Capítulo I: origen y naturaleza de los evangelios sinópticos introduccióN



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CAPÍTULO I: ORIGEN Y NATURALEZA DE LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS

  1. INTRODUCCIÓN



  1. Planteamiento del estudio de los evangelios sinópticos

A pesar de que los escritos evangélicos son tenidos por los textos más sencillos y populares, siempre han gozado de gran estima y tienen un puesto preferente en la vida de la Iglesia. Sin embargo, un estudio más profundo nos revela la complejidad y dificultad que tiene a la par de cualquier escrito del Nuevo Testamento. He aquí algunas cuestiones:

  • Cuando leemos las cartas de San Pablo nos damos cuenta de que las narraciones de los evangelios son extensamente conocidos, pues se trata de un género literario conocido y usual en aquel tiempo. Pero ¿Cuál es la naturaleza de los evangelios? ¿Informes históricos? ¿proclamaciones misioneras? ¿antología de textos sobre Jesús? Se trata de un problema clave, que solamente se entiende cuando profundizamos en su naturaleza. Si carecemos del estudio minucioso haremos lecturas erróneas de los evangelios.

  • Encontramos pasajes en las cartas de san Pablo de difícil comprensión que cuesta seguir un hilo conductor, sobre todo en las referencias al AT. Pero se trata de textos fundamentalmente unitarios que proceden de la creatividad literaria y teológica de un autor conocido, tienen unos destinatarios y circunstancias concretas que motivan el escrito. En cambio los evangelios nada nos dicen explícitamente sobre sus autores, destinatarios o circunstancias que los motivan. Todavía más, los evangelios se basan en tradiciones preexistentes que se recogen. En una primera lectura, se detecta con facilidad las llamadas perícopas (pequeñas secciones literarias de carácter unitario, con un principio y un final bien marcados, cada una de las cuales tiene su propio género literario como el milagro o parábola). De aquí surge la pregunta sobre la transmisión de estas perícopas antes de su incorporación al relato que tenemos adelante. Hay otros bloques literarios más extensos como por ejemplo la sección de controversias (Mc 2, 1-3,6), otra de parábolas (Mc 4, 1-34), otra de milagros (Mc 4, 35-5,43). El criterio que se sigue para organizar estos relatos no son ni biográficos ni históricos.

  • Un fenómeno singular es la existencia de tres evangelios sinópticos, con sus semejanzas sin ser copia uno de otro. Encontramos diferencias importantes en textos muy venerados de origen litúrgico que esperaríamos fueran idénticos como el Padrenuestro (Mt 6, 9-13 y Lc 11, 1-4) y el relato de la Ultima Cena (Mc 14, 22-25; Mt 26,26-29; Lc 22, 19-20; cfr. 1Co 11, 23-26).

Sobre los evangelios tenemos infinidad de escritos, especialmente durante los dos últimos siglos, debido al espíritu crítico moderno. Ha sido un estudio apasionado para interpretar, defender o combatir algo tan personal como la fe o algo socialmente tan relevante como el fenómeno cristiano.

El reto más importante en este estudio es ser fieles tanto a la crítica moderna actual como a la dimensión religiosa y popular de los evangelios.



