Casa de la cisterna 1917-1923



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VIAJE A ALEMANIA

Una tradición estudiantil de esos años era la de efectuar un viaje colectivo para celebrar el fin de los estudios profesionales. Gracias a las diligencias de Raúl Saez18, uno de nuestros compañeros, logramos ser invitados a Alemania que en ese momento deseaba dar a conocer al mundo su nuevo estilo de vida. Así, en 1936 nos embarcamos en el carguero Amasis, que transportaba carbón de Lota, entre Valparaíso y Hamburgo, prestando servicio al Tercer Reich. Éramos unos cuarenta estudiantes chilenos y peruanos (éstos, inmigrantes acogidos por la Universidad de Chile debido al cierre de la Universidad de San Marcos). Algunos compañeros de curso –por razones económicas- no pudieron viajar y otros, por ser de origen judío optaron cautamente por quedarse. René Benoit, en cambio, apodado “el pájaro” por su nariz en forma de pico, optó por el riesgo. De hecho yo tuve algo que ver en esa decisión ya que unos días antes del embarque me llamó por teléfono:

- No estoy seguro de ir- me dijo- Mi segundo apellido es Garfunkel.

Más que preocuparme, el asunto me hizo gracia. René era bastante amigo de un grupito que se decía pro-nazi, entre los que recuerdo a Lucho Serrano y Tomás “cabeza rapada” Baldebenito, entre otros. Lo de pro-nazi , en todo caso, era una simple postura que a lo más los impulsaba a lanzar de vez en cuando una arenga germánica o a enfrentarse verbalmente con los comunistas del curso, pero sin siquiera llegar a los insultos.

- ¡Eso suena a judío!- exclamé fingiendo incredulidad.

- Mi mamá tiene ese apellido.

- Entonces, no vayas -repuse seriamente- A los judíos no los dejan entrar a Alemania

Por supuesto que bromeaba. Para nosotros, ese rumor acerca de la persecución a los judíos -que según las malas lenguas se practicaba en la Alemania nazi- era una completa exageración.

- No te preocupes- agregué riendo- no te van a poner problemas.

Tras embarcar, nos sorprendió el clima extremadamente eficiente y marcial del buque, tan distinto del relajado pasar del Cerro Alegre y las Torpederas. Cada artefacto ocupaba el sitio que le correspondía, los uniformes de los marineros eran impecables, las comidas se servían a la hora exacta y la tripulación parecía estar siguiendo un cuidadoso programa para alcanzar algún objetivo que sólo habitaba en el inconsciente de cada miembro.

Durante la travesía trabé amistad con Alejandro Tabine, uno de los peruanos, con quien jugué varias partidas, incluso con fuerte marejada. Me parece que más de una vez una posición interersante se desmoronó por un bandazo sorpresivo del Amasis y no nos quedó otra que reírnos. En nada nos preocupaba la situación del mundo. De hecho, cuando recalamos en Vigo supimos del estallido de la revolución que sacudió a España como preámbulo de la segunda Guerra Mundial. En los cuarenta días que duró la travesía, la principal entretención fueron las clases matutinas de alemán impartidas por el jefe de la delegación, el profesor Reinaldo Harnecker, frente a un mapa de Alemania donde el corredor de Danzig y las provincias francesas de Lorena y Alsacia aparecían achuradas como territorios en litigio. Gracias a esas lecciones, una vez en tierra pudimos recorrer varias industrias, universidades y centros culturales de la ruta Hamburgo - Berlín, casi sin sufrir la desazón del extranjero que no entiende el idioma. Cuando uno de nosotros se apartaba del grupo, podía orientarse preguntando.

En Berlín me escapé ocasionalmente a mi mundo ajedrecístico en compañía de don Otto Junge a quien conocía desde el Campeonato de Chile de 1926. No obstante lo militarizado del ambiente y la copiosa propaganda nazi no se hablaba de la posibilidad de una guerra. Más bien se pensaba que se estaba viviendo un proceso de re-dignificación del espíritu ario-germano frente a las potencias occidentales y los discursos y los actos multitudinarios en apoyo al Führer eran pasos lógicos que reivindicaban la respetabilidad del pueblo alemán y su derecho a la autodeterminación. don Otto, -como todos- admiraba a Hitler y lo elogiaba sin ambages. No me habló de los progresos en el juego ciencia de su hijo Klaus, que en Chile era muy chico, pero juntos visitamos al maestro Kurt Richter en su estudio del viejo Spandau, al extremo occidental de la ciudad. Éste no ocultaba su escepticismo frente al régimen e ironizaba abiertamente sobre las fanfarronadas de los SS hasta que el propio Junge optaba por reírse y olvidar su vena patriótica.

