Articulación de políticas públicas dirigidas a las cooperativas Propuestas para el caso colombiano en el marco de la convivencia pacífica y la internacionalización



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Fundamentos cognitivos de otra forma de hacer economía


En principio, todas las organizaciones están a favor de la cooperación, pero en la práctica, su propia estructura se lo impide (Sennett, 2012, p. 21).

Las ciencias sociales transitan tiempos de cambios. Los vaivenes en el comportamiento de sus objetos de estudio realzan la necesidad de buscar renovados marcos conceptuales que expliquen el quehacer humano y social y a su vez indiquen nuevas rutas para repensar el estado actual de las cosas y qué opciones teóricas pueden vislumbrar alternativas en el marco de un sistema económico que se entiende así mismo como unívoco y representante fiel del “fin de la historia”, tal como lo mencionó Fukuyama (1999).

La tímida aparición de estudios acerca de otras formas de hacer economías durante los años sesenta del siglo pasado, es hoy apenas un asomo del amplio material documental que expresa la necesidad de generar vínculos conceptuales con las formas ortodoxas de entender la economía, la administración y sus empresas, las ciencias políticas y sus agentes, la historia y sus actores, la sociología y sus agentes determinantes.

La masificación del acceso a documentos heterodoxos gracias a los sistemas interuniversitarios de acceso a conocimientos, Internet y la mundialización de experiencias y conocimientos alentados por encuentros como el Foro Social Mundial, han hecho reproducir exponencialmente estudios de millares de experiencias, análisis y propuestas que encaran una alternatividad real al estado actual de las cosas.

Sin embargo, esto no parece repercutir ampliamente en la tradición académica de las ciencias sociales dictada en la mayoría de los centros universitarios. Un breve análisis de los cambios en los currículos, las concepciones académicas que le preceden, la evolución de grupos de investigación de proximidad y los estímulos científicos a los mismos, dan cuenta de que el acento sigue reproduciendo la concepción dogmática de individuos de preponderancia individualista, una economía basada en el extractivismo y un sistema socioeconómico asentado en la maximización mercantil como único esquema generador de valores sociales (Hinkelammert y Mora, 2008).

Las consecuencias desbordan nuestra capacidad prospectiva en tanto perdamos nuestras habilidades de cooperación requeridas para garantizar la gobernanza en sociedades cada vez más complejas (Sennet, 2012).

En estas breves notas daremos una breve lectura a las concepciones de reconocidos autores de las ciencias sociales, económicas y biológicas con la esperanza de abrir vetas de discusión que impregnen concepciones y alimenten el estudio de otras formas de hacer economías.

Autores como Karl Polanyi, Lee Alan Dugatkin, Jon Elster, Peter Drucker, Jeremy Rifkin, Elinor Ostrom, Richard Sennett, Bruno Latour y Humberto Maturana, entre otros, han hecho temblar los cimientos de las ciencias sociales en tanto destacan a la cooperación como condición para garantizar nuestra sobrevivencia como especie y han sido ampliamente citados por autores que se han dedicado a estudiar la economía social y solidaria como disciplina de estudio.

A partir de develar la naturaleza de otras formas de hacer economías, es posible entender las raíces conceptuales desde las cuales se abordan los diferentes títulos y contenidos que se desarrollan a nivel planetario. Esto se procura a partir del análisis conceptual de las obras de eminentes tratadistas de las ciencias sociales.

      1. Simbiosis entre ciencias sociales y ciencias naturales


Las nociones sobre homus economicus vs. homus solidarius, han estado en contradicción desde la lógica científica predominante. Si bien lo anterior no es en rigor excluyente, el predominio de un método científico cercano a las posturas individualistas ha dado invisibilidad al acervo documental del homus solidarius como agente racional.

Mientras los postulados de Hobbes, Descartes, Roseau, Darwin y Dawking predominan en las bases del pensamiento de una gruesa parte de los pensadores, la evidencia de que la especie humana presenta una naturaleza de índole social no logró calar en el pensamiento predominante. Aportes como los de Shutte, Malinowski y Kropotkin demuestran cómo los seres humanos necesitan convivir para protegerse y atender sus necesidades comunes de sobrevivencia, por lo cual requieren de un pensamiento, actitudes y accionar solidarios.

Al igual que en los siglos XIX y XX, la incidencia de las ciencias naturales ha sido determinante en la evolución de los estudios de las ciencias sociales. La preeminencia darwiniana de la evolución como modelo explicativo de la inexistencia de la ayuda mutua, hacia el año de 1859, socavó el avance de las investigaciones de Kropotkin sobre la influencia de la ayuda mutua como explicación en las relaciones consanguíneas de parentesco (Dugatkin, 2007).

