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Carlos Fisas
Intimidades de la Historia

A Rafael Borràs Betriu con fiel amistad

ÍNDICE
PRÓLOGO...13

La condesa D'Aulnoy... 15

Un espectáculo teatral...16

Alejandro Dumas, padre (I)...17

Numancia...22

Cómo veía a sus compatriotas un español del siglo xvii...27

Los funerales de un jefe vikingo ...29

La vida en las posadas...31

Anécdotas musicales (I)...34

Picaresca en las posadas...37

Un traje de viuda a finales del siglo xvii...38

Anecdotario (I)...39

Zaragoza en 1679...43

Sobre la palabra "flamenco"...44

El convento de Lerma...48

Cómo se veía a la reina Cristina de Suecia en su tiempo...49

El ingenio en la historia y en la literatura (I)...52

Anecdotario (II)...57

Legendaria historia de la muerte de Felipe III...61

El conde de Villamediana...62

El ingenio en la historia y en la literatura (II)...65

Anécdotas musicales (II)...69

Los ricos homes y los Grandes de España...74

Un remedio singular: los polvos de momia...76

Un joven fanfarrón del Siglo de Oro...78

Pendencia por una olla...80

Anécdotas musicales (III)...80

El mal de ojo...83

Anecdotario (III)...85

Cómo se vestía un "lindo" a la moda...88

Clemenceau...92

La toilette de una dama...97

La condesa está invitada a comer...98

El ingenio en la historia y en la literatura (III)...99

Las carrozas...102

Anécdotas musicales (IV)...103

Madrid (I)...107

Madrid (II)...110

Anécdotas musicales (V)...112

Alejandro Dumas, padre (II)...117

De la devoción y otras cosas...122

Más sobre vestuario femenino...124

Anecdotario (IV)...126

Una casa señorial...130

Algunas curiosidades...134

Los anteojos...136

Una merienda...138

"Chocolate que no tiñe claro está"...140

Más curiosidades...142

Derramarse la sal en la mesa...145

El ingenio en la historia y en la literatura (IV)...146

La Cuaresma...151

Los disciplinantes...152

Anecdotario (V)...156

Habitaciones y muebles...160

"Hijo ajeno mételo por la manga y salirse ha por el seno"...162

Doseles, vajillas y falta de previsión...163

Tres anécdotas...166

Zapatero a tu zapato...168

El idioma, las galeras, el calor...169

Anécdotas musicales (VI)...170

Un trágico episodio...173

Gato con guantes no caza ratones...176

Asesinatos y venganzas...180

El Réquiem de Mozart...183

Orgullo...185

Hombre de calzas atacadas...188

Estampas de la vida cortesana en 1679 (I)...189

Estampas de la vida cortesana en 1679 (II)...192

Algunos porqués musicales...196

Estampas de la vida cortesana en 1679 (III)...198

Estampas de la vida cortesana en 1679 (IV)202

Anecdotario (VI)...204

La Justicia...207

Costumbres y esclavos...208

Una curiosa historia...211

De amores y amoríos...213

El ingenio en la historia y en la literatura (V)...215

BIBLIOGRAFÍA...219

INDICE ONOMÁSTICO...221

Carlos Fisas
Intimidades de la Historia

Prólogo
Desde pequeño he tenido lo que Valery Larbaud llamaba el vicio impune de la lectura. Cuando aún creía en los Reyes Magos mis cartas a Sus Majestades eran muy cortas: "Queridos Reyes Magos: Quiero libros, libros y libros", lo que irritaba a mi padre, hombre de acción y de negocios, que me repetía siempre: "Lo que no son cuentas son cuentos." Poco podía pensar en que al final yo viviría gracias a lo que él llamaba cuentos y yo llamo historias.

Pero lo que más me ha interesado de la Historia no ha sido tanto ésta con mayúscula como las historias con minúscula. Es interesante saber qué fue la Armada Invencible, pero para mí siempre ha sido más interesante saber cómo vivían los navegantes, fuesen soldados o galeotes, en las naves que la formaban. Me enteré de ello gracias al magnífico estudio de Gregorio Marañón.

Esta curiosidad, que empezó de pequeño, continuó ya de mocito cuando, viendo las primeras películas de Tarzán, me preguntaba cómo hacía el protagonista para afeitarse cada día, y luego he seguido con la misma curiosidad a lo largo de mi ya larga vida.

He coleccionado algunos millares de libros de Historia, sobre todo de Pequeña Historia, libros que he llenado de crucecitas y notas, siempre con lápiz blando como es natural, y de los que he sacado infinidad de fichas.

Fruto de este husmeo han sido mis anteriores libros y éste que tienes en las manos, amigo lector, y que es un centón o colección de datos entresacados de los libros que se citan en la bibliografía, todos ellos antiguos o agotados, por lo que no pueden encontrarse en las librerías.

He reunido curiosidades de la vida y las costumbres de diversas épocas y personajes junto con anécdotas que nos muestran la cara íntima de personalidades que, por una causa u otra, han figurado en los libros de Historia. No pretende este libro ser original y confieso paladinamente las fuentes en que he bebido.

Deseo que esta colección agrade al lector que prefiera a los hechos heroicos y a las frases grandilocuentes la visión de la vida íntima de sus protagonistas. Cómo vestían, qué comían, cómo se divertían, cuál era su ropa, la exterior e incluso la interior. Creo que ello interesará a quienes quieran ver el lado menos frecuentado de los hombres, y los hechos.

La condesa D'Aulnoy
María Catalina Le Jumel de Barneville nació en el castillo normando de Barneville en 1650 y contaba dieciséis años cuando, el ocho de marzo de 1666, casó con Francisco de la Motte barón de Aulnoy. Ignoro por qué razones su esposa firmó como condesa sus obras y no como baronesa.

El matrimonio no fue feliz, era una unión de intereses, el marido era treinta años mayor que su esposa y, por si fuera poco, era mujeriego, jugador y derrochador, amén de otros vicios. Después de tres años de matrimonio María Catalina se separó de su marido.

En 1691 se publicó su Relación del viaje de España a su Alteza Real Monseñor el Duque de Chartres, que tuvo mucho éxito. Poco después publicó sus Memorias de la Corte en España y varios libros más, entre ellos unos cuentos de hadas que le dieron gran popularidad.

El primer libro citado lo publicó en castellano en 1891 la Revista Contemporánea, y en 1946, es decir, hace medio siglo, apareció otra edición cuyo traductor fue Luis Ruiz Contreras, que ignoro si es el mismo de la Revista Contemporánea, puesto que J. García Mercadal, en el volumen segundo de su colección Viajes de extranjeros por España y Portugal, habla de esta segunda edición sin aclarar si es una traducción nueva. La de García Mercadal es la única edición completa que conozco. Me he servido de la traducción de Ruiz Contreras, para reproducir los episodios y anécdotas que he creído más interesantes para mis lectores.

El viaje de la condesa D'Aulnoy a España ha sido muy discutido. Alfred Morel-Fatio afirma que el libro fue escrito antes de la visita de la condesa a España basándose en obras anteriores, pero la opinión generalizada no lo cree así.

El duque de Maura y Agustín González de Amezúa publicaron, también por los años cuarenta, un interesantísimo libro titulado Fantasías y realidades del viaje a Madrid de la condesa D'Aulnoy que recomiendo a mis lectores, si lo encuentran, porque tanto éste como los otros libros y traducciones citados están agotados.

La condesa llegó a Madrid (porque más que de un viaje a España el libro trata de un viaje a la corte madrileña) con ocasión, según parece, del matrimonio de Carlos II con María Luisa de Orleáns y debido al pleito que sostuvo contra su marido, al que llegó a acusar de alta traición.

Cuando las cosas se aclararon un poco, pues también ella fue procesada, de España volvió a París, donde murió en 1704.

En los textos que siguen el lector sin duda sabrá distinguir los que pertenecen a la condesa. No he querido por tanto indicar expresamente el origen de algunos capitulillos.

Un espectáculo teatral


La condesa D'Aulnoy, a su paso por Vitoria presenció un espectáculo teatral del que da curiosas noticias:

"El decorado no era muy lucido. El escenario, formado por unas tablas desunidas y mal seguras, se alzaba sobre unos toneles; las ventanas abiertas de par en par, dejaban paso a la luz, pues allí no había ni antorchas ni teas que aumentaran la ilusión del espectáculo. Se representaba La vida de San Antonio, y cuando los cómicos declamaban algo agradable para el público, éste repetía: "¡Vítor, vítor!" Es la costumbre aquí. El encargado de representar al diablo iba vestido como los demás, y sólo se distinguía de todos por llevar medias coloradas y cuernos en la frente. La comedia tenía tres actos y en los intermedios representaban bailes y sainetes, acompañados aquéllos de arpas y guitarras, salpicados éstos de chistes, algunas veces insubstanciales, del gracioso. Las cómicas danzan con la cabeza cubierta con un sombrerillo y tocan las castañuelas; en la zarabanda corren velozmente; su estilo no se parece ni poco ni mucho al francés; las bailadoras agitan los brazos y pasan con

frecuencia la mano por encima del sombrero y delante del rostro, con una gracia muy singular y atractiva. Tocan las castañuelas primorosamente.

"No imaginéis a esas cómicas de que hablo inferiores a las de Madrid. Las que figuran en los espectáculos que para el Rey se celebran son algo más elegantes, pero en su mayoría, aun cuando intervienen en comedias famosas, son algo ridículas. El público también se muestra inconveniente con frecuencia; por ejemplo: cuando San Antonio reza un confiteor (y lo hace varias veces), los espectadores se arrodillan y acompañan los mea culpa con tan fuertes golpes como si trataran de hundirse el pecho."

Alejandro Dumas, padre (I)
¿Quién no ha oído nombrar a Dumas? ¿Quién no ha leído o ha oído nombrar Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo? Se ha hablado mucho en contra de la novela folletinesca sin darse cuenta de que Balzac, Dickens o el propio Dumas escribieron novelas que aparecieron en folletín en muchos periódicos europeos. Las obras de Alejandro Dumas padre a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación continúan vivas y pimpantes, sus ediciones se multiplican y el cine y la televisión se encargan de que su obra no desaparezca de la memoria de multitud de lectores y espectadores de todo el mundo.

No menos folletinesca que sus obras es la vida de Alejandro Dumas, nacido en Villers-Cotterêts el 28 de julio de 1802 y muerto en París el 5 de diciembre de 1870. En los sesenta y siete años de su vida Dumas publicó infinidad de novelas, relatos de viajes, críticas y obras teatrales.

Cuando era todavía un niño habitaba en Villers-Cotterêts y un día dejunio de 1815 corrió la voz en el pueblo que pasaría por allí el emperador Napoleón para reunirse con su ejército en la frontera septentrional. Dumas, que tenía trece años, fue a la posta donde se cambiaban los caballos. Llegó la berlina imperial y mientras los palafreneros cambiaban los tiros del carruaje apareció en la ventanilla del mismo la grave cara de Napoleón.

-¿Dónde estamos? -preguntó.

-En Villers-Cotterêts, señor.

-¿A cuántas leguas de París?

-A veinte leguas, señor.

-¿A cuántas leguas de Soissons?

-A seis leguas, señor.

-¡Id aprisa!

Y Napoleón se acomodó en su asiento. Ocho días después el emperador, volviendo a París, se paró nuevamente en la posta de Villers-Cotterêts. Alejandro Dumas se encontraba allí. Napoleón preguntó:

-¿Dónde estamos?

-En Villers-Cotterêts, señor.

-¿A cuántas leguas de Soissons?

-A seis leguas, señor.

-¿A cuántas leguas de París?

-A veinte leguas, señor.

-¡Id aprisa!

Entre estos dos diálogos estaba Waterloo y se había hundido el mundo.

Alejandro Dumas no había combatido nunca en las barricadas, pero pertenecía al partido democrático, y cuando en 1832 estallaron en París frecuentes revueltas, corrió el rumor de que había sido arrestado y fusilado. Carlos Nodier, uno de sus más íntimos amigos, le escribió: "Se dice que has sido arrestado y fusilado. Si la noticia no es verdadera ven esta noche a cenar conmigo, pero si lo es y has sido fusilado ven igualmente."

Dumas quería publicar un periódico, El Mosquetero. Con su gran fantasía describía a sus amigos y a los futuros colaboradores los beneficios que había de tener el periódico. Colaborarían en él los mejores escritores de Francia y él mismo escribiría por lo menos la mitad. Como cajero había escogido a Michel, su viejo jardinero, un hombre que no sabía ni leer ni escribir pero que poseía mucho sentido común. Un día que Dumas magnificaba el futuro de su periódico Michel exclamó:

-¡Estupendo, si todos los acreedores del señor se suscriben será un inmenso éxito!

Un imbécil le preguntó una vez si era verdad lo que se decía, que su padre era un negro.

-Es verdad -respondió-, mi abuelo era un mono. En realidad él era hijo de un general francés y de una mulata.

Dumas tenía muchos colaboradores y se rumoreaba que la mayor parte de sus novelas no habían sido escritas por él. Uno de estos colaboradores era Maquet, del cual se decía que era el verdadero autor de Los tres mosqueteros. En una cena Dumas había estado ingenioso como nunca y todos celebraban la brillantez de su conversación.

-Un momento -dijo-, ¿creéis que todo lo que he dicho me lo he inventado yo? Pues no. Todo ha sido dicho por Maquet.

En realidad Maquet escribía novelas que luego eran rehechas por Dumas y a las que éste daba el garbo que las han hecho célebres. El propio Maquet lo admitía y en ocasión de elevarse un monumento a Alejandro Dumas, y en cuyo pedestal figuraban los tres mosqueteros, Maquet dijo:

-Me hubiese gustado que por lo menos mi nombre figurase en la escuela de d'Artagnan.

En una reunión una señora le preguntó:

-Maestro, usted que lo sabe todo, qué diferencia existe entre la amistad y el amor.

-Hay una gran diferencia, como entre el día y la noche.

Que cada uno interprete la respuesta como quiera.

Salía un día de casa de un ministro que le había invitado a cenar cuando encontró a un amigo que le preguntó cómo lo había pasado.

-Si yo no hubiese estado allí me habría aburrido mortalmente.

Había participado con entusiasmo y valor en la revolución de Julio, que estableció en Francia la monarquía de Luis Felipe. Esta experiencia política le sugirió más tarde la siguiente observación: "Después de una revolución no se puede más que odiar a los hombres, pero después de dos revoluciones es forzoso que se los desprecie."

La mesa de Dumas estaba abierta a todo el mundo; su generosidad era proverbial, lo que aprovechaban unos para comer gratis y otros para deleitarse con su conversación.

Un día su cocinero le preguntó para cuántas personas debía preparar la cena.

-He invitado a ocho personas. De modo que prepara para treinta.

Un individuo que se decía amigo suyo le había injuriado ferozmente. Tras diez años le encontró por la calle y Dumas continuó su camino como si no hubiera reparado en él. Pero el otro, impertérrito, le detuvo.

-¿No me reconoces? Soy B...

-Ah, sí -respondió Dumas-, has cambiado tan poco que nunca te habría reconocido.

A sus veintitrés años Dumas hijo era célebre por su Dama de las camelias y alguien dijo a Dumas padre que él seguramente había colaborado en aquel drama.

-Claro que sí, fíjese usted que soy el autor del autor.

Una mañana encontró a su amigo el banquero Salvador, que pasaba con su coche.

-Querido amigo -le dijo-, me persigue el juzgado, y si este mediodía no pago una letra me embargarán todo lo que tengo. ¿Puedes ayudarme?

El generoso banquero le dio dos mil francos.

-Gracias. ¿Puedes acompañarme al juzgado? Pero antes debes parar un momento ante la casa de una linda señorita que habita en la calle Vivienne.