Kurt nos ofreció una disertación acerca de su libro “Kombinationen”, que estaba entonces en vías de editar. Para él, las combinaciones brillantes eran tan dignas de ser recordadas como los errores monumentales que suelen cometer los grandes maestros, y su frase preferida (que creo haber visto alguna vez en letras de molde) era “¿Que sería del Ajedrez sin errores graciosos?”. En su libro, Richter también sostiene “que ya es historia pasada mirar con cierta compasión al ajedrecista combinador” y sugiere –en cambio- una serie de agudas variantes en la apertura. Aunque no lo percibí así de inmediato, para mí, este novedoso pensamiento era un desafío al paradigma de la estrategia “posicional”, al que adherían la mayoría de los ajedrecistas sudamericanos. Cito este episodio por la influencia que ejercería más adelante en mi estilo de juego, pero el hecho es que durante mi estadía en Berlín visité varias veces al maestro Richter y jugué con él algunas partidas.

En Berlín, nos alojamos en el Hostel Friedrichshain situado en un patio interior típico del casco antiguo de la ciudad. Cada habitación tenía dos camas individuales, una mesa de trabajo y –a la usanza alemana- un baño con ducha y WC en la pieza adyacente. Había una cocina completamente equipada en cada planta, con compartimientos separados en la nevera, y una sala de reuniones. Igual que en el Amasis todas las actividades como tomar desayuno, almorzar y cenar estaban normadas por horarios bastante rígidos y sólo se podía regresar al hotel hasta las dos de la mañana. Después, las puertas quedaban clausuradas. Como el desayuno se servía sólo entre nueve y nueve y media la mayoría de nosotros se quedaba sin él y acudíamos en grupo a calmar el hambre a una cervecería –la Blamberg- próxima al hotel, donde además se comía requesón y salchichones untados en salsa alpina, una combinación de tomate, sibulé y otros ingredientes que no logré identificar, y que nos permitía olvidarnos también del almuerzo.

Con el correr de los días algunos de mis compañeros conocieron mujeres y empezaron a salir con ellas utilizando la circunstancia del cierre de las puertas del hotel como excusa para pernoctar fuera (no fue mi caso porque como me acababa de comprometer con Marta me sentaba después de la cena a escribirle y a releer las cartas que ella me enviaba semana a semana). El profesor Harnecker ocupaba su tiempo en establecer relaciones con la jerarquía del partido nazi y lo invitaban a veladas sociales con lo más granado de Berlín. De vez en cuando lo acompañaba Baldebenito y más tarde se incorporó Serrano. Eran tan respetados que fueron introducidos a un selecto grupo de “mujeres arias” encargadas de procrear para el régimen y -según nos contaron más tarde- se vieron obligados a retribuir las atenciones de que fueron objeto, aportando con su granito de arena a esa noble misión. Hasta el pájaro Benoit, haciéndose pasar por ario puro, logró ser admitido en el “clan procreativo”, como se autodenominaron, de manera que durante un buen tiempo los perdimos de vista.

Pero ellos no se olvidaron de nosotros, y una mañana las gestiones de Herr Harnecher –como había sido motejado el jefe de la delegación- tuvieron otro éxito del cual sentirse orgullosos. Un botones fue avisando pieza por pieza que debíamos levantarnos de inmediato y acudir a la sala de reuniones desde donde -quince minutos más tarde- seríamos trasladados al Reichstag para sostener una audiencia con Adolf Hitler. Como era de esperar, reinó la excitación. Todos se vistieron rápidamente y bajaron las escaleras, algunos peinándose en el camino o con los nudos de las corbatas a medio hacer. Pero cuando estábamos atisbando ante los ventanales que filtraban el opaco amanecer de la HelmutStrasse vimos que un auto negro se detuvo frente al pórtico del hotel y de él bajó un hombre de impermeable largo y sombrero de ala, al clásico estilo de la policía secreta. Era un portavoz del Führer. Venía a informarnos que tal reunión era imposible pues en nuestra delegación había un judío.

