Articulación de políticas públicas dirigidas a las cooperativas Propuestas para el caso colombiano en el marco de la convivencia pacífica y la internacionalización



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Lógica socioeconómica de la economía social y solidaria22


Cuando los grupos humanos no pueden o no les place satisfacer sus necesidades por medio de la lógica de asignación de la empresa capitalista, tienen más opciones. Ese cumulo de opciones configuran otra forma de hacer economía, la cual parte de una organización privada para generar intencionalmente productos sociales que impactan inicialmente sobre sus miembros y por extensión, a sus familias y a la comunidad en general.

En dicho proceso, apelan a la autogestión desde su dimensión participativa como de responsabilización socioeconómica, potenciando redes de reciprocidad, solidaridad y lazos de afectividad, y generando prácticas de democracia directa con un acento preponderantemente social.

Como actúan en contexto de economías de mercado, muchas veces siguen sus reglas pero con pautas de participación, operación y distribución distintas. También actúan por fuera del mercado bajo criterios propios de asignación. Cualquiera sea el caso, parten de maximizar la satisfacción del beneficio de cada uno de sus miembros en un ámbito común por medio de la aglutinación de demandas (necesidades) y satisfactores como oferta. De manera que hay una estrategia básica de generación de economías de escala.

Como efecto de lo anterior, estas organizaciones terminan fortaleciendo los mercados, generando asignaciones eficientes de recursos y contribuyendo a la solución de fallas de mercado y/o Estado, dado que:



  • No existen incentivos para brindar información asimétrica debido al principio de identidad. En otras palabras, los asociados no tienen incentivos para ofrecer bienes o servicios en condiciones no óptimas, dado que ellos mismos los consumen o lo hacen beneficiarios con los cuales tienen fuertes vínculos empáticos. De manera que, la estrategia de ocultar sistemáticamente la información sobre los atributos de los bienes y servicios que producen, no es racional dentro de este tipo de empresas, porque ellos terminan siendo sus propios gestores y consumidores.



  • El bienestar se procura a partir de una dimensión social intangible próxima al concepto de bien común.



  • Suelen practicarse códigos morales que favorecen la internalización de externalidades negativas y el compartir de externalidades positivas. De esta manera, inducen cambios comportamentales en sus miembros que promueven el fortalecimiento de la redes de reciprocidad, asociatividad y confianza.



  • Incorporan una dimensión humana a la teoría del valor estableciendo ponderaciones a los distintos bienes económicos en razón a la utilidad que tienen y las necesidades a las cuales responde. De esta manera, asignan a sus bienes y servicios precios de mercado como referencia,23 o pueden utilizar precios por debajo de este,24 por encima,25 o incluso entregarlos de forma gratuita,26 siempre y cuando la asignación de precios responda a una estrategia definida y compartida por los usuarios gestores de los emprendimientos.



  • Crean mercados propios, con la ventaja de que pueden acceder en tiempo real a la información sobre los atributos deseados en los bienes y servicios que se producen y previamente se han demandado de forma común. Lo anterior, supone que se conocen las necesidades de sus beneficiarios, los atributos que desean por el consumo de bienes y servicios y que estos conocen de cerca los objetivos de cada emprendimiento.

En estos contextos, la confianza, cooperación y capacidad de autogestión están presentes en las interacciones sociales en determinadas condiciones (Poteete y otros, 2012). Descifrar cuáles son las condiciones en cada territorio es un asunto que debe explorarse.

Todas estas empresas tienen como denominador común la adhesión a valores que integran en su gestión económica como aspectos orientadores y como determinantes de la institucionalidad que les caracteriza. Este denominador común configura una especificidad propia y una lógica de acción que diferencia a estas empresas de las privadas mercantiles y las públicas.



El papel de la solidaridad

Las empresas de economía social y solidaria, históricamente han actuado conforme a una doctrina basada en valores y principios que dan unidad, integridad e identidad al sector solidario.27 Los valores propugnan la autoayuda, auto-responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad; mientras que los principios son pautas mediante las cuales las empresas de economía solidaria ponen en práctica sus valores. En este sentido, el análisis de la economía solidaria no puede dejar de lado la motivación que le permite a todos aquellos que son excluidos de la economía, y de la sociedad misma, organizarse de una forma distinta a la reconocida por la economía de mercado.

El mayor grado de organización social en algunos países, permitió que la economía solidaria se convirtiera en un poderoso medio para oponer resistencia a todas las formas de exclusión social. Por esa razón, la organización empresarial surgida de este proceso ha estado precedida de la acción política, en muchos casos, y aunque ha evolucionado hasta convertirse en un conjunto de organizaciones estables y generadoras de empleo y fuentes de ingreso, el componente de valores es definitivo para comprender la dinámica alcanzada.

La economía neoclásica concibió los valores como un tema ajeno a sus propósitos en buena medida, dado el sentido positivista de sus principales representantes. En tanto que la economía se asumió como ciencia de predicción y comprobación, los valores no representaron mayor interés, pues no son susceptibles de falsación.

De esta manera, la identificación de los principios no es un problema relevante porque implícitamente se asume que estos son de carácter universal, y básicamente estipulan que el hombre económico toma decisiones de consumo e inversión con el propósito de maximizar en alguna medida, con plena información y de una manera plenamente racional.

Robbins (1932) definió la economía como una ciencia de relaciones entre medios y fines, donde las preferencias cuentan poco. Sólo con el surgimiento de las preferencias complejas y los enfoques microeconómicos que reconocen la existencia de comportamientos oportunistas y rapaces se le abrió campo a los valores como un aspecto central de las decisiones económicas (Ben-Ner y Putterman, 1999).

De modo que los valores sí importan en la economía, por varias razones: primero, porque ellos son fundamentales en la determinación de los costes en la economía. En segundo lugar, son cruciales en las decisiones estratégicas de la firma y de la planeación en la economía. Los valores tienen una conexión directa con las preferencias de los individuos y estas ayudan a moldear las instituciones y las organizaciones.

Para la economía solidaria, los valores son más determinantes porque muchos de ellos van en contravía de los ya institucionalizados. La solidaridad, que constituye el elemento cualitativo determinante de la forma como funcionan las organizaciones solidarias, e incluso trasciende lo económico, no es un principio tradicionalmente relevante del funcionamiento del mercado. La solidaridad es entendida en este contexto como una propuesta de cooperación y como estrategia de desarrollo. Gran parte de las organizaciones de economía social y solidaria se rigen por este principio.

La solidaridad se constituye como una apuesta que pretende promover el desarrollo de los grupos de población más vulnerables, mediante los proyectos de desarrollo o de intervención social.28 El enfoque latinoamericano de la solidaridad identifica la presencia de esta en la economía a partir del llamado “Factor C”, término que sintetiza la cooperación, el compañerismo, la comunidad, la colaboración y todas las demás palabras que empiezan con la letra que da el nombre al factor. Su importancia en la actividad económica radica en que las mismas tienen un impacto positivo en la productividad, reduciendo costos, generando beneficios adicionales y creando las condiciones para lo que se ha dado en llamar “economías de asociación”. En la medida en que este elemento constituya un factor relevante en la estructura empresarial, van a surgir empresas con un modo de organización, funcionamiento y operación con una racionalidad económica particular, que es “coherentemente solidaria”, para utilizar un término muy de las entrañas de la vertiente de Max Neef.29

Una segunda forma de solidaridad se verifica en los procesos de comunicación que se dan al interior de las empresas u otras formas de organización social donde confluyen los esfuerzos de numerosos individuos, los cuales complementan sus respectivos aportes y funciones. La solidaridad facilita la comunicación e incluso transforma su modo de establecerse, mediante la transferencia espontánea y gratuita de información, conocimiento, innovación y aprendizaje. Con esta presencia de la solidaridad en los procesos de comunicación, las unidades económicas se van constituyendo como “comunidades de trabajo”.

Una tercera manifestación de la solidaridad tiene que ver con la gestión, más precisamente con los mecanismos adoptados en el proceso de toma de decisiones. Las empresas solidarias basan su sistema de gestión en un esquema que garantiza que las decisiones sean adoptadas colegiadamente por todos los integrantes de la organización, a través de mecanismos que aseguren que ellas sean tomadas de manera eficiente y oportuna, desde luego considerando los intereses, el conocimiento, las intenciones y la opinión de todos los agrupados.

Una cuarta forma de solidaridad está estrechamente ligada con el sistema de propiedad de los medios y factores de producción. En este caso, los derechos de propiedad son compartidos por diferentes personas que constituyen un sujeto social, una asociación o comunidad de personas, que están unidas bajo el principio solidario. Esta es una diferencia sustancial con las empresas u organizaciones de mercado cuyos derechos son individuales y donde el propietario no permite compartir su uso y aprovechamiento por otros agentes que la necesiten, a menos que reciba una contraprestación monetaria. Este mecanismo garantiza a la larga una menor concentración de la riqueza y la dotación personal de activos más equitativamente repartidos.

Una quinta forma de solidaridad se verifica en el proceso de distribución económica. En las empresas y organizaciones económicas, los aportes que efectúan sus integrantes y las retribuciones que obtienen por su actividad o aporte particular verifican este principio y están constituidas por todas aquellas formas de distribución solidaria de la riqueza que generan integración social y comunitaria, y en particular aquellas que se verifican a través de relaciones de donación, reciprocidad y cooperación. Así mismo, el intercambio puede llevarse a cabo a través de formas solidarias, cuando existe correspondencia entre los aportes y las retribuciones, bien sea por la fijación de precios justos o porque los intercambios se efectúen considerando valores equivalentes.

Por último, la presencia de solidaridad en la economía tiene lugar en el proceso de consumo de bienes y servicios, cuando los productos generados en la economía se utilicen de manera que los bienes sean aprovechados a fin de satisfacer, de la mejor forma posible, las necesidades sociales, lo cual supone la utilización grupal o comunitaria. El consumo individual también puede ser solidario, en la medida en que el consumidor preocupado por su propia satisfacción no genere externalidades negativas. El ejemplo típico lo constituye la generación de desechos que deterioren el medio ambiente.

Dado que los principios de la economía solidaria constituyen un hilo conductor para la gestión empresarial, se genera una racionalidad distinta a la que caracteriza a las firmas que actúan dentro de la lógica capitalista. Aunque ambas puedan concurrir al mercado, hay aspectos que distancian una de la otra. La igualdad en el derecho de voto, la democracia en la toma de decisiones, el interés limitado en la retribución de aportes, la creación de un patrimonio irrepartible, son aspectos que la diferencian de las empresas de capital.

La definición de cooperativa destaca esos aspectos esenciales:

Según la Alianza Cooperativa Internacional una cooperativa es una asociación voluntaria autónoma de personas que se han unido de forma voluntaria para satisfacer sus necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales en común mediante una empresa de propiedad conjunta y de gestión democrática.

Los principios básicos de las cooperativas, son los siguientes: a) adhesión voluntaria y abierta, b) gestión democrática, c) participación económica, d) autonomía e independencia, e) educación, formación e información, f) cooperación entre cooperativas, g) interés por la comunidad.



A continuación se expone el contenido de los principios en mención, haciendo énfasis en algunas implicaciones de los mismos en la gestión empresarial:

Adhesión voluntaria y abierta. En teoría, las empresas solidarias y las cooperativas son abiertas a todas las personas para el uso de sus servicios y para asumir sus derechos y responsabilidades como asociados, sin discriminación de algún tipo. De cualquier forma, las cooperativas necesitan autonomía para permitir el ingreso de un asociado o rechazar su solicitud, si los intereses de los demás miembros se ven amenazados. Por lo tanto, en la práctica, su aplicación no sigue de manera estricta el principio en mención. Es más, se puede transgredir el principio para la entrada o salida de nuevos asociados, para garantizar la existencia de la cooperativa. Un abandono masivo de asociados podría tener efectos considerables sobre la vida de la cooperativa (aunque hasta ahora no se ha comprobado que ese sea un determinante de la desaparición de cooperativas).

Gestión democrática. Este principio señala que las empresas cooperativas son gestionadas democráticamente por sus asociados y son ellos quienes finalmente toman las decisiones dentro de la organización. Se asume que estos tienen el mismo poder para decidir sobre aspectos vitales de la organización (un socio, un voto). Sin embargo, este principio puede verse limitado, cuando el contacto entre la dirección y los dirigidos se imposibilita, lo cual ocurre con más probabilidad en las cooperativas de un número elevado de asociados. Desde otro punto de vista, se ha argumentado que la ausencia de jerarquías atenta contra la eficiencia, por cuanto es más costosa la negociación democrática y por lo tanto, las empresas cooperativas serían menos eficientes que las empresas convencionales.

Participación económica. Muchos analistas señalan que este principio otorga un carácter diferenciador de las empresas cooperativas, respecto a las empresas capitalistas, pues la distribución de excedente se realiza no en función de los aportes de capital sino de manera proporcional a lo que los socios aporten. Si el excedente se reparte a través de menores precios de los productos entregados, entonces el beneficio tiende a cero y un reducido aporte a los fondos sociales. El reparto de los excedentes cooperativos plantea un dilema: qué tanto repartir como retribución al capital entregado que garantice la existencia de la organización.

Autonomía e independencia. Se parte de la premisa de que las cooperativas son organizaciones autónomas de autoayuda y gestionadas por sus asociados. El control democrático se mantiene aun cuando se perciban fondos externos, sean estos de los gobiernos o de otro tipo de agentes. El problema es cómo mantener su identidad, superando los comportamientos oportunistas, pero sin renunciar a cooperar con otros para resolver problemas socialmente relevantes.

Educación, formación e información. El principio establece que las cooperativas ofrecen educación y formación a los asociados, directivos y empleados para que puedan contribuir orgánicamente al desarrollo cooperativo. La educación en valores es un aspecto vital para la participación interna, aquello que garantiza la supervivencia de la organización solidaria. Adicionalmente, está el tema de la capacitación de carácter técnico, el cual resulta imprescindible a fin de orientar las decisiones estratégicas, para evitar acudir a las herramientas de análisis convencionales, las cuales han sido formuladas a partir de experiencias y racionalidades claramente diferentes y hasta cierto punto opuestas a las solidarias, como acertadamente lo planteó Razeto (2003).

Interés por la comunidad. Abordar las necesidades de los socios no riñe con la aspiración de alcanzar el desarrollo sostenible de sus comunidades. Este principio de transformación social, es crucial para analizar cómo la reinversión de excedentes posibilita la creación de puestos de trabajo, la promoción de valores sociales, el desarrollo de la cultura y otras manifestaciones hacia la comunidad.

Cooperación entre cooperativas. El principio ha sido formulado de la siguiente manera: “las cooperativas sirven a sus socios lo más eficazmente posible y fortalecen el movimiento cooperativo trabajando conjuntamente mediante estructuras locales, nacionales, regionales e internacionales”. En este sentido, buscan la colaboración de las instituciones no-gubernamentales que ofrecen servicios de capacitación, asistencia técnica y apoyos varios, de otras empresas solidarias para el fortalecimiento y diversificación económica o de instituciones públicas y comunales cuando estas se abren hacia experiencias comunitarias. Pero la colaboración entre las organizaciones de este tipo es aún incipiente y subyace la necesidad de fortalecer la integración bajo esquemas federados e interconectados, atendiendo tanto a fines gremiales, como a fines económicos (Álvarez y Serrano, 2006).

Partiendo del análisis de las cooperativas, el pensamiento económico ha dedicado una discreta pero significativa atención al análisis cooperativo, para utilizar las palabras de José Luis Monzon (2003). Una idea que recorrió el pensamiento clásico fue la exploración del cooperativismo como alternativa a la economía capitalista. Se trataba de sustituir el mecanismo de la competencia por el de la cooperación, de tal suerte que, eliminada la competencia, todos abrazarían la cooperación y surgiría un nuevo orden económico basado en la solidaridad y en la armonía entre el capital y el trabajo.

Stuart Mill se aparta, en buena medida, de esa idea, y plantea que dichas organizaciones podrían permitir un aumento en la productividad del trabajo, principalmente porque eliminan las tensiones entre el capital y el trabajo. Él observó tres tipos de problemas que tendría la generalización de este modelo económico: problemas de dirección, problemas de riesgo y de “degeneración en organizaciones no participativas” (Monzón, 2003, p. 9).

Sin embargo, los primeros en plantear que la empresa cooperativa funciona bajo un principio económico sui generis, que permite diferenciarla de cualquier otro tipo de empresa, fueron Wollemborg y Rabbeno (Ben-Ner y Puterman, 1999), aunque no profundizaron en esta veta.

Un autor que hizo un aporte significativo en la comprensión del cooperativismo fue, paradójicamente, Wilfredo Pareto, uno de los teóricos que más contribuyó al desarrollo de la teoría neoclásica. Él veía al sistema cooperativo como un complemento de la economía de mercado, precisamente cuando se producen fallos de mercado y la competencia es imperfecta. En una situación de estas, las empresas grandes no tendrían problemas y las que afrontarían dificultades en el mercado serían los pequeños negocios al detal, aspecto que sería resuelto por las cooperativas.

Una revisión de la literatura clásica y neoclásica indica que allí no existió una preocupación por desarrollar un cuerpo teórico que diera respuestas a la lógica de funcionamiento de esas organizaciones que se regían por principios y arreglos institucionales significativamente diferentes a los que presentaban las firmas convencionales de mercado, en parte por su carácter marginal dentro del aparato económico y porque apenas se estaban formulando las bases modernas de la teoría de la firma.

Pero se debe a Benjamín Ward el mérito de haber abordado de manera más sistemática la elaboración de un instrumental teórico sobre las empresas que se guía por principios distintos a los de maximización de beneficios, paradójicamente con profundas raíces en la economía neoclásica. En su artículo seminal de 1958, Ward plantea que la empresa “illiyriana” o autogestionada tiene como función objetivo maximizar el valor agregado de la producción per cápita, descontados los costes financieros, con lo cual se aparta de la visión clásica de la firma de mercado que maximiza el beneficio de corto plazo.30 Bajo esta óptica, la función objetivo de la empresa autogestionada es la maximización del ingreso neto por trabajador, lo cual necesariamente tiene implicaciones en su gestión interna, su eficiencia y su competitividad (Morales, 2003).

En un trabajo publicado en 1982, Horvat (citado en Morales, 2003) cuestiona esta visión y argumenta que los trabajadores de una empresa autogestionada no tienen como objetivo la maximización de las rentas per cápita. Su pretensión es maximizar los excedentes netos totales. En este sentido, las empresas autogestionadas se comportan de igual forma que las firmas de la economía neoclásica. Morales, considera más realista la hipótesis que sostiene que la función objetivo de una empresa autogestionada se basa en la maximización de la renta neta total, con una remuneración individual muy cercana a los salarios de mercado.

Desde otro punto de vista, este enfoque de la maximización de la renta neta total es garantía de estabilidad en el puesto de trabajo, que resulta comprensible en presencia de fallos de mercado, pero no en situaciones de funcionamiento eficiente de la economía que va aparejado con bajas tasa de desempleo, donde sería más comprensible una hipótesis de maximización de la renta neta por trabajador.

El otro aspecto que ha atraído la atención de algunos economistas prestigiosos, es el papel de las empresas solidarias en la reducción del desempleo. En los primeros estudios realizados en Italia por Nazzani, se pensó que las cooperativas de trabajo asociado podían ser un instrumento para afrontar los problemas de desempleo, pero finalmente no se profundizó en esta veta de análisis. Igual sucedió con Marshall,31 quien veía en estas empresas una fuente para la creación de empleo, básicamente por los aumentos en la productividad del trabajo. Sin embargo, esa percepción no ha tenido una constatación empírica hasta el día de hoy.

Como se pudo apreciar en esta revisión, algunos de los autores citados se preocuparon por establecer la funcionalidad que podían tener las empresas solidarias con el andamiaje de mercado, pero sin ahondar en su lógica de funcionamiento y potencialidades para generar riqueza y empleo. El vacío dejado por los economistas de amplio prestigio académico ha sido llenado por enfoques más sociológicos, de ciencia política y administración. Son aproximaciones que traspasan los linderos de la teoría económica convencional positiva y más bien abonan el campo de lo normativo, el cual constituye un paso anterior de la acción política.

Mercados, no mercados y bienes públicos no estatales

Las empresas de economía social y solidaria en general, producen bienes y servicios que según su destino pueden ser no mercantiles, cuasi-mercantiles o no mercantiles; y pueden satisfacer intereses privados, colectivos o públicos. Cuando una organización ofrece bienes y servicios por fuera del mercado, su financiación se procura a través de contribuciones, sean estas obligatorias o voluntarias, lo cual les permite ofrecerlos de manera gratuita a precios que no compensan el costo de producción, o precios que sobrepasan notablemente el equilibrio de mercado.

Para bienes colectivos clásicos, como la defensa y el orden público, donde no es posible distribuir unidades individuales de consumo y no hay mercados definidos, la financiación de la producción se procura a través de contribuciones obligatorias. Algunos bienes meritorios pueden ser sometidos parcialmente a las leyes de mercado, ampliando la restricción de lo no mercantil.

En este último caso, la financiación se logra a través de tres mecanismos. El primer mecanismo son las cuotas obligatorias para la prestación de bienes y servicios. Estas cuotas pueden establecerse:

a) por debajo del precio de mercado, buscando el consumo de bienes y servicios socialmente deseables mediante la financiación directa a los consumidores,

b) en relación al precio de mercado, procurando obtener excedentes para fortalecer institucionalmente la iniciativa y/o ampliar la cobertura en la dotación de interés general de bienes y servicios, y

c) por encima del precio de mercado, buscando a través del consumo de un individuo financiar el consumo de otros con necesidades básicas insatisfechas.

El segundo mecanismo, son las contribuciones parcialmente voluntarias –cuotas sugeridas–. Este es el caso de algunos centros de salud donde las contribuciones se sugieren al momento de tomar el bien o servicio. Y el tercer mecanismo, son las contribuciones totalmente voluntarias, dentro de las cuales se encuentran las cuotas de fundaciones de promoción del desarrollo.

Por otra parte, muchas organizaciones de economía social y solidaria producen en su desenvolvimiento bienes públicos no estatales. Así, su carácter adquiere especial proximidad con la oferta pública y desde este punto de vista, algunos investigadores relacionan las actividades de estas con los procesos de elección pública.

Algunos investigadores encuentran correlación entre el aumento de las entidades productoras de bienes públicos no estatales y la reestructuración del Régimen de Bienestar (Sajardo, 1997; Alemán y García, 2005; García, 2002), mediante la transferencia de derechos de prestación de servicios, concesiones, etc.

En efecto, los regímenes de bienestar han sufrido una serie de transformaciones donde el Estado transfiere parte de sus competencias a las entidades productoras de bienes públicos no estatales, surgidas de la comunidad, y estas participan con mayor ahínco en los asuntos públicos. De esta manera, las relaciones entre Estado y comunidad tienden a robustecerse, mediante el fortalecimiento de las asociaciones productoras de bienes públicos no estatales como agentes proveedores de servicios de bienestar.

      1. Alternatividad en los híbridos organizacionales


Un breve vistazo a los elementos considerados en las distintas formas organizacionales, nos da cuenta de un universo amplio y heterogéneo que se articula de forma diferenciada en el mercado. Es posible realizar una lectura de las dinámicas de estas empresas y su grado de diferenciación general entendiendo que algunas conforman híbridos organizacionales.

La evidencia, muestra un universo de organizaciones y realizaciones que cumplen funciones muy diferenciadas y el cálculo de su incidencia difícilmente puede reducirse a un conjunto de indicadores basados en dictámenes legales no siempre creados para tratar de forma diferente a las heterogéneas dinámicas asociativas. Por una parte, existen empresas que tienen prácticas muy cercanas a las realizadas por empresas capitalistas. Sus directivos destinan sus actividades hacia terceros, sus precios son determinados siguiendo las pautas de mercado y sus decisiones tienden a la búsqueda de crecientes ingresos que facilitan su destinación a la conformación de conglomerados organizacionales cada vez más desnaturalizados de la identidad solidaria.

Este tipo de empresas suele realizar prácticas socialmente responsables y su seguimiento a la doctrina establece como imperativo la dotación de atributos adicionales a los bienes y servicios que producen; aspecto normalmente ignorado por las prácticas de las empresas capitalistas.

Generan empleo, fortalecen la competencia e incluso crean nuevos mercados basados en la estructuración de escalas que le son implícitas y en la innovación de prácticas sociales. Su fortaleza empresarial les permite regular en buena medida los mercados y su presencia en los gremios es sustantiva porque como grandes aportantes les corresponden algunos cargos directivos.

Esto implica que buena parte del direccionamiento estratégico gremial se dirige hacia sus intereses y genera en ocasiones que los actores más vulnerables y menos visibles sean perjudicados por medidas estatales que no reconocen diferencias y atienden sólo los requerimientos de los grupos económicos cooperativos de mayor dimensión que teóricamente representan al sector.

Por otra parte, hay empresas solidarias que se insertan en los mercados para únicamente aprovechar políticas de fomento, de transferencias de bienes y servicios o estímulos empresariales. Esta característica acerca a las empresas a un escenario donde se pierde la independencia y autonomía y donde el margen de maniobrabilidad en la toma de decisiones y participación se disipa.

Si bien las empresas ocupan espacios económicos vacíos y contribuyen a mitigar fallas de mercado y de Estado, lo hacen con estándares de competitividad que tienden a la baja y con escasa innovación tecnológica. La consecuente débil capacidad de adaptación a los mercados tiende a restarle dinamismo y atar a la empresa a los vaivenes de la economía. En definitiva, su economía depende del buen desempeño de sus contratantes. Adicionalmente, este tipo de empresas tiene escasa representatividad y fuerza para poder impulsar nuevos mercados.

Otros tipos de empresas de la economía social y solidaria, tienen como particularidad su proveniencia de iniciativas populares y su alta adhesión a los circuitos económicos de los barrios y las veredas. El ámbito territorial para este tipo de organizaciones, es determinante, y aun cuando sus dimensiones no suelen ampliarse y su relación con mercados externos es bastante limitada, logran generar mercados propios. Formalizan, de alguna manera, las actividades informales y les dotan de una mayor institucionalidad que fortalecen las dinámicas empresariales y sociales.

En este tipo de organizaciones frecuentemente se establecen puentes comunicantes entre las iniciativas populares, sus realizaciones económicas, los problemas en el territorio y el accionar político. Las empresas atienden las necesidades básicas de sus comunidades de proximidad y también sus dinámicas con el mercado les permiten innovar en los diferentes territorios, acercar e informar a los consumidores a las nuevas tendencias de consumo y producción induciendo nuevas demandas y fomentando nuevas pautas de producción.

En sus actividades económicas suelen crear mecanismos de no mercado para fortalecer sus iniciativas; es el caso del trueque como mecanismo de intercambio, las mingas como iniciativas sociales de movilización de recursos humanos con fines específicos, la realización de bazares y otras actividades de índole voluntario por medio de las cuales es posible acceder a donaciones. En este tipo de organizaciones, la alternatividad empresarial a las economías de libre mercado es más visibles, aun cuando en definitiva, lo que se promueve es una mayor democratización e identidad local de los mercados.

Las consideraciones anteriores no son puras. La mayoría de estas organizaciones fijan sus políticas realizando distintas prácticas en el mercado; y eso significa que existe una gran hibridación. Como se aprecia en la figura 6, la imbricación en el mercado de las prácticas empresariales solidarias mantiene referentes con algunos de los siguientes ámbitos: empresas solidarias próximas al mercado capitalista, empresas solidarias de compensación o empresas solidarias alternativas. Y entre estas hay acercamientos en la parte inferior de la imagen (en donde los colores tienden a confundirse). De forma paralela, cuanto más se acerca a la parte superior, las identidades características se hacen más notorias y las prácticas tienden a depender cada vez menos de los mercados tradicionales y viceversa.

Empresas solidarias alternativas

Empresas solidarias de compensación

Empresas solidarias de mercado

Mercado capitalista

Figura 6. La alternatividad en las empresas de economía social y solidaria

Fuente: elaboración propia.

Ello nos sirve de aproximación a las prácticas empresariales y de referente para comprender la necesidad de la diferenciación basada en el nivel de cumplimiento de la naturaleza organizacional, sus particularidades y su incidencia.


      1. Títulos y contenidos de la economía solidaria en Colombia


En Colombia, las nociones de economía social y non profit sector calaron hondo en la estructuración de lo que hoy legalmente se denomina economía solidaria. Desde empresas cooperativas, fieles a la índole mutual de la economía social, hasta asociaciones de vendedores informales y organizaciones filantrópicas fueron promovidas desde ámbitos gubernamentales y no gubernamentales, en una singular construcción de un universo social casi ilimitado y aún difuso y disperso. En este contexto, se establecieron varias fuentes de construcción organizacional de un gran sector social y solidario, sin que jurídicamente se establecieran articulaciones entre ellos.

Inicialmente, la Ley 79 de 1988 reconoce la noción de sector cooperativo constituido por todas las formas cooperativas donde los aportantes son beneficiarios de la actividad empresarial. Por fuera de ámbito, pero con nexos de proximidad, quedaban los fondos de empleados y las asociaciones mutuales.

Posteriormente, la Ley 454 de 1998 amplío la noción de sector cooperativo a sistema de economía solidaria y en ella se incluyó, junto a todas las formas cooperativas, a las mutuales y a fondos de empleados. Bajo esta noción quedaron con nexos de proximidad organizaciones como juntas de acción comunal, voluntariados, cajas de compensación y fundaciones, todas ellas caracterizadas porque sus aportantes se organizan para beneficiar a terceros.

La Ley 454 de 1998, en su Artículo 2, entiende por economía solidaria al:

[…] sistema socioeconómico, cultural y ambiental conformado por el conjunto de fuerzas sociales organizadas en formas asociativas identificadas por prácticas autogestionarias solidarias, democráticas y humanistas, sin ánimo de lucro para el desarrollo integral del ser humano como sujeto, actor y fin de la economía.

Paralelamente, el universo mayor de empresas sociales y solidarias se definió en el Estatuto Tributario de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales,32 que establece el título de entidades sin ánimo de lucro para incluir a todas aquellas organizaciones que no reparten entre sus miembros las utilidades generadas en cumplimiento de su objeto social.

Las entidades sin ánimo de lucro en Colombia incluyen, entre otras organizaciones:


  • Corporaciones y fundaciones.

  • Instituciones de educación superior e instituciones de educación formal y no formal.

  • Iglesias.

  • Partidos y movimientos políticos.

  • Entidades privadas del sector salud.

  • Establecimientos de beneficencia y de instrucción pública de carácter oficial.

  • Las propiedades regidas por las leyes de propiedad horizontal.

  • Cajas de compensación familiar.

  • Juntas de acción comunal, cabildos indígenas y asociaciones de cabildos.

  • Entidades de naturaleza cooperativa, fondos de empleados y asociaciones mutuales.

  • Instituciones auxiliares de cooperativismo.

  • Entidades ambientalistas.

  • Entidades científicas, tecnológicas, culturales e investigativas.

  • Instituciones de utilidad común que prestan servicio de bienestar familiar.

  • Asociaciones agropecuarias y campesinas nacionales y no nacionales.

  • Entidades gremiales y organizaciones civiles en general.

Sin embargo, a pesar del universo de las entidades sin ánimo de lucro, en el ámbito de la economía solidaria el universo de empresas está acotado a entidades formalmente constituidas de índole mutual y muy similar al propugnado bajo la noción de economía social. Mientras que, si se tomara en cuenta el universo de las entidades sin ánimo de lucro, la expresión economía solidaria coincidiría mucho más con la noción anglosajona del non profit sector.

Al respecto, el antes Departamento Administrativo Nacional de la Economía Solidaria (Dansocial) y hoy Unidad Administrativa Especial de Organizaciones Solidarias, promovió una noción según la cual la economía solidaria es un concepto que abriga una dimensión aún mayor de organizaciones que las de índole mutual, bajo el hilo conductor de la solidaridad como sector diferenciado y denominado sector ampliado de la economía social y solidaria.

Bajo ese planteamiento, es posible encontrar aproximadamente cuarenta y nueve entidades con un denominador común: todas se constituyen como organizaciones sin ánimo de lucro, destacándose en la composición dos grupos: uno conformado por empresas de economía solidaria y otro por las organizaciones solidarias de desarrollo. Al grupo de economía solidaria corresponden las entidades previstas en la Ley 454 de 1998 (regulatorio de la economía solidaria), mientras que al grupo de organizaciones solidarias de desarrollo corresponden las entidades sin ánimo de lucro contenidas en el Estatuto Tributario.

En síntesis, se estructuran desde la esfera institucional dos dimensiones para la economía solidaria. Una compuesta por las empresas de índole mutual presentes en la Ley 454 de 1998, y otra compuesta por las anteriores empresas y algunas entidades sin ánimo de lucro como cajas de compensación, fundaciones, juntas de acción comunal y voluntariados. En la figura 7, se ilustran las dimensiones en mención:



Sector social y solidario ampliado

(Con polivalente amparo jurídico basado en ESAL y conformados por dos subsectores: sector de economía solidaria y organizaciones sociales de desarrollo)
Economía solidaria

(Amparadas por Ley 445/1998 y conformadas principalmente por cooperativas, mutuales y fondos de empleados)

Figura 7. Dimensiones de la economía solidaria en Colombia

Fuente: elaboración propia.

En la dimensión de economía solidaria, se encuentran precooperativas, cooperativas e instituciones auxiliares del cooperativismo, fondos de empleados, asociaciones mutuales, empresas comunitarias, empresas solidarias de salud, empresas de servicios en las formas de administraciones públicas cooperativas y empresas asociativas de trabajo bajo un mismo manto jurídico: la Ley 454 de 1998.

En la segunda dimensión, se agrega a las anteriores formas organizacionales una serie de entidades sin ánimo de lucro identificadas por desarrollar actividades solidarias de desarrollo. A esta dimensión no corresponde formalmente ningún ámbito jurídico que la arrope, pese a los intentos sostenidos de crear espacios de discusión para la propuesta de un derecho asociado al sector solidario, denominado derecho solidario.

En síntesis, en Colombia, a las organizaciones asociativas formalmente constituidas se les enmarca dentro del concepto de la economía solidaria. Este concepto, aún en construcción, surge de una normativa realizada a finales de la década pasada, en la que se busca imbricar, bajo un mismo manto conceptual, algunas prácticas de índole empresarial asociadas al cooperativismo y al mutualismo como expresiones de mayor tradición y, por otra parte, prácticas de índole benéfico que de alguna manera tengan como hilo conductor la generación de bienes y servicios considerados de interés general. Al componente empresarial se le conoce como empresas de economía solidaria, y al componente benéfico bajo el título de organizaciones solidarias de desarrollo.

Con respecto a las nociones de origen latinoamericano, a pesar de que la construcción conceptual de economía solidaria en Colombia se nutre de sus pautas, la dinámica empresarial muestra que el acento no concuerda con el énfasis “alternativo” de organizaciones que por fuera del mercado actúan para solventar necesidades económicas, sociales y culturales desde un ámbito local.

De hecho, algunos estudios (Álvarez y Gordo, 2007) muestran la dependencia que las empresas de economía solidaria tienen con la dinámica de crecimiento de las empresas lucrativas y cómo sus relaciones económicas se determinan casi exclusivamente en el mercado, por lo que estas empresas terminan en la práctica atenuando, por una parte, las fallas de mercado y por otra, fortaleciendo los mecanismos competitivos.



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