Fue necesario más de un siglo después de hegemonía científica por la selección natural amparada en la negación del gen social, hasta que en 1967, los trabajos de Hamilton rescataron el altruismo como modelo biológico explicativo. Ello hizo renacer los estudios sobre el comportamiento de los animales sociales dentro del sistema biológico y posteriormente, aúna sus investigaciones a las teorías sociológicas del momento.

Sobre el particular, Dugatkin refiere cómo a pesar del reconocimiento que tenía Hamilton, aún no lograba la condición de titularidad en su Universidad (Imperial College). Por ello migró a otros centros universitarios y en su trasegar coincidió con el politólogo Robert Axelrod, quien estaba trabajando en un modelo para explicar el altruismo en organismos no emparentados a partir de la teoría de juegos. A partir de ahí, investigadores de las ciencias exactas como Dugatkin comienzan a construir los nuevos cimientos de la evolución humana: la cooperación.

Por otra parte, hacia la década de los setenta, biólogos como Humberto Maturana y Francisco Varela plantean nuevas concepciones para explicar cómo los comportamientos organizacionales corresponden a patrones de organización de los seres vivos. Estos pensadores concluyen que las emociones, aspectos simbólicos de la cultura y la solidaridad entre las personas son connaturales a las decisiones humanas que permean los comportamientos de las organizaciones (Maturana, 2002), planteando repensar el mundo natural desde la convivencia y no desde el uso.

Así los cimientos de una nueva economía son introducidos desde los estudios de las ciencias naturales que terminan, en búsqueda de su cientificidad, reconociendo que el absolutismo de la economía de mercado capitalista es incapaz de explicar nuevos equilibrios expresados en la identidad de organizaciones de economía social, solidaria, tercer sector y entidades sin ánimo de lucro, entre otras denominaciones que venían operando bajo un manto aparente de invisibilidad estadística.

Jeremy Rifkin (2010) retoma los avances de la biología y las neurociencias para plantear que la civilización humana nos obliga a cuestionar la agresión utilitarista de un ser humano en su relación con los demás. Para el autor, el desarrollo de la empatía explica nuevos entramados sociales que se expresan en los emprendimientos de otras economías. Con ello, la sociología ha adquirido un robusto instrumental teórico para analizar otras formas de hacer economías.

En un reciente compendio de estudios sobre altruismo, desarrollo y compasión (Singer y Ricard, 2015), el psicólogo social Daniel Batson de la Universidad de Kansas ha logrado identificar las motivaciones altruistas dentro de un reportorio de motivaciones que no se limitan al egoísmo.

La neurocientífica Tania Singer, del Max Planck Institute, demuestra que la relevancia que tienen en el sistema neuronal los sistemas emocionales que facilitan el desarrollo de emociones sociales y comportamientos prosociales como la empatía y la cooperación.

El psicólogo y psiquiatra de la Universidad de Madison, Richard Davidson, demuestra la correlación entre los niveles de activación de la ínsula y la amígdala con la predisposición a un comportamiento prosocial. Así, la biología y la experiencia modelan el comportamiento altruista de lo que se desprende que esta puede ser fomentada con una formación adecuada.

Por otra parte, están los estudios que desde la economía desarrollan experimentos para demostrar que el único motivante de los agentes económicos no es la búsqueda del beneficio propio, sino también la justicia y el altruismo.

Ernest Fehr, de la Universidad de Zúrich, es uno de los representantes más importantes de esta línea. Tras su demostración de incentivos para el comportamiento prosocial, afirma que “el altruismo ayuda a reforzar las normas cooperativas sobre las que se sustentan no sólo la cultura humana, sino también la democracia moderna y las libertades individuales” (Singer y Ricard, 2015, p. 112). Demuestra además, a partir de juegos experimentales, que el déficit de provisión de bienes públicos se relaciona al egoísmo de las personas. En la medida en que los cooperadores tengan evidencias de la contribución de los demás, más incentivos tendrán para cooperar. Esto es un comportamiento condicional que implica una responsabilidad para los hacedores de políticas frente a generar expectativas prosociales y diseñar instituciones para tal fin.

Por su parte, el profesor emérito de la London School of Economics, Richard Layard, indagando sobre las inconsistencias entre el crecimiento económico y el estancamiento de la felicidad, se pregunta: “si el gran éxito económico al que da lugar la competitividad no es tan importante para la felicidad humana, ¿por qué no consideramos otras formas de organización económica?” (Singer y Ricard, 2015, p.138); para ello, propone crear un espíritu de cooperación dentro de los equipos que premie a todos según su contribución y los logros, en vez de singularizar el pago a cada miembro según cuotas diferentes.