Algo sabíamos ya acerca del antisemitismo del dictador pero yo al menos no esperaba una declaración tan directa. No pude evitar dirigir una mirada de soslayo al petrificado René Benoit, que había tomado posición en las filas traseras. De inmediato me arrepentí de mi imprudencia pues el ojo clínico del emisario del Führer la percibió y le clavó los ojos en forma persistente logrando que otros del grupo miraran también hacia él. Éste, lívido al sentir sobre sí el sepulcral silencio y las miradas inquisidoras de sus amigos Serrano y Baldevenito, no halló nada mejor que sacar un cigarrillo y preguntar con voz algo trémula:

- ¿Tienes fuego que me convides, Lucho?-

Nada se movió en la sala excepto la sonrisa glacial que se dibujó en la cara del emisario.

- Au revoir- dijo en tono muy grave antes de girar marcialmente sobre si mismo y salir de la habitación.


Por supuesto, el episodio significó el fin del “clan procreativo” y de las galas del profesor Harnecker, y el principio del ostracismo de Benoit. Desde ese día se le oyó canturrear bajito “Deutschland Uber Alles” mientras cumplía rigurosamente los horarios del hotel, aunque en la intimidad contara las horas que faltaban para el regreso.

El resto de nuestra estadía fue pródigo en interminables visitas industriales, conferencias de ingeniería, museos y actos culturales. Si bien nos encontrábamos a menudo tomando desayuno en el Blamberg con personeros del 3er Reich como Göebels, Göring y otros de no menor importancia, tales encuentros –sin la perspectiva histórica con que contamos hoy en día- no nos causaron la menor impresión. Al Führer lo vimos sólo a distancia, con ocasión del lanzamiento del Gneisenau en un discurso vibrante resaltando la hazaña alemana de fabricar acorazados de bolsillo, los que –aun respetando los límites de armamento impuestos por el Tratado de Versalles- tenían una enorme capacidad de destrucción. Durante el acto, la habilidad histriónica del orador, sus arrebatos y súbitos silencios sumados a las frecuentes ovaciones del público, nos dificultaron la comprensión de las palabras. Parecía obvio, no obstante, que hablaba de la gran injusticia de que había sido víctima el pueblo alemán tras la primera Guerra Mundial. Más tarde cuando –un poco para poner a prueba mi comprensión del alemán hablado- leí su discurso en los diarios, me pareció que lo que dijo no era nada del otro mundo. Cuando comenté esa sensación con algunos alemanes conocidos, me confirmaron la enorme diferencia de efecto que existía entre presenciar a Hitler “en vivo y en directo” y leerlo en los diarios.

Cuando por fin regresamos, algunos de mis compañeros, que habían sido estudiados genealógicamente y calificados como impuros, tuvieron serias dificultades para salir de Alemania. Al final, por suerte, volvimos todos.
En esos años yo poseía la energía –que después poco a poco se me fue agotando- para compartir sin demasiados problemas mi afición por el ajedrez con mi carrera de ingeniero. Hacia 1938, es decir, unos años después de haber egresado de la escuela de ingeniería y ya con cierto recorrido como ajedrecista, comienza mi actividad de profesor en la Universidad de Chile. Creo que también data de ese tiempo mi primer interés en la ingeniería sismo-resistente. De hecho, junto a otros profesores de la escuela, asistí a la primera conferencia Mundial de Ingeniería Sísmica auspiciada por la World Earthquake Engeneering Conference, que se desarrolló en San Francisco en conmemoración del gran terremoto de 190619. Como toda desgracia, la enorme destrucción se compensó con el impulso que otorgó a la ciencia, y uno de sus grandes precursores fue el profesor George Housner, que entonces se había erigido como la primera figura –a nivel mundial- de la especialidad. A riesgo de que mi juicio sea considerado simplista por las actuales generaciones, diría que antes de Housner la sismo-resistencia se reducía a fórmulas puramente matemáticas y después de él adquirieron relevencia componentes físicas que hasta entonces no habían sido tomadas muy en cuenta, como la resonancia y los efectos de la eslasticidad de las construcciones, por nombrar algunas. Yo era un ingeniero estructural (en ese tiempo mal llamados “calculistas”) y vi en las teorías perfeccionadas por Housner una maravillosa aplicación práctica de las matemáticas. Tanto es así, que una vez de regreso en Santiago, me sentí impulsado a montar el primer laboratorio sísmico20 del país y dediqué muchas horas a conseguir por parte de la Universidad, el presupuesto necesario. Un selecto grupo de alumnos compartió mi entusiasmo y a ellos se debe el comienzo del desarrollo y la divulgación de la tecnología y la normativa que hoy se aplica en las construcciones de altura. Ellos llevaban a la práctica -sobre modelos a escala- sus deducciones teóricas y yo –que entoces tenía casi la misma edad que mis alumnos- celebraba cada éxito con la misma emoción que se siente al efectuar una buena combinación en el tablero. También intentamos aplicar un método de predicción de temblores, elaborado por Housner para establecer la probabilidad de que ocurriese un sismo catastrófico en cualquier ciudad en los siguientes 5 años, centrándonos en algunos lugares de Chile, básicamente Valparaíso y Antofagasta, que –acorde a los antecedentes- considerábamos los más probables.