  1. Evangelio y evangelios.

La palabra “evangelio” significa originalmente la recompensa dada por una buena noticia. Luego pasa a significar la buena noticia en sí misma. En el Antiguo Testamento sólo se emplea el verbo “evangelizar” en sentido teológico para designar noticia gozosa de que Yahvé ha comenzado a reinar (Is 52, 7). En la Biblia griega de los LXX también designa al mensajero de nuevas alegres a los desgraciados la buena noticia y proclama el año de gracia del Señor (Is 52,7; 40,9; 60, 6; 61 1-ss). Es una buena noticia que llena de alegría y esperanza, paradójica y liberadora. Paradójica porque la salvación de Dios viene por un camino insospechado, por medio de la acción del rey pagano Ciro; liberadora, porque es una acción que va a cambiar la situación histórica del pueblo sufriente. El Nuevo Testamento afirma que este mensajero de alegrías prometido en la Eucaristía es Jesús. Él lee públicamente en la sinagoga las palabras de Is 61,1-ss y añade la breve frase “Esta Escritura que acaban de oír, se ha cumplido hoy” (lc 4,16-21). Con esto han llegado a hacerse realidad las palabras de la Escritura y ha comenzado el tiempo de gozo.
El concepto de “evangelio” no es extraño en el entorno del Nuevo Testamento y fue empleado principalmente en el antiguo culto al soberano. Desde los tiempos de Alejandro Magno, el soberano era venerado en el mundo helenístico como epifanía de la divinidad. Esta veneración se le tributó después al Emperador romano en las provincias orientales del Imperio, y así, se dice en una inscripción de Priene, en Asia Menor, del año 9 a.C., que el natalicio de dios había sido para el mundo el comienzo de las buenas nuevas (“evangelios”) que por él se habían difundido. Después del natalicio vienen otros “evangelios”, como lo declaración de mayoría de edad, la entronización y los éxitos del soberano, que eran alabados en todo el Imperio.
El termino evangelio es una palabra griega que significa “buen (eu) anuncio (aggelo). Este término se usó muy pronto en la tradición cristiana, como queda reflejado en Pablo, a quien pertenecen 60 de las 76 veces que aparece el sustantivo en el NT y 21 de las 28 del verbo evangelizar. Siempre se trata del anuncio oral de la salvación de Dios ofrecida a los hombres en Jesucristo. Pablo habla del “evangelio de Dios” (Rom 1, 1; 15,16), del “evangelio de Cristo” (Rom 15,19; 1Co 9,12; 2Co 2, 12), del evangelio de su Hijo” (Rom 1,9); el genitivo es, a la vez, objetivo y subjetivo: el evangelio que es y viene de Dios o de Cristo y que tiene por objeto a Cristo o a Dios.
A diferencia del concepto de “evangelios” (que se refiere a los 4 evangelios canónicos surgidos entre los años 65-90 y que fueron reunidos en una colección alrededor del año 125, d. C.) y “evangelizar” que existía en el mundo helenístico, la comunidad cristiana proclama que no hay más que un solo evangelio (Gál 1,6-9), el mensaje sobre Cristo crucificado y resucitado (1 Cor 15,3-5), quien es proclamado como el hijo de Dios y el Kyrios (Rom 1,3s). Con el nombre del “evangelio” se designa no solo el contenido, sino también el acto mismo de la proclamación, como vemos claramente por la yuxtaposición de ambas significaciones en 1Cor 9: “Vivir del evangelio” (v.14) significa vivir del hecho de proclamar el evangelio; “el derecho que me confiere el evangelio” significa la autoridad que tiene el mensajero del evangelio (v.18b). Ahora bien, cuando Pablo dice “predicar el evangelio ofreciéndole de balde” (v. 18a) entonces – lo mismo que en la expresión “anunciar el evangelio” (v.14)- se está refiriendo al contenido de la buena nueva, que no debe involucrarse ni grabarse con ninguna otra cosa. Por consiguiente, el evangelio no solo proporciona información de acontecimientos pasados, sino que proclama la presencia de la salvación y es, por tanto, acontecimiento actual de salvación.
Marcos no usa el verbo, pero si el sustantivo 7 veces, de ellas en forma absoluta sin complemento (1,15; 8,35; 10,19; 13,10; 14,9). Mateo utiliza una vez el verbo evangelizar en clara referencia a Isaías (11,5) y no usa el sustantivo en forma absoluta, pero si habla tres veces del “evangelio del Reino”. Recordemos que en Isaías la buena noticia por antonomasia es la afirmación histórica del Reino de Dios. Lucas no usa el sustantivo en su evangelio, aunque sí lo hace dos veces en Hechos para designar la predicación de Pedro (15,7) y de Pablo (20,24). En cambio emplea con profusión el verbo evangelizar con el sentido del Deutero-Isaías de anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Por lo tanto, entendemos que en ninguno de estos casos, el sustantivo evangelio, se utiliza para designar los escritos que ahora conocemos.
El primer autor que inequívocamente llama evangelios a los escritos que nosotros conocemos es San Justino (+ 165). Cuando se extiende este uso, se tiene el cuidado de decir “Evangelio según…” para dejar claro que el evangelio es uno, aunque transmitido en cuatro versiones diferentes.


