Casa de la cisterna 1917-1923



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CUANDO LES GANAMOS A

LOS ARGENTINOS

Antes de mi aparición en escena, el ajedrez en Chile ya había tenido su historia. En 1920, antes incluso de que apareciera la Federación, se realizó el primer campeonato nacional y el vencedor de la jornada fue Carlos Peralta, de quien casi no se habla hoy día pero cuya calidad de maestro y jugador era conocida desde 1918 en los principales círculos de la capital. Participó en las lides universitarias como estudiante de ingeniería primero y después como pedagogo en matemáticas y física. Sus modelos eran Marshall, y muy especialmente Capablanca. Con el material ajedrecístico que recibía de revistas extranjeras y sus propias ideas confeccionó una pequeña “biblia” de aperturas. Fundó clubes en La Serena -su ciudad natal- y también en Talca, Osorno, Ancud y otras. Peralta creía firmemente que el ajedrez era útil al espíritu y al perfeccionamiento de la juventud. Murió relativamente joven, pero –por suerte para el ajedrez chileno y para mí- alcanzó a traspasar su mística a su discípulo Mariano Castillo.


Otra gran figura, aunque menos conocida, fue Klaus Junge. Su padre, Otto, fue Campeón de Chile en 1922. Era hijo de un médico alemán que emigró a nuestro pais cuando Otto era ya un gran jugador. Lo conocí unos días antes del inicio del Campeonato de Chile de 1926 -cuando se disputó el match con Argentina- y trabamos una grata amistad que lamentablemente duró poco: en 1928 retornó con su familia a Alemania (gran vacío en el escenario local) y le perdí la pista. En 1936, en la visita que efectuamos a Europa (que relataré más adelante) nos reencontramos en Hamburgo jugando partidas rápidas y charlando -no de política, pues el tema era muy sensible en ese momento-. De su familia sólo me contó, entonces, que tenía dos hijos hombres.

Pero varios años después, supe de Klaus, su primogénito chileno -nacido en Concepción en 1924-, de su increíble ascensión en el mundo del ajedrez y de su muerte en Welle, dos días antes del armisticio, mientras defendía una posición, ante una abrumadora fuerza aliada.

Klaus Junge llamó la atención de los críticos desde muy joven por su interesante juego y por sus precoces participaciones en torneos internacionales. A los 17 comparte el primer puesto en el campeonato alemán. Ese mismo año fue primero en Bad Oeynhausen y cuarto en uno de los torneos disputados en la Polonia ocupada. En 1942 se clasificó segundo en Cracovia y primero – junto con Alekhine- en Praga. En 1956, tras estudiar una recopilación de sus partidas bajo el título "Das war Klaus Junge", me convencí de que con su muerte el ajedrez chileno, alemán y mundial vio segada una promesa a punto de cristalizarse.

Un hito importante del ajedrez nacional se produjo poco antes del Campeonato de 1926 con una sorpresiva victoria sobre Argentina cuyos ecos resonaron en todas partes. Don Jorge Walton, autodenominado Amos Burn4, entusiasta dirigente y redactor de ajedrez del diario La Nación, logró a nombre de ese medio la concertación de un match telegráfico entre ambos países. La cita no creó gran entusiasmo pues existía escepticismo sobre el desempeño de Chile ante una potencia mundial como eran los trasandinos5. Finalmente se convino en que se jugarían dos partidas en consulta de tres jugadores por lado, y los equipos quedaron conformados como sigue:


TABLERO Nº1

Chile (con blancas): Mariano Castillo (campeón 1924), Carlos Peralta y Carlos Anfruns. Suplente Luis Muñoz

Argentina: Roberto Grau, Luis Palau, Arnoldo Ellermann

TABLERO Nº2

Argentina (con blancas): Damián Reca (campeón 1925), Alejandro Nogues Acuña y Conrado Bauer.

Chile: Otto Junge (campeón 1922), Alberto Conejeros y Rodrigo Flores6. Suplente Santiago Ureta.


