Casa de la cisterna 1917-1923



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APRENDIZAJE

Gracias a permanecer en la casa reconocí temprano cierta inclinación por la lógica y las matamáticas. Me avergonazaba no ser como los demás niños que sí iban al colegio, pero creo que de haberlo hecho la sensación de ser distinto me habría forzado a “superar” mi vocación como si fuese una tara. Estando en casa, en cambio, no tuve necesidad de rendirle cuentas a nadie ni someterme a una disciplina estudiantil que a mi juicio aún hoy apunta hacia la estandarización, concentrándose en corregir defectos y pasando por alto las virtudes. Con toda humildad sostengo que aunque gran parte de los míos permanecieron sin tratamiento -y no son pocos- a esos primeros años les debo mi éxito en el ajedrez y los aportes que con la ayuda de un grupo de colegas hice a la ingeniería antisísmica, como investigador y como profesor universitario. No todos tienen la oportunidad que yo tuve y en una suerte de homenaje he dedicado este libro a los que me la brindaron: mi padre -a quien ya me he referido- y Don Mariano Castillo.

Los sábados Don Mariano se apartaba del grupo de ajedrecistas y emulando a las nueve lecciones magistrales en las que el gran Sissa enseña a sus amigos en el cuento, sentados bajo las ramas de la quinta me enseñaba a escribir y leer «en ajedrez». Con él aprendí el valor de las piezas, la finalidad del enroque, a empezar y terminar partidas sencillas, a cuidarme de las celadas y otras técnicas, en fin, un conocimiento básico del juego. Muy pronto fui capaz de identificar posiciones ventajosas y eso sumado a las “tareas para la casa” –como él llamaba con cierta ironía a los problemas que yo debía resolver en la semana- logró que los rudimentos se transformaran en experiencia. De hecho –al revés de lo que sucede con las actuales máquinas- los grandes jugadores escogen mejores jugadas, no porque investiguen con mayor profundidad o visiten más nodos en el casi infinito árbol de búsqueda, sino porque predicen con mayor exactitud y evalúan mejor la posición que resulta de cada variante. Para ello –en lugar de deleitarse con sus triunfos- prefieren estudiar cuidadosamente sus derrotas y comprender sin lugar a dudas en qué se equivocaron. El aprendizaje verdadero está después, en la actitud de admitirse el error frente a esa comparación y el estudio de los por qué del equívoco o la interpretación deficiente. Pocos son los que realizan este trabajo personal, que muchas veces el profesor, por seguir con sus temas, no permite en el aula y en grupo. Pero en el ajedrez tal situación es natural y constante. El deportista empieza a ser consciente de que una variante no le dio resultado y busca saber cuál es la correcta o estudia sus factores erróneos desde tierna edad. Por ello el test se impone en el aprendizaje diario, así como en cada partida. El profesor o entrenador actúa como mediador entre el conocimiento, la teoría y el protagonista del acto educador.

No tardé en darme cuenta de que mi profesor cometía errores adrede para estimular mi visión de las oportunidades (lo cual no atenuó mi orgullo la primera vez que logré vencerlo) pero intuí también que cuando se acariciaba la barbilla y tenía que pensar unos minutos antes de responder a algunas de mis jugadas, eso no era fingido.

Por cierto, me enseñó también que el ajedrez no se juega sólo en el tablero sino que hay ciertos ardides como el de distraer al rival simulando preocupación ante una jugada inocua o acelerando el ritmo del juego, que son –como en cualquier deporte- la pimienta del cotejo. Eso sí, a diferencia de lo que ocurre en el fútbol (algunos de cuyos partidos últimamente me he permitido ver por televisión) en el ajedrez no es fácil impresionar al árbitro. Lógicamente los jugadores experimentados evitan a toda costa que su expresión facial o corporal revele lo que sienten. En algun momento, sin embargo, intentan hacer lo mismo que uno, es decir, interpretar la actitud y cuando esos intentos coinciden se establece una efímera comunicación de la cual cada uno trata de sacar ventaja.
En casa, mi tiempo se repartía entre estudios y momentos de ocio, pero en general era yo y no mis profesores quien lo dirigía. Una parte la destinaba a deambular por la quinta y a enterarme de lo que sucedía en el entorno para publicarlo en “El Cucho”. Hace poco recuperé de manos de mi hija Patricia, una colección empastada con varios ejemplares encontrando que la sección Vida Social, contenía noticias como el “nacimiento” de una gata de la sra. Minetti (seguramente quise decir “parto”, pero a los siete años esa palabra no estaba en mi vocabulario). Crió cuatro gatos. Se le murieron tres.

