Casa de la cisterna 1917-1923



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4-Nov-07



RODRIGO FLORES ALVAREZ

Mis Años de Ajedrez


  • Semblanza

  • La Casa de La Cisterna

  • Aprendizaje

  • Mis primeros ídolos

  • Cuando les ganamos a los argentinos

  • Mis años de Ajedrez

  • Don Arturo

  • Torneo de Chile 1932

  • Viaje a Alemania

  • Chillán

  • Buenos Aires

  • Dubrovnik

  • En la cúspide

  • Bobby Fischer

  • Guardando las piezas

  • Mi vida de después


SEMBLANZA

Rodrigo Flores -reconocido internacionalmente en los anales de la Ingeniería y en los del Ajedrez (dos actividaes que tienen círculos de cultores completamente independientes)- no se dedicó primero a una disciplina y luego a la otra, sino a ambas simultánemente. Jugó ajedrez durante más de treinta años. Logró once veces el título de Campeón de Chile, alcanzó el de Campeón Sudamericano y nos representó en torneos como Mar del Plata y Sao Paulo, y en las olimpíadas de Buenos Aires, Dubrovnik y Moscú1. Cuando vió que iba a ser superado por la exigencia, tuvo que jugar una dura partida consigo mismo para dejar en un segundo plano su pasión por el tablero.

Como ingeniero, fue vice-presidente de la Asociación Mundial de Ingeniería Antisísmica, Medalla de Oro en el Instituto de Ingenieros, Miembro de Número de la Academia de Ciencias, Profesor de varias cátedras y Director de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. Sus trabajos colaboraron a la meta de explotar para Chile la electricidad, el petróleo, la celulosa y los minerales de hierro -por nombrar algunos rubros- e influyeron en las escuelas antisísmicas de todas las naciones ribereñas del Círculo de Fuego, esto es, desde China y Japón hasta Chile y los Estados Unidos. En todos esos lugares dictó conferencias y colaboró junto a otros científicos. A pesar de su natural introvertido, en todos trabó amistades perdurables. Tal vez el ejemplo más claro del afecto de sus colegas sea lo que expresa Cinna Lomnitz, del Instituto de Geofísica de la UNAM, en el abstracto de su artículo “On Errors in Seismology”:


... We discuss some of the errors found in seismology –with appropriate irreverence and with an oblique glance towards the peccadilloes of earthquake engineers! It is all in good fun, and the idea is to honor a great friend and teacher: don Rodrigo Flores.”
Pues bien, él quería escribir sus vivencias personales y yo tuve el honor de colaborar en la compilación de sus enmarañados recuerdos, tarea en que me precedió el periodista Fernando Villegas, cuyo aporte se incluye.

Todo empieza en la casa quinta de La Cisterna donde se manifestó esa vocación por la lógica y las matemáticas, que lo sentenció a un pasar solitario y donde el rótulo de niño prodigio le acortó drásticamente la infancia. Allí, a falta de camaradas de juego, intentó descubrir el mundo en los acontecimientos cotidianos y la conversación existencial con su gato Rafael -para quien las reflexiones de su amo no resultaban especialmente motivantes- o buscando respuestas en El Tesoro de La Juventud. Tal vez esa circunstancia catalizó una vida interior poderosa, pero indefensa al mismo tiempo, y lo proyectó a “hacer las cosas en serio”, esto es, poniendo todo de sí en las actividades a que se consagró. Su pasión postrera fue la astronomía, que durante un tiempo se constituyó para él en un remanso intelectual. Tal vez, si se hubiera manifestado un poco antes, habría sido un gran astrónomo.

Tras la extenuante lucha por la vida, la historia se detiene en el momento presente, en que dejada atrás la competencia por los primeros lugares, vive en su casa de Las Condes junto a su esposa Marta. Durante los meses que ha durado nuestra relación las horas transcurren para él serenamente. Un chofer lo lleva todos los días a la oficina de ingenieros que aún dirige. Al regreso practica sus ejercicios, e investiga acerca de la realidad actual del juego-ciencia en el precario orden de su sala-escritorio, donde libros, recortes de periódicos y fotografías dificultan dar con un banquillo para sentarse. Ahora, su problema más grave son los gatos del vecindario que les roban la comida a los suyos.
Al final de este libro se incluyen algunas partidas suyas y de otros ajedrecistas. La mayoría son inéditas. Algunas están comentadas por él. Otras, por David Gody, Pedro Donoso, Sergio Costagliola y Carlos Jáuregui -que a su vez recogen comentarios de maestros consagrados a nivel mundial- y revisadas por su hijo Rodrigo, también ingeniero y gran ex-jugador de ajedrez. Y consecuente con capítulos anteriores en que don Rodrigo hace positivas reflexiones sobre la colaboración entre el hombre y la máquina, algunos análisis se apoyan en Fritz y Rybka, programas que –como ocurre en todas las disciplinas- suplen a nuestra mente en aspectos que ésta -por sí sola- no podría ni siquiera abordar.