Finalmente, el profesor de la Universidad de Oregon, Willian Harbaugh, demuestra que el centro de recompensas cerebrales que se activa ante las ganancias y también ante las donaciones, tiene impacto en el mejoramiento de la calidad de vida de los beneficiarios. Como los mercados de la donación no funcionan, dado que los precios no asignan alicientes ni información para cooperar, los más pobres no tienen suficiente apoyo, ni acompañamiento. En la medida en que las personas saben que ellas han ayudado a la generación de un bienestar general, no el Gobierno, tienden a esforzarse más por donar. Por ello, los impuestos terminan siendo un costoso mecanismo para transferir bienestar a los más pobres.

      1. Ante el desconocimiento, la sospecha


En la actualidad, la ortodoxia de las ciencias económicas y administrativas pone énfasis en una sociedad de concepción dual frente a los agentes que en ella interactúan. En este contexto, otras formas de hacer economía quedan invisibles desde la generalidad de los estudios ortodoxos y a pesar de los avances científicos, las ciencias económicas y administrativas parecieran haberse quedado en los fundamentos de dos siglos atrás.

La existencia de organizaciones con lógicas particulares no implica que desde la teoría estas nociones hayan sido aceptadas. Por el contrario, pese a la revolución asociativa mundial que identificó Salamon en el estudio de la Universidad John Hopkins (1999), la ortodoxia académica sigue con sospecha cualquier intento de incorporar como objeto de estudio nociones que contemplen el desinterés, el altruismo, la reciprocidad, el interés general, la acción colectiva y los bienes comunes, como elementos determinantes de las decisiones individuales y colectivas.

Tampoco es fácil aceptar postulados como los de Jon Elster (2011), según los cuales las motivaciones desinteresadas son más importantes en la vida social de lo que consideran los modelos económicos. Para Elster, seguir insistiendo en la cientificidad de las ciencias del egoísmo puede ser un acto metodológicamente peligroso, dadas las ausencias de constatación empírica que tiene.

Por su parte, Elinor Ostrom, premio Nobel de economía, dedicó su vida académica a entender las dinámicas comunitarias que producen resultados socialmente deseables. Para ella, la equidad, el autogobierno, la reciprocidad y la cooperación, no constituyeron puntos de partida de sus investigaciones, sino variables guía en su programa de investigación. Estas variables terminaron explicando el desarrollo de algunos territorios, pero esta evidencia fue ampliamente desmentida por economistas que, partiendo del dogma de la competencia, desplegaron juicios de valor con los que teóricamente combatieron. Por ello, para Elster (2011, p. 11), en la medida en que la hipótesis del hombre egoísta sea refutada por la observación, hay que renunciar a ella.

Según Pauel Ricoeur (citado por Elster, 2011), en la dinámica de la sospecha explayaron sus hipótesis en contra del desinterés, el altruismo y la reciprocidad autores tan disímiles como Mandeville, Marx, Niestzche y Freud. De ahí que la lista de pensadores que amparan sus propuestas en las anteriores es tan extensa como los supuestos que niegan acciones contrarias a lo común.

Paralelamente, el concepto de la evolución del más apto permeó hondo en las ciencias sociales. Desde las ciencias económicas el ser más apto se asoció con el agente individualista que maximiza intereses, y desde la administración el crecimiento de las variables organizacionales para maximizar rendimientos fue el objetivo central de los estudios disciplinares. Elementos similares se desarrollaron desde la contaduría, las relaciones internacionales y el comercio exterior.

Pero también surgieron autores que soportaron análisis conceptuales de diferentes matices y que incluyeron los elementos centrales de la economía social como orientadores de su propuesta. Especial atención merece el canadiense Karl Polanyi, quien incorporó a la reciprocidad y la donación como elementos constitutivos de las estructuras económicas de intercambio.

Bien entrado el siglo xx, comienza a retomarse el estudio de la cooperación como elemento de análisis en las ciencias sociales y algunos de los postulados de la sospecha comienzan a desvanecerse ante las evidencias de otras formas de hacer economía. La sociedad civil ganó una preponderancia sustantiva y hoy los estudios de las ciencias sociales comienzan a incorporar los elementos que particularizan a la economía social y solidaria.

Por ejemplo, en la economía los aportes de Amartya Sen, Ha Joon Chang, Rose Ackerman, Putterman y Stiglitz, entre muchos otros, han logrado que en el análisis económico se incorporen los valores y en ellos gravitan los fundamentos de la economía social. En la administración, autores como Peter Drucker, muestran la eficiencia de las organizaciones no lucrativas en las nuevas sociedades.

En la sociología, autores como Jon Elster y Putnam, han demostrado la incidencia de la confianza, la reciprocidad y las redes comunitarias en el desarrollo de las sociedades. Obviamente faltan millares de autores relevantes, más lo que se intenta precisar es cómo las ciencias sociales han transitado por un proceso en el cual la economía social termina incluyéndose como objeto de estudio, pero esto sólo es posible a través de un largo recorrido lleno de sospechas.




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