Capitulo primero



Descargar 0.6 Mb.
Página1/10
Fecha de conversión26.06.2018
Tamaño0.6 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

Hombrevida

Gilbert K. Chesterton


ECLESIASTÉS

1.
Hay un pecado: decir que es gris una hoja verde—

Y se estremece el sol ante el ultraje;

Una blasfemia existe: el implorar la muerte,

Pues sólo Dios conoce lo que la muerte vale;

V un credo: no se olvidan de crecer las manzanas

en los manzanos, nunca, pase lo que nos pase;

Hay una cosa necesaria: todo;—

El resto es vanidad de vanidades.
G. K. Chesterton, 1900. - Traducción literal de N. Montes de Oca
2.

Hay un solo pecado: pensar que el Sol no existe;

una sola blasfemia: que la Verdad es triste;

un peligro temible realmente:

tener mancas las manos de la mente.
Sacrilegios hay uno tan sólo: hacerse grandes,

matar igual que Herodes al niño-dios en mí,

ir en avión al cono de las Andes

para vivir ángel frustrado allí.


Sólo hay un vicio, un vicio: vivir de té beodo

y no tocar el vino por no soltar verdades.

Sólo una cosa hay necesaria: Todo.

El resto es vanidad de vanidades.

G. K. Ch. en trad más libre de J. del Rey.


PRIMERA PARTE

LOS ENIGMAS DE INOCENCIO SMITH

CAPÍTULO PRIMERO

Como llegó el gran viento a la Casa del Faro

Se levantó un fuerte viento en el oeste, como una ola de desenfrenada felicidad, y marchó hacia oriente por sobre Inglaterra, arrastrando consigo el helado perfume de las selvas y la fría borrachera del mar. En miles de rincones confortó al hombre como una bebida y lo sorprendió como un sopapo. Por entre follajes y enredaderas, en las piezas más íntimas de casas intrincadas, surgió a manera de explosión doméstica, y, desparramando por el suelo los papeles de algún profesor, los hacía tanto más preciosos cuanto más fugitivos; o apagando la vela a cuya luz un muchacho leía "La Isla del Tesoro", lo sumía en tinieblas pavorosas. Pero por todas partes llevó drama a vidas poco dramáticas y paseó por el mundo la trompeta de la crisis. Más de una madre afanada en algún estrecho patio interior había mirado cinco camisas enanas en el alambre del tendedero como quien mira una especie de tragedia mezquina y nauseabunda; era como si hubiera colgado a sus cinco hijos. Vino el viento, y quedaron infladas, dando pataditas, como si de un salto cinco diablillos gordos se hubieran metido dentro; y ella, en los fondos de la subconciencia oprimida, recordó vagamente aquellas burdas comedias del tiempo de sus abuelos cuando todavía moraban los elfos en las viviendas de los hombres. Más de una muchacha inadvertida en un oscuro jardín tapiado se tiró sobre la hamaca con el mismo gesto intolerante con que hubiera podido tirarse al Támesis; y aquel viento rasgó el muro ondulante de los bosques y alzó la hamaca como un globo, haciendo ver a la joven formas de nubes curiosas allá lejos y cuadros de alegres pueblitos allá abajo, como si navegara por el cielo en un bote de hadas. Más de un empleado o cura polvoriento, trillando una calle telescópica de álamos, pensaba por centésima vez que parecían penachos de un coche fúnebre; cuando esta energía invisible los cogió y los agitó y los batió alrededor de su cabeza como una guirnalda o como un saludo de alas seráficas. Había algo en él aún más inspirado y autorizado que el viejo viento del refrán1; porque éste era el viento bueno que a nadie le sopla daño.