Pero el devenir nos deparaba una sorpresa.



CHILLÁN 1939

Chillán a través de su historia ha registrado muchos terremotos, pero el de 1939 marcó un hito (fue apodada desde entonces “Ciudad del Movimiento”) debido a sus desoladores efectos. Cerca de la medianoche del 24 de enero, la tierra experimentó una brusca sacudida. Adobes, ladrillos y vigas aplastaron a las personas mientras dormían dejando un saldo de más de 5.50021 víctimas. Por otra parte cayeron varios puentes y se produjeron grandes daños en la infraestructura vial, hidráulica y eléctrica. El temblor, catalogado en intensidad 7,8 en escala Richter y magnitud X en la de Mercalli22 se sintió entre Santiago y Temuco, y entre la costa del Pacífico y Mendoza. Todas las comunicaciones se cortaron y los informes de la tragedia demoraron en llegar a las autoridades. El presidente Pedro Aguirre Cerda se trasladó el día 25 hasta Concepción ya que los primeros informes no precisaban la zona del epicentro, y se creyó que el mayor daño estaba en esa ciudad. En los días siguientes, voluntarios y marinos de los destructores Riquelme y Serrano, el acorazado Almirante Latorre, las naves británicas Ajax y Exeter y el buque francés Jeanne D’Arc iniciaron el rescate.

En ese entonces yo me desempeñaba como ingeniero calculista en el Departamento de Puentes del Ministerio de Obras Públicas y a pocos días de la catástrofe fui notificado de mi traslado en comisión de servicio, para dirigir la reparación del puente Itata-El Roble, cercano a Chillán. Amén de sentirme orgulloso, la designación (creo que don Arturo Alessandri, como ex-presidente tuvo algo que ver en ella) me tomó de sorpresa dado que mi práctica en terreno era muy escasa, y en cuanto a manejo de personal, prácticamente nula. Además -aun sabiendo que era una cosa temporal- sentí cierta inquietud por el gran cambio que iba a experimentar mi vida, esto es, de ser un ingeniero que sin salir de su oficina elabora y revisa planos y se da el tiempo para practicar ajedrez y estudiar partidas, a convertirse en un elemento de terreno en un lejano campamento, lidiando con gente y afrontando problemas completamente diversos. Por eso, antes de partir traté de forjarme una pauta de acción inicial a través de la teoría de Administración Científica de Frederick Taylor, que en ese tiempo era la corriente en boga. Pero ese estudio sólo me serviría para constatar cuán lejos puede estar la realidad de la teoría, sobre todo cuando se trabaja en un ambiente de premura y tensión.