  1. ORIGEN DE LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS

Los evangelios pretenden transmitir tradiciones de lo que Jesús dijo e hizo durante su vida terrena. La experiencia pascual, al transformar profundamente a los discípulos y su relación con Jesús, también transformó las tradiciones sobre Jesús y a manera de transmitirlas. La aparición de los evangelios escritos requirió cierto tiempo, respondió a motivos concretos y supuso una manera propia de entender la tradición anterior.

Al estudiar el origen de los evangelios, vamos a distinguir tres etapas: grupo pre-pascual, comunidad pos-pascual, redacción de los evangelios.



  1. Origen de la tradición: Jesús y sus discípulos antes de la Pascua

  1. La comunidad pre-pascual en torno a Jesús

La comunidad discipular formado en torno a Jesús se cultivo una tradición de las palabras de Jesús, cuyo anuncio del Reino de Dios y su ministerio, tenía, hasta cierto punto su centro es Cafarnaúm, a orillas del Lago de Galilea (su ciudad, según Mt 9,1), conjugado con un carácter itinerante (el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza, Mt 8,20). Su acción despertó un movimiento carismático, no basado en elementos de la religión judía (Jesús no era ni fariseo, ni sacerdote), sino en la fuerza de su personalidad y en el eco popular que encontraba (Mc 1,37; 3,7-10; 12,12; 14,1-2). Desde el principio de su ministerio, en torno a Jesús, hay un grupo de discípulos que lo acompaña permanentemente, comparten su vida, son los oyentes privilegiados de sus enseñanzas y, en alguna ocasión, son enviados a proclamar el mismo mensaje del Reino de Dios. San Lucas menciona otro grupo de discípulos que designa para enviarlos a predicar delante de sí a las ciudades a donde pensaba ir y que probablemente son hombre que han escuchado sus discursos y aunque no lo acompañan permanentemente, se han comprometido en el proyecto del Reino (Lc 10,1-2). También podemos mencionar que hay otro grupo de “simpatizantes locales”, una serie de gente que no ha abandonado su forma normal de vida y que acogen fundamentalmente el anuncio de Jesús (Zaqueo, Martha, María y Lázaro, Nicodemo, José de Arimatea, algunas mujeres como María Magdalena, Juana, Susana, entre otros).

Desde el punto de vista histórico, parece claro que Jesús tuvo rasgos de Maestro y Profeta y que como tal lo vio la gente. Se le tiene como maestro y se dirigen a él con la expresión aramea rabbí (Mc 9,5; 10,51; 11,21) y con la griega ς (didascalos, Mc 10,17; 12,14.19; 14,14). Aquí se puede ya hacer un ejercicio bien instructivo: comparar dos textos de Mc en que se llama a Jesús maestro (4,38 y 9,17) con los paralelos de Mt en que se usa la expresión “Señor” (Mt 8,25; 17,14). Parece claro que Mc refleja un uso más primitivo y que Mt ha introducido una utilización más reverente y eclesial.