La racha voladora hirió a Londres justo donde empieza a escalar las alturas del norte, terraza sobre terraza, escarpada como Edimburgo. Alrededor de este sitio, cabalmente, un poeta, ebrio quizá, miró azorado hacia todas estas calles encaminadas rumbo al firmamento, y (pensando confusamente en ventisqueros y en montañeses ensogados) le dio el nombre de Chalet Suizo del que nunca ha podido librarse. A una etapa determinada de esta ascensión, una terraza de casas altas y grises, desocupadas en su mayoría y casi tan desoladas como los montes Grampianos, describía una curva hacia el extremo oeste, de manera que el último edificio, un establecimiento de pensión llamado "Casa del Faro", ofrecía en forma abrupta al sol poniente su destacado, angosto y sobresaliente remate, como la proa de algún barco abandonado.

El barco, sin embargo, no estaba del todo abandonado. La propietaria de la casa de pensión, una tal Sra. de Duke, era una de esas personas incapaces a quienes el destino hace la guerra en vano; sonreía vagamente tanto antes como después de todas sus calamidades; era demasiado blanda para sentir los golpes. Pero con la ayuda (o más bien bajo las órdenes) de una sobrina tenaz, mantenía siempre los restos de una clientela compuesta en su mayor parle de gente joven y bohemia. Y había en rícelo cinco huéspedes parados por ahí con aspecto mustio ni el jardín, cuando la gran ráfaga rompió contra la base de la torre terminal, detrás de ellos, como estalla el mar contra la base de un peñasco prominente.

Durante todo el día; aquel monte de casas empinado sobre Londres había estado encerrado y sellado bajo una bóveda de nube fría. Con todo, tres hombres y dos muchachas habían hallado por último que hasta el jardín gris y destemplado era más aguantable que el interior negro y poco acogedor. Cuando vino el viento, partió el cielo y empujó el tendal de nubes hacia derecha e izquierda, descerrajando grandes y claras hogueras de oro vespertino. La explosión de luz liberada y la explosión de aire impelido parecían llegar casi al mismo tiempo; y el viento especialmente se asió de todas las cosas con violencia acogotadora. El césped corto y lustroso se inclinó todo en el mismo sentido como pelo cepillado. Cada arbusto en el jardín forcejeaba con sus raíces como un perro con el collar, y ponía en tensión cada hoja saltarina en pos del elemento perseguidor y exterminador. De vez en cuando un gajo se quebraba y volaba como tiro de ballesta. Los tres hombres se recostaron rígida y oblicuamente contra el viento como contra una pared. Las dos señoritas se ocultaron en la casa; más bien, a decir verdad, el viento las llevó a la casa. Sus dos vestidos, el azul y el blanco, parecían dos grandes flores rotas luchando y volteando en la ráfaga. Ni es inadecuada tal fantasía poética, porque había algo curiosamente romántico en esta irrupción de aire y de luz después de un día largo, plomizo y oprimente. Césped y plantas parecían rutilantes de algo a la vez bueno y preternatural-como un fuego del país de las hadas. Se diría una extraña salida de sol al extremo opuesto del día.

La muchacha vestida de blanco se metió adentro a tiempo, porque tenía puesto un sombrero de las proporciones de un paracaídas que la podía haber arrebatado hasta las coloreadas nubes de la tarde. Ella era el único brochazo de esplendor en aquel sitio de estrechez pecuniaria, donde paraba de paso con una amiga, irradiando opulencia; era una heredera en pequeña escala, de nombre Rosamunda Hunt, de ojos pardos, de cara redonda, pero resuelta y un tanto barullera. Encima de ser adinerada, era jovial y bastante bien parecida; pero no se había casado, quizá porque estaba siempre rodeada de una muchedumbre de hombres. No era desfachatada (aunque algunos la hubieran llamado vulgar), pero a los jóvenes indecisos hacía la impresión de popular y a la vez inaccesible. Daba la sensación de haberse uno enamorado de Cleopatra o de estar buscando a una actriz de fama en la puerta del escenario. En efecto, parecía como que algunas chispitas o lentejuelas de teatro se le hubiesen prendido a la señorita de Hunt: tocaba la guitarra y el mandolín; tenía la manía de las charadas; y ante ese magno espectáculo del cielo desgarrado por sol y tormenta, sintió que un melodrama juvenil le henchía de nuevo el pecho. Con la estrepitosa orquesta del aire se abrían las nubes como el telón de una pantomima largo tiempo esperada.

