fines de la década de los cuarenta se empezó a pensar en retomar la secuencia bianual de las olimpiadas (llamadas entonces Torneo de las Naciones), y en 1950, justo en la mitad del siglo, la ciudad elegida fue Dubrovnik, según muchos, la más bella del mundo.

Los yugoslavos se habían ganado el derecho a ser sede gracias a las brillantes participaciones internacionales de sus maestros Gligoric, Pirc y Trifunovic. Su éxito en Mar del Plata ese mismo año confirmó el poderío del equipo e hizo que para todas las delegaciones, fuesen “los rivales a vencer”. Holanda, que aspiraba seriamente al título estaba liderada por el ex Campeón del Mundo, Max Euwe. Argentina –que había guardado la copa Hamilton Russell durante el receso30- venía reforzada con Miguel Najdorf, por entonces el quinto jugador del mundo, además de Guimard, Bolbochán, Decio, Pilnik y Marini, los dos últimos como resevas. Estados Unidos traía a los grandes maestros Rechevski y Fine, junto a Evans y Steiner. Pero los yugoslavos hicieron las cosas bien y a la postre conquistaron el cetro. Claro: faltaba a la justa, por razones políticas, el ajedrez soviético, que en las ediciones siguientes de la Olimpíada marcaría un predominio neto sobre las otras naciones.

El equipo chileno, conformado por Mariano Castillo, Rodrigo Flores, René Letelier y Alejandro Maccioni, tuvo una actuación más que meritoria pues alcanzó el octavo lugar entre dieciséis, la mejor ubicación de nuestro país en olimpíadas. Recuerdo que partimos ganando 4-0 a Noruega, luego perdimos estrechamente frente a Holanda –destacando las tablas obtenidas por Castillo ante Euwe- y en la tercera ronda empatamos 2–2 con los anfitriones.

Era pleno verano y el aire quieto de las riveras del Adriático soportaba un tiempo inusualmente cálido. Yugoslavia estaba en plena época de Tito, el ex sindicalista que lideró a los partisanos contra el dominio nazi y aglutinó a seis heterogéneas repúblicas balcánicas para erigir una nación autogestionada y no alineada con ninguno de los bloques de la guerra fría. Tito era comunista pero se acercó a Estados Unidos como único recurso para oponerse a Stalin y reprimió duramente a los separatistas croatas y eslovenios. Consideraba que era inminente una invasión –que podía provenir tanto del este como del oeste, del exterior o del interior- de modo que sus fuerzas patrullaban constantemente el territorio, sus aviones informaban de cualquier movimiento sospechoso y –sabedor de la importancia que revisten las condiciones meteorológicas para un ataque- los puestos fronterizos sondeaban la atmósfera mediante aparatos que predecían el clima con varios días de anticipación.

En el interior, la dictadura coartaba los derechos fundamentales de sus ciudadanos mediante una policía civil ubicua y omnipotente. Los yugoslavos no podían circular con libertad ni conversar con “agentes occidentales” –que para el caso eran todos los extranjeros- sin exponerse a sanciones que iban desde multas expropiatorias y pérdida del empleo al encarcelamiento, la relegación, o la propia vida, de modo que al conversar ocasionalmente con algún raguso31 de la calle éste se tornaba hermético o miraba en todas direcciones para verificar que no había alguien observándolo. En las ciudades reinaba una calma tensa, en que los ciudadanos se espiaban entre sí y todos sospechaban de todos. No faltaron casos de denuncias entre vecinos y parientes cercanos, que culminaban con detenciones y juicios sumarios. Miles de hombres y mujeres huyeron del país, y muchos de ellos vinieron a América.

Tras huir de Tito, había anclado en nuestra capital Boran Ivelic, un ingeniero de la Endesa, croata de nacimiento con quien yo había conversado en un par de ocasiones. Era un tipo alto –como suelen ser los eslavos- y bastante parsimonioso, en cuya mirada creí ver una sombra de tristeza. Poco antes de que yo partiera a las olimpíadas se acercó a mí, para contarme en su inconfundible acento centroeuropeo su drama familiar y me dio un grueso sobre (supongo que contenía dólares además de la misiva) para su madre diciéndome que ella se encargaría de ubicarme en la ciudad de las fortalezas. En su voz había un tono de súplica y al despedirse me dijo algo a lo que en el momento no le encontré ningún sentido:

-Tenga cuidado.

Viéndolo en retrospectiva, creo que Ivelic estaba enterado o al menos sospechaba que la organización de Tito –que desde hace años había rebasado las fronteras de su país- por alguna razón le seguía los pasos, pues ya en Dubrovnik divisé varias veces, en el lobby del hotel Kompas, donde estábamos alojados, o bajo la mole granítica de la vereda medieval que circunda la emblemática Placa, al mismo individuo rubio de camisa parda. Al parecer, los hombres del régimen no se tomaban la molestia de pasar inadvertidos.
Dubrovnik no es la romántica Venecia pletórica de arabescos y hermosos balcones. Tampoco tiene cúpulas doradas ni escaleras de mármol de Carrara, sino una arquitectura brutal esculpida en moles de granito con troneras y castillos rústicos que cuelgan sobre el océano. Esas gigantescas murallas hoy convertidas en paseos han resistido por siglos el asedio de los guerreros venecianos y otomanos y el embate de los movimientos telúricos. Adentro, la Ciudad Vieja o Stari Grad, circundada por dos kilómetros de piedra, es atravesada por la Stradum, la única avenida, hacia la que converge una multitud de callejuelas angostas y retorcidas que de improviso dan paso a una plaza íntima, a un lugar de terrazas espaciosas o al pie de la colina que domina la rada. Esta -en medio de yates enarbolados- lanza al mar sus pétreos muelles amarillos.

Aunque entre las rondas del torneo olímpico se nos permitía hacer algo de turismo –siempre guiado por agencias estatales- que nos condujeron al Lokrum, al lago Mrtvo entre construcciones y bellezas naturales muy difíciles de olvidar, yo estaba, a la espera de que la madre de Boran Ivelic diera alguna señal de vida y sentía cierto escozor por el sobre que yacía en el fondo de mi maleta. Por fin, una tarde se me avisó que tenía una llamada telefónica y escuché en el auricular la voz de una mujer que se expresaba en francés.

- Soy Estefanía, la madre de Boran, me dijo. Por favor, mañana a las 5 lo llamaré al teléfono público de San Blas, para indicarle la manera como podemos encontrarnos.

Y colgó. De algún modo, la madre de Boran se había enterado de que al día siguiente, nuestra delegación tenía programada una visita a la Catedral de San Blas, monumento barroco en el mismo centro de la ciudadela. Como el regreso al hotel era a las cuatro y media, tuve que discurrir una excusa para quedarme en el lugar hasta la hora indicada. Afortunadamente –como me enteré a través de un mapa turístico- el templo no quedaba lejos del hotel así que opté simplemente por decirle a Enrique Reed que regresaría caminando. Me miró extrañado ya que semejante actitud era insólita en mí, pero me abstuve de darle ningún tipo de explicaciones pues no tenía sentido involucrar a otra persona en el asunto. Después de mirar en todas direcciones para verificar que el individuo rubio no estaba cerca me instalé entre la torre del Reloj y el palacio del Rector junto al teléfono hasta que este sonó. Eran las cinco en punto.

-Ayer le tuve que cortar, me explicó la madre de Boran, ya que después de un rato localizan las llamadas a los hoteles.

Y luego me dio las indicaciones: debía estar el jueves siguiente, es decir tres días más tarde, a las 7 de la tarde junto a la Fuente de Onofrio (justo el lugar que nuestra delegación había proyectado visitar ese día –vaya coincidencia) y localizar a un individuo de unos 50 años con traje de calle y sombrero negro. Para identificarse, se lo sacaría y cruzaría sus manos a la espalda. Esa era la primera parte del plan, después, si llegara a ser necesario, aparecerían relevos para despistar a las autoridades. Su voz era imperativa.