En cuanto al ajedrez, interesado en los finales de torres y alfiles, incluí en mi equipaje varios textos de Lowenfisch, Pachman y Averbach además de recortes del match entre Capablanca y Alekhine en Buenos Aires y dediqué mi viaje de varias horas en el tren, a analizar las partidas de esos dos gigantes -a los que tuve la suerte de enfrentar en más una ocasión- y a leer sus vidas. Aunque resulte algo repetido, diré que una cosa de la lectura que me llamó la atención es que tuvieron coincidencias estadísticas bastante curiosas. Por ejemplo, ambos se destacaron desde temprana edad, ambos se consagraron a los 21 y murieron en marzo alcanzando a vivir la misma cantidad de años. Por supuesto, sus nombres están ligados en forma perenne por una rivalidad que capturó la atención de todo el orbe durante un cuarto de siglo y culminó en un virtual empate23.

Pero si hubiera que comparar las personalidades, difícilmente se podría encontrar a dos más distintas. Alekhine era un ganador sistemático. No improvisaba, se preparaba con toda concentración en cuerpo y alma para vencer. Fue comunista, fue nazi, fue investigador criminal, fue espía y también actor de cine. Fue ruso y fue francés, pero al ver que no podía ser el número uno del mundo en esas actividades, las fue dejando. Sólo el ajedrez le dio el ansiado renombre. Capablanca, en cambio, era descuidado y no se preparaba. Como en los torneos era siempre cabeza de serie, en los primeros partidos se dedicaba a mirar lo que ocurría en los otros tableros para enterarse de las novedades. Pero de él, Mikail Botwinick dijo “Es imposible comprender el mundo del ajedrez sin mirarlo con los ojos de Capablanca”, y que “Capablanca fue posiblemente el mejor ajedrecista de toda la historia” era una sentencia firmada por el el propio Mijail Tal.
Sí. Esos eran mis pensamientos mientras viajaba en tren hacia Chillán, sólo que al bajarme en la estación desaparecieron como por encanto, y no volverían hasta un buen tiempo después de mi regreso a la capital. Para empezar, no nos esperaba un auto como yo creía. Subimos a la camada de un camión desvencijado (al parecer en la cabina iban alimentos o medicinas que no podían exponerse al polvo) y antes de enfilar a la obra, el chofer dio una vuelta por el pueblo o lo que quedaba de él. Las imágenes de destrucción han desaparecido de mi memoria pero queda el recuerdo de la la tensión que sentí en mis brazos al pasar junto a unos montículos de barro reseco que una vez fueron casas, y divisar ancianos, mujeres y niños encuclillados junto a una olla o simplemente vagando entre los escombros, sin saber qué hacer con sus vidas. Nada de lo que se leía en los diarios de Santiago podía anticipar un encuentro tan directo con la Desolación, así con mayúsculas. De pronto mi mundillo quedó atrás.

El camión se detuvo en varios lugares, aparentemente a dejar correspondencia, o paquetes con alimento que eran recibidos por manos temblorosas, y por fin tomó un sendero de tierra flanqueado por ranchos abandonados y perros que aullaban de hambre, hasta bordear el caudaloso e indiferente río Itata. Al poco rato llegamos a un lugar donde había gente moviéndose entre carpas de lona gris del ejército, y tras ellas, la inclinada mole del puente.


Pues bien, el Roble iba a significar mi primer contacto directo con la ingeniería antisísmica, que a la larga se convertiría en el tópico central de mi carrera de ingeniero. Al llegar constaté que una de las cepas o apoyos del puente -fundada en una isla entre dos ramas del río- se había inclinado, provocando el quiebre y la caída del tablero. Si bien el hormigón se usaba en puentes desde hacía años, en la época de su construcción no era conocido el principio antisísmico fundamental, esto es, que lo edificado debe moverse como un todo (lo que implica enfatizar el refuerzo de las uniones internas) y mi primera conclusión fue que el puente no tenía los refuerzos adecuados sobre todo tratándose de una aceleración vertical como fue la que sufrió el terreno en esa zona.

Por otra parte, en terreno aprendí bastante del ser humano. Por ejemplo, que ante las catástrofes algunas personas se desentienden de toda solidaridad y sólo piensan en si mismas, otras se adhieren al grupo para obtener una guía y los menos asumen una actitud de liderazgo trasmitiendo esa sensación de que “todo se puede mientras permanezcamos unidos”.