Y, cosa rara, la muchacha de azul tampoco quedó del todo insensible ante aquel apocalipsis en un jardín privado, aunque no había criatura viviente más prosaica ni más práctica. Ella era, en efecto, nada menos que aquella sobrina tenaz cuya fuerza constituía el único sostén de aquella mansión de decadencia. Pero mientras la ráfaga sacudía e inflaba la falda azul y la blanca hasta darles aquellos contornos de hongos monstruosos de los miriñaques estilo Victoriano, un recuerdo hundido que era casi un romance se movió en ella —recuerdo de un tomo polvoriento de Punch en casa de una tía, en su infancia: figuras de arcos de crinolina y arcos de croquet y cierta bonita novela de la que formaban parte. La fragancia semi perceptible de sus pensamientos se esfumó casi de inmediato y Diana Duke entró en la casa aún más rápidamente que su compañera. Alta, delgada, aguileña y morena, parecía hecha para esa velocidad. Físicamente era de la casta de aquellos pájaros y bestias que son ala vez largos y vivaces, como los galgos o las garzas o aun como alguna víbora inofensiva. Toda la casa giraba sobre ella como sobre una vara de acero. Sería falso decir que ella mandaba, porque su propia eficiencia era tan impaciente que ella misma se obedecía antes de que la obedecieran los demás. Antes de que el electricista pudiese componer un timbre o el herrero abrir una puerta, antes de que el dentista pudiese extraer un diente flojo o el sirviente un corcho apretado, ya la cosa estaba hecha por la silenciosa violencia de sus manos delgadas. Si bien era físicamente liviana, su liviandad nada tenía de saltarina. Pisaba el suelo con desprecio, y de intento lo despreciaba, Se suele hablar del fracaso patético de las mujeres feas; pero es más terrible que una mujer linda tenga éxito en todo menos en ser mujer.

—Es como para arrancarle a uno la cabeza —dijo la joven de blanco, dirigiéndose al espejo.

La joven de azul no contestó, pero guardó sus guantes de jardinera, y en seguida fue al aparador y empezó a tender el mantel para el té.

—Como para arrancarle a uno de la cabeza, digo —repitió la señorita Rosamunda Hunt con la jovialidad imperturbada de quien sabe que sus cantos y discursos siempre han tenido seguro el "bis". —El sombrero nomás, me parece —dijo Diana Duke—; pero se me ocurre que eso, a veces, tiene más importancia.

En la cara de Rosamunda asomó un instante un resentimiento de niña regalona, y luego, el humor de persona muy sana. Soltó la risa y dijo:

—Bueno, tendría que ser un viento muy grande para arrancarle a uno la cabeza.

Se produjo un nuevo silencio; y el sol poniente, irradiando cada vez más por entre las nubes divididas, llenaba de fuego suave la pieza, y pintaba de oro y rubí las opacas paredes.

-Alguien me dijo una vez —continuó Rosamunda Hunt— que es más fácil conservar la cabeza cuando se ha perdido el corazón.

-Ay, no hable de esas pavadas —dijo Diana Duke con brusquedad brutal.

