Apéndice de varia intencióN



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APÉNDICE DE VARIA INTENCIÓN

Guerau de Liost
SONETO DE JOSEP CARNER

A Somnis DE GUERAU DE LIOST


Oh Guerau mío que, único en tu arte,

un día puliste la amatista rara:

tienes un bigote como yerba clara

y un poco de sueño vela tu mirada.

Mas lo quiere el cielo y de vez en cuando

la palabra escapa de tu sueño y es,

en el espacio que inunda un sol nuevo,

prodigiosa como un estandarte.

Siéndome evidente que por negra vía

subes a la cima del laurel sagrado,

busque yo mi caminito propio de poesía,

¡oh potente amigo, amado de mi poquedad!

Sin tu dulce compañía

sería enojosa la inmortalidad.
PRÓLOGO DE EUGENI D'ORS

A La montaña de amatistas

En verdad sé deciros que este libro representa el cumplimiento de una muy sabrosa venganza... Estamos al tanto de que, entre las admirables obras ya llevadas a feliz término o solamente emprendidas por la juventud catalana del Novecientos, una de las esenciales y de las más ricas en savia heroica, se ha cifrado en sustraer la Poesía, Andrómeda para nuestros Perseos, del poder del Monstruo al que la destinaban las celosas Nereidas, y cuyo verdadero nombre es Caos o Satán, aunque los impíos lo suavicen con el femenino nombre de Naturaleza... Todo lo que cae bajo los rigores de este Monstruo es forzado a danza, en caótica licencia; y danzando desordenadamente pierde así la forma regular y se convierte en materia bárbara y rústica. Por mal de rusticidad estaba, pues, deformada nuestra Poesía. Nos falta ahora, ya alcanzada su liberación, un sacrificio largamente esperado, ardientes como estamos del deseo nupcial, para dar tiempo a que la esposa destinada deje las ropas de servidumbre, y corte sus cabellos y sus uñas, del mismo modo como la Extranjera con la que se casó el Israelita, y permanezca como Esther, primero por seis meses, y en seguida por otros seis, ungida y macerada por las esencias y los perfumes.

Mientras tanto, vengándonos de nuevo de las asperísimas horas de lucha, nos es cosa grata, digna de fiesta, salir fuera de nuestros muros citadinos y consumar en la carne del Monstruo, y en su propia madriguera, agresiones nuevas. Así un Caudillo entre los nuestros, conocido como Raimon Casellas, realizó un día aquella salida famosa que es la novela Las hondonadas terribles, y que según se ha dicho ya, viene a ser, en nuestro renacimiento, el Don Quijote de la literatura rural. Pero es todavía gesta de temeridad mayor la que ha cumplido el poeta de La montaña de amatistas: se fue a topar al Monstruo en la jurisdicción de uno de sus feudos, en la Montaña misma... Allí vivió el poeta con austeridad eremítica. El Monstruo probó en vano para perderlo todas las formas de la tentación de san Antonio, y otras más. El poeta salvó su mente de trampas y sus sentidos de debilidad con la penitencia y la oración. En la última de sus pruebas, el Monstruo cobró la figura de una mujer bellísima, desnuda. Tenía níveas las espaldas, si bien en ciertos sitios su cuerpo estaba cubierto de un verdor blando. Al circular por sus venas, su sangre cantaba musicalmente. En lo alto, la cabellera estaba peinada con gloria de meteoros. Le ceñía la frente un rosario de amatistas, y dos más le condecoraban ambos pechos, y llevaba aún un joyel de amatistas a la mitad del vientre, y bajo el vientre otro joyel de amatistas, acabado y bruñido, como un escudo. Apareció así a los ojos del poeta y le sonrió, inmóvil e inerme, segura de la victoria. Fuerte, el poeta no cerró los ojos; ni parpadeó siquiera. Tomó una cuerda, y mientras invocaba el divino auxilio y recitaba una hermética oración numeral, ligó a la Diablesa los tobillos. Ella sonreía todavía, pensando que él no resistiría el hechizo de sus suavidades cuando ascendiesen sus dedos, aplicados a la tarea de hacerla cautiva. Cuando le ató las rodillas juntas, ella no había dejado de sonreír, ni cuando le ciñó rígidamente la cintura, ni cuando le encoró, implacable, la dura fortaleza del pecho. Sólo dejó de sonreír cuando le agarrotó el cuello... Pero entonces, vencida definitivamente, se desplomó, yerta. El ermitaño de la Montaña de Amatistas bajó después a la ciudad, con el vivo botín de la Diablesa cautiva. Con ella se encerró en la más recogida habitación de su palacio solitario. Su palacio solitario está protegido de los ruidos externos por doce murallas, donde un ornamento de piedras preciosas ha sido ordenado según el orden de los cimientos de los muros en la ciudad apocalíptica; siendo la primera de jaspe; la segunda de zafiro; la tercera de calcedonia; la cuarta, de esmeralda; la quinta de sardónice; la sexta, de cornalina; la séptima, de crisólito; la octava, de berilo; la novena de topacio; la décima de crisopacio; la undécima de circón; la duodécima de amatista.


Al llegar a este punto pudo verse que aquel san Antonio guardaba en su interior un alma de Marqués de Sade. La recámara-prisión era una biblioteca, donde se encontraban reunidos, en cuidada elección, los libros de algunos selectísimos y sabios poetas, desde Catulo a Juan Arturo Rimbaud, inventor de la cromática de las vocales, sin olvidar los amorosos de sutil platonismo, a la manera egregia de Petrarca o Buonarroti. Un cuero de cálido tono, trabajado en España, cubría las paredes, en las que, como las ventanas eran pequeñas, se agachaban perezosas las penumbras. En lugares de gran discreción estaban enmarcados unos aguafuertes, con exquisiteces modeladas por la caricia ácida del mordiente. Desde cuatro pebeteros pequeños, elevados en los cuatro ángulos de la estancia, salían las tranquilas fumarolas de un extraño perfume que no recordaba ninguna esencia pura ni compuesta de flores ni remotos agentes químicos sino lo que su fruición bautizó un día como “aroma cerebral”. Todas estas cosas fueron teatro de las más cruentas escenas de martirio. La Diablesa estaba obligada, por días y días, a permanecer allí en medio, y el Señor Poeta, sentado en una ancha silla de monje, muy abiertos sus ojos tan claros, quieto, recogido, móviles sólo sus fosas nasales y sus manos, que eran, como se ha dicho de las de Octavi de Romeu, “agudas, ágiles y precisas como los instrumentos de la cirugía moderna”, practicaba sobre el cuerpo ligado los más bellos experimentos en la alquimia de la tortura... Utiles fueron para la labor, y útil diversificarlas, todas las armas del arsenal del verbo. El Señor Poeta es buen retórico; así la carne del monstruo del infierno que los impíos suelen llamar Naturaleza, salía lacerada con perfección. Toda comparación era como un puñal; cada epíteto como una aguja. La disposición de golpes y heridas se calculó con una elegancia tal que se dibujó con llagas y moretones un muy admirable arabesco... El Señor Poeta, al fin, triunfante, dio su obra por terminada. Dejó dos besos sobre la frente de su víctima, y la lanzó así entre los hombres, sangrante y moribunda, en una agonía musical... La lanzó, y se quedó en su biblioteca, solo, encerrado y escondido, sin permitirnos saber de él más que esta sabrosa venganza, sin vendernos nada más de su propio espíritu y de su propia vida, par -son palabras de Villiers de l´Isle-Adam, el cruel artista- “de aquellos cristales donde duerme en Oriente el puro espíritu de las rosas muertas, y que guardan herméticamente una triple envoltura de oro, de cera y de pergamino”.
El milagro está en que esto que parecía obra de muerte, se haya convertido de tan perfecto en obra de vida. Porque la vida no es otra cosa que la perfección.

Amigo Guerau: En el invierno de 1867, un barril de glicerina, viajando de Viena a Londres, llegó cristalizado. Se cuenta que es la primera vez que se veía glicerina cristalizada. En efecto, este cuerpo no cristaliza nunca espontáneamente, ni ha podido nunca encontrarse un medio artificial que lo reduzca a cristalización. Hoy, cristales de glicerina hay en todos los laboratorios. Existe, incluso, una fábrica en Viena, que se dedica a su producción. Pero esta producción es, para hablar propiamente, una reproducción, una cría, como puede serlo la de las ostras. Porque todos los cristales de glicerina que hoy hay en el mundo, descienden por generación natural de los que nacieron en 1867 en el barril viajero... El físico Crookes tuvo la idea de sembrarlos en glicerina en estado de sobrefusión. Allí germinaron, y allí nació una generación nueva de glicerina cristalizada, que a su turno ha dado origen a nuevas generaciones. Los cristales de glicerina vienen, pues, comportándose desde su aparición como una especie viva. La glicerina llega así a vivir cuando alcanza el estado perfecto de cristal. Análogamente debemos pensar que la palabra no ha estado nunca viva; pero que quizá un día termine por estarlo cuando, de tan perfecta, todos sus elementos tomen, alrededor de un núcleo, la forma suprema de un exquisitísimo polígono...

