Casa de la cisterna 1917-1923



Descargar 450.87 Kb.
Página4/10
Fecha de conversión22.04.2018
Tamaño450.87 Kb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10
DON ARTURO

El Campeonato de Chile de 1931 se jugó en el Casino Municipal de Viña del Mar entre los días 20 y 28 Febrero cuando yo cursaba el primer año de Ingeniería en la Universidad de Chile y fue la ocasión en que conquisté por primera vez el título. Segundo fue Enrique Reed, joven jugador de la zona y tercero, Mariano Castillo. Lo cierto es que yo profesaba un gran respeto tanto a la experiencia de mi profesor como a la consolidación del joven porteño y en efecto ambos fueron mis contrincantes más temibles.

Tenía yo 18 años y faltaría a la verdad si dijera que el éxito afectó en algo mi autoestima, crecida ya por los elogios de la prensa. De todos modos la lucha fue cerrada y sólo se decidió por la intervención del Dr. Roberto Siebenschein, en ese entonces campeón del Perú, que le ganó a Reed y perdió conmigo.

Con Siebenschein construinos una amistad que duraría varios años hasta que le perdí la pista en 1939, cuando salió segundo de Gordon en la Copa del Sol. Era un caballero alto, delgado buen combinador y también amigo de largas partidas. Ajedrecista entusiasta en extremo, llegaba a decir que en la vida no había nada como el ajedrez. Cuando alguien le preguntó con un dejo de ironía si había estado alguna vez con una mujer se quedó pensativo un rato.

-Si, contestó. Con la Amanda.

Nos miramos unos a otros, pues Amanda era la esposa de uno de nuestros dirigentes y alternaba con regularidad con el grupo.

-¿Se refiere a Amanda Walton?- preguntó tímidamente Reed.

-Exactamente, repuso Siebenschein, sin inmutarse.

Ahora el estupor fue general. Pero fue el propio Siebenschein quien se encargó de despejar la pesada atmósfera que se había formado a su alrededor.

-Jugamos tres partidas, dijo. Le gané las dos primeras y en la última me hizo tablas.

Dejó en publicaciones de la época un estudio donde pretendía descubrir una analogía entre el ajedrez y el cuerpo humano. Concibamos, decía, las fuerzas blancas y negras cada una como un cuerpo organizado, en el cual cada pieza desempeña un papel distinto –según su movilidad y valor- comparable a la actuación que tienen sus órganos como cerebro, hígado, estómago, etc. Así cada pieza sería un arma de la vida o de la muerte. Confieso que esa última parte de su teoría nunca la entendí muy bien. Supongo que las negras representaban a la muerte y las blancas a la vida -o tal vez algo menos obvio -dado su intelecto, digo- pero eso era lo que transmitía Siebenschein.
Aunque todo transcurría en un ambiente de distendida cordialidad, tanto Reed como yo estábamos respaldados moralmente por nuestros respectivos padres. Con posterioridad el de Enrique -el Dr. Edwin Reed- se referiría a los supuestos trajines del mío, don Maximiano. Según aquél, la primera diligencia que este realizó al llegar a la sede fue visitar la sala donde se exponía el premio al vencedor, un carro romano sobre una base de mármol de unos 50 cm. de largo por 30 de ancho que pesaba (y lo sigue haciendo) una barbaridad. Como hombre metódico, mi padre confeccionó una caja especial para su traslado a Santiago mucho antes de saberse el resultado del torneo. Actualmente lo exhibo con orgullo en el living de mi casa.
El torneo de Viña tendría, no obstante, una consecuencia anecdótica inesperada: el comienzo de una relación llena de altibajos con don Arturo Alessandri, quien -en un período de grandes tensiones sociales- ya se había erigido como gran protagonista de la vida política chilena. Como se verá más adelante, una serie de coincidencias hicieron que esa relación diera origen a otra de las ocupaciones que marcaron mi vida y por la que finalmente –con gran pena de mi parte- hube de optar: la ingeniería antisísmica.