El cargo de jefe de obra, además de dirigir y supervisar, implica gestionar que los recursos estén disponibles a tiempo para cada actividad, relacionarse con la gente del entorno y las autoridades y un sinfín de responsabilidades menores. En nuestro caso, cualquier contratiempo significaba que los auxilios –como ropa, remedios y alimentos enviados desde todas partes- debían efectuar un rodeo de varias horas por caminos de tierra que con la lluvia se convertían en fangales. Como no había máquinas suficientes las cosas se hacían a pulso y se requerían brazos en abundancia. Había, pues, que contratar personal para cada una de las especialidades, esto es, desde albañiles y estucadores hasta betoneros y maquinistas. Por supuesto existían aquéllos que eran capaces de desenvolverse bien en más de una especialidad y otros, apodados “chasquillas”, que se las arreglaban como fuera, en cualquier tarea que les asignaran.

Todos los viernes había que pagar el salario, tarea que requería cierto manejo de relaciones, ya que muchos trabajadores funcionaban “a trato”, es decir, recibían un salario bajo que se compensaba con un bono de producción según el avance, con lo cual se sentían estimulados a la eficiencia. En contrapartida, si por alguna razón la carga mermaba, disminuían también los ingresos individuales hasta hacerse insignificantes. De vez en cuando alguno pedía que se le explicara porqué estaba sacando menos que lo que había previsto y era necesario revisar en su presencia las planillas de asistencia y el avance. Desde luego, siempre podía aparecer alguien que no lo aceptara de buenas a primeras, pero afortunadamente los “viejos” de mi faena eran personas humildes que recibían su sobre con gratitud y era fácil sostener con ellos una relación de camaradería. O al menos lo fue mientras no hubo problemas, porque de ese período me ha quedado el recuerdo de un episodio no carente de cierto dramatismo.

Huenchur era uno de esos maestros múltiples que tan bien pueden hacer un andamio como armar una cuartilla de concreto. Hombre alto y macizo de unos 40 años, había llegado acompañado de su hija Sofía de 6 o 7, una niña delgada, por no decir famélica que se instalaba junto a un borde levadizo dejando vagar una mirada indiferente sobre el constante hormiguear de la faena. De vez en cuando daba algunos pasos hacia la rivera cubierta de vegetación y volvía para compartir con su padre el rancho de las 12:30. Cuando le pregunté a éste por qué traía a su hija me explicó que no tenía con quien dejarla ni con qué alimentarla. Tras el terremoto, su casa había quedado en ruinas y su mujer había muerto dejándolo con dos hijos, la niña y un varón de 4 años que se quedaba todo el día con la hermana de su mujer. No quise preguntarle detalles del drama, pero observé que el hombre, lejos de verse abrumado por su pérdida, se mostraba dispuesto a enfrentar lo que viniese.

- No hay que mirar p’a tras- decía, denotando una gran capacidad de reflexión pues evidentemente no era aficionado a las lecturas filosóficas. Huenchur era uno de esos líderes innatos y no necesitaba de mucha supervisión. Además era capaz de entender los planos que yo extendía en la mesa de la oficina del campamento de modo que fui delegando en él algunas de las tareas administrativas. Como compensación, adquirí la costumbre de llevar todas las mañanas desde la casa patronal donde me habían alojado, una vianda para Sofía, con lo cual me gané su lealtad incondicional.

En la obra siempre hacía pareja con su cuñado, hermano menor de su esposa fallecida, un muchacho más joven llamado Rául Ponce que hacía las veces de su ayudante. El tipo tenía una mirada algo torva y no le gustaba que lo supervisaran, de modo que yo siempre que encontraba algún defecto en su trabajo se lo hacía saber a través de Huenchur. Los rasgos de ambos delataban la misma afición al vino que la mayoría de los demás, pero mientras Huenchur llegaba todos los días cuando aún tañía la campana de entrada, Ponce se aparecía una o dos horas después o sencillamente no llegaba. Ya le había manifestado varias veces a Huenchur mis reservas respecto a su cuñado pero era evidente que al hacerlo lo estaba poniendo en una situación incómoda.

- No se preocupe, patrón, contestaba, yo le voy explicar cómo se hace.

Pero creo que el otro no agradecía esas explicaciones, pues la mirada de Huenchur al recibir el mensaje se llenaba de vergüenza y apuntaba cada vez más bajo mientras Ponce parecía cada vez más altivo.