Yo sé deciros, amigo Guerau de Liost, que mucho me temo una copiosa germinación de estas palabras vuestras, tan bellas, en la glicerina neutra de nuestras Plagiolandias nacionales.

Josep Carner
EL DÍA REVUELTO

¡Haz batir de nuevo al corazón que flaquea:

por cielo, mar y tierra llévate en loca acometida la vida

que queja, oh día revuelto de sol y de lluvia,

oh día desgarrado de sol y de lluvia y de viento!
¿Quién puede saber si será amarga o benigna tu herencia?

Pájaros hay que te enfrentan, y otros que huyen a sus nidos.

Las frondas, el cielo, la niebla, el ojo de agua profunda,

las brujas mismas no saben si lloras o ríes.


En la nave la vela rota sacudes y potente el cordaje derribas;

zarandeas los árboles de la raíz a la copa,

y conduces cuadriga que va a la batida

de las nubes en llamas que suben a los trilladeros del cielo.


Esparces semillas, polvaredas, augurio de muerte y de vida;

te llevas las hojas cantando, al azar;

y manchas de luz la tierra abatida

y rodeas de raras espumas los pálidos espejos del mar.


Tu voz remolinea por dentro de la sierra

y resuenan las cuevas con este clamor:

-¡Despierta, oh corazón de la tierra,

que aún viven y juegan, cachorros de Cibeles, la Ira y el Amor!


Trastornas la paz a tu paso;

el esplendor de tu fiebre vale una serie de centurias; ¿qué importa, si de golpe las consume?

Hasta de las fosas levantas locura

y borras la vieja rodada del buen juicio y la costumbre.


¿Quién como hoy ha visto danzar la tormenta

y estos diamantes en flores temblorosas de espanto,

y esta claridad como una retama marchita

que alegra y enluta el espacio?


¡Oh día revuelto de sol y de lluvia dorada!,

¡oh día desgarrado de sol y de lluvia y de viento!

¡Mudanza con un yelmo de colores, despreciando

toda inútil duración, el deseo renovando, el deseo rebatiendo!


Salud a la tierna doncella

que vela su pecho en reciente botón,

y a toda simiente que rompa su vaina

y a quien impaciente lata por nacer.


Salud a la vida desde el fondo de su fuerza infinita

jamás discernida por el sabio ni cantada en canción,

y a la visión en signos volubles escrita,

que a lo lejos suspira en plena dispersión.


¿Será que su prisa, que los aires transmuta,

llama a la Victoria al son de trompetas, relinchos y cantos?

Salud a la Patria, en savia de siglos crecida.

Salud a la Patria, todavía no nacida

cual sus hijos la hemos soñado.
TEMAS DE LA LÍRICA NAUA


Amistad
El elote, dorada mazorca en flor primera,

nos reanima, vernal, por abril;

placentero nos es como una luz ligera,

tan rubio y juvenil.


Mas saber que no menguó siquiera un día

en corazón amigo ni en mí la camaradería,

es -más que la pluma y los pendientes bello-

collar de joyas en mi cuello.


Canto fúnebre
¿Comer, decís? ¿Qué bocado se me apetecería

hoy que taño mi endecha donde nacieron mis ancestros?

Me hallo sobre su tierra embargado por la melancolía:

¿habrá amistad y grandes banquetes para ellos?

¿Es propio que yo alce a volar un canto en un día

como este y al cielo me eleve su armonía?

Aquí donde falto de su amor el atabal reposa

no podré yo sino yacer entre nieblas y nostalgias.


¿Es la tierra nuestra única casa? ¿Debemos sufrir

siempre carcelera su angustia diligente?

¿Dónde las flores buscaré, dónde las mendigaré

para que me sea placentero esparcirlas?

¿Seré simiente depositada

todavía en padre y madre?

¿Brotaré, mazorca o fruto verdemaduro al viento?
No veo a nadie. Huérfanos somos. La pena nos encoge el corazón.

¿Dónde está, dónde está el camino que lleva

al lugar al que bajan todos, el imperio del olvido?

Y una vez que están allí, ¿todavía palpita su sentido?

¿Así lo creen tal vez

nuestros corazones? Aquel cuya mirada

engendra las cosas palpitantes,

en cofres y cajas oculta a los humanos.


¿De nuevo volveré, en incierta lejanía,

a ver frente a frente a mis padres? ¿Seguro que sí?

¿Volveré a tener su canto, su voz, que busco noche y día?

Porque huérfanos nos dejaron, y solos estamos aquí.




Canto de tristeza
¿De verdad nos oyes en el lugar de la tristeza,

Dador de la vida?

Negrura baldía.

Calma, corazón nuestro. Corazón nuestro, duérmete.


Ah, ¡qué difícil conocerte, alcanzarte,

Dador de la vida!

Vana es toda inteligencia.

Calma, corazón nuestro. Corazón nuestro, duérmete.


¿Nunca podré refugiarme cerca de Ti,

Dador de la vida?

¡Es tan breve todo!

Corazón nuestro, calma. Corazón nuestro, duérmete.


De Ti vienen los dones y la felicidad,

Dador de la vida;

de Ti lo que codicio: las flores más espléndidas,

aunque agravan mi pena en su plena florescencia.


SALMO DEL CAUTIVERIO

Toda mirada nuestra está empañada.

Toda palabra nuestra es esclava.

Todos los días abate nuestras vidas

quien a yugo nos somete por odio a la paz.
¡Oh Dios que con el castigo nos das enseñanza,

séate dulce el son de nuestra queja!

Tus siervos aman sus piedras

y se compadecen de su triste polvo.


Reanima nuestros días con sabia de esperanza;

cruel es todo poder si tu mirada rehúye;

que te sea obediente quien a ti se confía:

será aniquilado quien se ostente por tu cólera armado.


Tú que excediendo en piedad a los jueces

salvas con una mirada al condenado,

endereza el despojo de lo que fuimos:

danos prenda de benignidad.


El tiempo de la prueba dura un día.

Tu castigo una noche.

No será eternamente zarandeada

la tierra que Tú edificaste.


Suene la voz nuestra que ahora nos ahogan

en cántico inmortal.

Salva, al abrigo de renacientes columnas,

nuestro coto ancestral.


Y que el oro a plomo de tu pleno sol

consuele la hondonada y corone la cumbre

cuando tu aliento nos retires, y, más todavía,

nos vuelvas tierra de aquella de donde venimos.


BÉLGICA

Si fuesen mi destino las tierras extranjeras,

me agradaría envejecer en un país

donde la luz se filtrase sonriendo, gris y amarilla,

y hubiese prados y ojos de agua y aceras

guarnecidas de arces, olmos y perales;

vivir tranquilo, nunca bajo estigma,

en una nación de buenas gentes unidas,

como corazón junto a corazón ciudad junto a ciudad,

y calles y farolas por el prado avanzando.

Y cielo y nube, tiernos o crueles,

permaneciesen cautivos en canales de agua trémula,

toda ella deseo de reflejar las estrellas.
Me agradaría envejecer en una ciudad

con soldados no muy de a deveras,

donde la gente se enterneciese con música y pinturas

o con el bello árbol japonés cuando florece,

donde el niño y el obrero no inspirasen tristeza nunca,

donde se vieran interiores de casas de un moreno

de pipas, y charlas y hospitalidades,

de flores ardientes, magnífica sorpresa

hasta en los días más gélidos.

Y frecuentemente junto a un portal de iglesia

se estableciese el colorido de un mercado famoso,

con el botín de la mar, con los regalos de la tierra:

con mucho de todo para todos.
Una ciudad con el ocio suficiente

como para ver, por amor a la melancolía

o por deseo de novedad tintineante,

casas viejas con un parque donde aniden sombras

y muchas casas nuevas con jardincillos delante.

Se hallaría allí sabios de todo tipo,

y cien paraguas eminentes

integrarían -ay, abiertos- filas oficiales

en la inauguración de los monumentos.

Y de pronto, al borde de largas avenidas,

surgirían las hayas, las manchas claras de los estanques

para el amor, la alegría, la soledad y los lamentos.

Ayuno de tantas cosas y de tantas otras abandonado,

viviría entre los demás, un poco en cada uno.


Pero nadie

lo sospecharía al pasar.

Conocería por azar un viejo jardín

escondido, de manantial clarísimo

y peces de oro dándole mayor alegría.

Con migas en la mano, de mi dirían los niños:

-Es el señor de todos los días.