Hay qué hacer una aclaración bien importante. Solo cuando tras la destrucción de Jerusalén del año 70 surge un judaísmo normativo y más uniforme, centrado en la Ley, “rabbi” se convierte en un título y aparece el rito de la ordenación de los rabinos. Para el tiempo anterior, la expresión tiene el sentido, aún no titular, de “mi señor”, “mi maestro”: es así como se la aplicaban a Jesús. Tampoco hay duda de que mucha gente consideró a Jesús como un profeta (Mc 6,15; 8,28; Mt 21,11.46; Lc 7,16.39, 24,19; Jn 4,19; 6,14; 7,40.52; 9,17) y de que él mismo se presentó como tal directa (Mc 6,4 par; Lc 13,33) e indirectamente (Mt 23,29-33; 23,37). Los rasgos de maestro y de profeta no se contraponen. En los dos últimos siglos antes del cristianismo y en el primero posterior hay una asimilación creciente de las funciones de maestro y profeta. “Los sabios adquieren rasgos proféticos, los profetas se van convirtiendo es sabios inspirados”. Tanto en los círculos proféticos del judaísmo como en torno a los maestros se juntaban discípulos y se formaban tradiciones.

En el grupo discipular de Jesús también debió existir una tradición cultivada de palabras del Maestro, diferente a una tradición folklórica y popular. Hemos de tener en cuenta aún cuando los discípulos de Jesús llevan una vida desinstalada y pobre, no era de un nivel cultural bajo, por lo contrario, podría pensarse de un publicano o de unos pescadores de Cafarnaúm o Betsaida que viven en contacto con el helenismo de la Decápolis o con los grandes centros de Magdala o Tiberias.



  1. Cultura de la memoria y de la tradición

Debemos tener en cuenta, ante todo, que el cultivo de la memoria de su pasado es la gran característica de Israel en todos los tiempos, lo que explica su asombrosa pervivencia y está en el origen mismo del surgimiento de la Biblia. Además, ya antes del año 70 (año de la destrucción de Jerusalén) existía una auténtica pedagogía popular judía basada en el cultivo de su tradición. A diferencia de lo que sucede en la actualidad con los continuos cambios de planes de estudio, la pedagogía popular de la antigüedad era muy conservadora y se basaba en tres instituciones clave: la casa paterna, la sinagoga y la escuela elemental. En las tres, el aprendizaje tiene un elemento central: la memorización.

El padre en casa tenía la obligación de trasmitir las tradiciones religiosas del pueblo a los hijos, que debía aprenderlas de memoria (sanah en el hebreo mísnico y tenah / ‘atni en el arameo posterior, son términos técnicos para enseñar memorizando). Los grandes credos de la fe israelita y la Torah se trasmitían en el hogar familiar. El ejemplo más conocido de lo que un israelita tenía que aprender de memoria es el “credo histórico” de Dt 26,5-10, que debía recitar al presentar las primicias de la cosecha.

Sabemos de la existencia de las sinagogas en Nazaret, donde se “había criado” Jesús (Lc 4,16), en Cafarnaúm (Mc 1,21) y en otros lugares de Galilea (Mc 1,39). Todo el culto sinagogal estaba centrado en la lectura de la Biblia, que era precedida por la recitación del Decálogo y del “Shema, Israel”, realizado por todo el pueblo que se lo sabía de memoria. El presidente de la sinagoga (arkhisynagôgos) o el servidor de la sinagoga (hazan, hypêretês) se ponía de acuerdo previamente con algún miembro de la comunidad para que realizara la lectura. Como el hebreo no tenía vocales, la lectura tenía que ser bien preparada y era frecuente que los lectores supiesen el texto de memoria. Debemos recordar que Jesús pertenecía a una familia muy religiosa, en la que se le trasmitieron, sin duda, las tradiciones bíblicas (las circunstancias de Lc 2,46-47 son históricamente verosímiles) y estaba capacitado para la lectura pública en la sinagoga (Lc 4,16).