La importancia que se le dio al match queda demostrada en el hecho de que en el tablero número 1 transmitió la jugada inicial el Presidente Arturo Alessandri, mientras en el 2 lo hizo el Embajador de Argentina, J.J. Malbran. Como es lógico la apertura se jugó en forma más o menos rápida respondiendo en morse el cabo de 10 o 15 minutos, pero como -por reglamento- cada equipo tenía un plazo de 24 horas para responder, una vez alcanzada la etapa del medio juego los intervalos se fueron alargando y aumentando la ansiedad de los grupos en pleno, cada vez que empezaba a sonar la consola del teletipo. A cada lado, un veedor nombrado en acuerdo por ambos bandos vigilaba que no se soplaran jugadas de modo que nos encontrábamos incomunicados como los jurados que se ven en las películas norteamericanas y la pasión llevaba a ocasionalmente subirnos el tono de la voz. Imagino que algo parecido estaba ocurriendo en Buenos Aires. En nuestro caso, afortunadamente, siempre logramos la unanimidad y con el transcurso de los días a medida que el juego nos fue siendo favorable, los desacuerdos cesaron completamente.

Los resultados fueron: Tablero 1 Tablas en 22 jugadas, Tablero 2 Ganan las negras en 42 jugadas. En nuestro caso (Tablero número 2) el escueto mensaje final “abandonamos” recibido en el teletipo dio paso a una aclamación de júbilo que me hizo recordar aquellas que –encaramado en la higuera- percibía provenientes del kiosco de mi padre. Sólo que esta vez yo también grité a todo pulmón. Después se abrió la puerta que nos separaba de nuestros compañeros del primer equipo y los abrazos fueron como cuando se encuentran las dos mangas de un largo túnel.

Frente a la derrota, en Argentina hubo reacciones parecidas a las que tuvieron lugar hace algunos años cuando su equipo de fútbol cayó cinco a cero con Colombia en la Bombonera, sólo que obviamente aquélla vez no se pudo discutir en televisión, pero en la radio y en los periódicos no faltaron las condenas implacables a sus maestros, acusándolos de hacer gala de cierta actitud fanfarrona y sobrada, todo ello con gran regocijo de nuestra parte. Al final reconocieron que habían perdido en buena lid y –un poco entre dientes- fuimos felicitados por sus autoridades ajedrecísticas. Desde entonces nos han invitado regularmente a participar en los grandes torneos internacionales que organizan.

Aunque en Chile la victoria haya dado lugar a una más de esas explosiones nacionalistas que estallan cada vez que -como en el caso del Chino Ríos- un deportista de esta tierra alcanza alguna connotación a nivel internacional y estaba en boca de todos que por lo menos en ajedrez éramos mejores que los argentinos7, el principal logro de la iniciativa de don Jorge Walton fue que el encuentro contribuyó a forjar una creciente amistad entre los círculos a ambos lados de la cordillera.



MIS AÑOS DE AJEDREZ

1927 a 1953

Fue entre 1927 y 1953 cuando más ajedrecista me sentí y en honor a esos años deseo trasmitir este pequeño resumen de los eventos más importantes que de esos años conservo en la memoria. Sin dudas que muchos se han desvanecido de mi recuerdo. Espero que quienes no menciono no me tomen por ingrato.

Cuando llegó el año 1927 el mundo ajedrecístico estaba en suspenso por el match entre Capablanca y Alekhine por el Campeonato Mundial. Capablanca había vencido a Lasker, quien detentó el título por 27 largos años, ocho de ellos invicto. Si bien Alekhine se perfilaba como el más calificado aspirante, al momento del match nunca le había ganado a su rival y el ambiente vaticinaba una fácil victoria del cubano. El diario La Nación (de Santiago) decidió enviar un corresponsal a Buenos Aires y lógicamente le ofreció esa misión a Mariano Castillo por ser el campeón indiscutido, pero ante su renuncia por motivos de trabajo, y a pesar de que yo sólo tenía 13 años, se me nominó. Además de comentar para el diario había que cumplir una serie de actos protocolares codeándose con autoridades y protagonistas del certamen. Mi padre no cabía en sí de orgullo y decidió acompañarme. En medio del fárrago de la cita, jugué varias partidas informales con público, y una de ellas -con Luis Palau, campeón sudamericano del momento- derivó en un incidente poco grato: alguien la rehizo y la envió a la revista L’Echiquier, donde apareció publicada junto a mi foto. Ello, naturalmente, molestó a Palau, aunque jamás me lo echó en cara.