Teoría del anzuelo poético


Mi primera formulación de una segura hipótesis tuvo lugar en una ciudad septentrional no acostumbrada al resplandor de la luz sino a las humedades ennegrecedoras de la lluvia crónica. Frente al balcón de mi habitación de hotel no se veía más que una grisura pareja y como engastada, sin mengua ni desfallecimiento previsibles.

Una vez que me hube levantado, me lavé y vestí como buenamente pude, porque el lavabo estaba en una pequeña recamarita adjunta, sin ventana, y la electricidad no funcionaba. En respuesta a mi pregunta telefónica se me dijo que se estaba procediendo a una reparación necesaria y que harían hasta lo imposible por terminarla.

La verdad es que entonces me dejé caer sentado, con el codo sobre un brazo de la poltrona, y cerré los ojos por un momento. Quizá dormité un ratito, cosa de unos minutos. La tímida tosecilla por parte de un sujeto que había entrado no sé cómo ni cuándo, interrumpió aquella poca de reposo. El desconocido, que estaba sentado frente a mí, me dirigía una mirada solícita, como vivamente deseoso de ver aceptada su compañía. Yo, instintivamente, sociable como soy, le sonreí, y él me devolvió aquella muestra de benevolencia. Era -me pareció a la luz indecisa- más viejo que yo. Hay que decir sin embargo que, por más benigno y respetuoso que se quisiese presentar, su súbita intrusión no se hubiera admitido en mi país nativo; pero en aquella tierra de allá en los altos era posible que los clientes del hotel considerasen cortés delegarse en uno de ellos para que saludasen al recién llegado. A fin de cuentas, como decían los abuelos, a la tierra que fueres haz lo que vieres.

Cuando, por un lado no sabiendo qué decirle y por otra cediendo francamente a una viva necesidad personal de expansión, acabé hablándole de poesía -ejercicio inofensivo, pero que me ha entretenido y preocupado quién sabe cuántas veces- su cara expresó una deliciosa beatitud.

-Veo que este arte le interesa -me permití decirle-. Y ya que tengo delante una persona distinguida y amable (en este punto le dediqué algún tipo de inclinación de cabeza, que me fue devuelto), yo, aquí donde me ve, obligado por la antigua costumbre hospitalaria de conversar sobre una cosa u otra, le quisiera plantear y, eso espero, resolver un problema que me ha sido quebradero de cabeza desde hace mucho tiempo.

El desconocido movió los labios en respuesta, y me pareció que decía:

-Adelante, adelante, al grano. Y puede confiar en mi particular atención. Créame: vale la pena haber nacido para tener el gusto de oírlo.

El cumplido me pareció exagerado, pero de su cara no había disminuido el aire de ingenua admiración, cosa que, la verdad, me alentaba.

Después de uno o dos carraspeos discretamente indicativos de la coveniencia de que se nos ponga la mayor atención posible, busqué el modo de hacerle inteligible mi teoría.

-Vayamos al asunto. Se trata de la aparición súbita, inexplicable, del “verso dado” en el espíritu del poeta cuando él no tiene la idea ni mucho menos el propósito de retomar su trabajo. Esta línea maravillosa se le ocurrirá en medio de otras tareas, o bien distraído, en plena divagación de espíritu; y en otras ocasiones caminando o a punto de quedarse dormido. Pero este nacimiento por sorpresa, totalmente gratuito, no es la única cualidad de la intrusa. Goza de dos más: la primera es su energía y perfección; la segunda, la tácita imposición, que casi nos anonada, de una altura estética similar para el futuro poema.

Me pareció ver en mi visitante cierta tendencia a dejar caer los párpados superiores.

-¿Lo canso? -me permití preguntarle, de una manera vagamente incisiva.

-En modo alguno -me pareció que murmuraba-. Si me he permitido cerrar los ojos ha sido para intentar “ver” mejor lo que me dice.

-De cualquier manera, acabaré en seguida. Estoy de acuerdo, gracias a modestos experimentos particulares, con lo dicho por Shelley: “Cuando se comienza el poema, su inspiración ya ha disminuido”. La inspiración, realmente, no ha sido más que la obra de una sola palabra, casi de una palabra cualquiera, recogida no obstante excepcionalmente en alguna lectura un tanto distraída, o en la conversación de dos desconocidos que pasan, o nos ha saltado a los ojos en un diccionario donde buscábamos muy otra cosa. El caso es que al llegar a nosotros ni nos interesa ni la tomamos en cuenta. Sin embargo, mientras la desterrábamos (o creíamos haberla desterrado) la hemos dejado caer en nuestro subterráneo: en el subterráneo siempre más o menos activo en nuestras vidas y que denominamos, ignorantes que somos, olvido. Allí se conservan, disimulados pero potencialmente activos, tesoros acumulados desde la infancia: paisajes sin nombre, sombras y claridades inciertas y prendedoras, deseos en botón de flor abandonados en un rincón, temores mezclados con tentaciones, sedimentos como de crepúsculos soberanos, añoros de lo que nunca conociéramos, intuiciones submarinas o interestelares; aquel antro es intimísimo, inviolable y siempre cambiante, debido al juego recíproco de todo lo que allí hemos dejado: el único huésped admitido es, pues, de tiempo en tiempo, una palabra casual y causal que allí hace obra mágica en un dos por tres, se corona de todo un verso, y nos asegura, si procuramos continuar aquella altura cualitativa, una medida de fama más o menos duradera.

En aquel momento de mi explicación vi brillar una cierta chispa en los ojos de mi huésped.

-Siento informarle que su hallazgo es antiguo, aunque, para decirlo popularmente, no tanto como andar a pie. Recuerde que la alta estirpe helénica, de tanta soltura para las representaciones antropomórficas del universo, atribuyó las creaciones artísticas a las musas, actuantes en el espíritu del hombre. Y ¿de quién habían nacido las musas, las inspiradoras, las creadoras de novedad? De Mnemosina, la Memoria. La psicología moderna...

Iba, decidido, a interrumpirle violentamente cuando, poniendo más atención en mirarlo, me di cuenta que mi interlocutor, o mejor dicho la irreal apariencia que me había parecido serlo, consistía en mi propia imagen en el espejo de un armario que tenía enfrente.


Nobleza del soneto

El primer poeta de España es el pueblo, sin rival en sus modos imaginativos de agudísima fineza, en su estado de gracia verbal, en su trato rico y variado del verso, caracterizado por su extrema plasticidad y libertad1. Cierto que en modo alguno se confina la sobrexcelencia del pueblo español a la poesía. El campesino de ruin haber y casa de adobes, hecho a la crudeza del clima y la fortuna y a la soledad de los descampados, es a menudo más señoril que el grande de España. El vivo, lozano instinto religioso del hermano lego, no se halla compensado por capacidad de exégesis ilustre en el abad. La filosofía está en los refranes. El analfabeto, habitante de una madriguera, sin casi más que la virtud telúrica y unas sentencias gnómicas que heredó de sus pasados, un día, cuando un escalofrío de grandeza o de pasión de justicia asalte el cuerpo entero de la nación y le haga sacudir la inercia resignada, cobrará una intuición genial que acaso abandonara durante décadas y décadas a los irreales cuadros dirigentes.

Con asombro típicamente francés cuenta Edgar Quinet, al relatar su viaje español de buen romántico cuidadoso de su reputación2, que el Duque de Rivas está escribiendo versos del mismo tipo a que se muestra adicto su mozo de mulas. Dejemos a un lado esta desconsideración del romance, poco hegeliana, para decir que lo verdaderamente asombroso para quien se detenga en el examen de la poesía española, es la frecuente claudicación en el gusto o el interés, la opacidad, la oquedad, la frialdad y la pesadumbre del mester de clerecía, del arte poética enseñada por maestros, profesada con empaque y diploma, en cuanto el devoto del numen sonoro se aleja desdeñoso de la piscina lustral que alimentan ricas linfas sin nombre.

Es imposible recordar sin delicia versos de Góngora, como el que acaso venga a resultar el más moderno de la lírica española, y que reza:


De una desigualdad del horizonte.
Pero el mismo Góngora, tan animado a lo “culto”, equipado con tan densa solicitud latina y toscana, procede, en musa alternativa, del cantar y el romance.

Las flores del romero

...............................

mañana serán miel.
Miel de poesía no menos que miel amorosa.

La poesía popular desempeña muy a menudo entre los poetas españoles funciones de disciplina clásica. Contra la redundancia chacharera o seudotribunicia, encarece la virtud de la concisión, de la derechura de la palabra viva, despejo y eficacia máxima de cualquier dicho o discurso; naturalmente leve, enseña la sugestión, harto más poética que la aseveración importante, a que tiende el genio ético español; e incita con su ejemplo a la gracia y ardimiento del tropo. Exalta la lozanía del lenguaje y ofrece singulares aeropuertos a la imaginación.