Es probable que en tiempos de Jesús ya se había introducido un sistema de escuelas elementales en los pueblos judíos (Bet ha-Sefer: “casa del libro”). Cuando los fariseos logran influencia con la Reina Salomé Alejandra (70-67 a. C.) es éste uno de los objetivos que se proponen para resistir a la helenización. Los estudios superiores se realizaban en la Bet ha-Midrás (“casa de estudio”) de acceso más restringido. Dado el carácter religioso de la enseñanza, como en general de toda la cultura judía del tiempo la Bat ha-Sefer era inseparable de la sinagoga y normalmente estaban en el mismo edificio. Igual que en Babilonia, Gracia y Roma,, el sistema fundamental de enseñanza era aprender de memoria. Incluso se aprendía de memoria lo que no se entendía y que posteriormente era explicado. “Primero aprender (de memoria), luego entender” era una máxima rabínica que reflejaba la práctica de la escuela elemental pre-cristiana (esto nos habla que las primeras tradiciones cristianas fueron trasmitidas oralmente y que aprendían de memoria). Es proverbial la fidelidad de la tradición rabínica que se aprendía de memoria; el mejor ejemplo es el tratado de Pirqé Abot (“Dichos de los Padre”) de la Misná. Estos procedimientos no son aplicables sin más al tiempo de Jesús, pero tampoco puede pensarse que son una novedad absoluta que empieza a partir del 70. También un judío de la diáspora, Filón, presupone la repetición y la memorización como los métodos de la enseñanza:

“Los genuinos maestros dirigen su enseñanza no para su lucimiento, sino para el beneficio de sus discípulos, y les obligan a repetir de memoria lo que se eles ha dicho, para que impriman firmemente en su interior lo que ha escuchado (Quaest, in Gen., 106).

Esta cultura de la memoria y de la tradición, tan extendida en toda aquella región, impregnaba a los discípulos de Jesús. Más aún, una consideración formal de la tradición evangélica descubre que, en buena medida, ha sido acuñada de manera tal que se pudiese memorizar con facilidad y trasmitir con fidelidad. Jesús no utilizo un lenguaje formalmente teológico, que define, distingue y conceptualiza. Usa imágenes, metáforas, simbolismos, expresiones enigmáticas y penetrantes. Es una forma de hablar plástica e imaginativa, que se graba en la memoria con más facilidad que las abstracciones. El lenguaje de Jesús es poético. Un maestro de la ley esta absorbido por interpretar lo ya dicho y no siente la necesidad de forzar el lenguaje. Jesús se mueve a partir de una experiencia personal de la cercanía de Dios, no es un exégeta de la ley, sino exégeta de Dios y se expresa en lenguaje poético porque la realidad le habla de Dios y Dios ilumina la realidad. Este lenguaje no es un mero revestimiento literario de conceptos, sino la expresión connatural de experiencias profundas que no se pueden comunicar de otra manera. Por eso el místico es poeta cuando expresa la experiencia íntima de Dios. “La experiencia profunda, la inteligencia del misterio se vierte y rebosa mejor en metáforas que en razones. Esta es la causa de la expresión simbólica”. Y en la Biblia los momentos culminantes de la revelación (pensemos en tantos lugares proféticos) desembocan en expresiones poéticas.

Pese a la dificultad de no poder contar con el original arameo, se ha estudiado el lenguaje poético de Jesús, y está claro que usa frecuentemente diversas formas de paralelismo, que era el fundamental recurso de la poesía hebrea. En el paralelismo sinónimo, el segundo verso repite el primero con nuevas expresiones (Sal 114,1-2; Mt 5,45; Mc 2,19). En el paralelismo antitético, el segundo verso presenta una situación paralela a la del primero, pero opuesta (Mt 16,25; Mc 2,27). Como sucede en la poesía, también se encuentra en las palabras de Jesús el juego con los sonidos, tanto asonancias (por la repetición de sonidos vocálicos) como aliteraciones (repetición de sonidos consonánticos).

Los paralelismos están relacionados con el ritmo que se logra haciendo versos de igual número de acentos. El ritmo binario (versos de dos acentos) es fácilmente reconocible incluso en las traducciones (Mt 10,8; 25,35-36; Lc 6,27-28; 7,22-23) y origina formas sobrias y vigorosas. J. Jeremías muestra con ejemplos que Jesús ha usado preferentemente el ritmo de dos acentos, para inculcar las ideas centrales de su mensaje.

R. Riesner ha hecho un estudio del lenguaje de Jesús a partir de 247 dichos sinópticos considerados auténticos por la mayoría de los autores. De ellos, 197 son muy cortos (no llegan a dos versículos por término medio) y tienen forma poética usando algún tipo de paralelismo. Se trata de resúmenes o sumarios de la enseñanza de Jesús para ser repetidos y memorizados y que serían explicitados en la predicación

Por sus características formales, por su concisión y fuerza, por sus mismos aspectos enigmáticos, la enseñanza de Jesús revela, con frecuencia, su intención de ser repetida y memorizada.



  1. Características propias de la tradición pre-pascual de Jesús

Es fundamental situar el grupo de Jesús y sus discípulos en la cultura tradicional judía y descubrir sus analogías con las escuelas protorabínicas, pero esta tarea ha sido olvidada durante mucho tiempo por los estudiosos. Sin embargo, no basta; hay qué captar también las características propias de un grupo tan singular, porque la naturaleza de una tradición depende de la naturaleza del grupo en la que nace y se cultiva. Hay situaciones típicas y recurrentes (“Sitz im Leben”: sede en la vida o “contexto vital”. Son las situaciones o contextos vitales de la comunidad en los que se conserva y trasmite una tradición) en la comunidad prepascual que explican la necesidad de cultivar la tradición de palabras de Jesús, de conservarlas y transmitirlas.

  • Los maestros judíos pedían a los discípulos la adhesión a la Ley. Jesús pide la aceptación del Reino de Dios, que implica una adhesión muy peculiar a su persona. A diferencia de lo que sucedía en las escuelas rabínicas, Jesús pretende ser el único maestro, de manera que sus discípulos no deben buscar a otro maestro ni pueden aspirar a serlo (Mt 23,8). La radicalidad exigida por la adhesión a Jesús es sorprendente, que está, incluso, sobre un deber tan sagrado como para los judíos era el enterrar a sus muertos (Mt 8,21-22; 10,37). La palabra de Jesús reclama un valor decisivo: solo sobre ella se puede edificar auténticamente la vida (Mt 7,24-27) y solo quien la acoja será acogido por el Padre el último día (Mc 8,38; Lc 9,26).

Está claro que una palabra que se presenta con tal exigencia debe ser no solo seguida, sino también conservada y constituirse en una tradición.

Esta adhesión a las palabras de Jesús explica también que se conservasen dichos no comprendidos plenamente y no utilizados, sobre todo palabras proféticas y voluntariamente oscuras que se referían al futuro y eran idóneas para ser conservadas (por ejemplo Lc 12,49-ss: palabras tan oscuras difícilmente hubieran podido nacer después de Pascua). Es decir, en la especial relación de los discípulos con Jesús y su palabra se encuentra el presupuesto y la exigencia de la formación de una tradición.



  • Jesús ha formulado y transmitido una serie de dichos a sus discípulos a modo de subsidios para su actividad misionera antes de Pascua. El envío pre-pascual de los discípulos es uno de los datos más seguros de la vida de Jesús (el cuándo y el cuántas veces es más hipotético). Aparece en los tres sinópticos (Mt 10,1-40; Mc 6,7-13; Lc 9,1-6.10; 10,1-20) con rasgos claramente pre-pascuales, lo que prueba un núcleo histórico de estos textos: 1) su predicación no es directamente cristológica (como será la de la Iglesia primitiva), sino que anuncian el Reino de Dios; 2) tiene unas características de radicalidad y desasimiento que no seguirán en vigor después; 3) se dirige, como la de Jesús, al pueblo de Israel y no tienen aún un horizonte universal.

Sin duda que muchos de los resúmenes doctrinales, concisos y poéticos, fáciles de recordar, serían utilizados por los discípulos en sus envíos. Ellos eran lo que en hebreo se conocía por

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