Se pusieron en camino. En un momento dado Dumas hizo parar el coche. Había visto en el escaparate de una tienda una bella estatuilla y quería saber cuánto costaba. Eran quinientos francos; Dumas dio un billete de mil y la dependienta le dijo:

-Señor Dumas, no le doy el cambio porque usted nos debe quinientos francos.

-Está bien, no lo recordaba.

Se detuvieron ante la casa de la hermosa señorita. Cuando Dumas volvió al coche no llevaba la estatuilla: la señorita la había encontrado bellísima y Dumas se la había regalado. No podía hacer otra cosa. Cuando se disponía a subir al coche apareció un amigo y empezó a hablar con él. Dumas alzó los brazos al cielo y luego metió la mano en el bolsillo, sacó la cartera y dio mil francos a su amigo.

-Ahora -dijo Dumas subiendo al coche- llévame a casa.

-¿Y el juzgado?

-Para el juzgado no tengo ni un franco. Les pagaré con otros dos mil francos que me prestarás.

En el ensayo general de un drama suyo había visto que entre bambalinas estaba un bombero muy atento a lo que se decía. Pero en el tercer acto el bombero había desaparecido. Dumas le buscó y lo encontró sentado en un rincón.

-¿Por qué se ha ido?

-Porque me aburría.

Dumas no quiso oír más. Volvió al escenario, se quitó la chaqueta, hizo que le diesen el original del drama, cogió el tercer acto y lo hizo pedazos no obstante las protestas del director del teatro.

-Yo sé lo que hago -exclamó Dumas-. ¿No ha visto que el bombero se aburría?

Y con habilidad prodigiosa reescribió todo el tercer acto rápidamente y lo entregó a los actores, que quedaron admirados de la facilidad de Dumas. El drama fue un éxito, y el tercer acto muy alabado.

Dumas era polifacético. Un día admiró a un arqueólogo reconociendo en el acto una efigie de Julio César en una moneda antigua.

-¿Cómo lo ha hecho? ¿Por ventura es usted también arqueólogo? -le preguntó el sabio.

-Nada de eso. He reconocido la efigie de César porque sobre él he escrito un libro.

-¿Ha escrito un libro sobre César? No lo sabía, no lo he oído citar nunca.

-Lo sé. En el mundo científico no se cita nunca mi nombre. Los señores intelectuales considerarían una humillación tomarme en serio. Mi historia de Julio César no ha sido mencionada nunca por ninguno de ellos, pero todos la han leído. Las que se citan en el mundo científico son las historias ilegibles. Son como las comidas indigeribles. Las que se digieren fácilmente son prontamente olvidadas y al día siguiente ya no se habla de ellas.

Numancia
Cuando estudiaba bachillerato, al hablar de la conquista romana de España salía a relucir siempre el nombre de Numancia, que durante veinte años desafió al poderío de Roma. Se hablaba entonces, y se ha hablado después, de la resistencia numantina, frase que se aplica tanto a un episodio guerrero como a la resistencia a abandonar el poder por parte del Presidente del Consejo de Ministros. Fuera de esta frase poco más se nos explicaba: que los numantinos habían muerto sin rendirse ante las legiones romanas, incendiando la ciudad. Poca cosa era para una lucha que duró doscientos cuarenta meses.

Un historiador francés, Robert Courau, en su interesante Histoire Pittoresque de l'Espagne nos narra con pintorescos detalles, como era de esperar, dado el título de su obra, la historia menuda del suceso.

"Ya a su llegada a la región, cortada por estrechos desfiladeros, la primera columna romana cae en una emboscada; sufre tantas pérdidas que el aniversario de ese desastre será en adelante "día nefasto" en el calendario de Roma. Pero reemprendiendo la ofensiva, con un cuerpo expedicionario reforzado, los romanos llegan hasta Numancia, precedidos de un grupo de elefantes; los numantinos, impresionados por el aspecto insólito de los gigantescos animales, retroceden a refugiarse tras sus murallas; pero muy pronto las duras bolas de barro cocido lanzadas por sus catapultas siembran el pánico entre los elefantes, que en su huida aplastan a los romanos; una salida de los numantinos pone término a la degollina. Pasan los años sin acciones decisivas; no habiendo logrado tomar por asalto la pequeña ciudadela que se levanta como activo centro de la resistencia regional, los romanos, para reducirla a la impotencia, deciden circundarla de una zona inundada; la situación de Numancia,