Afuera el jardín se había vestido de esplendor dorado; pero el viento seguía soplando obstinadamente, y los tres hombres que se mantenían firmes podían también haber tratado el problema de los sombreros y las cabezas. Y, efectivamente, su posición, en lo que a sombreros se refiere, era en cierto modo típica de rada uno. El más alto de los tres afrontaba el vendaval con galera de felpa que el viento parecía atacar tan en vano como aquella otra torre taciturna: la casa situada a sus espaldas. El segundo trataba, en todas las posturas, de sujetar en su sitio un sombrero tieso de paja, hasta que por último se quedó con él en la mano. El tercero no tenía sombrero, y, por su actitud, parecía no haberlo tenido en toda su vida. Quizás este viento era una especie de varita mágica para experimentos sobre hombres y mujeres, porque había mucho del temperamento de los tres hombres en estas diferencias exteriores.

El hombre de la sólida galera de felpa era la encarnación de lo sólido y de lo afelpado. Era grande, afable, aburrido y (según algunos) aburridor; de pelo alisado y rubio, de facciones pesadas y correctas: un médico joven de mucho porvenir, llamado Warner. Pero si, a primera vista, de puro blando y blondo parecía un poquito fatuo, lo cierto era que no tenía un pelo de zonzo. Si Rosamunda Hunt era allí la única persona con mucho dinero, él era el único que hasta ese momento hubiese alcanzado fama de cualquier género. Su tratado sobre La existencia probable del dolor en los organismos inferiores había sido saludado universalmente por el mundo científico como trabajo sólido y a la vez audaz. En una palabra, era indudablemente de seso. No tenía la culpa de que sus sesos fueran de la especie que la mayoría de la gente quisiera analizar con un hurgón.

El joven que se sacaba y ponía el sombrero era un científico de afición, de escasa importancia, y veneraba al gran Warner con solemne ingenuidad. En realidad, por invitación de él se encontraba allí el médico distinguido; porque Warner no vivía en semejantes pensiones de morondanga, sino en un palacio de profesionales en Harley Street. Este joven era, a decir verdad, el menor y el mejor parecido de los tres. Pero era de esas personas (en ambos sexos se encuentran) que se presentan condenadas a ser bien parecidas e insignificantes. De pelo castaño, de colores subidos, vergonzoso, perdía, por decirlo así, la delicadeza de sus facciones en una especie de borrón sepia y bermejo, mientras se sonrojaba y pestañeaba frente al viento. Era una de esas personas obvias e inadvertidas: todo el mundo sabía que era Arturo Inglewood, soltero, moral, decididamente inteligente, que vivía de sus pequeñas rentas y se ocultaba en dos pasatiempos favoritos: la fotografía y el ciclismo. Todo el mundo lo conocía y lo olvidaba; ahí mismo, viéndolo en el deslumbramiento de aquel ocaso de oro, había en él algo indefinido como alguna de sus rojizas fotografías de aficionado.

El tercero no tenía sombrero; era flaco, vestía ropa vagamente deportiva, y una pipa grande en la boca lo hacía parecer más flaco todavía. Tenía mía cara larga e irónica, pelo negro azulado, ojos azules de irlandés y mentón azulado de actor. Irlandés era, actor no era, excepto en los antiguos días de las charadas de la señorita de Hunt; de hecho era un oscuro y locuaz periodista, llamado Miguel Moon. En una época se supuso confusamente que estudiaba leyes, dando lugar a que el ingenio algo elefantino de Warner rebuscara chistes con las palabras "barra" y "bar" y observara que en este último sitio sus amigos lo encontraban más a menudo. Moon, sin embargo, no bebía, ni siquiera se emborrachaba con frecuencia; era simplemente un caballero a quien agradaba la baja compañía. Esto era en parte porque la compañía es más tranquila que la sociedad; y, si le gustaba conversar con una muchacha de bar (como aparentemente le gustaba), era principalmente porque la muchacha de bar hacía todo el gasto de la conversación. Además solía él aportarle la ayuda de otros talentos. Tenía la curiosa manía de todos los hombres de su tipo, intelectuales sin ambición: la manía de andar con quienes le eran mentalmente inferiores. Había en la misma casa de pensión un judío diminuto y llamativo llamado Moisés Gould, un hombrecito cuya vitalidad y vulgaridad propias de negro divertían tanto a Miguel que se paseaba con él de bar en bar como propietario de un mono sabio.