Otra sección -extraida seguramente de las páginas de Geografía Política del Tesoro de la Juventud- desplegaba mapas y estadísticas poblacionales de diversos países. Hay también muchas noticias de aviación como la hazaña del teniente primero Dagoberto Godoy que el 12 de diciembre de 1918 atravesó la cordillera de Los Andes piloteando un Bristol Le Rhone, y todo complementado con dibujos y recortes.

El ajedrez aparece por primera vez en unas hojas desprendidas y sin fecha con diagramas, comentarios y recomendaciones de una partida mía jugada hace más de 80 años contra mi hermano Max y de ahí en adelante poco a poco le va ganado terreno a la aviación como tema predilecto. De hecho a partir de los ocho yo estaba mentalizado en el ajedrez y empecé a asimilar ciertas situaciones de la vida, sobre todo las relaciones humanas -esa inacabable serie de negociaciones- con los sucesos del tablero e incluso a analizarlas ad post con el mismo lenguaje que utilizan los comentaristas del juego ciencia. Al respecto, quiero citar dos acontecimientos importantes:
Un día vi a través de la reja que da hacia el este, llegar una nube polvo. Era una caravana de autos con numerosos individuos –serian unos veinte- todos vestidos con frac y sombreros de copa. Se bajaron, se sacudieron los trajes y luego se dirigieron hacia el centro del sitio eriazo semi circundado por zarzamoras, que colindaba con nuestra casa. Allí sostuvieron un conciliábulo formal del que la distancia sólo me permitió escuchar un eco apagado. Destacaba una voz algo aguda que al parecer daba instrucciones al resto. Uno se alejó del grupo en mi dirección portando un cuaderno sobre el que escribía algo. Otro se retiró unos 15 metros en dirección opuesta y los restantes formaron un semicírculo en cuyo centro quedaron sólo dos, espalda contra espalda, con el brazo derecho recogido. En la mano portaban un objeto que parecía una pistola. A una señal, los dos hombres armados se alejaron uno del otro mientras la voz iba contando los pasos. En el paso diez se detuvo la cuenta. Los hombres giraron sobre sí mismos y se apuntaron.

Separados por una fracción de segundo sonaron dos disparos.

Como nadie cayó herido, el que dirigía ordenó un nuevo conciliábulo, tras el cual se repitió toda la escena. Pero esta vez se contaron sólo cinco pasos, y a esa distancia apuntaron y dispararon otra vez.

Nada sucedió. Tras un minuto en que la escena quedó como suspendida, bajaron las armas y el director les ordenó caminar hasta el punto de origen donde ambos contendores se estrecharon en un abrazo. Después, las felicitaciones mutuas se fueron trasmitiendo a toda la concurrencia. También abrazaron al director y al hombre del cuaderno, al parecer un periodista, y por último –entre calurosas manifestaciones de afecto- se subieron a los autos, y se fueron con gran estrépito.

Como nunca conté el hecho, no me pude enterar de que había presenciado un duelo hasta mucho tiempo después cuando leí la descripción de uno. ¿Su origen? seguramente el clima de tensión política que estaba empezando a formarse con diversas corrientes discordantes. En efecto, como supe más tarde, ya resonaban las voces de Arturo Alessandri y su enconado rival Carlos Ibáñez. El escenario internacional se estremecía con el enfrentamiento de posturas nacionalistas totalitarias y supuestos defensores de la libertad y la democracia, lucha que inundaba poco a poco a todos los sectores. No es que yo hubiese querido ver sangre, pero al principio me sorprendió que los políticos tuviesen tan mala puntería. Con el tiempo caí en que se trataba de unas tablas por repetición de jugadas, y seguramente arregladas de antemano.
El otro acontecimiento –del que esta vez fui protagonista- se podría asimilar a la peor partida que he jugado pues me dieron mate en dos movidas antes de que alcanzara siquiera a acomodarme:

Se presentaron en el sitio del lado opuesto unos hombres con huinchas de medir y diversos intrumentos de topografía. Clavaron unas estacas y empezaron a hacer los heridos para los cimientos de una nueva casa. Al cabo de unos meses ésta –con un enorme torreón que dominaba el barrio- estaba casi terminada. Poco después apareció un camión de mudanzas detrás del cual venían los que por muchos años iban a ser nuestros vecinos: Mr. Herbert Coombs, ciudadano inglés que iba a instalar una Fábrica de Explosivos en Nos, su señora Elena Silva y sus tres hijos, las hermanas Georgina y Marta y el pequeño Jorge.

Al principio -aparte de saludarlas- cada vez que me cruzaba con Georgina y Marta en la verja de entrada no les prestaba mayor atención, pero un día Marta empezó a caminar sobre la pandereta que separaba a nuestras propiedades y no pude menos que quedarme observándola. Cuando dirigió su mirada hacia mí, cambié la dirección de la mía pero por un instante nos miramos a los ojos.

Los paseos por la pandereta se hicieron costumbre y mi atracción hacia ella fue aumentando rápidamente hasta convertirse en una obsesión.

No sabía qué decirle. Tosía, canturreba o me tropezaba intencionalmente con la esperanza de que me dirigiera la palabra, pero ella se limitaba a caminar de puntillas por el muro y hacer de vez en cuando alguna grácil contorsión. A veces la escuchaba hablar y levantaba la vista pero se estaba dirigiendo a alguien del otro lado, casi siempre su hermana o su madre, que a juzgar por el tono del diálogo, no aprobaba esa suerte de peligroso exhibicionismo. Por otra parte, me aterrorizaba la idea de ser sorprendido mirándola y -a lo más- le dirigía algunas ojeadas furtivas.

Un día, mientras me devanaba los sesos discurriendo cómo abordarla, acudió a mi memoria cierta conversación escuchada por casualidad entre mis hermanos. Max aleccionaba a Enrique acerca de cómo entablar amistad con el sexo opuesto y en ese momento me pareció que sus consejos eran perfectamente aplicables a mi caso. Decidí, pues, ponerlos en práctica en cuanto se presentara la ocasión, cosa que ocurrió dos días después. Más tarde, mi mente ajedrecística hizo el siguiente análisis de lo ocurrido:

- ¿A qué colegio vas?, le pregunté.

Error en la apertura. Mejor hubiese sido “¿cómo te llamas?” o simplemente “hola”.

- Al Santiago College, ¿y tú?



Jaque. No había previsto que la conversación tomaría ese giro.

-Al... al Instituto Nacional.



Débil defensa. La única continuación adecuada era “no voy al colegio” o “estudio en la casa”, pero le tuve miedo a las complicaciones. Ella -con ese instinto que poseen las mujeres desde que nacen- percibió de inmediato la falta de sinceridad.
-Mentira, dijo después de un breve silencio, y desapareció tras la pandereta.

Mate.

Me quedé solo, con la sensación de haber jugado torpemente en mi debut. La grisácea muralla de concreto contrastaba muy poco con las nubes que cubrían el cielo de otoño, y de pronto, eché de menos a mi gato.

Gracias en parte a los esfuerzos de mi padre, el Club de Ajedrez Chile consiguió un local fijo, en el segundo piso de Bandera 154 donde funcionaba todos los días desde las 5 P.M. y hasta altas horas de la noche. Así, mientras en el ámbito familiar mis adversarios eran mi padre, mi hermano mayor Max y más tarde mi vecino -y primer amigo del barrio- Raúl Goyeneche, empezamos a ir por las tardes al Club Chile donde participé en los torneos clasificatorios. Jugué con los socios más antiguos, y aprovechando que éstos -cuando llegaba mi turno- se paraban a conversar y luego movian las piezas con cierto aire de condescendencia, logré rápidamente escalar posiciones. A los 10 años estaba en serie de honor y a los 12, cuando entré realmente al Instituto Nacional, ya tenía un lugar en el ranking.