Alejandro Covacevich V.



LA CASA DE LA CISTERNA

La Cisterna era sólo un desperdigado grupo de grandes quintas adyacentes o vecinas al Camino de la Polvareda donde ningún edificio interrumpía la vista hasta los pies de la cordillera de Los Andes. La leche aún se repartía en una carreta. Los autos que traqueteaban por el camino suscitaban la curiosidad de la gente, que salía de sus casas a mirarlos y hacerle señas a un conductor protegido con guantes y antiparras como recomendaban los libros de automovilismo.

Entre nuestro sitio y la calle lateral, un canal de regadío abastecía de agua a los rosales que cultivaba doña Mercedes Alvarez, mi madre, en una especie de rotonda de veinte metros ubicada entre la casona y la calle. En mis recuerdos puntuales está la tarde, hacia el final del invierno, en que esparció guano sobre las raíces de sus rosas. Les ayudaría a florecer, según dijo.

Otro, es la vez que mi padre me hizo levantar a media noche y me llevó al patio. Allí me explicó filosóficamente que el suelo que pisábamos era un pequeño punto de “ese sendero luminoso” llamado Vía Láctea cuya inmensidad seguramente sobrepasaría mi capacidad de entendimiento. Eso me causó algo de conmoción pues para mí el cielo y el suelo representaban respectivamente lo inalcanzable y lo cotidiano, es decir dos mundos que no tenían nada que ver el uno con el otro.

- ¿ Y en el día, adónde se van las estrellas?, pregunté

Antes de responder, mi padre pensó algunos segundos, como asimilando el problema

- Las estrellas no se van, contestó mientras aspiraba profundamente el aire de la noche. - Es sólo que la luz del sol nos impide verlas.

Desde luego, no ir al colegio tuvo ventajas. Muchos aspectos de la educación primaria, que para tantos son sinónimo de penosa obligación, para mí fueron una necesidad que debía autosatisfacer a toda costa. Se me despertó el ansia de aprender y de investigar y como guía elegí los tomos de El Tesoro de la Juventud que bajé de las estanterías de la biblioteca y trasladé a través del ascensor de carritos hasta mi habitación del segundo piso. Mientras leía acerca de las estrellas, y los descubrimientos del hombre, Rafael, mi gato, dormía a los pies de mi cama. A falta de un compañero con quien compartir esa apertura de mi mente, lo tiraba de vez en cuando de la cola y lo miraba a los ojos para trasmitírsela, al tiempo que le reeleía en voz alta algún párrafo esclarecedor como:


El azul del cielo esta relacionado con la composición de la luz solar -integrada por los distintos colores del arco iris- y con la humedad de la atmósfera. El Sol es quien se encarga de procurar al aire su humedad. Con su calor, hace que parte del agua de la superficie terrestre se evapore. En corriente invisible pero incesante, la humedad se dirige hacia el cielo desde los océanos, mares, lagos y ríos”

Recuerdo que ante ese luminoso discurso, Rafael me miró con expresión de lástima como diciendo “todo el mundo sabe eso” y se volvió a dormir.

-Y jardines, agregué por mi cuenta en voz baja apartando la mirada del gato.
Rafael y yo levantábamos la tapa de la leñera, nos metíamos en ella y tras arrastrarnos unos centímetros aparecíamos milagrosamente en el salón principal junto a la enorme chimenea de piedra caliza, donde se erguía el pensativo retrato de mi abuelo paterno vestido a la usanza victoriana. En una vidriera adosada a la pared de jaspe había multitud de objetos de todas formas y materiales. Recuerdo la miniatura en marfil de un navío de 80 cañones, una fila de elefantes ordenados de mayor a menor y la esfinge de una mujer de bronce, alada como arcángel, y con unos pechos enormes. Al contemplarlos, un iquietante vaho de ansiedad me subía través del tórax.

La casa -diseñada por el famoso arquitecto Juan Martínez- siempre tenía alguna parte en construcción y el interior impregnaba a sus moradores con un aire de equilibrio inestable. Sumergida en el océano de religiosidad que carecterizó a toda Europa a los finales de la edad media, ascendía hasta límites prodigiosos. En su interior casi no había horizontalidad. Todos los miradores, incluso los de la fábrica de conservas que se manejaba en el cuarto piso trashumaban un anhelo nunca satisfecho de luz. Desde la sala principal, la puerta batiente conducía a la enorme cocina con muebles ojivales empotrados en una pared de columnas adyacentes, y oculta tras una puerta coronada con pináculo, estaba el ascensor de mano que llevaba al segundo y luego al tercer piso a través de un segmento de suelo falso. En los días laborables ascendían por él los carritos con higos o brevas cosechados de la quinta y bajaban los frascos conserveros sellados con una empaquetadura de goma. Los arcos que separaban los diversos ambientes eran también de estilo gótico.

Nosotros, los hijos de Maximiano Flores, éramos una reedición de los regimientos de Boy Scouts que él había dirigido en su juventud, donde la esencia no era sólo mandar y obedecer sino fomentar, estimular y crear la primera cimiente de una organización para alcanzar un objetivo. La afición por los aviones de mi hermano Enrique, por ejemplo, si bien tuvo que ver con el hecho de que casi todos los días, biplanos Cirrus Moth de la incipiente fuerza aérea despegaban del campo de aterrizaje de “El Bosque” y sobrevolaban con gran estruendo los techos del vecindario, tomó cuerpo cuando mi padre lo indujo a crear aviones a escala y participar con ellos en las exhibiciones de aeromodelismo que se celebraban en el terreno colindante. Hubo una época en que los tres, a pesar de nuestras diferencias de edad, alrededor de las cinco de la tarde -recién llegados ellos del colegio- nos congregábamos en un rincón del patio al que llamábamos “taller”, a reanudar la confección de un nuevo modelo con propulsión a elástico. Debo reconocer que lo mío no superaba a la función de arsenalero, es decir, el encargado de procurar herramienas como alicates, tijeras y pequeñas limas que se requerían para cortar y pulir hélices y alas, y aunque algo aprendí, nunca llegué a ser un experto en el tema. Por su parte, Max -mi hermano mayor- ya se había forjado el plan de ser ingeniero de minas y lo de la aviación sólo fue un pasatiempo. Pero en el caso de Enrique fue distinto. Se hizo aviador profesional, amaba su profesión, y llegó a publicar una magna obra con la historia de la aviación en Chile. Durante muchos años esos gruesos volúmenes de tapa dura e ilustrados a todo color permanecieron en el living de su casa. Después fueron trasladados a un cuarto de guardar y finalmente, donados a diversas bibliotecas escolares.

En el escritorio se conservaban manuscritos hasta del abuelo de mi abuelo. Mi padre –hombre ilustrado y con un gran sentido de norma social- estudió lingüística en la Sorbona, escribió varios ensayos sobre el tema y durante muchos años fue Director del Instituto Pedagógico. Si bien fue un intelectual que dedicó su vida a la educación y a la investigación, se hizo un espacio para otras actividades como integrar la primera Sociedad de Folklore Chileno, donde -con la colaboración de las señoras Ercilia Mateluna y Edelmira Sepúlveda- presentó su trabajo sobre el Juego de bolita. Los miércoles con sus trajes de volantes y criolinas después del intercambio de rigor social con mi madre, eran introducidas por Berta hasta la biblioteca, el epicentro del estudio. En esos años las bolitas no estaban tan difundidas como lo estuvieron a mediados y en la segunda mitad del siglo XX. No sé si el estudio contribuyó a su difusión, pero hubo una época en que la población infantil chilena requería importar anualmente varios camiones desde México.

El libro explica las reglas de cada juego ilustrando la posición que debían adoptar las manos para lanzar el implemento, distintas según el juego, la distancia y el efecto buscado. Recuerdo que en la introducción se definían los conceptos básicos mediante preguntas y respuestas: “¿Qué es una canica? Una canica es un objeto esférico de pequeño tamaño, generalmente de cristal, aunque también pueden ser de mármol o metálicas.” Y a continuación aparecían ponches, ágatas, tréboles, agüitas, colorines y bombachas, cada tipo con su respectiva historia y datos estadísticos. Después, cada capítulo describían las reglas de un juego en particular.

El Caldero, por ejemplo se explicaba así:
Se debe trazar un círculo en la tierra con una línea indicando el diámetro. En el centro se hace otro  círculo más pequeño y a una distancia prudente de ellos una línea (ver ilustración Nro. 23-B) que será el punto de donde los jugadores lancen sus canicas tratando de acercarse al centro del caldero. La bola más cercana al centro es “la mano” y a su dueño le corresponderá la oportunidad de tratar de sacar fuera del caldero (el círculo grande) una o más de las bolas cercanas a la suya. Para ello (ver. Ilustración Nro. 23-C) se empuja la canica con el dedo índice catapultado por el pulgar en dirección de su víctima.”.

Su otro hobbie eran los juegos de ingenio. Entre los cientos de puzzles que colmaban las vidrieras de la sala recuerdo unos construidos por cuerdas, alambres y maderas. Solían contener  anillas, esferas, tubos y otras formas geométricas, como por ejemplo el ocho tumbado que constaba de dos “C” unidas formando un “8”, y una anilla atrapada en la unión. El objetivo era liberar la anilla   (a mi simple cerebro le sigue costando comprender que la anilla de diámetro más pequeño que las “C” pueda liberarse). Otro que acude a mi memoria es el túnel en el poste que -como su nombre lo sugiere- constaba de un poste con un túnel sobre una base. El túnel estaba atravesado por una cuerda que terminaba en una esfera y un cilindro. Había una anilla en el fondo del poste y el objetivo era liberar la anilla.  Otros, que trajo desde Francia, consistían en primorosas cajitas forradas en terciopelo en cuyo interior había unas tabletas de madera pirograbadas con una letra a las que había que cambiar de posición hasta formar una frase célebre. En las noches de invierno se recostaba en el diván, estiraba los pies hasta que las suelas de sus zapatos quedaban a escasos centímetros de las brasas, y se concentraba en un puzzle que había instalado sobre el pecho, mientras mi madre comentaba los acontecimientos del día. De vez en cuanto emitía un monosílabo de asentimiento (no se si a mi madre o al artefacto que tenía entre manos), lo resolvía, y se levantaba a buscar otro.


Con los años, claro, los recovecos de la casona fueron perdiendo su magia, no así la huerta entre cuyos árboles –además de las monumentales higueras- había ciruelas, damascos y duraznos. A veces me encontraba en una rama con Rafael y entonces nos poníamos contentos del poderoso panorama que nos ofrecía la altura. Desde allí, mientras la tierra se iba oscureciendo, los vecinos salían a los patios, los perros se estiraban bajo los parrones, la nieve de la cordillera se pintaba de un luminiscente rosado y -a la espera de la noche- el incansable canal les narraba cosas en inglés a los sauces de su orilla.

Aunque ahora estoy en el crepúsculo de mi vida, recuerdo que viví en ese paraíso sin tiempo pero -¡ay!– tan breve que es la infancia y más lo fue para mí. Al mirarse uno al espejo cada mañana en el baño -o ser visto por los demás- en la condición menos afortunada que traen las muchas décadas, pareciera que se hubiese sido siempre viejo y que, como se dice que hizo Buda, nacimos bajo un árbol ya cumplidos los 80 años. O los 90….. Es curioso. Yo también quiero satisfacer ese anhelo familiar de escribir un libro y dejarlo como legado para cuando me haya ido. Estoy consciente de que las ideas y los detalles pasan por la mente para ya no retornar. Pero si se está atento se logra capturar algunos, y con ellos reviven los sabores indescriptibles de sus épocas. Trataré de expresarlos de la mejor manera posible.

Los sábados se escuchaban los lejanos gritos de júbilo mezclados con risas y lamentos de decepción de los amigos de mi padre y los veía borrosamente moviendo las figuras del ajedrez sobre un tablero de cuadros blancos y negros. Cuando la curiosidad me llevó a acercarme al grupo, lo primero que observé fue que había sólo dos personas que participaban sentadas una frente a la otra mientras el resto observaba en un silencio tenso. Depués se relajaba el ambiente: todos podían hablar y mover las piezas e intercambiar frases como:

- Si caballo cinco alfil entonces peón tres caballo

- No sirve, por dama tres dama, apuntaba Mariano Castillo.