La limpieza colosal que el viento había hecho de aquel cielo nublado se aclaraba cada vez más; una cámara tras oirás parecían abrirse en el paraíso. Se sentía la impresión de poder por fin encontrar algo más luminoso que la luz. En la plenitud de este silencioso fulgor, todas las cosas retomaban sus colores: los troncos grises se volvían plata, el pedregullo plomizo, oro. Un pájaro revoloteó como una hoja suelta de un árbol a otro, y sus plumas pardas estaban retocadas con fuego.

—Inglewood —dijo Miguel Moon, sin apartar del pájaro sus ojos azules—, ¿tiene Ud. amigos? El Dr. Warner tomó como dirigida a él la pregunta, y, volviendo hacia él la cara ancha y radiante, dijo:

—Ah, sí, yo salgo mucho. Miguel Moon hizo una mueca de risa trágica, y esperó a su verdadero informante, que habló un momento después con voz que resultaba extrañamente serena, fresca y joven por salir de aquel exterior parduzco y hasta polvoriento.

—En realidad —contestó Inglewood—, me parece que he perdido contacto con mis viejos amigos. El amigo más íntimo que he tenido estaba conmigo en el colegio: un tipo llamado Smith. Es curioso que Ud. mencione esto; porque hoy casualmente me estaba acordando de él, aunque hace siete u ocho años que no lo veo. Seguía ciencias como yo en el colegio; tipo inteligente pero raro; y él se fue a Oxford cuando yo me fui a Alemania. El caso es que el cuento es medio triste. Muchas veces le pedía que viniera a verme, y cuando no tenía noticias de él las averiguaba. Me hizo mucha impresión oír decir que el pobre Smith se había puesto mal de la cabeza. Los datos, por supuesto, eran un poco confusos; algunos decían que se había sanado; pero eso lo dicen siempre. Hace como un año, yo mismo recibí un telegrama de él. El telegrama, por desgracia, no dejó lugar a dudas.

—Así es —asintió torpemente el Dr. Warner—. La locura es, por lo general, incurable.

—También la cordura —dijo el irlandés, y lo estudió con mirada lúgubre.

—¿Los síntomas? —preguntó el doctor—. ¿Qué decía ese telegrama?

—Da pena bromear con esas cosas —dijo Inglewood con su típico modo honrado y tímido—; el telegrama no era de Smith sino de la enfermedad de Smith. Las palabras textuales eran: "Hombre hallado vivo con dos piernas".

—Vivo con dos piernas —repitió Miguel frunciendo el ceño—. ¿Quizás una versión de vivito y coleando... o, en este caso, pateando? No soy muy versado sobre las personas que no están en su sano juicio, pero supongo que han de estar pateando.

—¿Y las que están en su sano juicio? —preguntó sonriendo Warner.

—Ah, a esas habría que patearlas —dijo Miguel con repentino entusiasmo.

—El mensaje es evidentemente insano —continuó el impenetrable Warner—. La mejor prueba es referirse al tipo normal sin desarrollar. Ni un niño de pecho espera encontrar hombres con tres piernas.

—Tres piernas —dijo Miguel Moon— vendrían muy bien con este viento.

Infectivamente, una nueva erupción de la atmósfera casi les había hecho perder el equilibrio, y roto, al mismo tiempo, en el jardín, los árboles ennegrecidos. Más allá se veían correr toda clase de objetos accidentales contra el cielo corrido por el viento —pajas, palos, trapos, papeles; y, a lo lejos un sombrero que desaparecía. Su desaparición, sin embargo, no era definitiva; después de unos minutos de intervalo, se le vio otra vez, mucho más grande y más cercano, un panamá blanco remontándose al cielo como un globo, tambaleándose un instante de un lado para otro como un barrilete herido, e instalándose luego en el centro del cuadrado de césped del mismo jardín, vacilante como una hoja caída.