Respecto a don Arturo, según la descripción del escritor costumbrista González Vera, Alessandri “...era un hombre de voz cálida, hecha de templado metal, que podía hablar tres o cuatro horas seguidas, cuya gesticulación era tan elocuente como sus palabras, de un poder de simpatía no superado por ningún otro chileno; vehemente, especie de mago que transformaba las frases comunes y las ideas más atrozmente manidas, en oro puro...”.

Pues bien, este hombre carismático, Presidente de la República en sendos períodos de violencia fue también un fanático del ajedrez. Al empezar su segundo mandato, se hizo representar en la ceremonia de premiación del campeonato de Chile e insistió en jugar contra el mejor ajedrecista del país, que -para bien o para mal- en ese momento era yo. Un portavoz de don Arturo, que, entre otras cosas, daba por hecho que nada se opondría a su voluntad, llamó a la casa de la Cisterna para informarnos que éste me mandaría a buscar el siguiente sábado a las tres de la tarde. Recuerdo que ese día subí a mi cuarto, me puse mi mejor terno. Cuando el chofer de librea hizo sonar la vieja campana, bajé con toda tranquilidad y luego recorrí la gran Avenida recostado en el asiento trasero del fabuloso Nash de la Presidencia, precedido por dos coches policiales que nos iban despejando el camino. En el salón Azul de la Moneda, tras varios edecanes se había instalado una mesa con piezas de marfil. La tenue luz que esparcía una lámpara de pie sobre las pesadas cortinas dejaba entrever estantes de libros con lomos en cuero, las alfombras venecianas del piso y en un rincón lo que por su quietud creí una estatua de mármol.

Era Hulk14, el famoso gran danés bayo de don Arturo, en una actitud bastante parecida a la que muestra hoy embalsamado en el Museo Histórico. Sin mayores preámbulos, Alessandri me ofreció tomar asiento en el lado de las blancas y me dijo que a él no le gustaban esas interminables partidas de cuatro horas. Para él, el ajedrez sólo era un escape de las terribles obligaciones de la “casa donde tanto se sufre”. A eso de las 9 de la noche ya habíamos jugado unas diez partidas en un silencio sólo interrumpido cuando el gran danés -con la venia presidencial- se aseaba estrepitosamente los genitales. Después vino una cena íntima con la familia… y Hulk, siempre atento a atrapar el trozo de comida o hueso que le arrojaba don Arturo. Yo no sentía mucho apetito y -tal vez cohibidos por mi presencia- la conversación languidecía bajo la araña de cristal tornasolado del comedor de diario, de modo que pronto nos paramos para seguir jugando. A las dos o tres de la mañana me envió de vuelta en el Nash.

El sábado siguiente el panorama fue el mismo, sólo que ésta vez en la mitad de un juego –cuando le tocaba mover a él- se sintieron unos discretos golpes en la puerta. Al parecer se trataba de alguien que venía a cobrar alguna promesa electoral. Debo decirlo sin ambages: la reacción de don Arturo con su edecán personal no fue muy cortés que digamos.
Las citas con el presidente se prologaron más de un año y creo que don Arturo –aunque no era buen perdedor- valoró a la larga el hecho de que yo nunca me haya dejado perder para complacerlo. La única vez que me ganó fue después de una cena familiar en que le lanzó a Hulk los restos de un pernil de cerdo a la manteca preparado por Humberto, el chef brasileño de la casa presidencial, y las enormes mandíbulas del animal trituraron el hueso como si hubiera sido un simple gaznate de pollo. No sé porqué cruzó por mi mente el recuerdo de mi gato Rafael subiéndose a la higuera asustado por el ladrido de “Sombra”, el cocker de los Goyeneche. Cuando acabó la cena y reanudamos el juego puse descuidadamente mi dama al alcance de uno de los alfiles de don Arturo y éste se la sirvió con la misma agilidad que demostró Hulk al atrapar el hueso.

Si bien Alessandri fue siempre muy amable conmigo tuve varias oportunidades de conocer sus explosiones de carácter. Uno de esos sábados, por ejemplo, su hijo Jorge tenía que llegar a Valparaíso procedente de Europa. Cuando me presenté en la Moneda no se tenía noticia alguna de su arribo y la voz de templado metal del León de Tarapacá, furioso con todos, retumbaba cálidamente desde la Plaza de la Constitución hasta el Patio de los Naranjos en un lenguaje muy acorde a las circunstancias.