próxima a la confluencia de los dos ríos que la rodean, facilita la ejecución del plan; y ya se han iniciado importantes trabajos cuando unas vigorosas salidas de la guarnición sitiada obligan a los romanos a abandonarlos. Llega el invierno; contrariamente a la costumbre de la época, las tropas romanas, en vez de instalar sus cuarteles de invierno bajo un cielo más clemente, se mantienen en sus posiciones; van a conocer el rigor de los inviernos a más de mil metros de altura, en un lugar desolado de la nevada meseta; muchos legionarios mueren de frío; otros fallecen de hambre en aquella región sin recursos, porque el enemigo captura más de una vez las columnas de avituallamiento. Diezmados además por los ataques constantes de inasibles salteadores, desmoralizados por la incesante "guerra de fuego" de las guerrillas, los soldados romanos se disgregan; el reclutamiento de reemplazos para aquella guerra impopular se manifiesta cada vez más difícil; Numancia se ha convertido para

los romanos en "terror de la República".

"Un nuevo desastre va a acentuar la incapacidad del mando romano en España. Una vez más cae en una emboscada un cónsul con su cuerpo expedicionario; en un desfiladero tan estrecho que toda maniobra de huida es imposible, no puede evitar un total aniquilamiento sino mediante la firma de un humillante tratado, que obliga a Roma a deponer las armas y respetar en lo sucesivo la independencia de los numantinos. Pero no se contó con la irreductible voluntad del Senado romano; que negándose a ratificar el tratado manifiesta su desaprobación haciendo colocar al general vencido completamente desnudo ante los muros de Numancia y decide enviar contra los celtíberos al más ilustre de sus generales, Escipión Emiliano, que acaba de inmortalizarse con el aniquilamiento de los cartagineses y la total destrucción de su orgullosa capital.

"Hijo de Paulo Emilio, que había sido procónsul en España y destacó por la conquista de Macedonia, Escipión Emiliano (185-129 a.C.) entró por adopción en la ilustre familia de los Escipiones. Hombre estudioso y reservado, afirmó su valor en España, venciendo en combate singular a un jefe indígena que desafiaba a los romanos. Nombrado cónsul (antes de la edad legal, en el 147), al principio de la tercera guerra púnica dio por terminada con la caída de Numancia la conquista romana de España. Pero poco después de su regreso a Roma, mezclado en intrigas políticas, fue asesinado en 129.

"Cuando Escipión llega a España, el ejército romano, vencido y desmoralizado, ha abandonado ya las altas mesetas hispanas para replegarse hacia el litoral mediterráneo; la ociosidad, el juego, el libertinaje y la indisciplina reinan en los campamentos. Escipión introduce de nuevo el orden, arrastrando a las tropas a grandes marchas y a la práctica del atrincheramiento. "Acabaré con los numantinos mediante el pico y la pala", decía. Y enseguida, recuperando mediante una brillante ofensiva el terreno perdido, conduce a los romanos ante Numancia. Él, que había sitiado y destruido a Cartago, una de las ciudades más opulentas del mundo antiguo, se extraña al no encontrar en Numancia, llamada el "terror de la República", más que una aldea de casas de adobe, cubiertas con tejados hechos de ramas y tierra; el cerro sobre el que se levanta tampoco es tan escarpado como pretendía la leyenda, y sus murallas, mal edificadas, aparecen reemplazadas en algunos puntos por simples

empalizadas; por si fuera poco, la guarnición numantina es muy reducida: apenas unos millares de hombres frente a las decenas de miles de soldados del ejército romano. Escipión, sin embargo, renuncia por adelantado a lanzar a sus tropas al asalto de la ciudadela española; sabe perfectamente cómo podría ser el ensañamiento de su defensa; espera reducirla por el hambre, sometiendo a los numantinos a uno de los sitios más sabiamente herméticos que haya registrado la historia.



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