—Alguien ha perdido un buen sombrero —dijo lacónicamente Warner.

Casi al mismo tiempo que hablaba, otro objeto franqueó la pared del jardín, volando tras el agitado panamá. Era un gran paraguas verde. Después llegó dando tumbos una enorme bolsa Gladstone amarilla, y en seguida una figura como una rueda vertiginosa de piernas, lo mismo que en el escudo de la Isla de Man.

Pero, aunque por el espacio de un relámpago pareció tener cinco o seis piernas, aterrizó sobre dos, como el hombre en el extravagante telegrama. Tomó la forma de un individuo grande de pelo claro, en ropa festiva de alegre tono verde. Tenía pelo brillante y rubio que el viento levantaba al estilo alemán, cara encendida y vivaz como un querubín, y nariz saliente y cómica un poco como de perro. La cabeza sin embargo, decididamente, no era querúbica en el sentido de no tener cuerpo. Al contrario, sobre los vastos hombros y la estructura en general gigantesca, la cabeza resultaba curiosa y anormalmente chica. Esto dio lugar a una teoría científica (apoyada plenamente por la conducta observada) de que se trataba de un idiota. Inglewood tenía una cortesía instintiva y sin embargo desacertada. Su vida estaba llena de ademanes de auxilio semiesbozados y reprimidos. Y ni siquiera este prodigio de un hombrón de verde que saltaba la pared como una verde langosta reluciente pudo paralizar el pequeño altruismo de sus hábitos ante el caso de un sombrero perdido. Se adelantaba a recoger la prenda del caballero verde, cuando un rugido como de toro lo dejó, de golpe, rígido.

—¡Eso no es deportivo! —bramó el hombrón—. ¡Déle juego limpio, déle juego limpio! —Y fue en pos de su propio sombrero rápida pero cautelosamente, con ojos chispeantes. El sombrero al principio había quedado como desfalleciente y remolón en alarde de languidez sobre el asoleado césped; pero, al renovarse y levantarse otra vez el viento, se fue bailando por el jardín con la picardía de un pas de quatre. El excéntrico se fue brincando detrás con saltos de canguro y explosiones de lenguaje sin respiración, del cual no era fácil siempre seguir el hilo:

—Juego limpio, juego limpio... deporte de reyes... a la caza de sus coronas... completamente humano... tramontana... los cardenales a la caza de capelos rojos... la vieja caza inglesa... la emprendió con un sombrero en Bramber Combe... sombrero en último aprieto... galgos lastimados... ¡Lo agarré!

Mientras el viento ascendía de rugido a alarido, brincó él hacia el cielo sobre las fuertes fantásticas piernas, dirigió un manotón al sombrero fugitivo, le erró, y acampó despatarrado, de boca en el césped. El sombrero se alzó sobre él como un ave en triunfo. Pero su triunfo fue prematuro, porque el loco, arrojado hacia adelante sobre las manos, enarboló en alto las botas, agitó las piernas como enseñas simbólicas (según pareció otra vez) del telegrama, y atrapó, ni más ni menos, el sombrero con los pies. Un aullido de viento, prolongado y agudo, partió el firmamento de punta a punta. Los ojos de todos los presentes estaban encandilados por la racha invisible como por una extraña y clara catarata de transparencia precipitándose entre ellos y todos los objetos en derredor. Pero cuando el hombrón cayó sentado y se coronó solemnemente con el sombrero, Miguel se dio cuenta, con increíble sorpresa, de que él había estado reteniendo el aliento como quien contempla un duelo.