Como todos saben, se impuso finalmente Alekhine, que según Reti “demostró ser mejor psicólogo que Capablanca”. La reciente opinión de Kasparov es que “el match mostró que la era post–Steinitz, de un ajedrez puramente clásico, estaba terminando y se iniciaba un nuevo estilo de juego, creado por Alekhine”. En todo caso, el duelo nunca tuvo revancha y ambos colosos se fueron enemistando hasta la ruptura total.

Luego de su triunfo, Alekhine hizo una corta gira por Chile jugando simultáneas en el Teatro Caupolicán. Allí estuve, y me batió en dos oportunidades, pero aun me duele acordarme de que en una, yo tenía el juego ganado.
Si bien a los vencedores de los torneos de Carrasco en 1921 y 22, Montevideo en 1925, y otros que se realizaron más tarde en Asunción y Sao Paulo se les dió el título de Campeón de Sudamérica, el primer certamen que llegaría a ser realmente internacional -y cobraría relevancia a nivel mundial por la cantidad y calidad de los ajedrecistas que concurrieron- se celebró en 1928 en Mar del Plata8. Entiendo que la Federación me consideró a la hora de decidir quiénes representarían a Chile, pero finalmente el equipo estuvo integrado por Mariano Castillo, Carlos Anfruns, Santiago Ureta y Alejandro Perea, en ese orden. Me queda el consuelo de que todos practicaban en la glorieta de mi casa, por lo que de existir aún, ese kiosco de madera tendría que ser considerado una reliquia. Castillo -séptimo con 53%- fue como de costumbre el mejor chileno del torneo.

En 1929 Castillo ratificaría su dominio a nivel de Campeonato de Chile, con 1 ½ puntos sobre el chico Muñoz que fue segundo, mientras los que más tarde serían sus principales contendores, esto es, René Letelier, Julio Salas Romo y yo entre otros, todavía no entrábamos plenamente en escena. Como se verá más adelante, mi primer trofeo nacional lo alcancé en 1931. Al año siguiente lo obtuvo por única vez Enrique Reed, y en 1934 volvió a su eterno dueño Mariano Castillo que con eso afianzó una continuidad proverbial, sólo interrupida esporádicamente y nunca dos veces por un mismo jugador. Mi inesperado segundo cetro en 1935, fue la primera excepción a la regla.

En cuanto al desarrollo del juego ciencia durante esos años, la siembra de Carlos Peralta dió sus primeros frutos con el nacimiento de una serie de clubes provinciales, muchos de los cuales aún perduran. Emulando al Club Chile, estos clubes de provincia, con pocas comodidades y gran entusiasmo no veían al ajedrez como un mero pasatiempo sino como un deporte competitivo y sus miembros se clasificaban en categorías a través de las que había que ganar posiciones. Surgieron, pues, competencias de ascenso y torneos interprovinciales individuales y por equipos, lo que contribuyó notablemente a su expansión. Por supuesto, la máxima aspiración de cada club era tener a uno de los suyos jugando en el torneo mayor.

No se alcanzaron los mismos éxitos en el campo de las publicaciones, que es otro de los vectores de difusión. El primer número de la revista “Ajedrez Chileno” (Órgano Oficial del Club de Ajedrez Chile) apareció en Mayo de 1938 y llegó a editar trece números. Sus primeros directores fueron René Letelier, su hermano Gustavo, y Hernán Manasevic. Sólo seis años más tarde, en 1944 apareció “El Alfil” (después se llamaría “Jaque Mate”) a cargo de Walter Ader9 que perduró hasta Diciembre de 1945. Otras revistas nacionales como “A5CD” se han caracterizado también por su corta existencia. Hoy, con la apertura global que significa Internet, fundar otra revista de ajedrez sería casi quijotesco, pero varios periódicos mantienen columnas acerca del juego ciencia en sus respectivas secciones de deportes.

Tras conquistar por segunda vez el Título Chileno, tuve mi primera experiencia fuera del país en el Sexto Torneo Internacional de Mar del Plata de 1936, donde junto a Castillo y Letelier –después de un comienzo vacilante- terminamos cumpliendo un buen desempeño. Yo alcancé el 50% de los puntos posibles -casi todos en base al estilo aprendido de “Kombinationen”, la obra de Kurth Richter- y Letelier hizo otro tanto, lo cual no estaba mal para unos jóvenes debutantes. Por ello la crítica nos fue generosa, advirtiendo eso sí, que dicho estilo era muy propio de nuestra juventud. En realidad, el paradigma de que los jugadores evolucionan de lo combinativo a lo posicional a medida que maduran se ha extinguido con el tiempo, y el ajedrez actual simplemente no lo acepta: jugar bien requiere amalgamar ambos conceptos.