Jugar ajedrez con el Presidente no me desagradaba pero había perdido otras opciones que para un muchacho de mi edad resultan imprescindibles. Así, -algo acosado por Marta, que estaba decidida a ver conmigo la película Casablanca, en que Humphrey Bogart se consagra definitivamente como el cineasta de la década- quise interrumpir esa rutina de los sábados. Tomé entradas para la matinée del teatro Iris, le pedí prestado el Ford a mi padre y antes de salir le dije con toda seriedad a la Berta:

-Si me llama el Presidente de la República, dígale que no estoy.

Después pensé que me habría gustado saber la cara que puso, pero en ese momento sólo me sentía preocupado por la eventual reacción de don Arturo ante tamaño desaire.

Y tenía razón. El Presidente no se conformó con la simple idea de pasar una tarde de sábado con su familia y se encerró en el salón azul como león enjaulado mirando de reojo el tablero con sus piezas blancas y negras ordenadas para enfrentarse en mortal combate. Según supe más tarde, cuando ya no aguantó más entreabrió una de las enormes hojas del portal y al primer edecán que encontró le dio la orden:

-Ubiquen a Rodrigo Flores

El edecán, sin saber qué hacer, transmitió el mensaje a Seguridad de Palacio y ésta la remitió a la Policía Secreta.


En la Cisterna, mi madre alzó la vista de las rosas sobre las que estaba esparciendo el maloliente abono, y arrugó levemente el circunflejo al sentir la brusca frenada de un auto frente al pórtico ojival que daba a la calle de San Gumersindo. De él bajaron cuatro individuos de terno con aspecto de pocos amigos que -apenas cruzado el umbral- arriscaron la nariz (incluso uno se tapó la cara con un pañuelo) como augurio de que algo olía mal en esa extraña casa llena de pasadizos y ascensores. El interrogatorio a sus ocupantes estuvo a cargo de uno que parecía el de mayor rango y otro que tomaba notas y se llevó a efecto en el salón principal en medio de los extraños puzzles que mi padre había estado tratando de resolver para matar el tiempo mientras yo le ocupaba el auto. Los otros dos se dedicaron a buscarme – a mí o a cualquier evidencia de material subversivo- en las escaleras de caracol, en la leñera que comunicaba con el patio, bajo el suelo falso de la glorieta y en todos los recovecos de la casona en sempiterna construcción. A uno de los detectives le pareció sospechosa la enorme cantidad de ejemplares del libro de canicas escrito por mi abuelo, y se lo llevó al jefe sugiriendo que tal vez iba a ser distribuido entre los enemigos del régimen. Este -más por curiosidad que por creer que se tratase realmente de un libro revolucionario- interrumpió los interrogatorios para inspeccionarlo, y cuando el detective le señaló la palabra víctima en el capítulo de El caldero lo empezó a examinar con atención.

-Ahá- dijo, ante la mirada expectante de los demás.

Al final ordenó su requisición. También nos requisaron algunos de los puzzles y diez frascos de higos en conserva.

Yo, en el intertanto, de la mano de mi novia, me pasaba del Iris al Goyescas a tomar un jugo de frambuesa y comentar la extraordinaria actuación de Ingrid Bergman en su rol de la codiciada Sindy. Cuando al fin llegué a la casa me extrañó un poco ver el auto estacionado frente a la puerta pero no al punto de relacionarlo con las partidas de Palacio, de modo que entré confiadamente al salón donde fui detenido de inmediato.

Repletaron seis maletas con los libros de canicas y me condujeron a la Moneda flanqueado por dos policías. Por suerte don Arturo había recibido la noticia de que Ibáñez estaba siendo censurado en el Partido Agrario Laborista, y eso lo tenía de buen humor. Llegué, pues, de vuelta en el Nash antes de que dieran las tres de la mañana.
Las sesiones de ajedrez terminaron a principios de 1932, pues entonces las cosas políticas se pusieron complicadas para don Arturo, y ya no me llamó otra vez. Lo volví a ver esporádicamente en varias ocasiones. Muchos años más tarde cuando se anunciaba la olimpíada mundial de Ajedrez de Dubrovnick. La Federación no podía financiarnos el viaje y me encargó que hablara con el entonces Presidente del Senado aprovechando nuestra antigua relación. Alessandri me recibió con gran afecto pero me dijo que ya no tenía poder para ese tipo de solicitudes. Al día siguiente, no obstante, me telefoneó para decirme que había conseguido los pasajes.