Mientras aquel alto viento llegaba al máximum de su energía rascacélica, se oyó otra breve exclamación que empezó muy en son de queja pero acabó muy pronto, ahogada por un silencio abrupto. El cilindro negro y lustroso que constituía el sombrero oficial del Dr. Warner zarpó de su cabeza describiendo la larga y suave parábola matemática de una aeronave, y, al llegar casi a coronar un árbol del jardín, quedó prendido en sus ramas superiores. Otro sombrero se había marchado. Los que se encontraban en aquel jardín se sintieron prendidos en un inusitado torbellino de sucesos. Todos se preguntaban a qué cosa le tocaría el turno ahora de volarse. Antes de que pudieran reflexionar, el cazador de sombreros, vitoreando y azuzándose, iba ya por la mitad del árbol, balanceándose de una horquillada rama a otra con sus fuertes y dobladas piernas de langosta saltona, y dejando escapar todavía sus misteriosos comentarios de corto aliento.

—Árbol de la vida... Igdrasail2... trepar quizá siglos... lechuzas anidando en el sombrero... remotísimas generaciones de lechuzas... usurpando todavía... se fue al cielo... lo usa el hombre de la luna... bandido... no es tuyo... pertenece a facultativo deprimido... en jardín... entrégalo... ¡entrégalo!

El árbol se sacudía y batía y agitaba de acá para allá como un cardo en el viento atronador, y se inflamaba en el pleno sol como una fogata. La figura humana verde y fantástica, vivamente destacada contra su rojo y oro otoñal, se encontraba ya entre sus ramas más altas y más alocadas que, por pura chiripa, no se quebraban con el peso del gran cuerpo. Allá arriba estaba, entre las últimas hojas volteadoras y las primeras estrellas parpadeantes de la tarde, todavía hablando a solas alegremente, aduciendo razones y semiexcusas, en breves boqueadas. Y bien podía faltarle el aliento porque toda su descabellada incursión se había producido en una sola arremetida; había saltado la pared como una pelota, se había deslizado por el jardín como por un resbaladero, se había disparado árbol arriba como un cohete. Los otros tres hombres parecían enterrados bajo incidentes que se apilaban: un mundo disparatado donde una cosa empezaba antes de que terminara la otra. En los tres, espontáneamente, surgió el mismo pensamiento. El árbol había estado ahí durante los cinco años que llevaban de contacto con la casa de pensión. Cada uno era activo y fuerte. A ninguno se le había tan siquiera ocurrido treparse a él. Además de esto, lo primero que sintió Inglewood fue el hecho del colorido. Las hojas vivas y brillantes, el cielo azul pálido, los brazos y piernas verdes y alborotados, le recordaban irracionalmente algo que relucía en su infancia, algo parecido a un hombre charro en un árbol de oro; quizá no era sino un mono pintado subido a un palo. Cosa bastante rara, a Miguel Moon, aunque más humorista, le dio por un lado más tierno; medio recordó los antiguos y juveniles ensayos teatrales con Rosamunda, y le hizo gracia sorprenderse a sí mismo casi citando a Shakespeare:

"¿No es el amor, acaso, un Hércules

trepando todavía a los árboles

en el jardín de las Hespérides"?

Hasta el inconmovible hombre de ciencia tuvo una viva, atolondrada sensación de que la Máquina del Tiempo había dado una sacudida grande y se había adelantado con rechinante rapidez.

No estaba, sin embargo, del todo preparado para lo que sucedió a continuación. El hombre de verde, cabalgando en la frágil rama superior como una bruja en un palo de escoba muy arriesgado, alcanzó el sombrero negro y lo arrebató de su aéreo nido de tallos. Se había roto contra una rama pesada en la primera explosión de su travesía; un enredijo de ramitas lo había rasgado, sur-

cado, arañado en todas las direcciones, un golpe de viento y de follaje lo habían hecho acordeón; ni puede decirse que el comedido caballero de aguda nariz demostrara para con su estructura consideración adecuada alguna en el momento en que por último lo desenganchó de su sitio. Fuere como fuere, cuando lo hubo encontrado, su proceder fue considerado, por algunos, singular. Lo agitó con una ruidosa algazara de triunfo e inmediatamente pareció caerse para atrás del árbol, al cual, sin embargo, quedó sujeto por las largas y robustas piernas, como un mono que se columpiara colgado de la cola. Pendiente así, con la cabeza para abajo, sobre el despojado Warner, procedió gravemente a dejar caer el maltrecho cilindro de felpa sobre

sus sienes.