En cualquier caso, el predominio argentino fue aplastante ya que con sólo ocho jugadores -incluidos Roberto Grau, Isaías Pleci y el “viejo” Benito Villegas- se adueñaron de las siete primeras posiciones. Hasta esa época- y a pesar de nuestros denodados esfuerzos- no era mucho lo que se había conseguido en orden a desvirtuar esa superioridad.

Tras esos éxitos oficiales, en 1937 yo era el favorito para quedarme con el título, pero entonces sólo tuve una actuación mediocre, y fue Julio Salas Romo quien se erigiría campeón. Al hacer una autocrítica a mi desempeño, vislunbré que esa inclinación por las combinaciones –aprendida de Richter- era un arma de doble filo ya que ante jugadores preparados podía fracasar. Con los años reconozco causa de ese débil actuación en una falta de ese elemento tan primordial para lograr el éxito que es la humildad. Pero claro, si uno se siente superior y está cansado, quiere terminar rápido. Jugué variantes consideradas obsoletas como el Gambito Blumenfeld, el Gambito de Budapest, el Contragambito del Centro, sólo porque ofrecen mejores posibilidades de combinar y se gana o se pierde antes de las veinte jugadas. Para mi desgracia, las veces que perdí fueron más que las presupuestadas, y terminé cuarto con gran desazón de mis fans.

Con todo, mi lugar en el equipo chileno ya estaba asegurado. Gané el torneo de Sao Paulo10 de 1937 -cierto es que había sólo un representante argentino11- gracias a lo cual me adjudicaron título de Campeón Sudamericano, que fue mi primer título internacional y no se repetiría hasta varios años más tarde cuando gané el torneo del Club Marshall, en Nueva York. Afortunadamente no me creí mucho eso de Campeón Sudamericano porque la gloria me duró sólo unos cuantos meses, hasta el torneo de Carrasco de 1938. A pesar del pobre desempeño que tuvimos Letelier y yo12, dicho torneo resultó enriquecedor para ambos, debido a la presencia de Alejandro Alekhine, que acababa de reconquistar el título mundial.

En 1940 cuando aún resonaban los ecos de la Olimpíada de Buenos Aires, gracias al empuje de Enrique Reed y el Club de Valparaíso -y a varias coincidencias afortunadas- el Torneo Mayor de Chile se convirtió por primera vez en una competencia internacional. La revista “Ajedrez Chileno” de 1959, Nº4, relata casi 20 años después que Guimard y Grau, dos emblemas argentinos, vinieron en el automóvil de un amigo, sin hacer exigencias de ningún tipo, ni premios ni viáticos”. El mejor chileno de ese torneo fue -para variar- Mariano Castillo.

Pero, paradójicamente, después de ese evento que se suponía nos iba a lanzar al ruedo internacional, lo que vino fue un período de desorganización, debida en parte al deceso del dirigente más activo D. Dimas Muñoz. Alcancé mi tercer título en 1941 antes de que la actividad cayera en un pozo de dos años en el que no se efectuaron campeonatos, simplemente porque no había nadie dispuesto a organizarlos.

En 1944 se desarrolló un Congreso con representantes de 20 clubes que logró echar las bases de un nuevo período pujante. No faltaron las ideas que -tal vez por utópicas- no resultaron, como aquella de establecer en el Instituto Pedagógico la cátedra de “Ajedrez” y –emulando a la Unión Soviética- incorporar el juego-ciencia a la enseñanza primaria y secundaria. Pero también hubo logros como el de crear una nueva institucionalidad que incorporó a representantes provinciales y restituyó la actividad competitiva. Revalidé mi título en el Torneo Mayor de 1944 que contó con la participación del maestro argentino Carlos Guimard y el uruguayo Carlos H. Fleurquin. René Letelier a medio punto del segundo, se clasificó en tercer lugar. Recuerdo que se me reprochó mi estilo “bailando en la cuerda floja”, seguramente un resabio del instinto combinatorio de mis anteriores actuaciones.