Para aumentar mi ansiedad al alejarme del templo divisé otra vez la figura del rubio apoyado contra una empalizada y observándome desfachatadamente. En los días siguientes sentí que me seguía los pasos ya sin ningún disimulo y dudé de seguir adelante en la misión. Pero la madre de Ivelic se había expresado con firmeza y en realidad era ella quien estaba corriendo todo el riesgo, yo no. De modo que al llegar el jueves metí el sobre en el bolsillo interno de mi chaqueta y traté de disimularlo de la mejor manera posible. Por suerte ese día excepcionalmente amaneció nublado y bastante frío, de modo me puse un sobretodo que había llevado por si las moscas.

La fuente de Onofrio, un gigantesco salto de agua abastecido por las impresionantes ruinas del acueducto, quedaba algo más alejada del hotel que el templo de San Blas. Tras circundarla, el grupo se aprestó a reembarcar en el bus y justo antes de que me llegara el turno de subir divisé al hombre del sombrero negro. Pero no se me ocurría ninguna excusa para alejarme de la delegación.

-Creo que regresaré a pie- le dije a Reed, que estaba detrás de mí.

Este me miró interrogante.

-¿Qué rayos te pasa? Anunciaron lluvia.

-No te preocupes, traigo paraguas, le contesté turbado.

Pero evidentemente no portaba tal implemento, así que Reed me miró primero como si estuviera loco. Al final lo tomó como que yo quería deshacerme de su presencia y me volvió la espalda ofendido.

Cuando el bus se hubo alejado, el hombre se sacó distraídamente el sombrero y sujetándolo tras la espalda empezó a caminar hacia el norte por una calle flanqueada de edificios medievales. Caían las primeras gotas y el individuo abrió un paraguas. Miré en todas direcciones y no divisé a mi rubio cancerbero, de modo que me decidí a seguir los pasos del hombre del sombrero negro. Nos internamos por una serie de callejas empedradas, dimos la vuelta a una pequeña plaza y nos desplazamos por una larga vereda sin protecciones. Llovía a cántaros y el paseo parecía no tener fin. Al cabo el hombre entró en una casa de piedras y ladrillos que por la pequeñez de sus ventanas me recordó al castillo encantado de Blanca Nieves.

Toqué el timbre siguiendo las instruccines y me recibió una mujer de mediana edad a quien sólo por la voz voz reconocí como la madre de Boran, ya que su vivacidad constrataba con la parsimonia y la estatura de éste. En la sala había una pequeña estufa, que más que calentar esparcía un fuerte olor a kerosene y en torno a ella se habían reunido los parientes. Colgaron mi empapado abrigo cerca de la estufa y la madre de Boran me fue presentando a los demás miembros de la familia. Me explicaron que tomaban todas esas precauciones porque en esos días el hijo mayor rendía el último examen para graduarse como médico cirujano, y que cualquier percance con el gobierno podría significar el fin de la carrera. Después me preguntó si no había visto a ese hombre rubio del régimen, que me seguía los pasos. Le contesté que lo había tenido cerca todos esos días pero que –al parecer- ahora no me había seguido.

-Es Martinic, me dijo. Ese no trabaja cuando llueve, así que no fueron necesarios los relevos.

Tras un instante de perplejidad comprendí porqué habían elegido ese día jueves para el encuentro. En Yugoslavia los pronósticos meteorológicos no fallaban.

A la señora. Estefania se le iluminó el rostro cuando leyó la carta, lanzando algunas exclamaciones eslavas que no compredí y de vez en cuando una carcajada campanil de quinceañera. Pasada la emoción se mostró jovial y proactiva. Me invitó una taza de té con un exquisito trozo de Duvrovacka Rozata, un queque acaramelado de especialidad local. Al terminar me dió un paquete que contenía otro para entregarle a su hijo en Santiago.

Pero -una vez de regreso- a mi amigo sólo le transmití la emoción del encuentro y los saludos de sus familiares. El queque no sobrevivió.



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