TORNEO DE CHILE 1932

A fines de los 20 y principios de los 30 los jugadores que animarían el ambiente ajedrecístico nacional en los siguientes años, se estaban formando en los clubes locales de diversos puntos del país. Aquéllos que lograron destacarse convergerían más tarde hacia el Club Chile.

Por ejemplo, alredeor de 1930 se realizó en el Club Lo Ovalle, el Campeonato de Reservas. En 28 partidas hubo sólo dos tablas y las restantes se dividieron por igual entre las blancas y las negras15. La revelación fue Alejandro Maccioni, quien más tarde, en 1950, empataría conmigo el primer lugar del Torneo Mayor de Chile. Otra revelación fue Ruperto Schroeder, quien con el tiempo también jugaría en las ligas mayores.

Por supuesto, también se movían las piezas en el Club Chile. En los Torneos anuales de sus categorías se forjaron nuevos valores como el Dr. Mario Pizzi, Tulio Pizzi (campeón de Chile 1946), Fernando Ureta, Oviedo Ivanovic y Bernardo Gordon, entre otros. El nombre de Bernardo Gordon –que aparece en varios torneos nacionales ocupando una discreta posición- merece ser recordado por su enorme dedicación al juego ciencia. Vivía en Concepción y era asiduo visitante del Club de Ajedrez de esa ciudad. Tuvo un accidente automovilístico y quedó parapléjico, pero se las arregló para vivir a muy corta distancia del Club de Ajedrez y lo visitaba todas las tardes. Cuando no tenía quien lo acompañara salía de su departamento manejando él mismo su silla de ruedas, y una vez en los pisos superiores –apenas finalizados los saludos de rigor- se instalaba frente al tablero que los muchachos ya le tenían preparado.


En esos años San Bernardo era un pueblo completamente separado de Santiago y -por tanto- contaba aun con actividades locales. A través de cierta crónica de El Mercurio me enteré de la existencia de un torneo ajedrecístico que allí se efectuaba todos los veranos, y en cuya última versión había logrado el título de campeón... la señorita Berna Carrasco, muy bella a juzgar por la foto que acompañaba el artículo. Confieso que me sentí un tanto sorprendido de que una mujer hubiese ganado un certamen en el que también participaban hombres, ya que el paradigma de aquella época era que las mujeres carecían de todo sentido de lógica y –consecuentemente- eran incapaces de elaborar estrategias de ningún tipo. Lo mismo le pareció a mi amigo Alejandro Maccioni, y una tarde, movidos por la curiosidad (y –hay que decirlo- también por la belleza de la campeona), nos desplazamos en su auto por la avenida Ochagavía que aún estaba circundada por el bucólico paisaje campestre, hasta la sede del club, aledaña a la Plaza de Armas. Era una típica casa de estilo semicolonial con un patio interior hacia el que daban las antiguas habitaciones. Llegamos alrededor de las ocho de la noche. En el patio, iluminados con potentes focos, se habían instalado los tableros donde 34 de los 35 participantes (uno había quedado libre) estaban concentrados en sus partidas. En un sitial de honor estaba Berna, jugando con negras contra un caballero bastante entrado en años que fumaba sin cesar y –como le sucede a muchos jugadores nerviosos- movía constantemente los pies. Ella me reconoció de inmediato pero –naturalmente- no quise distraerla. En un tablero cercano había otra bella mujer, que según me dijeron era su hermana.