Después de ese torneo, fui comisionado por la naciente Compañía de Acero del Pacífico (CAP), en un grupo de ingenieros chilenos, para supervisar los primeros diseños estructurales de edificios en la Planta de Huachipato, que se realizaban en Nueva York en las oficinas de Edwards and Hjorth. Partimos, pues, con Marta, dejando a nuestros dos hijos, Patricia y Rodrigo, encargados con unos familiares en Quillota y creo que fue durante ese lapso cuando Patricia, la mayor, le tomó cariño a la profesión de parbularia que más tarde abrazaría.

El objetivo del viaje era asesorar en materias sismicas a los ingenieros del Este de Estados Unidos que –por no tener temblores- carecían de experiencia en la disciplina. Viví un año y medio en USA y me tuve que alejar del ambiente nacional. Creo, no obstante, que fue en ese período cuando alcancé mi madurez ajedrecística. A poco de mi llegada, tomé contacto con el medio de Nueva York y fui un asiduo visitante del Club Marshall13, que funcionaba en la calle 23 -no lejos del lugar donde se erigiría más tarde el World Trade Center. Se realizaba cada año un Torneo de maestros y a mí me tocó participar en el de 1946 – 47. Logré imponerme con catorce victorias y una tabla en 18 partidas. Segundo fue el vencedor del año anterior Milton Hanauer con 12 victorias, tercero Jack Collins, y cuarto y quinto empatados Larry Evans y Anthony Santasiere. Larry Evans tenía entonces 14 años.

En cuanto a Jack Collins, su persona me llamó la atención desde el primer día. Iba en una silla de ruedas conducida por una dama –su hermana Ethel- y siempre estaba siendo requerido por personas deseosas de hablar con él. Recuerdo que cuando nos enfrentamos desarrolló una defensa Caro-Kan y la posición se simplificó rápidamente por lo que sólo cruzamos unas pocas palabras, suficientes para darme cuenta de su poderoso carisma. Sólo supe algo de su vida a través de un artículo titulado “Remembering Jack Collins” que apareció en Marzo de 2002 en la revista Chess Life, con motivo de su fallecimiento a los 89 años. Collins organizó en su casa una escuela de ajedrez para menores que enseñó a mover las piezas a grandes figuras del ajedrez norteamericano. En ella se conserva como reliquia histórica el sitial donde Bobby Fischer aprendió los primeros secretos.

A Collins “Chess Life” le dedica el siguiente epitafio:

“Fue el Profesor del Siglo XX. Todos lo querían, y su legado es magnífico. John W (Jack) Collins será recordado por muchos del mundo del ajedrez”.

Además del inolvidable ambiente de camaradería, el recuerdo del torneo del Club Marshall tiene para mí un sabor muy especial pues durante él nació mi hija Bernardita, casualmente un día después del nacimiento del hijo de Milton Hanauer. Después de que obtuve el título, la portada de la revista Chess Review, órgano oficial del Club era ocupada por mi foto con Bernardita en brazos. A pesar de ese gran debut, ella no se ocupó del ajedrez y hoy reside en Canadá dedicada exitosamente a los idiomas. Durante mi estadía en Nueva York ocurrió, además, otro hecho cuya trascendencia en el momento pasó casi desapercibida. En una de esas tardes en que me desplazaba vía Subway entre el hotel y el Club Marshall me encontré con Jorge Jiménez, un ingeniero de Endesa con quien en algún momento tuve una cierta relación laboral. Que dos chilenos se encuentren en Nueva York no era entonces un hecho ten cotidiano como lo es hoy de modo que ambos nos alegramos y nos pusimos a conversar. A él, tras una permanencia de un año y medio en Nueva York, le faltaban pocos meses para finalizar unos estudios de pos grado en Cooper Union de modo que su regreso a Chile iba a ocurrir más o menos en la misma fecha que el mío. Ninguno tenía muy claro a qué se iba a dedicar una vez de vuelta, y momentos antes de despedirnos, me propuso que hiciéramos una sociedad de ingenieros. Acepté, consciente de que esos compromisos al pasar, rara vez son algo más que un formalismo de urbanidad, pero esta vez la idea permaneció en mi mente y –al parecer- también en la suya. Un lustro después de ese primer encuentro aparecería RFA ingenieros, que por estos días va a cumplir cincuenta años de permanencia en el mercado.
Cuando regresé a Chile en 1949 las reglas respecto a la obtención de la corona de Campéon habían evolucionado, imitándose el sistema que utiliza la FIDE para el Campeonato del Mundo, es decir que -previo al match definitorio- se realiza un torneo de Candidatura sin participación del Campeón, y el ganador debe jugar 10 partidas con aquél para determinar al monarca por los siguientes doce meses.