Pero si hemos de estimar irrenunciable el estímulo y las lecciones parciales de la poesía popular, será inútil acudir a ella para el completo amaestramiento que sazona el gusto, o el estudio de los cánones que gobiernan el pleno juego de compases, concordancias, trabaduras y voladizos de la eurritmia, o la educación, por ejemplos varios y acabados, de la calidad autocrítica.

Entre las formas poéticas no nativamente españolas, el soneto es probablemente la más genuinamente artística, por su estructura, por su tono, por su equilibrio, por su exigencia, por esa su condensación que invita a la intensidad.

La excesiva difusión del soneto para fines de galantería, adulaciones al poderoso, efusiones congratulatorias o necrológicas, etc., pudo hacerse hastiosa en el siglo XVIII, pero el romanticismo, a pesar de las aprensiones de algunos dii majores, le halló, desde Goethe hasta el ya clásico Valéry, en honra entre poetas de toda bandería. El romanticismo español no tuvo su Foscolo, su Keats, su Baudelaire. El soneto de lengua española florece en copia tropical en los países de América, y de rechazo, desde Rubén Darío, en la España estricta. Véase cómo resplandece la lengua castellana en la leyenda de Acteón, labrada en esmalte por Alfonso Reyes:
Diana
A juzgar por el ruido de la fronda,

alguien llega: un temblor en el ramaje

revela fuga, o tímido espionaje

de caprípedos. Surgen de la honda

selva las ninfas y, bailando en ronda,

cercan a Diana que olvidó el ropaje

y se recata mal con la salvaje

y enmarañada cabellera blonda.

De pronto escapan. Un galope truena;

ceden las juncias; la hojarasca suena.

Y en lugar del raptor que las espanta,

ciervo nervioso y ágil aparece,

huella el suelo, y extático levanta

la grave cornazón que lo ennoblece.
Como es de común conocimiento, soneto es voz de directo origen italiano. Pier delle Vigne, canciller del asombroso emperador Federico II Hohenstaufen, fijó su estructura más antigua (ab ab ab ab cde cde). Bueno es tener en cuenta que “los trovadores provenzales, huyendo de la persecución religiosa, hallaban franca hospitalidad en la tolerante corte de Palermo y excitaban en ella la emulación de los poetas sicilianos” 3. El hecho de constituir el soneto una evolución de la estrofa de la canción provenzal es tan manifiesto, que un monumento a toda gloria y reivindicación italiana como la Enciclopedia dirigida con distinción por Giovanni Gentile, no puede menos de reconocer que se produjo la aparición del soneto italiano “sotto lo stimolo di modelli provenzalli”. En efecto, la poesía artística novolatina nació y floreció en Provenza, y conquistó para la lengua trovadoresca su título de instrumento internacional de la literaria gentileza. Escuela fue aquella de cortesía y sutileza, culto litúrgico del amor idealizado4, promoción al gozo estético puro, labra artificiosa y primorosa de la inteligencia y la sensibilidad, contrapartida casi renacentista de la ojiva y el silogismo.

De ese espíritu encontramos huellas patentes hasta en los sonetos de la Vita Nuova; y tal influencia, autorizada por Petrarca y Dante, cuyas divinas guiadoras fueron dos mujeres, incólumes en el espíritu de ellos como sólo servidas con remotos suspiros, duró hasta el resurgimiento y difusión cortesana de la filosofía de Platón, con lo que aún en el nuevo entendimiento de amor fueron útiles aquellas palabras antiguas y dejos de primorosos ensimismados.

Alguna vez ha sido sugerida la eficacia, mirando a la identificación, en cada caso, de las naturalezas poéticas, de la distinción (útil, a pesar de su empleo de nombres históricos, para todos los tiempos) entre poetas trovadores y poetas troveros. Para los troveros, que ilustraron la langue d´oil, la trama, el hecho, lo ocurrido, es lo que más altamente importa; los prestigios del lenguaje alado son aquí servidores, instrumentos de un propósito honrado en que se halla implícita la crónica, y a las veces casi el inventario. Para los trovadores, gloria de la lengua d´oc, la palabra, la forma, son preeminentes, y su felicidad el sumo negocio; la belleza, más que en las grandes hazañas, en el milagro de la primavera o aún en la perfección de la mujer amada, está en un nuevo retiñir de las voces, en la fórmula incantatoria del metro, en lo recamado sobre el pretexto, en la estilización que perpetúa o trasciende cada lampo del sentido o de la mente.

Cada senda tiene sus riesgos. Allí la palabra puede ser pesada, aquí hueca. Pero si poesía, según términos zoroástricos, podría casi traducirse como pintura aparente de realidades no manifiestas, su proceso activo es el de la emoción verbal transfiguradora, apenas distinguible en su traza de la creación onomatopeica y metafórica del lenguaje, con la increíble elasticidad latente de las diversificaciones semánticas. El concepto recabado por el ritmo, seducido por la rima, es más genuinamente bello que el preconcebido y prefijado en estados de conciencia deliberante.

La precaución del poeta nativamente trovador, que es el más artista, habrá de estribar en la exigencia de esencialidad y de intensidad, para la que no es ciertamente medio único, pero sí uno de los más valiosos y perfectos, la estricta combinación matemática y musical del soneto, breve pero robusta, cerrada pero compleja, hostil a lo incompleto como a lo superfluo.

La poesía, como el lenguaje, nació en música. Espíritu, música y verbo se hallaban, por ejemplo, en no sé qué modulación feliz, ya individualizada, que expresaba la alegría por el retorno de la luz solar. Así se encuentran en la semilla el astil, las hojas, la flor y el fruto. Verbo, música y espíritu guardan de aquel estado primero inequívoca influencia.

Todavía poesía lírica, en estadios de civilización ejemplar, significa poesía cantada. Músico nació el soneto, como lo declara, además de su historia, el sentido etimológico de su nombre.

Para entender claramente la trascendencia de la emancipación formal de la poesía, veamos en el folklore de cualquier país lo ocurrido en la canción bailada (balada) y en la canción de faena. La poesía funge allí de pauta de un ritmo; o de recurso, por asociación, memorativo. Y es harto común que esos versos aleccionadores sean tan hueros de sentido como el tecleteo de los dedos sobre el cristal de una ventana. Veamos, por otra parte, lo que ocurre en la canción artísticamente elaborada, cuyo texto poético, muy acertadamente a mi ver, se llama en francés paroles. Por regla general lo más interesante para el compositor, lo de más patético efecto en el auditorio, no es la labra exquisita del verso, y lo que ella guarece: un sentido total, condicionado, matizado, flexible

-sino algunas voces elementales, al paso entresacadas y por sí mismas embelesadoras, gotas de aljófar de la dicción que la música, mediante su magia particular, convierte por un instante en océanos infinitos. En la asociación de poesía y música sólo se consigue el neto predominio de la primera en la canción-relato, a cuyo tipo pertenece el romance popular español; allí una sencilla melodía, repetida incesante e invariablemente, obra como mera atmósfera, más bien asistiendo a la magnetización del oyente por el texto poético: la atención se fija en el desarrollo de éste, no reclamada por variaciones de aquélla. Pero aquí es a la música a quien incumbe, no sólo condición subalterna, sino también permanencia en formas elementales.

El soneto, estrofa independizada (todavía queda en él, recuerdo de su origen, la libre disposición de los tercetos contrastando con la fijeza para los cuartetos impuesta), debió de servir a un más complejo y sabio ejercicio musical. Pero en definitiva la estrofa desprendida de la canción, se desprendió, con su lógica objetiva, de la música, ya que no habrá de tardar en manifestarse su carácter de suscinto pero exclusivo templo de la poesía, acicate de perfección, prueba conjunta de intensidad y plasticidad, y, como dictó Carducci, breve e amplissimo carme.

Esta emancipación era necesaria para el logro absoluto de la calidad artística peculiar al verbo. Y lo que se perdiera en socialización de la poesía ayudada o ayudadora, se ganó en la muy preciosa preservación del texto. Todo poema destinado a su divulgación por medio de alguna especie de joculares, no era texto cerrado sino abierto a infinitas cooperaciones, como le ocurre a la canción popular, que no es necesariamente por gentes populares inventada, pero sí entre ellas flotante, en crónica indecisión.

Quiere el primer verso de este suscinto poema dar el tono, especializar la atención; y, en cierto ejemplo clásico de soneto, que empieza o podría empezar los cuartetos con el adverbio como y los tercetos con el adverbio así, conviene que ofrezca ya la metáfora que en la primera parte de él se glosa.

El alma graciosa del soneto, su quid divinum, se halla en la transición de los cuartetos a los tercetos, que conllevó en los comienzos una transición musical, y es acechada por el oído educado con golosa expectación. En el sentido, además, se trata del paso de una composición de lugar a una revelación íntima del trazo esencial, de la postura definitiva, o, aún más egregiamente, del alma secreta de que fue emblema una apariencia evanescente. Y así como el primer verso del soneto debe ser promesa cabal, cumple al postrero comprender toda la esencia a la que se ha llegado por un exquisito laberinto de ecos.

La variedad posible en la distribución de los versos de los tercetos (me refiero al soneto petrarquiano, adoptado por Garcilaso, Camoens y Milton), permite que éstos se desarrollen con regularidad de ondas (cde, cde); o que, por ceder tal vez a la influencia de los cuartetos, adopten más decidida trabazón (cde, ddc); o que procuren una impresión de gradual alejamiento o amplitud (cde, cde), como, por ejemplo, en los sonetos de Herrera; o que aún más esfumen la rima final (cde, dec), modo al que, por ejemplo, fue adicto Bartolomé Leonardo de Argensola. No agotan, por cierto, las combinaciones referidas todas las posibilidades, pero sí cabe considerarlas como las más eficaces.

Las virtudes esenciales del soneto perduran contra lo que haya podido suponer alguna voz crítica, en formas relativamente distantes del dechado petrarquiano, entre las cuales tal vez sea la más diversa la adoptada por Shakespeare, con sus tres cuartetos heroicos y su dístico final, o como decían los italianos, rima baciata. Su esquema de rimas (abab, cdcd, efef, gg) aumenta el trecho de la imaginación, y concentra la sentencia ética o hace más concentrado, más parecido a un fuerte decreto el resumen de la esencia poética. Pero a pesar de toda peculiaridad, existe la sólida y cerrada estructura, la condensación, la confidencia de llave metafórica, la transición o volta, el límite numérico que ciñe una inspiración completa, guardada, en que no ya lo superfluo sino aún lo inesencial no halla cabida.

Nada menos que un nuevo Lucero pedía Cristóbal de Castillejo, paladín de las coplas castellanas, contra la nueva moda del arte lírico italiano, por Garcilaso acreditada con tan altos merecimientos. Había sido el tal Lucero, según Puigblanch en su Inquisición sin máscara, inquisidor que en Córdoba a principios del siglo XVI, tenía esta linda divisa: Démele judío y dar-he-le quemado. Claro que la demanda de Castillejo era exageración burlesca, y que no hemos de ver en ella una reiteración de la crueldad de Apolo hacia Marsias, tan a lo vivo pintada por Ribera:


Pues la santa Inquisición

suele ser tan diligente

en castigar con razón

cualquier secta y opinión

levantada nuevamente,

resucítese Lucero

a corregir en España

una muy nueva y extraña,

como aquella de Lutero

en las partes de Alemaña.
En esta misma composición, dirigida “Contra los que dejan los metros castellanos y siguen los italianos”, exclama el fácil caramillero de Ciudad-Rodrigo:
Y a muchos de los que fueron

elegantes y discretos

tienen por simples pobretos

por sólo que no cayeron

en la cuenta a los sonetos.
Y, convocados por él los fantasmas de los viejos poetas, parecíale oír esta declaración espirítica de Bartolomé de Torres Naharro:
Torres dijo: “Si yo viera

que la lengua castellana

sonetos de mí sufriera,

fácilmente los hiciera,

pues los hice en la romana;

pero ningún sabor tomo

en coplas tan altaneras,

escritas siempre de veras,

que corren con pies de plomo,

muy pesadas de caderas”.
Creíase Castillejo buen nacionalista velando como aduanero de frontera contra el acceso a España del endecasílabo, que había de ser su verso mayor, no sólo indispensable en la lírica, sino aún llamado, en las propias tablas, a compartir la popularidad del octosílabo, o a acreditarse, con la más elástica soltura, en los desempeños de la musa burlesca.

Por lo demás casi no es necesario advertir que la pesadez de un verso no depende de su longitud métrica, y que un examen, aún superficial, del amaneramiento en que venía a dar la tradición medieval en decadencia, hace parecer al discreto feliz ventura que al fin se escribiera de veras, y tan de veras, que era con toda la pasión y la emulación características del Renacimiento.

Del arte de los copleros quedó en España, jactándose de ser poesía, una facilidad inane, una habilidad exterior, de temas generalmente manidos, y que -sic transit gloria mundi- se ejercitó, a su tiempo, en el mismísimo soneto. Incluso altos poetas incurrieron a las veces en la flaqueza del soneto chirle, en que la noble estructura queda reducida a un tejemaneje de catorce líneas deslavazadas, en modo alguno correspondiente a la definición de Dante Gabriel Rossetti:
A Sonnet is a moment´s monument,

memorial from the Soul´s eternity

to one dead deathless hour. Look that it be,

whether for lustral rite or dire portent,

of its own arduous fulness reverent:



carve it in ivory or in ebony,

as Day or Night may rule; and let Time see

its flowering crest impearled and orient.
Hay un elegante, injustamente olvidado soneto de Francisco de Figueroa, en que se halla el germen de una estética utilísima para las letras castellanas. Justo será transcribirle aquí:
Las musas en venta
¿Hay quién quiera comprar nueve doncellas

esclavas o a lo menos desterradas

de las tierras do fueron engendradas?

¿Hay quién las compre? ¿Quién da más por ellas?

Fueron un tiempo en todo extremo bellas,

airosas, ricas, graves y estimadas;

y aunque de muchos fueron recuestadas

bien pocos alcanzaron favor de ellas.

Ahora van las tristes mendigando

de puerta en puerta, rotas y baldías,

y aún por sólo el comer se venderían.

Pues no son muy golosas; que en hallando

hierbas, flores u hojas, pasarían

con sombras frescas y con aguas frías.
Dieta de pureza, indigencia de todo lo que no es pureza. Programa divino, pues los flacos mortales a menudo buscan otras cosas, o en ellas se extravían. Pero la belleza está en peligro, y las musas en venta, si por efecto de una decadencia siempre al acecho, nunca perfectamente cohibida, se disocia el trazo del propósito, y se bifurca la poesía en disciplina de hojarascas de oro o de aseptizada sequedad de conceptos. Por fortuna la poesía vuelve por sus fueros, y el último delicioso verso del soneto de Francisco de Figueroa podría ser definición o divisa del genio poético del moderno Antonio Machado, de tan admirable correspondencia, en su plena personalidad, con las mayores cumbres tradicionales de la poesía española.

Garcilaso de la Vega es uno de los más puros poetas españoles. A la influencia toscana, que acreditó en su dulcísima habla española, unió la del alto poeta catalán Ausiàs March, grande escolástico de amor, y evocador fiero de la violencia y la vanidad del goce, autor del verso vehemente Tots mos desigs sobre vós los escamp 5. De Ausiàs supo Garcilaso por Boscá (Boscán en castellano), y entrambos amigos siguieron al catalán de Valencia: Garcilaso alguna vez muy estrechamente. Recurriré a dos sonetos suyos, de los menos repetidos por autores gregarios de florilegios:


IV
Un rato se levanta mi esperanza.

Tan cansada de haberse levantado

torna a caer, que deja, mal mi grado,

libre el lugar a la desconfianza.

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza

del bien al mal? ¡Oh, corazón cansado!

esfuerza en la miseria de tu estado,

que tras fortuna suele haber bonanza.

Yo mismo emprenderé, a fuerza de brazos,

romper un monte, que otro no rompiera,

de mil inconvenientes muy espeso.

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,

quitarme de ir a veros como quiera,

desnudo espiritu u hombre en carne y hueso.

XI
Hermosas ninfas, que en el río metidas

contentas habitais en las moradas

de relucientes piedras fabricadas

y en colunas de vidrio sostenidas;

agora esteis labrando embebecidas,

o tejiendo las telas delicadas,

agora unas con otras apartadas,

contandoos los amores y las vidas,

dejad un rato la labor, alzando

vuestras rubias cabezas a mirarme.

Y no os detendreis mucho según ando

que no podreis de lástima escucharme;

o convertido en agua aquí llorando,

podreis allá despacio consolarme.
El delicado artífice de la regalada Imitación de diversos, Fray Luis de León, captó como ningún otro autor castellano el tono y el arte de los sonetos del Petrarca en su famoso Agora con la aurora se levanta, uno de sus poemas de más igual y acabada perfección. Ante este solo soneto palidece de envidia todo el frío esfuerzo de otro eclesiástico petrarquizante, Fernando de Herrera, poeta de una deidad femínea llamada indistintamente Luz, Heliodora, Lucero y Lumbre, y que, según Francisco Pacheco “con aprobación del Conde, su marido, aceptó ser celebrada de tanto ingenio”. Comprendo y apruebo al marido, para el que tales homenajes sólo implicaban seguridades, siquiera por lo tocante a la eficacia particular del vate. Por fortuna, influyó al poeta con mayores bríos el azar tonante de las batallas.

Sonetos como los de Herrera, meros ejercicios retóricos, desconocen, en aras al trato exclusivo de un juego de pies y de rimas, la dificultad mayor del soneto, la interna y genial. Se trata de pasar de un fenómeno plástico, que tiene categoría, más que de pretexto, de prefiguración, a la revelación profunda del espíritu. La dificultad formal no fue impuesta para evadir la pasión, sino para garantizar su autenticidad y asentarla en poderío superior a la contingencia. Tal ha sido la práctica ilustre, desde el Dante hasta Paul Valéry; y no es argumento en contra de ello lo que no existe, quiero decir la vegetación de fracasos de la mediocridad.

Lope de Vega, como los muy ricos, que siempre piden más, abarcó todos los matices de su edad. Fue popular, fue coplero, fue culto, fue conceptista, y, por encima de todo, fue Lope. Se le deben tres de los mejores sonetos de España, tan conocidos que es excusable prescindir de su transcripción: el Suelta mi manso, mayoral extraño, lleno de la ternura que le inspirara la auténtica Dorotea, el memorable ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras...?, inspirado en un texto del beato Juan de Avila, y el soberbio medallón consagrado a Judit, que se me antoja inducido por un rico lienzo veneciano o flamenco, y en que ya se halla potencialmente el parnasiano Heredia. Pero sí quiero sacar aquí para desesperación de mediocres, una muestra suya bizarra, muy española, de que el desembarazo en el verso y el soberbio dominio del idioma pueden dar al mismo conceptismo, por rara fortuna, maravillosa turgencia:
A la noche
Noche, fabricadora de embelecos,

loca, imaginativa, quimerista,

que muestras al que en ti su bien conquista

los montes llanos y los mares secos;

habitadora de celebros huecos,

mecánica, filósofa, alquimista,

encubridora vil, lince sin vista,

espantadiza de tus mismos ecos:

la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,

solícita, poeta, enferma, fría,

manos del bravo y pies del fugitivo.

Que vele o duerma, media vida es tuya;

si velo, te lo pago con el día

y si duermo no siento lo que vivo.
Con sumo desembarazo omitido en las antologías poéticas, Miguel de Cervantes Saavedra es autor de un bello soneto que se halla, por su mal, en el libro menos leído -y uno de los más celebrados y curiosos- de las letras españolas: el Persiles. Ofrezcámosle siquiera el desquite modesto de aparecer entre estos renglones:
Mar sesgo, viento largo, estrella clara,

camino, aunque no usado, alegre y cierto,

al hermoso, al seguro, al capaz puerto

llevan la nave vuestra, única y rara.

En Scilas ni Caribdis no repara,

ni en peligros que el mar tenga encubierto,

siguiendo su derrota al descubierto,

que limpia honestidad su curso para.

Con todo, si os faltare la esperanza

del llegar a este puerto, no por eso

gireis las velas, que será simpleza.

Que es enemigo Amor de la mudanza,

y nunca tuvo próspero suceso

el que no se quilata en la firmeza.
No recuerdo en soneto español más bella entrada que la de esos dos primeros versos.

Conceptismo y gongorismo se ejercitaron en el soneto. Don Luis de Góngora fue en él maestro. Tiene esa estructura solícita algo de camarín o estuche, al que no repugna, en manos de un depurado artista, cierto grado de preciosismo instrumental. La aridez del conceptismo le es más opuesta. De él se salió Quevedo en su soneto capital, el tan conocido en que refiere la condolencia cósmica en la muerte del duque de Osuna, con sonoridad y grandeza beethovenianas. Curiosamente el más imperial de los sonetos españoles, empieza por un reproche a la ingratitud de España. Aquél sí que fue imperio, con españoles imperiosos, de espíritu no sojuzgado.



Los sonetos de Góngora han venido a ser muy modernos por su ambición y su sensibilidad. Acaso los sonetos no menos tersos que estilizados hayan sido víctimas de la atención preferente al arte más peculiar del gran cordobés. Por tal vez injustamente pospuestos citaré aquí dos, de los que diré, sin tenerlo por detracción, que hubieran podido ser caros a Garcilaso:
A una dama que, habiéndola conocido hermosa niña,

la vio después hermosísima mujer
Si Amor entre las plumas de su nido

prendió mi libertad, ¿qué hará agora,

que en tus ojos, dulcísima señora,

armado vuela, ya que no vestido?

Entre las violetas fui herido

del áspid que hoy entre los lilios mora;

igual fuerza tenías siendo aurora

que ya como sol tienes bien nacido.

Saludaré tu luz con voz doliente,

cual tierno ruiseñor que en prisión dura

despide quejas; pero blandamente

diré cómo de rayos vi tu frente

coronada, y que hace tu hermosura

cantar las aves y llorar la gente.


A un arroyo
¡Oh claro honor del líquido elemento,

dulce arroyuelo de luciente plata,

cuya agua entre la hierba se dilata

con regalado son y paso lento!

Pues la por quien helar y arder me siento,

mientras en ti se mira, Amor retrata

de su rostro la nieve y escarlata

en tu tranquilo y blando movimiento,

vete como te vas; no dejes floja

la undosa rienda al cristalino freno

con que gobiernas tu veloz corriente:

que no es bien que confusamente acoja

tanta belleza en su profundo seno

el gran señor del húmido tridente.
Debemos al Conde de Villamediana, gran señor fastuoso, amigo de obras de arte, armas antiguas y caballos, satírico implacable, estrellero y agorero, alto en valor e ingenio, infausto enamorado de una reina, uno de los más bellos sonetos de su tiempo y nación, perfecto en su ecuación de gracia y gravedad:
Al arroyuelo de un prado
Risa del monte, de las aves lira,

pompa del prado, espejo de la aurora,

alma de abril, espíritu de Flora,

por quien la rosa y el jazmín respira:

aunque tu curso, en cuantos pasos gira,

perlas vierte, esmeraldas atesora,

tu claro proceder más me enamora

que cuanto en ti naturaleza admira.

¡Cuan sin engaño tus entrañas puras

dejan que por luciente vidriera

se cuenten las guijuelas de tu estrado!

¡Cuan sin malicia cándido murmuras!

¡Oh sencillez de aquella edad primera!

Perdiola el hombre y adquiriola el prado.
Entre los poemas de don Antonio Hurtado de Mendoza, el discreto de palacio en la corte del Buen Retiro, figuran dos sonetos admirables por calidad y dignidad de inspiración y lengua.
La guerra
Sangrienta perdición, yugo tirano,

guerra cruel, origen y osadía

de la injusta primera tiranía

que puso cetro en poderosa mano.

Bárbara ley, tan murmurada en vano:

ayudar del morir a la porfía,

como si no costara solo el día,

como si no sobrara el ser humano.

Mas aunque más, oh guerra, estás culpada,

es mayor la de fáciles antojos

en bello campo de belleza armada.

No quiero amor; más quiero dar enojos

a la dura violencia de una espada

que a la blanda soberbia de unos ojos.


La soledad
Amable soledad, muda alegría,

que ni escarmientos ves ni ofensas lloras,

segunda habitación de las auroras,

de la verdad primera compañía;

tarde buscada paz del alma mía

que la vana inquietud del mundo ignoras,

donde no la ambición hurta las horas

y entero nace para el hombre el día.

¡Dichosa tú que nunca das venganza

ni de palacio ves, con propio engaño,

la ofendida verdad de la mudanza,

la sabrosa mentira del engaño,

la dulce enfermedad de la esperanza,

la pesada salud del desengaño!
El espíritu del soneto es clásico. No es de extrañar, pues, que varios poetas españoles, imbuidos por el humanismo renacentista, se valieran de él para evocar los dioses y héroes antiguos. Tales figuraciones pudieron tal vez compararse, por lo mediatas y superficiales, a ese estudio del dibujo en pobres escuelas del pasado en que los alumnos reproducían los trazos de un yeso barbudo y con traje talar cayendo en rígidos pliegues; otras veces, con más alta solicitud, se seguía la pauta de historiadores y poetas, sobre todo latinos.

Pero fue acierto de don Juan de Arguijo, ese veinticuatro de Sevilla que sabía griego, cobrar e interpretar el mito de Ganimedes como expresivo de la consagración inmortal, con fuerza y movimiento de grande eficacia:


Júpiter a Ganimedes
No temas, ¡oh bellísimo troyano!

viendo que, arrebatado en nuevo vuelo,

con curvas uñas te levante al cielo

la feroz ave por el aire vano.

¿Nunca has oído el nombre soberano

del alto Olimpo, la piedad y el celo

de Júpiter, que da la lluvia al suelo

y arma con rayos la tonante mano,

a cuyas sacras aras humillado

gruesos toros ofrece el teucro en Ida,

implorando remedio a sus querellas?

El mismo soy; no al águila eres dado

en despojo, mi amor te trae, olvida

tu amada Troya, y sube a las estrellas.
Por su parte don Francisco de Medrano, también de la culta Sevilla, huésped de Roma al cuidado de una pretensión que salió fallida, devoto asiduo de la musa horaciana, enriqueció las letras españolas con un levantado soneto estoico, español, en verdad, al par que latino, pues si hemos de creer a Estrabón, que nos cuenta la primera anécdota peninsular, estoicos fueron ponentiscos del Mediterráneo harto antes de Séneca:
A las ruinas de Itálica
Estos de rubia mies campos agora

ciudad fue un tiempo: Itálica. Este llano

templo fue en que a Teodosio y a Trajano

puso estatuas su gente vencedora.

En este cerro fueron Lamia y Flora

llama y admiración del mundo vano;

en este mismo el luchador ufano

del aplauso esperó la voz señora.

¡Cómo se murió todo! Mas erguidas

a pesar de fortuna y tiempo, vemos

estas piedras, del hado combatidas.

Pues si vencen la edad y los extremos

del mal piedras calladas y sufridas,

como piedras suframos y callemos.
De don Pedro Calderón de la Barca se cita y transcribe con preferencia el popular soneto a unas flores, sacado de El príncipe constante (Lope en su Arte de hacer comedias había establecido la utilidad del soneto para el actor que espera en la escena). Pero se hace rara vez mención de otro, discurso de rey (que aparece en la obra maestra El gran teatro del mundo), harto más importante y personal:
Viendo estoy mis imperios dilatados,

mi majestad, mi gloria, mi grandeza,

en cuya variedad naturaleza

perficionó despacio mis cuidados.

Alcázares poseo levantados;

mi vasalla ha nacido la belleza.

La humildad de unos, de otros la riqueza,

triunfos son al arbitrio de los hados.

Para regir tan desigual, tan fuerte

monstruo de muchos cuellos, me concedan

los cielos atenciones más felices.

Ciencia me den con que a regir acierte,

que es imposible que domarse puedan

con un yugo nomás tantas cervices.
Convendrá no pasar por alto dos sonetos anónimos del siglo XVII, dignos de mucho encarecimiento; de fresca y donosa inspiración el primero, y de cruel aguijón el segundo, escrito al paño por quién sabé qué lector de Tácito y Juvenal, y conocedor profundo de esa España que ya resulta pasmo del mundo por un magnífico arrebato de su pueblo o ya parece sobrevivido espantajo por la inepcia de los validos en el poder.

Dice el primero:


El que tiene mujer moza y hermosa,

¿qué busca en casa de mujer ajena?

La suya ¿es menos blanca? ¿es más morena?

¿Es fría, floja, flaca? No hay tal cosa.

¿Es desgraciada? No, sino graciosa.

¿Es mala? No por cierto, sino buena.

Es una Venus, es una sirena,

un fresco lirio y una blanca rosa.

Pues ¿qué busca? ¿do va? ¿de dónde viene?

¿Mejor que la que tiene piensa hallarla?

¿Ha de ser su buscar en infinito?

No busca él mujer, que ya la tiene:

busca el trabajo dulce de buscarla,

que es el que enciende al hombre el apetito.
Fue escrito el segundo a raíz de la concesión por Felipe IV al Conde-duque de Olivares, por la menor hazaña del socorro enviado a una plaza fronteriza, de una copa de oro anual.
Preguntas y respuestas entre un monarca

y un consejero de estado
¿Qué es lo que haceis? -En nada discurrimos.

¿Pensais en algún medio? -No sabemos.

¿Buscaisle en la justicia? -No podemos.

¿Esforzais la milicia? -No la vimos.

¿Dónde está el bien común? -No lo sentimos.

Su honra ¿dónde está? -No la tenemos.

Habladme sin rebozo. -No queremos.

Advertidme siquiera. -No advertimos.

¿Qué consultais? -Los cuándos y los cómos.

¿Y los motivos? -Eso no alcanzamos.

De guerra ¿qué sentís? -Perdidos somos.

¿Socorreis al imperio? -No atinamos.

¿Hay alguna esperanza? -Ni aún asomos.

¿Y el caso de la copa? -En eso estamos.
De Terrazas, cronológicamente primer poeta mexicano, cuya obra acaba de editar amorosamente uno de los mayores nombres de esta erudición y crítica literarias, el señor Castro Leal, sería lamentable omisión no citar un curioso e impresionante soneto, que en aquella su edad hacía presentir los todavía tan lejanos modos surrealistas:
Soñé que de una peña me arrojaba

quien mi querer sujeto así tenía,

y casi ya en la boca me cogía

una fiera que abajo me esperaba.

Yo con temor buscando procuraba

de dónde con las manos me tendría,

y el filo de una espada la una hería,

y en una hierba asir la otra buscaba.

La hierba a más andar iba arrancando,

la espada a mí la mano deshaciendo,

y yo sus vivos filos apretando.

¡Oh mísero de mí, qué mal me entiendo,

pues huelgo verme estar despedazando

de miedo de acabar mi mal muriendo!
Entre la obra poética de la gran mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, hay que rendir homenaje a este diáfano y a la vez muy íntimo soneto, femenino, apasionado y altivo, dedicado a un amor sin encuentro y sin partida:

Detente, sombra de mi amor esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo

sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero

si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,

de que triunfa de mí tu tiranía:

que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu sombra fantástica ceñía,

poco importa burlar brazos y pecho,

si te labra prisión mi fantasía.
Algún día me será grato relatar la peculiar riqueza del soneto en las letras de México emancipado.

Al nombre de México está unido, por los cuidados de su prosa, pulimentada en la presentación de la historia mexicana, el de don Antonio de Solís, autor del siguiente soneto, de tono nada común en la producción poética de sus días, y présago, a su modo, del humorismo romántico:


A la rosa
Viene abril, y ¿qué hace? En dos razones

viste a un rosal de hojas, que ha tejido,

y luego toma y dice: -Este vestido

tiene ojales; pues démosle botones-.

Dáselos, y los rompen a empujones

las hormillas, que el tiempo ha colorido;

ascuas hoy, que la púrpura ha encendido,

de los que eran ayer verdes carbones.

Nace la rosa, pues, y apenas deja

el botón, cuando un lodo la salpica,

un viento la sacude, otro la acosa,

ájala un lindo, huélela una vieja,

y al fin viene a parar en la botica:

si esto es ser rosa, el diablo que sea rosa.
Basta con lo diseñado para mostrar la nobleza del soneto, por su origen; y su nobleza también como ejercicio contrapuntístico, valorador de la lengua culta, implícito correctivo de holguras, descuidos y desigualdades, y admirablemente efectivo en voces castellanas, tan radiantes bajo el cuádruplo ceñidor. Y para que entienda el discreto que mucha futura asiduidad espera de la buscada erudita y el cernido del gusto la valoración completa del tesoro del soneto español; a cuyos empeños ojalá sirva de estímulo esta mi somera instancia6.


CONVERSACIÓN CON JOSEP CARNER

Tomàs Garcés

Josep Carner nació en 1884 en una casa de la calle Aribau. Hijo único, vivió en un hogar sin compañeros, entregado a los libros. Sus primeras lecturas fueron Las mil y una noches, Andersen, Walter Scott, Dickens... Y el primer espectáculo que lo impresionó en la vida: el del anarquismo. “Presencié el atentado contra Martínez Campos -nos dice-. La bomba del Liceo barrió a la familia de un amigo mío. De rebote, me proveyó un optimismo invencible. Yo creo que nunca más ninguna cosa me espantará”. “Aquel anarquismo lo he vuelto a ver a menudo: el propio catalanismo se sintió influido, y a él debe el matiz antimilitarista y la sistemática negación del Estado que durante un tiempo lo caracterizaron”.



Los inicios del escritor
-Yo leía porque mi madre leía, y escribía por ver hacerlo a mi padre. Lo primero que recuerdo haber escrito es la sofisticación de una canción popular, a consecuencia de una lectura apasionada del Romancer de Aguiló. Mis versos se publicaron en L'Aureneta [La golondrina]. Yo tenía entonces 11 años.

Entre los 11 y los 12 estudié Retórica bajo la dirección augusta del señor Balaguer, un profesor romántico, cursi. Una vez nos puso como ejercicio un tema concreto para epigrama. Fui el único que salió adelante. Dos redondillas mías dejaron admirado al maestro. Y a propósito: presentando oposiciones al premio de Retórica fue como conocí a Esteve Terrades. Ganamos los dos.

Entré a la Universidad de criatura, alrededor del 98. La fiebre patriótica alternaba con la difusión de una estampa popular muy original sobre la guerra de Filipinas. Me acuerdo de un sabroso pareado: Azcárraga es celebrado/ por lo mucho que ha embarcado.

De esta época -Universidad, fin y comienzo de siglo- es mi primera aventura teatral: Al vapor. La estrenó Enric Guitart en el Novedades con un cierto éxito. Yo había leído las tragedias de Guimerá. Pero lo que de verdad resultó revelador y decisivo para mi vocación teatral, fue una representación de La butifarra [o El embutido] de la libertad en un ambiente catalán. Por lo demás, mi mejor drama adolescente no ha sido representado: tiene cuatro actos y dieciseis cuadros; se titula Don Juan y lo escribí en clase de Derecho Canónico.



Los Juegos Florales
-Los Juegos Florales me atrajeron muy pronto. Un jurado ilustre, presidido por el doctor Torras i Bages, premió mi poesía “Elevación”. Se trata de unos versos muy malos; no entiendo que pudiesen interesar a nadie.

Los Juegos Florales han sido una institución seria, ¡trascendental!, una manifestación culminante de catalanismo. A ellos he concurrido a menudo. Soy Maestro en Gay Saber. ¿Os lo parece? Yo no estoy tan seguro; vereis por qué. El tercer premio ordinario que gané en el pretigioso certamen -el definitivo para la concesión del título- fue por una poesía firmada con pseudónimo. Un pseudónimo conocido como mío. Pero el Jurado creyó que el procedimiento no era estatutario y se discutió mucho sobre la legitimidad del caso. No habiendo precedentes y por única vez, el Jurado estuvo de acuerdo en atribuirme con el tercer premio, el título de Maestro en Gay Saber. Pero, sin duda como una pequeña sanción -y estoy melancólico-, no se me ha enviado el diploma.



Autocrítica
-¿Quereis que hable de mis libros? Sea, pero poca cosa os diré: el Libro de los poetas lo publiqué a insistencia del padre del abogado Duran-Reynals; él lo ilustró con viñetas modernistas. Es una obra que hoy me desagrada, no hay ni que decirlo. Tal vez sólo salvaría la Elegía del final. En cambio, en el primer libro de Sonetos ya recupero alguna cosa de mi temperamento, un cierto tono del lenguaje. El Libro de los poetas estaba escrito en un estilo un poco familiar. Los Sonetos, a pesar de ser deficientes, no dejan de ser literarios: amo, sobre todos, el titulado “A una gentil madrina”. Allí canto un tema grato. Desde la infancia he sentido intensamente el hechizo de la belleza femenina. Por eso me descorazonaban las mujeres feas y recuerdo incluso como una de mis peores pesadillas aquella en que aparece una mujer rechoncha y sin gracia.

El Segundo libro de sonetos fue publicado después de Los frutos sabrosos. Allí figuran cosas antipáticas, que me molestan. En cuanto a Los frutos sabrosos, los he reescrito de nuevo. Se reeditarán dentro de la colección “La Mirada”, de Sabadell. Es un libro de curiosidad honesta, de sensibilidad lícita. Allí tintinea Samain, lo reconozco. De Los frutos sabrosos, como en general de todo lo que he escrito, puedo decir que los preside un propósito de gracia. He seguido siempre la escuela que me ha parecido más representativa. En realidad, lo que yo buscaba y sentía más eran las cosas de sensibilidad clásica (entre paréntesis: ¡qué clásico el Gide de La Porte Etroite! E Ibsen, ¡qué hombre formidable! Y Baudelaire, tan puro, al cual vuelvo siempre).



¿Seguimos con mis libros? Del Vergel de las galanías, ¿qué puedo decir sino que es un tipo de fruto del Paseo de Gracia? Vienen después, cronológicamente, Las gavillas7. No es un libro muy coherente; su título ya lo indica. Encierra sin embargo un principio de naturalidad. Hay, tal vez, una sensualidad más plena del verbo catalán en sí mismo.

La novela
-La maldad de Oriana la escribía a trozos, a medida que la imprenta de la revista “De tots colors” me reclamaba material. Es una novela que algún día procuraré reescribir. Su idea fundamental es el libro de eximplis. Siguiendo el mismo procedimiento que en La maldad de Oriana, me agradaría contar algún día dos historias antiguas: una, de Bandello; otra, de un libro anónimo. La novela es un género que me atrae. Tengo siete u ocho cosas pensadas, a punto de comenzar. El otro día, una novela entera me fue sugerida por una sola frase de una dama que tomaba el té. ¿Mi concepto de la novela? Es un género en perpetuo movimiento. Prefiero que haya acción. Mi gusto rechaza el exceso de carácter de la mayor parte de las novelas francesas.

El mecanismo de la inspiración
-Mi concepto de la poesía es, quizá, más difícil de concretar. ¿Os contentareis con saber cómo nace en mí la obra poética? Mi mecanismo es muy sencillo. Comienza con una palabra (que no será nunca extraída de una lista de palabras sonoras, ad hoc) aparecida de súbito a flor de conciencia, extrañamente sugestiva, dotada de un inefable poder de irradiación. Después, como si aquella palabra hubiese trabajado sola, se os ocurre un verso entero, tan entero que hasta dudais si no es de otro autor. Luego, el verso despliega la arquitectura que implícitamente contiene. La inspiración sigue, pues, un proceso como de germinación sucesiva. Versos que a un observador ligero le parecerán de remplissage, son, en rigor, de preparación. Por ellos, como por una rampa, el lector llega a lo esencial, al hallazgo. Por eso discrepo de Maragall cuando se contenta con los cuatrocientos versos esenciales; es un bello artificio de poeta. Por otro lado, la poesía desnuda, tal como la entendía Maragall, no existe. Su teoría de la palabra viva está también, en el fondo, equivocada.

Maragall
-De Maragall tengo un recuerdo excelente. Era un hombre gentil, un señor. Se cuenta de él que dio una bofetada sin ira. En realidad, era así: un hombre dulcificado por el ejercicio voluntario. No obstante pertenecer a un tipo humano obstinado, tenía una generosidad de comprensión y una universalidad de interés ejemplares. Era hospitalario y tolerante. Sus teorías estéticas, claro está, son muy opuestas a mis puntos de vista.

La escuela mallorquina
-Estoy mucho más cerca de la escuela mallorquina. En ella veo dos vetas distintas: una cosa es el “Duelo” y otra “La sierra”; una, “Cala gentil”, y otra “De lo árido de la tierra”. Alcover y Costa son, alternativamente, clasicistas y folklóricos. En algunas de sus composiciones domina la belleza formal. A veces, en cambio, parecen como transportados por un aliento de campo, pintoresco. ¿Debo declarar que fue la veta clásica la que me cautivó de ellos? Instintivamente nos juntamos en la ribera más alejada de aquella donde Maragall blandió su encendida bandera romántica. No me arrepiento de la decisión. ¿”El Pino de Formentor” y “Cala Gentil” no son hoy por ventura “el pino” y “la cala”?8


Pompeu Fabra
-Tengo el honor de haber sido, cronológicamente, el primer partidario de la obra de Pompeu Fabra. Para mí, la cuestión de la fijación de la lengua era, políticamente, la cuestión más grave que podían acometer los catalanes. Lo hemos comprobado fehacientemente.

El caso de Fabra se ha dado pocas veces tan perfecto en la historia de las literaturas: es un caso de equilibrio magnífico entre la ciencia y el gusto. Bajo la dirección de Fabra el progreso del catalán ha sido evidente. Tanto como el fracaso científico de sus oponentes. Y, no obstante, ¡cuántas cosas tuvimos que hacer para salvar, en el Instituto9, el criterio de Pompeu Fabra! El sacerdote Clascar, para convertir a “Xènius”, habría transigido con la y. Fueron los votos de la sección de Ciencias

-¡quién lo diría!- los que decidieron la cuestión.
En este punto se detiene la conversación con Josep Carner. Después de tres horas de escucharlo y de instigarlo a hablar, estábamos apenas a medio camino. Los temas planteados desaparecían a menudo bajo la opulencia anecdótica hacia donde el ilustre poeta se complacía en llevarlos a dar la vuelta. Nos despedimos. Al día siguiente Josep Carner partía hacia Le Havre. No he tenido ánimos de enviarle el cuestionario que, el día de la conversación, quedó en el aire, sin formular siquiera.
POEMA DEL NEGUIT

Grano de luz en un cielo empañado, poluido,

grano de polvo en un cielo descubierto... Oh desazón,

¿eres la inútil picazón? ¿el escozor que acierta?

¿fuego fatuo al azar sobre mi cuerpo en consunción,

u ojo del futuro en alerta, en alerta,

desde el ojo de la cerradura de una puerta desierta?



Carles Riba



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