Los problemas comenzaron a mediados de Abril debido a la intermitencia de los trabajos. Ya al comienzo habían ocurrido detenciones por la falta de coordinación en los suministros, pero después la obra se había desarrollado normalmente durante varias semanas. Sin embargo, las lluvias obligaron a suspender a menudo las faenas y concentrar a los trabajadores en el estrecho galpón de herramientas sin nada que hacer, salvo mirar cómo la crecida del Itata estropeaba el trabajo de una mañana completa. A medida que avanzaba Abril los chaparrones se hicieron aun más fuertes y frecuentes. Los cigarrillos y el café, que ya eran bienes sumamente escasos, simplemente se agotaron y el afortunado que conservaba alguno, trataba de fumárselo a escondidas. Casi inevitablemente surgieron algunas rencillas.

Un día viernes a eso de las 6 (la hora del pago) se formó la fila de costumbre. Esa semana las tareas se habían visto interrumpidas por abundantes chubascos y en ese preciso momento las nubes giraban presagiando una nueva lluvia. Cada uno había recibido su paga con resignación más que con alegría.

Cuando le llegó el turno a Ponce, se paró frente a mi escritorio y con todo desparpajo sacó de entre las perneras un cuchillo de unos 20 centímetros de hoja, con el cual empezó a jugar sin despegarme una mirada de soslayo. Las conversaciones de la sala se fueron apagando hasta que todo quedó en silencio. Revisé la planilla de asistencia y vi que Ponce había faltado el miércoles y el jueves sin aviso, lo cual era causal de despido. Ahí me percaté de que estaba ante un problema, pues de la destreza de sus movimientos con el cuchillo, deduje que la enorme hoja ya había resuelto a favor de su dueño más de un conflicto. Dudé entre abordar el tema de su despido o sonreír de la forma más amistosa que me fuese posible. Al final me dije a mí mismo que acobardarme frente a todos significaba una deshonra que tal vez nunca podría superar y aspiré profundamente para armarme de valor.

Entonces, de la nada apareció la enorme figura de Huenchur.

- Eso no, Ponce- dijo con sorprendente calma al tiempo que lo cogía por la muñeca.

- ¿Y a vos qué te pasa, huevón?- preguntó sorprendido el interpelado, liberando con una voltereta sobre sí mismo, su muñeca y agazapándose en posición desafiante.

- Suelta el cuchillo, Ponce- repitió Huenchur, al tirempo que estiraba la mano hasta dejarla al alcance de su rival, sin que se le moviera un músculo de la cara.

- ¡Quítamelo, indio culiado!- gritó Ponce, y lanzó un tajo que Huenchur evitó echándose hacia atrás. El resto se limitaba a observar.

La escena de pronto adquirió el aspecto de una parodia: Ponce, los pies separados y las rodillas arqueadas, blandía el cuchillo con la diestra y Huenchur -20 centímetros más alto- permanecía erguido, laxo y con el brazo estirado a corta distancia del arma. El cuadro –no sé por qué- me recordaba a un niño que desea acariciar a un gato arisco de la calle. No pude evitar una risa nerviosa que a todas luces no venía al caso. En la semipenumbra distinguí la figura de Sofía quien se había acercado por pura curiosidad. Su rostro moreno no dejaba entrever la menor emoción.

Dos o tres de los presentes tomaron a Ponce por los hombros y la cintura. El hombre -defendiéndose con manos y pies- logró desgarrar la camisa y dejar una marca en el pecho de uno de ellos, pero el cuchillo cayó finalmente al suelo con lo que terminó su resistencia. Lo sujetaron entre varios hasta que llegó una patrulla de carabineros.

Después me enteré de que Huenchur había intervenido a su favor en el juzgado logrando que lo dejaran en libertad casi sin cargos. No sé si sus ánimos belicosos se aplacaron.


Si un ajedrecista deja de jugar durante un tiempo su rendimiento se ve afectado. Cuando regresé y después de aclimatarme, me dí cuenta de que había perdido parte de mi destreza y para ponerme a tono –ya que se aproximaba la olimpíada de Buenos Aires- me puse en contacto con Mariano Castillo que a la sazón era el campeón de Chile. Como de costumbre, me ofreció su colaboración y nos sentamos otra vez bajo la higuera a recapitular lecciones. También le dí algunas que no olvidaría fácilmente.


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