Desde luego nuestra visita además de complacer a los directivos del club los sorprendió, y de inmediato mandaron a comprar unas botellas de vino para agasajarnos. Fue mi primer contacto con Berna Carrasco, quien junto con su hermana Eliana constituyeron una revelación ajedrecística. La “Sambernadina”, como sería bautizada Berna por las crónicas periodísticas, se inició oficialmente en el ajedrez jugando por el club local. Se tituló tri-campeona nacional en 1936, 37 y 38 siendo su rival más cercana su hermana Eliana a la cual siempre superaba por medio punto. Berna relata cómo llegó al ajedrez: “…empecé en forma insólita, por casualidad. Fue cuando llegamos a vivir a la calle Arturo Prat de San Bernardo y encontramos abandonado un juego de ajedrez. Como ninguno de nosotros sabía jugarlo, mi padre, médico cirujano, debió aprender para enseñarnos a mi hermana y a mí”, “Al principio jugábamos sólo en la casa. Mi padre en vez de seguir dándonos la cuota mensual de plata que nos tenía fijada, de ahí en adelante empezó a entregarnos premios en dinero según los resultados del juego”. Su figura se agiganta al recordar su extraordinaria actuación en Buenos Aires, donde obtuvo el tercer o segundo lugar16 –según como se mire- en el campeonato mundial femenino, con lo que elevó al ajedrez chileno a un puesto de privilegio en el ranking femenino mundial. A ella le otorgaron el título de Maestra Internacional anticipándose en ese sentido a todos los hombres. A la pregunta de cuál era el tipo de juego que mas le gustaba, respondía “Mi fuerte es el juego posicional. Es decir, tratar de dominar las casillas débiles que deja el adversario. Creo que tengo disposiciones para la práctica. He sido autodidacta. Aprendí mirando y por libros” ¡Qué caprichos del destino! ¡Esas piezas abandonadas estaban ociosas esperando que alguien las moviera y las llevara a la gloria!

La afición de Berna por el juego posicional está magistralmente revelada por la partida -que aparece al final de este libro- con la representante de Holanda que termina con un hermoso “mate a la dama”. Con ese estilo ha obtenido además triunfos en Chile, Yugoslavia, Rusia, Austria, Cuba, Brasil, Argentina y Uruguay. Se retiró del ajedrez competitivo en 1980; pero por muchos años, ya fallecido su marido, siguió siendo una asidua visitante del Club Chile.
En 1932 el Torneo Mayor se convirtió en el acto principal -una especie de Copa Davis- de la perenne contienda ajedrecística del país, ya que por primera vez congregó más de setenta jugadores, entre los denominados “mayores”, las damas los “reservistas” y los escolares. La sede fue el Internado Barros Arana, de la calle Santo Domingo, frente de la Quinta Normal. El edificio, de inconfundible estilo parisino, había sido diseñado por Victor Henri Villeneuve hacia fines del siglo diecinueve, y entre sus instalaciones contaba con pista atlética, canchas de fútbol, piscina temperada, teatro y una enorme biblioteca. Todo eso –pensé- para un grupo de visitantes efímeros como éramos nosotros, resultaba tan imponente como para los escolares que -tras dejar sus hogares provincianos- llegaban a él a pasar varios años de sus vidas.

Al inaugurar el torneo, y para testimoniar su apoyo oficial a la actividad, se hizo entrega de un pergamino al Presidente Alessandri quien se encontraba al final de su mandato. Por supuesto, una vez que descendió del podio me acerqué a él para saludarlo como viejo rival de los sábados en el salón azul de la Moneda, pero en lugar del abrazo caluroso que esperaba, me dió un sobrio apretón de mano. En las calles del centro los estudiantes se habían tomado la Casa Central de la Universidad de Chile, y una hendidura de preocupación entre sus cejas dejaba entrever la amenaza de turbulencias.

-Cómo está, Rodrigo- me dijo mirándome fijo y esas fueron sus únicas palabras antes de dirigirse a otro de los presentes.

Mariano Castillo, tal vez notando mi decepción, me dedicó una triste sonrisa de complicidad y se encogió de hombros.

-Así son los políticos- dijo

Después, mientras avanzaba el torneo las posiciones suspendidas, los errores, la exultante felicidad de los ganadores y el mal disimulado pesar de los que dejaron escapar una partida ganada desalojaron de mi mente ese recuerdo y, de las conversaciones, el lujo del entorno. Me acuerdo, eso sí, de la figura de Salas Romo, el campeón del momento, dibujándose contra las luces del salón de actos, enchapado en gruesas láminas de pino oregón, atisbando las partidas, entregando sus comentarios a los periodistas y tratando de descubrir quén sería su desafiante. Tuve suerte. Sus paseos, así como los de la mayoría del público, al correr de las fechas fueron convergiendo hacia mi tablero.