Y al pronunciar esa sentencia, tomaba una de las figuras y la colocaba en otra casilla.

- Tiene razón, se oía una voz.

Yo me esforzaba por entender esos crípticos comentarios sin que nadie expresase interés o rechazo por mi presencia, hasta que un ronco bocinazo desde el camino o el maullido clamoroso de Rafael desde una rama, distraían mi atención.

A fuerza de mirar los partidos, oir las diversas exclamaciones, y tratar de relacionarlas con lo que ocurría en el tablero, las reglas básicas del juego me fueron entrando del mismo modo como se aprende a hablar y cuando hojeé por primera vez el capítulo correspondiente al ajedrez en el Tesoro de la Juventud apenas sentí algo más que una mera corroboración de lo que ya tenía internalizado. En realidad se me aclararon las incongruencias de la captura al paso y el enroque (hasta ese momento no podía entender porqué si la norma general era que cada jugador hiciera sólo una jugada a la vez, de pronto hacía dos).

Así, un día -en uno de esos breves lapsos en que nadie tenía una movida que proponer por lo que el bullicio de los jugadores se había extinguido e imperaba un aire de expectación, uno de esos amigos de mi padre –creo que fue Carlos Ansfruns- me preguntó:

-¿Y tú, niño, qué moverías?

Yo tomé un caballo y lo puse en otra casilla.


Si he de ser sincero, no era una gran movida. Eso hubiera sido demasiado para un mis seis años en los que jamás había tocado una pieza de ajedrez ya que mi padre apenas terminaba una sesión las guardaba meticulosamente y las restituía al baúl de sus tesoros donde permanecían hasta el siguiente sábado. Lo que lo impresionó fue el hecho de que yo hubiese hecho una jugada posible, y desde entonces empezó a creer en el mito del “niño prodigio”, un Mozart del ajedrez. Los halagos me gustaron, y fueron el primer gran aliciente de mi carrera ajedrecística. La escasa consideración que se le dió a la jugada en sí misma, me decepcionó un poco, pero creó en mí la necesidad de impresionar nuevamente a ese grupo de gente y me sumergí con mayor interés en el estudio del juego ciencia. Cuando se me acabó el libro me fuí a la biblioteca a buscar otros escritos sobre el tema y me encontré con lo que me pareció una multitud inconmensurable y cuidadosamente archivada de libros, revistas, manuscritos y hojas sueltas con comentarios de mi padre, Mariano Castillo, Carlos Anfruns y los demás discípulos que se habían convertido en parroquianos del kiosco.
Gracias a mis baños de cultura en El Tesoro de La Juventud y otros libros, mi nivel de conocimientos era más anplio que el de los niños de mi edad. Estuve alredeor de un mes en la primera preparatoria del Deutsche Schule pero fueron los propios profesores quienes concluyeron que en ese nivel no tenía nada que aprender. Por razones de edad, agregaron, no podía acceder a cursos superiores. A mi padre -convencido de que yo tenía ciertos talentos- no le molestó la noticia y la aprovechó para realizar un plan que ya había elaborado para esa eventualidad: en lugar de enviarme al colegio me tomó bajo su tutela, e hizo que vinieran profesores alemanes escogidos en el Instituto Pedagógico del cual era Director, a enseñarme historía. geografía, castellano y ciencias naturales. De los idiomas, se encargó él personalmente. La profesora Erdmandsdôrfer, que frisaba los cincuenta, me enseñó desde el patio el nombre de las estrellas y despertó en mí el primer interés por la astronomía.

En Ajedrez me pusieron inicialmente al mando de las blancas en una partida con Carlos Anfruns (recuerdo que jugó una defensa siciliana) en la que todos los demás comensales observaban como si fuera la final del campeonato del mundo. Poco a poco, mi opinión iría tomando importancia y al cabo de un tiempo jugaba de igual a igual con cualquiera de los habitués de la glorieta. Modestia aparte, les ganaba a casi todos excepto a Mariano Castillo que en ese entonces ostentaba el título de campeón de Chile.


Con esa historia del “niño prodigio” terminó mi niñez y comenzó una vida más responsable. No pude jugar pinchangas con una pelota de trapos o con una bola de polka en el patio del colegio, ni hacer la cimarra ni empandillarme con compañeros de curso para fastidiar a los profesores o hacerle la vida algo más difícil a los del grupo adversario. Más que la sociabilidad con otros niños, desarrollé mi capacidad introspectiva y me llené de las polimorfas imágenes de los libros y de las conversaciones de mis mayores que yo procesaba sin trasmitírselas a nadie. No porque las cosas de mi edad no me interesaran, sino porque en medio de tantos profesores no tenía un interlocutor que no tomara cualquier expresión mía como una invitación a transferirme su propia experiencia.

La muerte de Rafael, el gato que animó mi afición –desmedida según algunos- por esas mascotas, marcó un punto de inflexión en mi desarrollo. Mi primer encuentro con él fue en las cercanías del canal donde una tarde me había puesto a lanzar piedras. De repente me pareció escuchar un débil maullido entre las ramas y allí estaba. Diminuto, su cabeza era casi del mismo tamaño que el resto de su cuerpo y sus ojos desmesuradamente abiertos. El nombre Rafael –que a algunos les causó cierta extrañeza- me lo sugirieron las iniciales RFA que solía poner en mis cuadernos. Sólo después de bautizarlo se lo mostré a la Berta que entre grandes aspavientos le puso un plato de leche junto al fregadero y le preparó un cajón con trapos para que durmiera. Cuando creció un poco empezó a mostrar sus destrezas. De pronto pegaba un brinco de varios metros para cazar una mariposa nocturna o se trepaba a una rama de la que después no podía bajar y me llamaba hasta que acudía en su socorro.

Con su muerte se esfumaron algunos matices de la relación entre los miembros de la casa. Yo solía llamarlo por su nombre y defenderlo de cualquier agresión física y psicológica por que lo consideraba un amigo. Sabía sus fortalezas y debilidades de felino, entre ellas esa necesidad de dormir constantemente a fin de ahorrar la energía requerida para cazar, aunque –siendo realista- en sus últimos años jamás lo hacía. La Berta tropezaba con él y lo corría de la cocina o del lugar donde estuviera pero cuando tenía un momento de descanso vaciaba leche en el platillo junto a la puerta que daba al patio trasero llamándolo a gritos. Mi madre le perdonaba los pelos que esparcía en los sillones y que la hacían estornudar y a veces le manifestaba su afecto con unas palmadas en el lomo. A Max le era indiferente su ronroneo y sus maullidos de demanda, y al regreso del colegio mientras devoraba su sandwich de anochecida lo apartaba con bastante desprecio. Yo disimulaba mi enojo hasta que se me presentaba la ocasión de tomar desquite, por ejemplo, tropezando casualmente con su escritorio mientras él estaba pasando en limpio un cuaderno. Enrique, en cambio solía levantarlo por esa piel que les sobra a los gatos sobre el pescuezo y simular la voz de su profesor de matemáticas dando un sermón acerca del cuadrado de la hipotenusa, lo cual habría resultado gracioso si no fuese porque lo prolongaba más allá de lo que Rafael podía resistir, es decir, hasta que emitía un ronco maullido implorando la intervención de alguien, que generalmente era yo o mi madre.

Rafael fue también el inspirador del periódico que me dediqué a editar en mis largos dìas de ocio, al cual bauticé como “El Cucho”, y en el que difundía sobre todo mi cultura libresca y los acontecimientos que lograba percibir desde las ramas de la higuera. La mayoría de éstos se han diluido en el tiempo, pero recuerdo haber usado el diario para conducir una verdadera campaña de difamación en contra Sombra, el perro de los Goyeneche cuya sola llegada había privado a mi gato de la vereda y el sector sur del patio.

Lo encotré junto a un grifo que sacaba agua del canal para regar los rosales. Nunca supe con certeza lo que pasó pues en la casa se evitó hablar del tema para no herir mis sentimientos, pero mirando en retrospectiva, dado que ni el cadáver ni el entorno tenían signos de violencia, debo suponer que fue envenenado. En todo caso para mí su muerte marca un hito pues me enteré de que existía un fin. Una vez superado el pánico empecé a valorar el tiempo como el único bien que poseemos. Trajeron otro gato pero no logré empatizar con él y a los pocos días desapareció de la quinta. Cuando todos -incluso mis hermanos- se cansaron de portarse especialmente amables conmigo -pues “al fin y al cabo, Rafael era sólo un gato”- sentí aumentar mi soledad y a experimentar un extraño hastío por las cosas de la casa. No tenía amigos ni conocidos de mi edad.



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