Después de una exitosa incursión del Dr. Tulio Pizzi en 1947 -y tras un duelo electrizante- el título había vuelto a manos de Mariano Castillo, y el propio Castillo ratificó por enésima vez su capacidad en 1948 aplastando al retador Roberto Maccioni. Yo paticipé en el torneo siguiente, y alcancé el primer lugar en empate con René Letelier. Tras una definición a cuatro, gané a duras penas la calidad de retador y me dispuse a enfrentar a mi maestro. Como era de esperar, el encuentro fue afectuoso tras bambalinas pero extenuante en el tablero. En la sexta partida logré ponerme 4 a 2 y a sentirme cuasi-campeón. Sin embargo Castillo era duro de matar. Se recuperó y terminamos empatados a 5 con lo que retuvo su corona.

En 1950, retomé el liderazgo, lo ratifiqué al año siguiente, y en 1952 –cuando completé tres títulos seguidos- fui considerado como el natural sucesor del mítico maestro. Se dijo entonces que éste ya empezaba a mostrar los primeros indicios de decadencia. Y a pesar de ello recuperó otra vez sus laureles en 1953.

Pero ese sería su último título.

Ya en 1948 aparece en el horizonte ajedrecístico nacional la figura de Carlos Jáuregui, que si bien no logró inscribirse entre los campeones, es un caso especial por su honestidad deportiva y por su entrega al juego ciencia sin fijarse en sacrificios. En cierta ocasión –ya no recuerdo el año- lo derroté en una instancia decisiva y al día siguiente recibí de él una felicitación telefónica, lo que en el ambiente extremadamente competitivo de los torneos resultaba casi inconcebible.

-Ud. jugó muy bien –me dijo- . Planteó un avance de peones en el flanco dama pero concentró sus piezas más pesadas en el flanco rey. Con eso aprovechó de manera muy inteligente la debilidad de mi enroque. Permítame felicitarlo.

Hago este comentario porque la mayoría de los jugadores odia perder y se esfuerza en olvidar lo más rápido posible los traspiés. Si rehacen sus partidas perdidas es sólo para ver en qué se equivocaron Son muy pocos los que en la derrota sienten admiración por quien los venció y menos aún los que la expresan sin fines mediáticos. Salvo una vez, Jáuregui estuvo siempre entre los escoltas del campeón. Con los años se dedicaría desinteresadamente a promover una inciativa a nivel nacional para la búsqueda y formación de talentos.
Desde luego, y a pesar de los 11 títulos nacionales que obtuve, hay una clara diferencia entre mi competitividad en Chile y en el extranjero. Cuando jugué en Chile tuve siempre que sumar al estrés de los campeonatos mayores -que duraban hasta altas horas de la noche- la rutina laboral (la mía comenzaba a las 8 de la mañana como profesor y terminaba alredeor de las 20 tras mi jornada de oficina). En cambio, cuando jugábamos en el extranjero éramos huéspedes de un hotel –generalmente a orillas del mar- y teníamos todo el día para descansar o analizar partidas con lo cual la lucidez frente al tablero estaba en su máximo vigor.

Por supuesto que para todos los competidores chilenos fue más o menos lo mismo, ya que todos necesitaban ganarse la vida (huelga decir que de otra manera probablemente no habría obtenido ningún título) pero cuando se presentaba en nuestro país algún maestro extranjero, éste podía obtener una ventaja evidente si lograba llegar a la movida cuarenta (punto en el cual está permitido suspender la partida dejando una movida sellada) ya que disponía de muchas horas para analizar la posición y encontrara el plan más efectivo.

La circunstancia es un efecto del gran problema del ajedrez, esto es, ¿cómo mantener una actividad que no produce entradas? La solución llegó mucho más tarde con la profesionalización, materializada sólo en los últimos años, cuando yo ya me había retirado.



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