De ese primer día en el Instituto mis recuerdos no son muy gratos. Tal vez a consecuencia de mi prolongado aislamiento- los otros niños me parecieron hostiles. Recuerdo que llevaba un sombrero circular de ala acanalada que mi madre creyó apropiado para la ocasión, y que puso bastante alegres a mis compañeros. A uno de ellos le pareció de buen gusto lanzarlo hacia las barandas que rodeaban el patio norte del mediopupilaje donde comenzó a circular entre los alumnos de segundo ciclo hasta que –con indignación contenida de mi parte- fue proyectado por encima de los tejados de cinc hacia la calle San Diego. Debo decir que aparte de ese hecho hubo otros percances que hicieron difícil mi adaptación a ese mundo tan diferente al de las higueras de la Cisterna. Pero como ocurre con todo, con el tiempo el clima estudiantil me fue envolviendo hasta convertirme en un institutano casi normal. Mi única diferencia era que distraía una buena parte de mi tiempo en el ajedrez.

Ese mismo año me invitaron a representar a Chile en un match telegráfico contra Argentina, al que me referiré más adelante, y gracias a su auspicioso resultado participé por primera vez en el torneo Mayor que se desarrolló en el Club de la Unión. Conservo una fotografía en la que aparezco en la azotea del Club, vistiendo aún pantalón corto, bajo el brazo protector de mi padre y junto a los demás contendores, entre ellos mi antiguo profesor. En ese primer torneo ocupé el quinto lugar. Sin duda que una parte de esa sorprendente clasificación la debo a que ningún ajedrecista se siente cómodo jugando contra un niño al que en cualquier otra circunstancia podría decirle cómo debe comportarse e incluso castigarlo si es desobediente.

Cuando se supo mi historia fui llamado “niño prodigio” por la prensa y pronto aparecieron otros prodigios que me desafiaban, creando cierta expectación por el resultado. Pero los retadores nunca se presentaron y mi padre llegó a convencerse de que todo era sólo un ardid de los diarios para construir noticias. El hecho es que yo siempre terminaba midiendo mis fuerzas con jugadores adultos y avezados, y aprendiendo, inconsciente-mente, su manera de pensar y de expresarse.


Mi padre también tuvo que ver con la aprobación de los estatutos del Club Chile en la asamblea general del año veintiseis y en la formación de la Federación Chilena de Ajedrez. Leo ahora en una amarillenta página de El Mercurio del 4 de Diciembre 1927 la lista del Directorio definitivo:

Presidente honorario: don Pablo Ramírez (Ministro de Hacienda del gobierno de don Arturo Alessandri)

Presidente: don Jorge Walton

Vicepresidente: don Maximiano Flores

Secretario: don Carlos Anfruns

Tesorero: don Raúl Montoban
Respecto a Mariano Castillo -mi entrenador- era admirador de Paul Morphy, y le gustaba el juego abierto y las combinaciones fulminantes. Como alumno de mi padre en el viejo Instituto Pedagógico, tenía más de un motivo para asistir junto a Carlos Anfruns y Alejandro Perea a las reuniones del kiosco. Cuando comenzó a ejercer de profesor, tuvo que someterse a una vida rural en que a lo más podía jugar algún partido con sus alumnos más avezados. A pesar de eso, se erigió por muchos años como figura imbatible en el ambiente nacional y -si a mí me lo preguntasen- diría que hasta ahora no ha sido igualado por ningún chileno.

Su genialidad –como la de Capablanca- salía a flote sobre todo cuando participaba en un campeonato de fuste. En dos oportunidades en Buenos Aires jugó con Alekhine cuando éste era campeón del mundo, y una de ellas fue tablas. Cuando a Alekhine le pidieron su opinión sobre Castillo, dijo que su juego estaba al mismo nivel que el de cualquier Gran Maestro de Europa. No sé si incluyó al propio Alekhine.

En todo caso, como cualquier deportista, no le gustaba perder, y se defendía recurriendo, tal como lo hice yo, a toda suerte de artilugios. Al final de su vida- en pleno gobierno de la UP- logró radicarse en Santiago y se le podía encontrar casi todas las tardes en el Club Chile, pero entonces tuvo que someterse a la implacable decadencia de los años.

Falleció trágicamente. En esa época yo era subdirector de la Escuela de Ingeniería y no pude asistir a su funeral. Aún lo siento.



MIS PRIMEROS IDOLOS

Antes de la adolescencia, tres campeones mundiales marcaron mi personalidad ajedrecística: Lasker, Capablanca y Alekhine. Tuve ocasión de conocer a los dos últimos -y jugar con ellos- cuando se enfrentaron por el Título Mundial en Buenos Aires, episodio que relataré más adelante. Aunque a Lasker nunca lo conocí, sus escritos influyeron de manera decisiva sobre mi manera de pensar. Debo señalar que su personalidad me impresionó tanto por su estilo de juego como por su relación –algo más que anecdótica- con Albert Einstein. Trataré, pues, de entregar una síntesis de sus historias.

Lasker, hijo de un cantor judío, nació durante las Navidades de 1869. Se lanzó a la competición ajedrecística a pesar de la oposición de su familia, encumbrándose rápidamente en los rankings. Tras ganar varios torneos desafió a su compatriota Tarrasch a un encuentro que éste no aceptó. Entonces probó suerte nada menos que contra el campeón del mundo, Steinitz a quien derrotó por 12 ½ contra 7 ½ quitándole la corona. A partir de ese momento, puso 5 veces en juego su título (contra el propio Steinitz en 1898, y más tarde contra Marshall, Tarrasch, Schlechter y Janowski) saliendo siempre victorioso. Ganó además los torneos de Hastings en 1895, San Petersburgo en 1896, y Nueva York en 1924. Tras 27 años de liderazgo, fue derrotado sólo por José Raúl Capablanca en 1921, en la ciudad de La Habana. Su estilo ha sido llamado “psicológico”, dado que muchas veces seleccionaba continuaciones que no eran las mejores, sino las que más complicaban al adversario de turno. Con ese método, en posiciones objetivamente perdidas, introducía complicaciones donde su formidable capacidad táctica le permitía salir triunfante. Algunos autores consideran a Mijaíl Tal un exponente del mismo estilo.

A mis ojos de niño, Emanuel Lasker era un semidiós del juego ciencia que parecía que iba a ser campeón mundial para siempre. Uno de los primeros libros de teoría que tuve en mis manos fue “El Sentido Común en Ajedrez”, donde sintetiza una serie muy estructurada de quince conferencias que dictó en Londres el año 1897 analizando por separado las tres fases fundamentales de una partida (apertura, medio juego y final). Para captar la atención de sus oyentes Lasker emplea -al inicio de cada sesión- la frase “Señores:” seguida de una breve recapitulación de lo visto en la clase precedente y una sinópsis de lo que se vería en la actual. Al leerlo, yo imaginaba un público muy atento a sus palabras (años más tarde empleé el mismo truco en algunas de mis clases). El libro –siendo bastante básico en un sentido estrictamente ajedrecístico- consigue abrir la mente analítica del lector.

Al analizar las partidas que jugué en el Club Chile al comienzo de mi carrera, no es difícil advertir la influencia de Lasker y su libro. Pero no soy el único que se dejó guiar por su mano. En una partida de la serie A, me tocó un adversario que por alguna razón se veía muy risueño y conversaba bastante durante el partido -sobre todo cuando me tocaba mover a mí- lo que obviamente me restaba concentración. Pues bien, resulta que se estaba repitiendo al pie de la letra una de las partidas del libro, y ante tan extraña coincidencia, yo lo miraba con curiosidad y creo que él hacía lo mismo conmigo. De pronto, no aguantó más:

-¿Tú has estudiado a Lasker?, me preguntó con expresión de incredulidad, como si me hubiera descubierto cometiendo un plagio

-La verdad es que sí-

Se puso serio y durante un buen rato no abrió la boca ni levantó la vista de las piezas.

-Ofrezco tablas, dijo al fin, como hablando consigo mismo.

No me quedó más que aceptar. El libro daba una serie de variantes, pero la principal -aquella que seguía todas las indicaciones del maestro- terminaba en tablas, y al parecer ninguno de los dos estaba dispuesto a abandonarla.

De su vida al margen del tablero se sabe que era un matemático aventajado. Llegó a producir un teorema que quedó inscrito en los anales de la ciencia, a pesar de lo cual nunca se le abrieron las puertas de la carrera académica. En 1934 -dado su origen judío- sus bienes fueron confiscados por los nazis y tuvo que abandonar Alemania.

En 1908, Lasker fijó su residencia habitual en Berlín, y durante los años veinte, vivió “a la vuelta de esquina” de los señores Einstein. De su primer encuentro mutuo, Albert Einstein ha dejado el siguiente testimonio: “El otro día pude conocer al campeón del mundo de ajedrez, Lasker, un hombrecito sutil, con un perfil muy acentuado y un estilo personal de polaco judío, pero exquisitamente refinado. Desde hace 25 años mantiene el título de campeón del mundo de ajedrez y, a la vez, es matemático y filósofo. Se quedó sentado plácidamente hasta las 12, a pesar de que al día siguiente le esperaba un torneo importante.” 

Puesto que Einstein, sentía un rechazo hacia todos los juegos2, la amistad entre ellos nace seguramente, de que ambos tenían intereses filosóficos y estaban comprometidos con el sionismo. Parece que compartieron numerosos paseos  intercambiando opiniones sobre diferentes temas. Frecuentemente el “intercambio” era unilateral, ya que era más propio de Lasker formular sus propias ideas, que adaptarse a las de otra persona. Fiel a ese precepto, nunca quiso aceptar un punto básico de la teoría de la relatividad: la abolición del carácter absoluto del concepto de tiempo, al hacer depender la medida de éste del movimiento del observador. Sin embargo, a Einstein le gustó “la independencia imperturbable de su amigo y valoró esta “tan rara cualidad”. Con ocasión del 60 aniversario de Lasker, en diciembre de 1929, Einstein le dedicó una amable felicitación.

Las circunstancias en que ambos genios vivieron su “controversia” incentivó mi interés en sus personalidades. Hoy la Teoría de la Relatividad es la base indiscutida de los sorprendentes avances de la física, pero para el mundo de esa época era muy difícil digerir la ruptura que representaba, de los paradigmas clásicos. De hecho, muchos la impugnaron sin aceptar ningún diálogo, pero Lasker no hizo tal cosa y Einsten se lo reconoció. Ambos emigraron de Alemania y mientras que Einstein encontraba un campo en el nuevo Institute for Avanced Studies, Lasker se trasladó al El Dorado del ajedrez: la Unión Soviética. Los últimos cinco años de su vida transcurrirían en Nueva York, ciudad en la que murió en 1941. Einstein le siguió catorce años más tarde. 


Capablanca nació en La Habana colonial en 1888, hijo de José María, comandante del ejército español. Se dice que cuando tenía cinco años, sin haber jugado nunca ajedrez, delató que su padre –en un partido contra cierto visitante- habia movido un caballo desde una casilla blanca a otra del mismo color. Demostró desde temprano una gran vocación por la lógica y su familia lo envió en 1904 a estudiar ingeniería en la Universidad de Columbia, pero en vez de dedicarse a los estudios se dedicó al ajedrez. De hecho en 1905 comienza brillar en el Manhattan Club, donde derrota todos sus adversarios –incluido Emanuel Lasker- en un torneo relámpago. En esa ocasión el campeón del mundo le estrechó la mano diciendo “Es notable joven, usted no ha cometido errores”. Adquirió fama en Estados Unidos y enfrentó al campeón Frank Marshall, derrotándolo en forma abultada. Tras imponerse en San Sebastián sobre maestros de la talla de Rubinstein, Nimzowitch, Spielmann, Marshall, Janovski, Schelechter, Vidmar, Tarrasch y Berstein, inicia una meteórica carrera por Europa y América hasta alcanzar en 1916 el título mundial, al vencer a Lasker en Nueva York sin sufrir ninguna derrota en 14 partidas. Expuso en varias ocasiones el título y participó en muchos torneos manteniéndose invicto durante meses hasta que perdió una memorable partida con Reti. En esa ocasión el mundo se asombra, y la «Máquina de jugar Ajedrez», como le decían, comienza por primera vez a ser considerada vulnerable.

Capablanca no era un estudioso del ajedrez como lo fueron la totalidad de sus pares, y esa característica lo hace brillar con luz propia, pero en ocasiones el exceso de confianza le jugó malas pasadas. En 1927, siendo inmenso favorito a retener una vez más la corona, es derrotado por Alekhine, que se había preparado física y espiritualmente a conciencia. De ahí en adelante sigue siendo para muchos un rey sin corona que ganaba todos los torneos en los que se inscribía hasta que fallece de un infarto en 1942. Alekhine, su archirival, nunca le dio la revancha.

Pues bien, Capablanca es, a mi juicio, el genio ajedrecístico más innato y el más insigne exponente del aprendizaje mirando partidas que juegan otros. Lo hizo de niño y lo repitió cuando era considerado el jugador más grande de todos los tiempos.

Respecto a su estilo de aprendizaje, lo que él mismo dice es elocuente:

“Me llevaron una vez al club de ajedrez de una ciudad de provincias. En una esquina del club vi jugar a dos señores. Me senté y empecé a observarles. Ya de niño me había acostumbrado a estar sentado tranquilamente y observar cómo otros jugaban. Cuando terminaron la partida, uno de ellos se marchó y el otro, al no ver a nadie con quien pudiera jugar, me preguntó si yo sabía hacerlo. Le contesté que sí y él me ofreció la ventaja de un caballo afirmando de paso que él era el mejor ajedrecista de la ciudad. Yo siempre aceptaba cuando me ofrecían ventajas. Después de perder dos partidas, me propuso que jugásemos sin ventaja. Cuando volvió a perder, dijo que no estaba de buen ánimo para jugar. Después de una nueva derrota dijo que estaba enfermo. Yo sugerí darle ventaja de un caballo. Lo aceptó para demostrarme que yo tenía una opinión demasiado buena de mi mismo. Cuando se vió perdido se puso el gorro en la cabeza y apenás musitó un adiós. Pero volvió en seguida y me preguntó cómo me llamaba. Recuperó su orgullo inmediatamente y se puso a presumir de que me había dado un caballo de ventaja...”

Aunque no hacía alarde de su juego ni de su persona, está claro que la opinión que tenía Capablanca sobre sí mismo era bastante buena, y eso molestaba aun más a sus rivales, que se sentían menospreciados. En cierta ocasión se suspendió una partida que estaba jugando contra Marshall, con una posición absolutamente favorable al cubano. Seguro de que su rival abandonaría, Capablanca –que también practicaba el tenis- llegó a la reanudación del partido vestido con short y zapatillas y portando una raqueta que dejó discretamente apoyada en una esquina de la sala. Marshall no demostró su molestia, pero no abandonó. Cuando Capablanca finalmente le dio mate (en la movida 135) la noche había caído sobre la ciudad de Nueva York. A mí me tocó enfrentarlo en un torneo de Mar del Plata e hicimos tablas (se incluye la partida). Más tarde, sin embargo, cuando le preguntaron qué opinaba de los ajedrecistas chilenos declaró no conocerlos. Al parecer en los grandes genios existe una hormona cerebral que se encarga de eliminar cualquier amenaza a su autoestima.

Pero –digámoslo sin ambages- si a él no le fueran permitidos ciertos arrestos de grandeza ¿qué quedaría para los demás campeones mundiales? Ni hablar de los que nunca lo fueron.

Otro de sus asertos –del cual obtuve enseñanza- justifica su escasa dedicación al estudio al afirmar que “El Ajedrez, como todas las demás cosas, puede aprenderse hasta un punto y no más allá. Lo demás depende de la naturaleza de la persona”. Personalmente creo que la única posibilidad de imitar con éxito a Capablanca es siendo Capablanca.


Aleksander Alessandrovitc Alekhine nació el día 31 de Octubre de 1892 en Moscú. Su padre fue un rico hacendado, señor de la nobleza y miembro del parlamento ruso, y su madre, la heredera de una fortuna industrial. Aprendió ajedrez a los 11 años. Estudió Leyes en la Escuela Secundaria Imperial de Moscú. Mientras lo hacía ganó el rango de Maestro a los 16 años y el de Gran Maestro a los 21. Alekhine no ganó un torneo de ajedrez mayor hasta 1914 en San Petersburgo, Rusia, cuando empató por el primer lugar con Aaron Nimzovitch. Este fue su “golpe de gracia”, un término que muy seguido usaba en sus escritos de ajedrez. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Alekhine fue hecho prisionero pero un mes más tarde fue puesto en libertad y prestó servicios en la Cruz Roja rusa. Después trabajó como investigador criminal en Moscú. Acusado de espía fue encarcelado en Odessa pero en 1920, estaba ya de regreso en la capital rusa intentando ser un actor de películas. Trabajó como intérprete en el Partido Comunista y fue nombrado Secretario del Departamento de Educación. En 1921, se casó con una Delegada Comunista del Exterior y abandonó para siempre su Rusia natal.

En 1925, se naturalizó ciudadano francés, y terminó sus estudios de Leyes en la Sorbona. Para titularse escribió una tesis sobre el sistema chino de prisiones. Tras su triunfo sobre May Euwe y casarse por tercera vez con Nadezda Vasiliev, reta a Capablanca por el Campeonato Mundial pero éste rehuyó repetidas veces enfrentarlo hasta que Alekhine logró reunir los 10,000 dólares en oro que aquél exigía como bolsa. El match se desarrolló en Buenos Aires y ganó Alekhine por 6 victorias, 25 empates y 3 derrotas convirtiéndose en el cuarto Campeón Mundial de ajedrez, después de Steinitz, Lasker y el propio Capablanca. Defendió dos veces su título frente a Eufim Bogoljubov y ganó los torneos de San Remo, Bled, Londres y Pasadera.

En 1935, cuando se había aficionado a la bebida perdió la corona frente al Dr. Max Euwe pero –tras dejarla- recuperó su cetro dos años más tarde frente al mismo jugador. Cuando Francia fue invadida, Alekhine, que en ese momento estaba jugando la olimpíada de Buenos Aires, trató de viajar a Lisboa y solicitar una Visa Americana. Violentamente presionado por los nazis, para proteger a su esposa y sus pertenencias en Francia, accedió a cooperar con ellos y escribió múltiples artículos criticando a los jugadores judíos de ajedrez. Participó también en torneos nazis de ajedrez en Munich, Salzburg, Varsovia y Praga. Cuando se le preguntó sobre el asalto que los alemanes habían perpetrado en su departamento comentó “Lo saquearon científicamente”.

Según Horacio Cisneros3 Alekhine fue un especialista en simultáneas, tal vez el más grande de todos los tiempos, pues una vez enfrentó a 300 jugadores. En simultáneas a ciegas, en 1933 se enfrentó a 32 tableros ganando 19, empatando 9 y perdiendo sólo 4. Esa marca sólo sería superada por Mendel Najdorf varios años más tarde.

Con Alekhine trabé una duradera amistad epistolar. Poco después del torneo de Carrasco de 1938, me envió por vía aérea unos apuntes manuscritos con una partida que jugó en el torneo de Margate contra Einar Böok. El avión que la traía cayó al mar pero la valija de correo fue rescatada y la carta -que recibí con varios meses de retraso- tenía el papel arrugado y la tinta corrida por la humedad del Atlántico. Habría sido sin duda una pieza de museo con una gran combinación de las blancas, descrita por las propias manos del campeón del mundo y salvada milagrosamente de las aguas, pero se enredó en algún recóndito lugar de mi pasado.

Después de estos tres monstruos mundiales conocí a muchos grandes maestros y otros que –sin llegar a serlo- influyeron poderosamente en mi existencia en todo sentido. Pero destaco a los tres anteriores porque eran las figuras dominantes del juego ciencia cuando yo estaba recién empezando a formarme y consecuentemente inundaron mi vida con sus ideas. Sólo cerca del final de mi carrera ajedrecística -cuando creía agotada mi capacidad de asombro- aparecería un personaje a quien dedico un capítulo especial de este libro y cuya personalidad podríamos calificar como antípoda de Lasker o de cualquier otra persona normal: Bobby Fischer.




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