En mi partida frente a Tulio Pizzi llevábamos 30 movidas en poco más de una hora y media de juego cuando -a consecuencia de subestimar la capacidad de mi adversario- cometí un error que comprometió seriamente el resultado. Entonces empleé por primera vez la mañosa táctica de dejar correr intencionalmente el reloj para provocar en él una sobrecarga de adrenalina. En efecto, mis respuestas rápidas lo desconcentraron y terminó cometiendo los errores que me permitieron ganar y asegurar el primer lugar. No me enorgullecí mucho de ese triunfo, pero hay que considerar que así son los juegos. Siendo sincero, tampoco sentí vergûenza. Si no fuera por el deseo de triunfar, o al menos de no perder, los deportes -y particularmente el ajedrez- perderían más de la mitad de su encanto.

Pero además del patido mencionado, que sólo fue una anécdota, quiero dedicar unas líneas al Dr. Tulio Pizzi pues -aunque nunca intimamos- tenemos en común dos cosas: el haber compartido el juego-ciencia con la vocación profesional y el haber –finalmente- renunciado al primero en beneficio de la segunda. Tulio fue Profesor de Parasitología y Patología General, Miembro del Comité de Expertos en Inmunología de la WHO (Ginebra), 1963-1983 y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile entre 1976 y 1979. Además fue Editor Responsable del Boletín y las publicaciones de la Academia Chilena de Medicina, autor de más de 100 publicaciones científicas y de un libro sobre Inmunología de la Enfermedad de Chagas.

Como ajedrecista llegó a Campeón de Chile en 1946 y perteneció a la generación de que yo integré, en la que se alinean también Rene Letelier, Carlos Jáuregui, Enrique Reed, Walter Ader, Alejandro Maccioni y Julio Salas Romo, entre otros. En su carrera -más corta que la mía- enfrentó a celebridades como Najdorf, Euwe, Guimard, Eliskases, Pilnik y Bolbochán con buenos resultados.

Como contrapartida –y para ser justo- deseo también referirme a René Letelier, quien se dedicó enteramente al ajedrez, con todos las renuncias que ello implica. René hizo su debut en el torneo que da nombre a este capítulo, y finalizó en un excelente cuarto puesto. Se demoró algo en alcanzar el cetro chileno pero terminó lográndolo nada menos que nueve veces. Su reciente muerte, a pesar de su avanzada edad, nos sorprendió y nos entristeció a todos, pues con ella toca a fin una época a la que yo una vez llamé la de los Buenos Muchachos, para quienes el ajedrez era una parte importante –si no la más vital- de su existencia. Él y yo fuimos rivales durante más de 30 años y compartimos una causa común cuando junto a otros “muchachos” que ya se han ido, representamos a Chile en torneos y olmpíadas. Creo que René tuvo sobre los demás ese don innato de los que saben reírse de sí mismos sin tomar las cosas a la tremenda, y perseverar hasta ver la obra concluida.

Pero, tal como en otros deportes se otorga actualmente el premio al fair play, si en mi época hubiera existido un galardón semejante a los ajedrecistas, se la habría dado sin lugar a dudas a Enrique Reed, un viñamarino que antepuso la honestidad a cualquier otro valor o ambición. Uno de sus dichos ha dejado cierta huella en mi persona, y no porque yo fuera particularmente asiduo al juego limpio. Siendo aun muy joven, cuando se comentaba acerca de los trucos que solemos emplear los jugadores avezados a fin descolocar a nuestros rivales y se lo incitaba a ponerlos también en práctica su respuesta era que “perder la honestidad era perderlo todo”. Ese maestro del juego limpio tiene, no obstante producciones que aun hoy, casi sesenta años después de realizadas se siguen comentando, como aquella que jugó contra Emil Stefanov17 -el mejor de los búlgaros- en Buenos Aires en 1938.



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal