Argumentos los misterios del olfato humano



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ARGUMENTOS

Los misterios del olfato humano


Catedrático de zoología de la Universidad de Cambridge, D.M. Stoddart es autor de numerosas publicaciones, científicas y de divulgación, sobre el olfato humano y su relación con el de otros mamíferos. En ellas ha puesto de manifiesto que la vida cotidiana, y especialmente el comportamiento sexual, de muchos animales superiores, incluido el hombre, se ven influidos y modificados por el uso del sentido del olfato. Para Stoddart existe una estrecha relación entre el olfato y las zonas del cerebro que controlan la emociones. El mono perfumado, publicado en el Reino Unido por Cambridge University Press, causó una gran impresión en un público muy diverso. A través de un recorrido minu­cioso y esclarecedor por la historia, la estética, el psicoanálisis y la zoología esta obra puso de manifiesto el profundo enraizamiento de los olores en la cultura y en la fisiología. Este volumen, de cuya traducción al español ofrecemos un extracto, será editado por Minerva Ediciones en el mes de noviembre. Combina capítulos en los que predomina el análisis biológico con otros en los que se estudian las relaciones entre el olfato y la psique, los perfumes y el incienso en la historia y en la cultura de nuestro mundo actual. En la evolución humana se dio, para Stoddart, un proceso de pérdida de sensibilidad olfativa que tuvo lugar cuando nuestros antepasados abandonaron los bosques e iniciaron la vida colectiva en las llanuras; y esta falta de sensibilidad estaría, a su vez,estrechamente relacionada con la aparición de la familia nuclear, forma de convivencia dominante en la especie humana.



El olfato humano: ¿un enigma zoológico?


Durante los siglos transcurridos desde el final de la Edad Media hasta la Revolución Industrial, cuando la cultura europea estaba experimentando con los perfumes como protección contra la enfermedad y para obtener una apariencia de limpieza, los filósofos argumentaban y debatían el lugar del hombre en la naturaleza. En algunos momentos de la historia europea este lugar estaba claro, espe­cialmente en las obras de los moralistas y los teólogos del Renacimiento. De sus escritos puede deducirse que su principal objetivo era definir el estatus especial del hombre y justificar su dominio sobre las demás criaturas. La Biblia apoyaba esta idea al considerar al hombre como algo central en el plan divino. Las criaturas estaban para ser usadas por el hombre; Dios creó al hombre para sí mismo y a las demás criaturas para el hombre. Francis Bacon decía:

Si nos fijamos en las causas finales, el hombre puede ser conside­rado como el centro del mundo, ya que si el hombre desapareciera del universo, el resto del mundo quedaría fuera de lugar, sin obje­tivo ni propósito.

Y como apunta el autor del Génesis (IX 2-3):

El miedo y el temor hacia ti lo experimentarán todos los animales de la tierra y todas las aves del aire, todo lo que se mueve sobre la tierra y todos los peces del mar; a tus manos son entregados. Todo lo que se mueve y tiene vida será comida para ti.

En cada hombre acechaba un vestigio de lo que Platón llamaba «la bestia salvaje dentro de nosotros». La religión y la moralidad intentaban domeñar estas trazas indeseables y elevar al hombre por encima de la creación bruta. Cualquier característica compartida con los animales disminuía la imagen gloriosa del hombre y lo hacía no mejor que los animales sobre los que había sido designado para reinar. Él era único; una criatura de la voluntad de Dios, que había sido situada lejos de las bestias del campo y cuyos signos externos de civilización, decoro y cortesía eran tan relevantes que Descartes desarrolló su famosa doctrina de que los animales eran meras máquinas, mientras que sólo el hombre combinaba la materia y el intelecto. Las vidas de los animales, con sus terrenales e indecorosos hábitos —inclu­yendo un interés olfativo en los cuerpos de sus congéneres— eran a veces despreciables.

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«En cada hombre acechaba un vestigio de lo que Platón llamaba í(la bestia salvaje dentro de nosotros". La religión y la moralidad intentaban domeñar estas trazas indeseables y elevar al hombre por encima de la creación bruta.»

ntonces llegó Charles Darwin. Cuando propuso que el género humano había evolucionado dése el tronco de los primates, y estaba relacionado con los monos que a menudo eran exhibidos en los zoos, se desencadenó una erupción moralista y teológica de abrumadoras proporciones. La teoría de la evolución fue atractiva para los jóvenes del mundo protestante que acep­taron con rapidez una filosofía que los distanciaba de la ortodoxia de Roma. Hoy día la teoría de la evolución —pues sigue siendo exactamente eso— es ampliamente aceptada, aunque de vez en cuando el fervor de los funda-mentalistas religiosos demanda que, si no se prohibe en las escuelas, se asig­ne a otras filosofías alternativas, al menos, el mismo tiempo que a esta teo­ría en la enseñanza. El hombre es un animal y está muy estrechamente relacionado con el chimpancé, con el que comparte el 99 por ciento de su material genético. Tal vez los homínidos han sido claramente distintos de los chimpancés sólo durante un periodo de entre 3,5 y 6,5 millones de años y el género Homo sólo ha existido durante un periodo entre medio millón y cien mil años (Cronin, 1983). Genéticamente somos parientes próximos a pesar de que las abismales diferencias de comportamiento, culturales e intelectuales que nos separan son de insondable profundidad. Un hipotéti­co observador que llegara de otro planeta notaría en ciertos aspectos muchas similitudes entre el hombre y el chimpancé; los dos son criaturas activas y juguetonas con mentes curiosos. Ambos vocalizan y parecen expresar su humor con muecas faciales, y ambos sienten interés y compla­cencia por sus crías. Los individuos más viejos, pasada la edad nubil, son venerados por el grupo, y las refriegas entre grupos no son raras. Los dos tienen vista y oído agudos y diestros dedos táctiles. Pero en lo que concier­ne a sus reacciones hacia los olores de sus congéneres, el observador nota­ría que, especialmente para el hombre occidentalizado allí donde existen facilidades higiénicas, el olor del cuerpo es contemplado como desagradable e incómodo, y se emplean grandes esfuerzos en hacerlo desaparecer. No sólo se usa el jabón y el agua para quedar libre de las secreciones olo­rosas grasas de la piel, sino que además los mechones de pelo que adornan las zonas más olorosas son afeitados regularmente. Su abundante uso de perfumes, sin embargo, diría a nuestro observador que el sentido humano del olfato está lejos de atrofiarse y puede quedar perplejo al comparar el papel del olor genital que acompaña a la copulación en los chimpancés con el general desagrado expresado por los humanos cuando se enfrentan con el mismo olor. Su confusión aumentaría aún más si descubriera que los ingredientes más buscados para los perfumes humanos han sido, desde el comienzo de la historia, las secreciones olorosas sexualmente atractivas de diversas especies de mamíferos. Si el extraterrestre hubiera leído libros de historia sabría que en el momento de su muerte, las paredes de la habita­ción de la emperatriz Josefina estaban tan fuertemente impregnadas con el señuelo sexual del almizcle de ciervo del Himalaya que los obreros encargados de limpiarlas se vieron afectados por nauseas y desvaneci­mientos.

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«Un hipotético observador que llegara de otro planeta notaría en ciertos

aspectos muchas similitudes entre el hombre y el chimpancé; los dos son

criaturas activas y juguetonas con mentes curiosas»
odría detenerse y preguntarse por qué un primate que busca intimidad para copular, y se empareja con una sola hembra por largos periodos de tiempo y que copula con mucha más frecuencia que el chimpancé usa los atractivos sexuales de ciervos, liebres y castores y no los característicos de su especie cuando cuenta con sus propias baterías de glándulas productoras de aromas. De hecho, el hombre tiene más glándulas olorosas en su cuerpo que ningún otro primate superior, y las mujeres tienen mayor número que los hombres. Nuestro observador difícilmente podría ser censurado si vol­viera a su planeta preguntándose cómo en la tierra la biología olfativa de estas dos criaturas tan cercanamente emparentadas ha divergido tanto y tan rápidamente. Pero fue en la tierra, y porque el hombre es un animal sujeto a las fuerzas de la selección como los demás animales por lo que eso sucedió. Este libro es un examen de la biología y cultura del olor humano. Estoy más interesado en investigar el significado del olor en nuestras vidas en sus dis­tintas formas —incluyendo nuestro uso de perfumes e incienso— que en considerar los sucesos moleculares que tienen lugar en nuestras narices cuando un particular aroma es catado e identificado. Por fascinante que esto sea, mi énfasis radica en la influencia que los olores tienen en nuestro cerebro, nuestra psique y en varios aspectos de nuestra fisiología. Yo creo que el rasgo más curiosos de nuestro sentido del olfato es que mientras generalmente gustamos de los dulces aromas de un jardín en verano, o del bouquet de un buen vino, no disfrutamos, por regla general, con los olores naturales de nuestros congéneres. Esto me intriga porque creo que la exis­tencia de un sistema sensorial efectivo —incluso altamente discriminatorio— que aparentemente no tiene una función biológica clara resulta algo bastante sorprendente. Que nuestros próximos antepasados usaron sus narices para ayudarse en la caza es aceptado; puedo, por lo tanto, aceptar que el hombre moderno todavía retiene el vestigio del sistema que una vez le fue útil, de la misma manera que conserva un apéndice, un coxis y otros vestigios de estructuras que una vez tuvieron un uso biológico y ahora le sobran. Pero si la nariz humana es vestigial, con sólo una fracción de la potencia que tenía la de nuestros lejanos antepasados, ¿por qué los huma­nos son tan susceptibles a los olores? ¿Por qué no se trata a la nariz como al apéndice; aceptada como lo que es y dejada en paz? Muchos poetas rinden homenaje regularmente a los placeres logrados con el sentido del olfato, pero no sé de ninguno que obtenga inspiración para sus versos del coxis o del apéndice. La nariz es a menudo contemplada como un equivalente de la cola del mono, que gradualmente desapareció cuando dejó de ser necesaria. Yo creo que es una falsa equivalencia, aunque, como se verá más adelante, resulta irónico que la cola se redujera y la nariz desarrollara su propio papel específico bajo la influencia de un conjunto común de presiones medioam­bientales.

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«No sólo se usa el jabón y el agua para quedar libre de las secreciones olorosas grasas de la piel, sino que además los mechones de pelo que adornan las zonas

más olorosas son afeitados regularmente.»
l problema del olfato humano ¿es zoológico o cultural? Durante siglos, nos hemos preguntado si los atributos culturales humanos han contribuido a la evolución. Durante mucho tiempo este debate se ha mantenido en terrenos espistemológicos —los antropólogos culturales generalmente saben poco de zoología comparativa y de biología animal, y los zoólogos claramente han ido derechos a adoptar una supuesta fuerza evolutiva (cul­tura) que no está claramente sujeta a las presiones de la selección natural. Afortunadamente esta barrera se está reduciendo y cada grupo tiene mucho que aprender del otro para que los preceptos y principios de la bio­logía del comportamiento puedan reconciliarse con los de la antropología. Merece la pena pasar revista a las ideas centrales de la antropología para mostrar lo próximas que se encuentran estas dos disciplinas. La primera idea es que el comportamiento humano varía enormemente entre las distin­tas sociedades y está, en gran medida, perfilado por todas esas cosas que los individuos aprenden como resultado de criarse y vivir dentro de una socie­dad particular. Esto es la cultura. En segundo lugar, las culturas son especí­ficas para los pueblos en los que se encuentran, y reflejan las particularida­des ecológicas y otras restricciones de su entorno. En tercer lugar, los juicios de valor que un observador puede hacer sobre una cultura dada son relati­vos a esa cultura y no a ninguna otra. Finalmente, la cultura no se desarrolla directamente como un resultado de la biología humana; tiene su propia dinámica interna que la perfila y modifica por las particulares necesidades de adaptación de una sociedad dada. Las primeras tres ideas son completa­mente compatibles con nuestro entendimiento del comportamiento biológico cuando se aplica al reino animal; sólo la última es incompatible. Sobre esto Irons dijo:

Si la cultura evoluciona en sus propios términos sin responder a los intentos humanos de darle forma, y al mismo tiempo determina la forma del comportamiento humano, entonces es difícil ver cómo las tendencias del comportamiento evolucionadas podrían hacer que la conducta tome la forma que maximiza la adaptación inclu­siva.

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«La nariz es a menudo contemplada como un equivalente de la cola del mono, que gradualmente desapareció cuando dejó de ser necesaria. Yo creo

que es una falsa equivalencia»
sto es el quid de la cuestión, porque es la adaptación inclusiva de los indi­viduos que forman una sociedad la que determina si la sociedad perdura y florece o no. La cultura ha evolucionado sobre cerca de 35.000 generacio­nes de humanos desde que el género Homo se diferenció por primera vez; que contribuyó a su éxito está fuera de toda duda, pero no es el único deter­minante de su éxito. La dificultad de resolver el problema puede ser supe­rada añadiendo a las cuatro ideas básicas de la antropología la expectativa de que la mayor parte de las formas de la conducta serán o biológicamente adaptantes o expresiones de tendencias evolucionadas que fueron adaptan­tes en un momento anterior de nuestra historia evolutiva. En este libro veremos varios aspectos de nuestro sentido del olfato que pueden ser con­templados como expresiones de tendencias evolucionadas que tienen una positiva ventaja selectiva en alguna etapa temprana de nuestro pasado evo­lutivo. Por ejemplo, puedo argumentar que durante la época del Mioceno, los antepasados prehomínidos del hombre empezaron a agruparse para cazar los grandes ungulados de las praderas y que estos hábitos gregarios planteaban una amenaza a la integridad del lazo de pareja que existía entre machos y hembras, ya que permitían que las señales olorosas del estro-reclamo de las hembras fueran percibidas por todos los machos del grupo. Para retener las ventajas sociobiológicas que los lazos de pareja proporcio­nan a las crías fue necesario que la información presente en las señales que­dara difuminada en el cerebro hasta perder su sentido. El uso universal de un pequeño número de los ingredientes del incienso por pueblos de todas las culturas puede ser atribuido a los olores de las resinas alcohólicas, que imitan aquellas antiguas señales, e inconscientemente estimulan las partes más profundas del cerebro. De forma similar, los perfumes más finos con­tienen indicios, o notas de una naturaleza urinaria que inconscientemente remueven la memoria vestigial de las feromonas sexualmente atrayentes, dado que éstas son expulsadas del cuerpo por la orina. Puede verse cómo estos dos usos culturales de los olores están firmemente enraizados en la biología evolucionista y sirven como ejemplo de la interacción de las varia­bles biológicas y culturales.

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«Para retener las ventajas sociobiológicas que los lazos de pareja

proporcionan a las crías fue necesario que la información presente en las

señales quedara difuminada en el cerebro hasta perder su sentido,»
scribiendo unos años después de la publicación de su análisis sintético que combinaba la genética, el comportamiento y la ecología para formar una teoría de la sociobiología, E.O. Wilson mostraba su interés por el cada vez más fuerte y conveniente puente entre zoología y antropología:

Es saludable para los antropólogos decirles a los biólogos que sus ideas son demasiado simples para explicar la importancia real de la cualidades del comportamiento social humano, y para los biólo­gos decirles a los antropólogos que nunca tendrán una explicación satisfactoria de este comportamiento en ausencia de la teoría evo­lutiva y de la biología de la población... La antropología llegará a ser más biológica, y la biología llegará a ser más antropológica. La sutura entre las dos materias desaparecerá, y ambas enriquecerán su contenido.

El sentido del olfato es un buen punto de arranque; es tan típicamente humano para los humanos como es vital para los animales. La literatura etnológica y antropológica abunda en descripciones de costumbres y prác­ticas que son esencialmente culturales, pero son susceptibles de ser adapta­das dentro del contexto de un significado adaptativo previo. Así cuando el capitán Beechy del Blossom informó en 1831 de que los esquimales se salu­daban mutuamente restregándose las narices y después lamiendo las pal­mas de sus manos frotándose primero en sus propias caras y después en las de sus invitados, la evocación de las ceremonias de saludo de muchos mamí­feros que se olfatean y lamen uno a otro fue inevitable. En 1890 Rother des­cribía el saludo entre los habitantes de las colinas de Khyoungtha en la India:

Su forma de besar es extraña; en vez de presionar labio contra labio, aplican la boca y nariz a la mejilla, y hacen una fuerte inha­lación. En su lenguaje no dicen «dame un beso» sino «huéleme».

Si pudieran hablar, muchos mamíferos dirían lo mismo. Estos dos simples ejemplos de diferencias culturales en el comportamiento de saludo, desa­rrolladas independientemente bajo diferentes circunstancias sociales, están claramente enlazadas a un fenómeno biológico: el de la indeleble envoltura olorosa que nos acompaña a cada uno de nosotros dondequiera que vamos. Yo creo que la zoología tiene algo que ofrecer a la etnografía, lo mismo que un estudio de las culturas humanas puede ayudar a resolver algunos rompe­cabezas zoológicos. El enigma del olfato humano no es más zoológico que cultural.

El organismo humano no podría funcionar sin su piel. Con una superficie de unos 2 m2, la piel es un órgano complejo que realiza un abanico de funciónes. La primera y más importante, proporcionar al organismo una cubierta externa flexible e impermeable, impidiendo el escape de los líquidos inter­nos y bloqueando la entrada no deseada de líquidos ambientales. Su estruc­tura no es uniforme por todo el organismo; en algunas partes es gruesa y callosa para resistir las fuerzas de fricción, como en las plantas de los pies y las palmas de las manos; en otras contiene densos campos de terminaciones nerviosas sensibles a la presión, como en los labios, las puntas de los dedos y ciertas zonas de los genitales; y en otras forma mucosas, como las presentes en los revestimientos de las mejillas y los párpados. Una característica de la piel de todas las especies de mamíferos es que tiene vello, y la piel humana no es una excepción. En lo que los seres humanos son distintos (no ya de sus parientes antropoides, sino del resto de los mamíferos de tamaño similar) es en que carecen prácticamente de pelo. En sí mismo este hecho puede expli­carse en términos evolutivos (Morris, 1967), pero lo que llama verdadera­mente la atención es que al perder la mayor parte de su pelo, los humanos no han perdido las glándulas que lo nutren.

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«Llama la atención que el hombre, el simio calvo, tenga agregaciones de glándulas sebáceas más densas que casi cualquier especie de mamífero.»
ada pelo crece en una profunda depresión situada en la dermis, denomi­nada folículo, a la que suele estar asociada una glándula sebácea que produ­ce un líquido oleoso, el sebo. El propósito original del sebo era proteger el pelo contra el exceso de humedad y la maceración consecutiva. El pelo con grasa flota: sin grasa se hunde; dicha impermeabilidad es útil no sólo para los mamíferos semiacuáticos, sino también para las especies terrestres, ya que repele la lluvia y contribuye a impedir el sobreenfriamiento del cuerpo que aparece como consecuencia de la humedad. Klingman (1963) aborda como sigue el enigma que supone que los seres humanos hayan conservado las glándulas sebáceas en una piel casi calva:

En el ser humano, salvo en unas pocas regiones muy especializa­das, el pelo es una estructura vestigial y rudimentaria, en su cami­no de desaparición del estadio evolutivo. En este peculiar animal se ha vuelto mayor la importancia psicológica (es decir, psicose-xual) del pelo que su utilidad. Al quedarse obsoleto el vello, la glándula sebácea está literalmente en paro. Es un fósil viviente con pasado, pero sin futuro.

Llama la atención que el hombre, el simio calvo, tenga agregaciones de glándulas sebáceas más densas que casi cualquier otra especie de mamífero (Montagna y Parakkal, 1974).

Muchos mamíferos, y el ser humano se encuentra entre ellos, se mantienen fríos gracias al sudor, fino líquido acuoso que se vierte desde las glándulas cutáneas a la superficie del organismo, donde se evapora. La energía nece­saria para la evaporación procede de la elevada temperatura corporal. Las glándulas sudoríparas se hallan en la dermis y nunca están asociadas con los folículos pilosos ni con los canales pilosebáceos. Son estructuras tubula­res simples que se encuentran en cualquier lugar, a excepción del lecho ungueal, el borde de los labios, el glande peneal y el tímpano. Son más nu­merosas en las superficies palmares y plantares de manos y pies, donde su densidad es cuatro veces mayor que en otra parte cualquiera del organismo. En la frente y las mejillas su densidad es de aproximadamente la mitad que en dichas superficies, constituyendo la segunda región del organismo más densamente dotada. Cada adulto humano tiene unos tres millones de glán­dulas sudoríparas, que son capaces de secretar 12 litros de líquido al día (Millington y Wilkinson, 1983). Como casi todos los mamíferos, sin embar­go, los humanos tienen dos tipos de estas glándulas. Las de enfriamiento se denominan cerinas, término que refleja el hecho de que ninguna parte de la célula acompañe a la secreción en el lumen de la glándula. La otra clase está constituida por las glándulas apocrinas, llamadas así porque el ápice de cada célula secretoria es obligada a entrar en el lumen junto con la secre­ción. En los seres humanos hay densas agrupaciones de glándulas apocrinas en las axilas, la región suprapúbica, la región perianal y el perineo, cara, cuero cabelludo y región umbilical del abdomen. Es muy significativo que éstas sean las zonas del organismo que han conservado cuantiosos creci­mientos de vello. También hay glándulas apocrinas especializadas en el meato auditivo externo (glándulas "ceruminosas"), en las superficies de los párpados ("Glándulas de Molí") y el el tabique de la cavidad nasal (Alverdes, 1932). La agregación más llamativa de glándulas apocrinas se sitúa en la axila y a ese respecto el ser humano es verdaderamente destaca­do. Aunque en el chimpancé y el gorila se va a encontrar un órgano axilar, son pequeños en comparación con los de los seres humanos. Montagna y Parakkal (1974) consideran la agregación apocrina axilar como un órgano oloroso.

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«Todas las pruebas de anatomía, la química y la psicología sugieren que el ser humano es de hecho el más perfumado de los simios.»
onsiderada como un órgano productor de olor, la axila humana es un órgano perfectamente hecho a la medida. Las glándulas apocrinas secretan pequeñas cantidades de un material viscoso que se disuelve en el sudor ecri-no acuoso el cual se expande por una amplia superficie. Los vellos axilares albergan microorganismos que atacan las sustancias apropiadas y el área completa se mantiene casi constantemente húmeda. En términos de cantidad y de tamaño de las glándulas sebáceas y apocrinas, el hombre tiene que considerarse, con bastante diferencia, el simio más per­fumado de todos. Una comprensión adecuada de la estructura, funciona­miento y situación de estas baterías del perfume es un requisito previo nece­sario para comprender mucho de nuestro uso (y descuido) del olor. La presencia de glándulas productoras de olor pone de manifiesto lo que con demasiada frecuencia se desea disimular en las sociedades occidentales, esto es, que el olor es un atributo tan humano como cualquier otro. En el capítulo anterior presenté pruebas que permiten relacionar la percepción del olor con la reproducción sexual; el desarrollo, el lugar de aparición y la calidad del olor producido por las glándulas olorosas humanas en la piel permite relacionar también la producción de olor con la comunicación sexual.

Todas las pruebas de la anatomía, la química y la psicología sugieren que el ser humano es de hecho el más perfumado de los simios. La agregación de glándulas apocrinas en órganos discretos, algunos de los cuales están colo­cados cerca de los órganos sexuales y provistos de difusores olorosos seme­jantes a mechas, junto con el hecho de que no comienzan su actividad secre­tora hasta que el individuo alcanza la edad de la madurez sexual, apunta a que tienen una función relacionada con el sexo. Las pruebas de la biología comparativa son aquí precisas. La literatura abunda en descripciones de recrudescencia anual de las glándulas, tanto sebáceas como apocrinas, con el comienzo de la estación de apareamiento; la conexión neuronal entre el órgano olfatorio y las gónadas ya se ha establecido. Pero es demasiado sim­plista concluir que el olor glandular cutáneo del ser humano desempeña un papel importante en las relaciones sexuales. Ya he aludido al enigma que constituye considerar el órgano axilar como "una flor de juventud" o "lle­var una cabra bajo el brazo" y resulta evidente del análisis de muchos escri­tos científicos y populares que no es posible generalizar sobre la agradabili-dad, o no, del olor corporal humano.

Que las personas tienen un gran olor corporal individual es obvio para todos, aunque ésta es una cuestión que, sorprendentemente, parece haber sido documentada por los psicólogos sólo de una manera bastante ocasio­nal. En un estudio sobre 254 "personas vivas de distinción", el 10 por ciento de los encuestados indicaron que su capacidad de discriminación olfatoria de retención era tal que podrían identificar a sus conocidos por sus olores (Laird, 1935). Una mujer llegó tan lejos como a decir: "Puedo localizar a las personas por su perfume; mi pobre esposo se sentía desconcertado cuando le decía dónde había estado por el olor que conservaba en la ropa o en la piel".

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«No sólo los padres de los neonatos, sino las abuelas y las tías, pueden

identificar correctamente las camisetas con las que estuvieron vestidos. Esto

sugiere que habría alguna clase de base genética para el olor familiar.»
ales poderes son infrecuentes, aunque probablemente más comunes de lo que mucha gente cree, y nuestra capacidad de reconocer a las personas por su olor es inferior en muchos órdenes de magnitud a la de un perro con el peor olfato. Que el olor personal puede desempeñar un papel en la comuni­cación no verbal fue estudiado por Schleidt (1980) y Schleidt, Hold y Attili (1981). Veinticinco parejas alemanas tomaron parte en la investigación de Schleidt llevando una simple camiseta de algodón cada noche durante una semana. Durante el experimento se pidió a cada sujeto que oliera grupos de diez camisetas e identificara la que le pertenecía a él, la que pertenecía a su pareja, las que llevaban los varones y las mujeres, y las que tenían un olor que podía describirse como agradable, indiferente o desagradable. Sólo una pequeña proporción de personas pudo discriminar fácilmente las camisetas que habían llevado los hombres de las que habían llevado las mujeres. Los varones y las mujeres por igual describieron las camisetas de los varones como predominantemente desagradables y las de las mujeres como sobre todo agradables, aunque esto se veía con mayor claridad cuando los sujetos se amoldaban a un modelo estándar de higiene personal; esta observación se hizo también en pruebas similares entre parejas italianas y japonesas.

Pero cuando a los varones se les presentaba una camiseta y se les decía que era suya, aun cuando no lo hubiera sido, la clasificaban como agradable. Esto ilustra violentamente una de las grandes d


«El papel del sistema olfatorio consiste en discriminar entre las señales, exactamente como hace el sistema inmunitario cuando se enfrenta a los

antígenos.»
ificultades con las que se enfrentan los trabajadores en este campo: los seres humanos se comportan como si tuvieran miedo de oler como seres humanos, porque los seres humanos huelen mal. Por tanto, el olor de uno mismo, o el de cualquier prenda de vestir que le pertenezca, es agradable. Es muy significativo que las industrias de la moda y los cosméticos existen para intensificar las carac­terísticas visuales humanas, pero la industria del perfume lo hace, según parece, para suprimir nuestras características olorosas humanas. Hay un contexto biológico, sin embargo, en el que los seres humanos pare­cen ser capaces de hacer valoraciones correctas de la identificación del olor; se trata del reconocimiento de parientes a través de señales olfatorias. Los neonatos pueden orientarse correctamente hacia el olor del pecho de sus madres (Russel, 1976) y al de su axila (Chernoch y Porter, 1985; Schaal, 1986) y, de igual manera, las madres pueden reconocer correctamente a sus propios lactantes por su olor (Porter, Chernoch y McLaughlin, 1983); una gran proporción de ellas puede hacerlo incluso después de haber estado en contacto con ellos tan sólo diez minutos (Kaitz y otros, 1987). Cada vez se acumulaban más pruebas a favor de que los padres pueden distinguir sólo por pistas olorosas cuál de sus hijos se ha puesto una camiseta concreta y que los niños pequeños pueden discriminarse correctamente entre sí. Esta capacidad puede conservarse hasta 30 meses (Porter y Moore, 1981). Recientemente Porter y otros (1986) han demostrado que no sólo los padres de los neonatos, sino las abuelas y la tías, pueden identificar correc­tamente las camisetas con las que estuvieron vestidos. Esto sugiere que habría alguna clase de base genética para el olor familiar. Esta sugerencia recibió apoyo de Porter, Chernoch y Balogh (1985), que pidieron a una serie de sujetos no familiarizados con una serie de estímulos individuales que emparejaran la camiseta que habían llevado las madres y sus hijos. La precisión del emparejamiento fue estadísticamente significativa. Lo que estos experimentos indican es la falta de importancia de la dieta en la carac­terística de la señal olorosa. Esto se ha observado antes. Laird (1934) habla de un hombre que en su juventud reconoció un olor particular y peculiar para su compañero de juegos y su familia. Cuando ya era anciano, y mante­niendo todavía el contacto con la familia, fue capaz de percibir el mismo olor en la tercera generación. Los perros pueden reconocer la semejanza del olor de gemelos idénticos y pueden seguir la pista o discernir a una per­sona con la que no están familiarizados después de oler a su hermano o her­mana (Kalmus, 1955; Gedda, 1981). Gloor y Synder (1977) demostraron que los individuos genéticamente relacionados tienen glándulas cutáneas que funcionan igual y contribuyen a firmas olorosas indentificablemente relacionadas. La idea de una base genética para la semejanza olorosa cor­poral no debería causar sorpresa, dado que la semejanza física y de compor­tamiento dentro de las familias es algo conocido por todos. Hace una serie de años, cuando trabajaba con ratones que habían sido espe­cialmente criados (ratones congénitos) para que fueran homocigotos para todos los alelos, con excepción del locus de los genes ligados denominado complejo principal de histocompatibilidad (MHC), se observó que los rato­nes eran socialmente más reactivos a otros de una diferente cepa MHC que a su propia cepa (Yamazaki y otros, 1981). Cuando se les permitió elegir entre aparearse con un miembro de la misma cepa MHC o con uno de una cepa diferente, una proporción significativamente mayor de ratones eligió parejas que diferían sólo respecto a este único locus. Este trabajo depura los estudios previos de Gilder y Slater (1978) en los que se demostró que los ratones no congénitos preferían aparearse con parejas genéticamente dis­tantes. Yamazaki y sus colaboradores condicionaron después a ratones sedientos a correr por un laberinto en "Y" para conseguir una gota de agua ante una corriente de aire que había pasado encima de la orina de ratones de una cepa MHC igual. Cuando la corriente de aire se cambió por otra que había pasado sobre la orina de ratones de una cepa MHC diferente, los suje­tos no consiguieron desempeñar su tarea. En este estudio se demostró que los ratones pueden detectar la minúscula cantidad de divergencia genética que existe entre las dos fuentes donantes de olor, que se refleja en pequeños cambios en la composición de metabolitos urinarios. Hay una razón muy buena para que el locus MHC tenga un elevado potencial para marcar a los individuos por su aroma, y ésta es que el locus MHC es donde se determi­nan las características inmunitarias del organismo (Goldstein y Cagan, 1981; Beauchamp, Yamazaki y Bóyse, 1985). El papel del sistema inmuni­tario consiste en reconocer la diferencia entre lo "propio" y lo "no propio" con respecto a una serie de importantes r

«Todas las pruebas, pues, indican que los seres humanos tienen un aparato productor de olor muy activo que parece engranarse con la biología

reproductora.»
asgos inmunológicos como el rechazo de injertos transplantados, las respuestas inmunitarias a antígenos complejos y a los virus y bacterias, etc. Sin embargo, este locus parece estar implicado también en una serie de rasgos no inmunológicos, entre ellos el nivel de testosterona plasmática, la importancia de los órganos sensibles a l os esteroides y, como hemos visto, las preferencias de apareamiento de cepas congénitas de ratón. Goldstein y Cagan (1981) proponen un m
«A menudo los olores usados por los fabricantes son de nota resinosa o

cítrica; el olor apiño es preferido por los usuarios de desinfectantes

domésticos porque se considera que es "saludable".»
odelo en el que participan dos genes ligados en el locus MHC, una para la señal (= olor) y otra para el receptor olfatorio. El papel del sistema olfatorio consis­te en discriminar entre las señales, exactamente como hace el sistema inmu­nitario cuando se enfrenta a los antígenos. El trabajo no es completo aún, pero se han conseguido bastantes indicios que demuestran un fuerte papel genético en las características olorosas de los ratones relacionados. Lo mismo cabe aplicar, probablemente, a los seres humanos. A propósito de esto, en una última serie de experimentos, Gilbert y otros (1986) demostraron que los seres humanos pueden discriminar entre los aromas de los ratones congénitos que difieren sólo en el locus MHC así como entre las orinas de esos ratones; esto no sólo demuestra que la nariz humana tiene una gran capacidad de discriminación, sino también que diferencias metabólicas muy mínimas son discernibles para la nariz humana. Todas las pruebas , pues, indican que los seres humanos tienen un aparato productor de olor muy activo que parece engranarse con la biología repro­ductora. Nuestro visitante de otro planeta no lo pensaría dos veces antes de notificar que los seres humanos son olfatoriamente activos, en particular si hubiera echado un vistazo a todos los demás mamíferos terrestres. Sin embargo, si interrogara sobre la posible participación consciente del olor en sus procedimientos de selección de pareja se sorprendería al comprobar que cualquier afirmación que pudiera obtener sería, a lo sumo, muy tibia y que muchos la negarían con gran vehemencia. Habría esperando más del simio más perfumado. Ahora debemos examinar si hay alguna prueba de que los olores humanos actúan como feromonas inductoras, condicionan­do el sistema neuroendocrino para la reproducción sexual. Los filósofos griegos sostenían que un elemento de suprema importancia para el bienestar espiritual del hombre era un fuego interior, o pneuma, y éste podía ser estimulado por el agua, que no era considerada como un lí­quido puro, inodoro, sino como una sustancia en la que estaban todas las sustancias posibles. El agua destilada es, desde luego, pura y no contiene sustancias disueltas; pero el razonamiento usado por los griegos era que cuando un líquido se evapora son las partes más volátiles las que primero son expulsadas y las menos volátiles las que se quedan atrás; la destilación resulta de la separación de volátiles y no volátiles. De esl^ forma nació la noción de la cualidad "esencial" de una sustancia, una cualidad que era fuertemente perceptible por el sentido del olfato. Líquidos tales como la orina eran considerados como activos ya que despedían una corriente de continuos efluvios que aparentemente no disminuía; esto era su esencia, lo mismo que los olores corporales de las víctimas del antihéroe de Süskin eran su esencia. De acuerdo con Jones (1914) las sustancias aromáticas para los griegos estaban asociadas con todo aquello que se consideraba "entu­siástico" e "inspirador"; la misma palabra "inspiración" se refiere técnica­mente al acto de inspirar. La presencia de corrientes de efluvios esenciales emanando de un líquido podía ser usada para contrarrestar influencias peli­grosas o desagradables, lo mismo que un lanzallamas proporciona cierta protección contra el ataque. Como el calor era también considerado como un efluvio no es sorprendente que las sustancias aromáticas pudieran ser usadas para guardarse de los malos espíritus, demonios y duendes que habitan lugares ardientes; y la idea del olor estaba vinculada con la de calor, fue­go y vapor. Los poderes supuestamente protectores de las esencias de las sustancias aromáticas quedaron reflejados en los materiales usados por los griegos como medicinas: la medicina era materia de catarsis, de excluir alguna influencia invasora, de forma que era lógico que todas las medicinas tuvieran un fuerte, fétido o aromático olor. Así el vino era diurético o astringente según fuera aromático o no. La fumigación era rutinaria en la alcoba de un enfermo, y en el cuerpo e incluso después de la muerte, para arrojar -y mantener fuera- esas fuerzas del mal que pueden sólo vivir don­de no hay olfato ni respiración. Hornero recomendaba quemar flores de azufre en la casa del enfermo: la práctica continúa hoy. También continúa de una manera mucho menos evidente. Los fabricantes de un sector entero de productos para la limpieza doméstica, desde el jabón en polvo para lavar hasta abrillantadores para el suelo, venden sus productos tanto por el aro­ma que desprenderá el artículo como por su eficacia limpiadora. La idea subyacente no es simplemente que para ser limpio un artículo tiene que oler -de hecho, puede argüirse que una camisa que conserva el olor de un perfume sintético añadido al jabón en polvo está menos limpia que una que no ha sido contaminada de esa forma- sino la idea del olor como defensa frente a los demonios. A menudo los olores usados por los fabricantes son de nota resinosa o cítrica; el olor a pino es preferido por los usuarios de desinfectantes domésticos porque se considera que es "saludable". McKen-zie (1923) hace notar que la misma palabra "smell" está relacionada con la eslava "smola" que quiere decir resina o brea -una asociación a través del lenguaje de un profundo significado del poder de este olor. Saquitos y almo­hadas rellenos de pino son todavía usados por algunas personas en el trata­miento de desórdenes respiratorios y por sus propiedades saludables en general. Es posible, sin embargo, que pueda haber una base entomológica para la eficacia del almohadas de pino para asmáticos, para quienes el pol­vo y los ácaros de la ropa de cama son una constante amenaza. La resina del pino, como todas las resinas, es medianamente insecticida y el uso de saquitos rellenos de pino puede ayudar a los pacientes de las vías respiratorias disminuyendo la población de parásitos de este tipo. En el antiguo Egipto, como veremos en breve, contemplaban los aromas agradables como aspectos esenciales de la belleza y empezaron a asociar un olor delicado con la alegría y la felicidad, hasta tal extremo que el jeroglífi­co correspondiente era una nariz, un ojo y una mejilla. (Gardiner, 1950). Los griegos también incluían en la palabra que significa placer las nociones de olor y sabor, y de las ofrendas quemadas. Esto parece haber sido una constante entre las antiguas culturas que relacionan las ideas de júbilo y contento con los olores agradables y las ofrendas adecuadas para los dioses. De forma bastante independiente del surgimiento de la filosofía griega encontramos muchas ideas parecidas en las culturas de los pueblos alrede­dor del mundo. Frazer (1923) nos explica que la inspiración para la sibila en el Hindú Kush es lograda mediante la luz de un fuego hecho de agujas de cedro sagrado, sobre el que coloca su cabeza -cubierta con un paño- y res­pira profundamente. Pronto es poseída por convulsiones y colapsos hasta caer al suelo, sólo para recobrarse y pronunciar su oráculo. En la isla de Madura, al norte de la costa de Java, cada espíritu tiene su propio médium a través del cual se comunica con los vivos. Para prepararse para la recepción del espíritu el médium, que es más a menudo una mujer que un hombre, se sienta con su cabeza sobre un incensario durante cierto tiempo antes de de perder el .sentido con un colapso. Se supone que su voz, cuando se recobra, es la del espíritu que ha poseído su alma durante la temporal ausencia de la suya propia. En Uganda los dioses pueden hablar a través de un oráculo, que previamente ha encendido una pipa de hierbas e inhalado su humo pro­fundamente repetidas veces hasta que se provoca a sí mismo el frenesí. En las costas de las islas Kei de Nueva Guinea los malos espíritus abundan, y ocupan cada árbol, cueva y laguna. Demonios irascibles están siempre dis­puestos a salir de sus madrigueras a las más ligera provocación y a desenca­denar su terrible cólera sobre el imprudente ofensor. Sólo el fétido, protei­co olor de las raspaduras ardientes de un cuerno de búfalo o de los pelos de un esclavo papú son capaces de mantener alejados a los espíritus. Lo mismo que el alma, o la esencia del hombre, tenía que ser persuadida para alejarse temporalmente a través de la fumigación con objeto de permitir la penetra­ción de un espíritu en el oráculo, así con frecuencia se pensaba en muchos pueblos que el alma abandona el cuerpo en la última respiración antes de la muerte, a menos que se haga algo para evitar que eso suceda. Los habi­tantes de las islas M

«Freud era bien consciente del papel desempeñado por los olores en las vidas

sexuales de los animales y en particular del significado de las emanaciones

de las regiones anogenitales en los mamíferos.»
arquesas acostumbraban a mantener cerrada la nariz y la boca de un moribundo para mantenerlo con vida no permitiendo a su espíritu escapar, ¡aunque su intervención, indudablemente, precipitaba su fallecimiento! Entre los esquimales de las islas Baffin la persona que p repa­raba un cuerpo para su entierro se pone piel de conejo -seguramente un bien escaso— dentro de sus propias fosas nasales para evitar que cualquier exhalación del cadáver pueda entrar en su propio cuerpo y corromper su alma. La costumbre entre los esquimales era tapar la ventana derecha a los difuntos masculinos y la izquierda a las difuntas, creyendo que el alma entraba en el cuerpo por un lado de la nariz y se iba por el otro y mostraba, al hacerlo, una marcada preferencia según el sexo. Los temas recurrentes en lo concerniente a estas observaciones son las creencias de que la respiración, el alma y el olor están, de alguna manera, relacionados y que el ser puede ser protegido de las malignas influencias exteriores de la misma manera que pueden ser calmados los dioses. Jones (1914) ha examinado el significado psicológico de la respiración en el sim­bolismo religioso y ha desarrollado una tesis que le atribuye un papel esen­cial.

F


«Son escasos los escritores que han tenido el valor de sumergirse en la parte aromática de la psique; Süskind es el más reciente.»
undamental para ese argumento es la idea de que el sentido humano del olfato ha sido reprimido a partir de algún momento en su tiempo de evolu­ción, de forma que, hoy día, no percibimos el mundo aromático como lo hi­cieron nuestros ancestros prehumanos. Jones no presta atención a este fenómeno, aceptando simplemente que tiene que haber ocurrido. Antes de continuar con un examen de sus ideas es necesario primero revisar lo que ha sido escrito sobre la represión del olfato.

El único que ha propuesto que la represión del olfato tiene lugar en alguna época del pasado ha sido Sigmund Freud (1909) quien, en su trabajo a lo lar­go de toda su vida, con su nueva técnica del psicoanálisis aplicado a toda cla­se de problemas mentales, creó la opinión de que la mayoría de las neurosis y psicosis podrían remontarse hasta una represión sexual. Creía que la civi­lización impuso demasiado estrictamente unas pautas de conducta sexual y que el conflicto causado dio lugar a los casos clínicos que le fueron referi­dos. En una carta a su colega Fliess (quien, como se recordará, fue el que desarrolló su teoría de "puntos genitales" en la mucosa olfatoria), Freud escribió:


He sospechado a menudo que algo orgánico jugaba un papel en la represión (sexual); fui capaz de decirte una vez que era una cues­tión de abandono de zonas anteriormente sexuales y pude añadir que estaba complacido de haber encontrado una idea similar el Molí. En realidad no doy prioridad a nadie con respecto a esta idea; en mi caso la noción estaba relacionada con la variación del papel desempeñado por la sensaciones del olfato: adoptada la posición vertical, con nariz alzada, al mismo tiempo un número de sensaciones anteriormente interesantes, relacionadas con la tie­rra, se convierten en repulsivas -mediante un proceso todavía des­conocido para mí. (Él vuelve su nariz hacia arriba = se contempla a sí mismo como algo noble).
Freud continúa diciendo que existe en la libido (excitación sexual) memo­ria vestigial y ésta puede tener un efecto en la libido a través de la acción diferida.
La acción diferida de este tipo tiene lugar también en conexión con memorias de excitación de las zonas sexualmente abandona­das. El resultado, sin embargo, no es una liberación de la libido sino una incomodidad, una situación interna que es análoga al desagrado...
Freud era bien consciente del papel desempeñado por los olores en las vidas sexuales de los animales y en particular del significado de la emana­ciones de las regiones anogenitales en los mamíferos. Sostenía que la civili­zación, que es el desarrollo de grandes agregaciones de seres distantes en el tiempo, ejerció diversas presiones sobre los humanos, entre las cuales destacaba una fuerte tendencia a deshacerse de las heces fecales de forma higiénica. Como con tantas de sus convicciones, no aportó ninguna razón por la que se adoptó tal tendencia, aunque varias razones biológicas plausi­bles acuden pronto a la imaginación. La necesidad de deshacerse de las propias heces, argumenta, requiere que previamente el supuesto placer en el olor fecal se convirtiera en desagradable. Esto es lo que él quiere decir con "algo orgánico". Para justificar esto, recuerda que todo niño atraviesa una fase de erotismo anal en la que no encuentra desagrado en el olor fecal ni en el olor del gas intestinal, y a menudo esto va acompañado por una cier­ta renuencia a defecar, renuencia en dejar ir una parte del cuerpo. El proce­so de represión orgánica cambia la percepción de la cualidad del olor, de placentero a desagradable, y así hace posible el desarrollo de las tendencias higiénicas.

E



«Ponerse saquitos perfumados fue un hábito común entre las mujeres en

muchas partes del mundo —Sir Joseph Banks lo descubrió entro los Maories

y el capitán Cook lo observó en otros pueblos polinesios —y sirve para

reforzar la asociación entre olor y sexo.»
llis (1910) en su clásico trabajo Studies on the Psychology ofSex dedica un sustancial número de páginas al sentido del olfato y su significado psicológi­co. Traza una línea de separación entre el olfato y los otros sentidos —entre el sentido de la imaginación, según propone, y los sentidos del intelecto— y en las siguientes palabras resume los ricos campos que esperan al artista sensitivo:
... nuestras experiencias olfativas del cuerpo humano se aproxi­man más a nuestras experiencias táctiles que a nuestras experien­cias visuales. La vista es el más intelectual de nuestros sentidos, y nos confiamos a ella con relativa intrepidez sin ningún temor inde­bido de que su mensaje nos cause daño por su intimidad personal; buscamos sus experiencias porque es el órgano principal de nues­tra curiosidad, como el olfato es el del perro. Pero entre nosotros el olfato ha dejado de ser un canal importante de curiosidad inte­lectual. Los olores personales, a diferencia de la visión, no nos suministran una información básicamente intelectual; por el con­trario evocan aquello que básicamente tiene un carácter íntimo, emocional e imaginativo.
Son escasos los escritores que han tenido el valor de sumergirse en la parte aromática de la psique; Süskind es el más reciente pero también pueden ser mencionados Baudelaire («Fleurs du Mal», «Petits Poems en Prose»), Zola («La Faute de L'Abbé Mouret») y Huysmans cuyo trabajo fue mencionado en el capítulo 3. Estos autores expresan un placer sensitivo en el poder y la riqueza de los olores que fluyen de todas las cosas en el mundo natural. Zola, en particular, profundiza más que ningún otro autor. La gran obra de Proust («A la recherche du Temps Perdu») fue inspirada por la respuesta emocional a un particular olor firmemente unido con su pasado. Entre los poetas, que ponen más énfasis en los olores que los novelistas, debe ocupar el primer puesto el inglés Robert Jerrick (1591-1674) que escri­be sobre las fragancias de sus diversos amores con una fuerza y exquisita intensidad que es verdaderamente llamativa:
Si beso el pecho de Anthea

huelo el nido de ave Fénix:

Si beso sus labios, el más sincero

altar de incienso, huelo allí

manos, y muslos, y piernas, están

ricamente aromatizados

la diosa Isis no puede darle más

almizcle y ámbar:

Ni puede ser Juno más aromática,

cuando yace con Júpiter.

(«Love perfumes all parts»)

Y de nuevo:


¿Quién obtendrá la esencia de las flores?

Tómala del sudor de Julia;

Esencia de lilas y de nardos

toma de su cuerpo húmedo;

si respira o sopla,

fluirán todos los ricos aromas

(«El sudor de Julia»)

El autor de "El Cantar de los Cantares", por otro lado, usaba una fuerte ima­ginería psicosexual:


Mi amado dentro de mí es como una bolsa de mirra

que reposa entre mis pechos;

mi amado dentro de mí es como un ramo de flores de alheña

en las viñas de Engadi.

(«El Cantar de los Cantares» de Salomón 7-9)

Ponerse saquitos perfumados fue un hábito común entre las mujeres en muchas partes del mundo —Sir Joseph Banks lo descubrió entre los Maories y el capitán Cook lo observó en otros pueblos polinesios— y sirve para reforzar la asociación entre olor y sexo. Lo que es más significativo en la estrofa anterior es la referencia a las flores de herma (Lawsonia inermis). El autor presumiblemente no reconoce cons­cientemente el significado de la henna porque su uso estuvo ampliamente difundido a través de Egipto y el oriente medio. El perfume de las flores, cuando se machacan y se huelen de cerca, tienen un olor a semen que trans­ciende a cualquier nota floral. Muchos árboles y plantas tienen flores con un olor similar; el agracejo, la lima, el polen de muchas herbáceas y el castaño por mencionar sólo algunos. El olor de los racimos de la flor del castaño ins­piró a Sade para escribir su delicioso cuento «La Fleur de Chátaignier» (1957) en la que, para el obvio embarazo de un joven y guapo cura, una joven de familia protectora suya, pregunta a su madre sobre la naturaleza del olor del castaño diciendo que está muy familiarizada con el olor pero que ¡no consigue recordar qué es o dónde lo ha olido antes! Un tema muy recurrente en poemas es que el olfato no puede ser saciado con la riqueza del perfume y el poeta desearía absorber para siempre los aromas. En ninguno está mejor expresado que en la invitación de Cátulo a su amigo Pábulo pidiéndole que acuda a su casa a un banquete:


Cenarás bien, querido Pábulo en mi casa

dentro de unos días, si los dioses te son propicios,

si traes contigo una cena generosa

y espléndida; y ciertamente una encantadora chica también

y vino, e ingenio y risa de todo tipo.

Si, como digo, traes estas cosas, querido amigo,

cenarás bien. Pues el bolsillo de tu querido Cátulo

está lleno de polvo y telarañas. Pero a cambio

recibirás la esencia más pura del amor

o algo aún de mayor fragancia y gracia:

pues te daré un perfume que le fue entregado

a mi amada por venus y cupidos.

Cuando alcances a olerlo, pedirás a los dioses

que te transformen por completo, querido Pábulo, en nariz.


Un número de olores particulares son asociados con Venus pero el más importante es el del mirto (Myrtus communis). Cuando emergió de las olas y enjugó el agua de sus cabellos, se percató de la presencia de muchos sáti­ros lascivos que la miraban. Para proteger su desnudez de aquellos ojos recogió algunas ramas de arbusto y se las ajustó:
y así escondió las partes de su cuerpo con mirto

y quedó a salvo. Ahora te dice a ti que hagas lo mismo.





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