—Todo hombre es rey —explicó el filósofo invertido—; luego, todo sombrero es corona. Pero ésta es una corona bajada del cielo.

Y otra vez intentó la coronación de Warner, el cual, sin embargo, se alejó en forma: muy abrupta de la suspensa diadema; y, cosa asaz extraña, demostrando no desear su antigua decoración en el estado actual.

—¡Es un error, un error! —exclamó con hilaridad el comedido—. Use siempre uniforme, aunque sea uniforme destartalado. Los ritualistas pueden andar desharrapados siempre. Vaya a un baile con hollín en la pechera almidonada; pero vaya con pechera almidonada. El cazador usa chaqueta vieja, pero chaqueta vieja colorada. Use sombrero de copa aunque no tenga copa. Lo que vale es el símbolo, amigo gallito. Tome su sombrero, porque al fin y al cabo es un sombrero; todo el pelo raído por la corteza, queridos míos, y el borde ni un poquito rizado; pero, por respeto a antiguos respetos, es todavía, queridos míos, la teja más repulida del mundo.

Así hablando, con desatinada familiaridad, instaló o aplastó la informe galera de felpa sobre la frente del conturbado médico, y cayó de pie entre los otros hombres, conversando todavía, radiante y falto de respiración.

—¿Por qué no se inventan más juegos sobre la base del viento? —preguntó con cierto alboroto—. Están muy bien los barriletes, pero ¿por qué tienen que ser sólo barriletes? Lo que es a mí se me ocurrieron otros tres juegos para días ventosos mientras que me trepaba a ese árbol. Vean uno: se toma un montón de pimienta...

—A mí me parece —interrumpió Moon con mansedumbre sardónica— que sus juegos son ya suficientemente interesantes. Permítame preguntarle si es Ud. un acróbata: profesional en gira o un aviso ambulante de Jaimito el Alegre3. ¿Cómo y por qué hace Ud. este despliegue de energía para saltar paredes y escalar árboles en nuestros suburbios melancólicos, pero por lo menos racionales?

El desconocido pareció tornarse confidencial, hasta donde era capaz de serlo persona tan estrepitosa.

—Pues, es una habilidad mía, personal —confesó ingenuamente—. Lo hago por el hecho de tener dos piernas.

Arturo Inglewood, que en esta escena de locura había retrocedido a segundo plano, se adelantó de repente y clavó la vista en el recién llegado, fruncidos los ojos miopes y un poco más subidos los subidos colores:

—Me parece que eres Smith —exclamó con su voz fresca casi de niño; y, después de un instante de mirada fija—, pero no estoy seguro.

—Creo que tengo una tarjeta —dijo el incógnito con desconcertante solemnidad—, una tarjeta con mi nombre auténtico, mis títulos, mis oficios, y mi verdadero propósito sobre la tierra.

Sacó lentamente de un bolsillo superior del chaleco una cartera roja, y lentamente también extrajo de ella una tarjeta muy grande. En el instante mismo de su extracción, dio la impresión de rara su forma, distinta de las tarjetas de la generalidad de los caballeros. Pero estuvo ahí un instante tan sólo; porque al pasar de sus dedos a los de Arturo, el uno o el otro la dejó escapar. La ráfaga estridente y arrebatadora de aquel jardín se llevó consigo la tarjeta del desconocido para agregarla al indómito papel superfluo del universo; y aquel gran viento del oeste sacudió toda la casa, y pasó.



Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal