Abril primavera sábado, 1°



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ABRIL

PRIMAVERA Sábado, 1°

¡Primero de abril! Tres meses, tres meses todavía. Ha sido la mañana de hoy una de las más hermosas del año. Esta contento en la escuela, porque Corten me había dicho que pasado mañana iremos con su padre a ver llegar al rey (que, según él, conoce al padre); y también porque mi madre me había prometido llevarme el mismo día a visitar al asilo infantil de la calle Valdocco. También lo estaba porque el “albañilito” se encuentra mejor, y porque ayer tarde, al pasar, el maestro dijo a mi padre: “V a bien, va bien”. ¡Y, luego, hacía una mañana tan hermosa de primavera! Desde las ventanas de la escuela se veían el cielo azul, los árboles del jardín todos cubiertos de brotes y las ventanas de las casas abiertas de par en par, con los cajones y macetas ya reverdecidos.

El maestro no se reía, porque jamás se ríe; pero estaba de buen humor; tanto, que no se le veía la arruga recta que casi siempre tiene en medio de la frente, y explicaba un problema en la pizarra bromeando. Bien se notaba que sentía un placer al respirar el aire del jardín que entraba por las ventanas, lleno de fresco perfume de tierra y hojas, que hacía pensar en los paseos por el campo. Mientras él explicaba, se oía en la calle inmediata a un maestro herrero que golpeaba sobre el yunque, y en la casa de enfrente a una mujer que cantaba para dormir a un niño. Lejos, en el cuartel de la Cernaia, tocaban las trompetas. Todos parecían contentos, hasta el mismo Stardi.

En un momento, el herrero se puso a martillar más fuertemente, y la mujer a cantar más alto. El maestro cesó de explicar y puso oído atento. Luego, mirando por la ventana, dijo, lentamente:

-El cielo que sonríe, una madre que canta, un hombre honrado que trabaja, muchachos que estudian… ¡Qué cosas tan hermosas!.

Cuando salimos de la clase, vimos que todos los demás estaban también alegres; marchaban todos en fila, marcando fuertemente el paso y cantando, como en víspera de vacaciones. Las maestras jugueteaban. La de la pluma roja saltaba siguiente a sus niños como una colegiala. Los padres de los muchachos hablaban entre sí, riéndose, y la madre de Crossi, la verdulera, tenía en la cesta muchos ramitos de violetas, que llenaban e aroma el salón de espera. Yo nunca me he sentido tan contento como esta mañana al ver a mi madre que me aguardaba en la calle; y se lo dije al correr a su encuentro:

-Estoy alegre. ¿Qué ocurre para que yo esté tan contento hoy?

Y mi madre me respondió, sonriendo, que eran la bella estación y la conciencia tranquila.



EL REY HUMBERTO Lunes, 3.

A las diez en punto mi padre vio desde la ventana a Corten, el vendedor de leña y a su hijo, que me esperaban en la plaza.

-Allí están, Enrique –me dijo-. Ve a ver a tu rey.

Bajé a escape como un cohete. Padre e hijo estaban más graciosos que nunca y jamás los encontré tan parecidos. El padre llevaba puesta en la chaqueta la medalla al valor, entre otras dos conmemorativas; los bigotes rizados y puntiagudos como dos agujas.

Nos pusimos en marcha enseguida hacia la estación del ferrocarril, donde debía llegar el rey a las diez y media. Corten padre fumaba su pipa y se frotaba las manos.

-¿Sabéis –decía- que no he vuelto a verlo desde la guerra del sesenta y seis? La friolera de quince años y seis meses. Primero tres años en Francia, luego en Mondoví, y aquí, que lo habría podido ver, jamás se dio la maldita coincidencia de estar yo en la ciudad cuando él venía. ¡Lo que son las casualidades!

Llamaba al rey, Humberto, como si fuera su camarada. Humberto mandaba la 16ª. división. Humberto tenía veintidós años y tantos días. Humberto montaba un caballo de esta y de otra manera.

-¡Quince años! –decía fuertemente, alargando el paso-. Tengo verdadera ansia de verlo. Lo dejé príncipe y lo vuelvo a ver rey. También yo he cambiado; he pasado de soldado a vendedor de leña –y se reía.

El hio le preguntó:

-Si te viera ¿te reconoceía?

Se echó a reír.

-¡Estás loco! –respondió-. ¡Pues, no faltaba más! Él, Humberto, era uno solo, y nosotros éramos como las moscas. Y luego ¡te parece que iba a estar mirándonos uno a uno!.

Desembocamos en la carretera de Víctor Manual. Mucha gente se dirigía a la estación. Una compañía de alpinos pasaba con trompetas. Dos carabineros iban a galope. El cielo estaba espléndido.

-¡Sí! –exclamó Corten padre, animándose-. Tengo un inmenso gusto de volver a ver a mi general de división. ¡Ah! ¡Qué pronto ha envejecido! Aún me parece que fue ayer cuando tenía la mochila al hombro y el fusil entre las manos en medio de aquella confusión la mañana del 24 de junio, cuando íbamos a comenzar la pelea. Humberto iba y venía con sus oficiales mientras el cañón retumbaba a lo lejos; todos lo mirábamos, y nos decíamos: “¡Con tal de que no lo toque a éste una bala!”. Estaba a mil leguas de pensar que poco después lo iba a encontrar tan inmediato, allí mismo, ante las lanzas de los ulanos austríacos; pero así, precisamente, a cuatro pasos uno de otros, hijos míos. Era un día hermoso. El cielo parecía un espejo ¡con un calor…! . Veamos si se puede entrar.

Habíamos llegado a la estación. Se veía inmenso gentío: carruajes, guardias, carabineros, sociedades con banderas. Tocaba la banda de un regimiento. Corten padre intentó entrar bajo el pórtico, pero no lo dejaron. Entonces pensó meterse en primera fila, entre la multitud que hacía calle a la salida, y, abriéndose paso con los codos, logró llevarnos adelante. Pero la muchedumbre, en sus movimientos de vaivén, nos empujaba tan pronto a un lado como al otro. El vendedor de leña se colocó pegado a una pilastra del pórtico, donde los guardias no dejaban estar a nadie.

-Venid conmigo –dijo de repente, tomándonos de la mano.

En dos saltos atravesamos el espacio libre, y se fue a plantar con las espaldas pegadas a la pared.

Inmediatamente acudió un sargento de policía, y le dijo:

-No se puede estar aquí.

-Soy del 4° batallón del 49 –respondió Corten, tocándose la medalla.

El sargento lo miró y dijo:

-Quédese.

-¡Pero si siempre lo he dicho! –exclamó Corten con aire de triunfo-. “!Cuarto del cuarenta y nueve” es una frase mágica! ¡No he de tener derecho a ver un momento a satisfacción a mi general, yo que formé parte del cuarto! Si entonces lo tuve cerca, me parece justo que ahora lo pueda ver de cerca también. ¡Y qué digo general! ¡Si fue el comandante de mi batallón por media hora, porque en aquellos momentos era él quien lo mandaba, era él quien estaba en medio, y no el comandante Ulbrich, diablo!.

En el salón de espera y fuera se veía un confuso tropel de señores y oficiales, y delante de la puerta una fila de coches con los lacayos vestidos de rojo.

Corten preguntó a su padre si el príncipe Humberto tenía la espada en la mano cuando estuvo en el cuadro.

-¡Ya lo creo que tenía la espada en la mano! –respondió-. Para poder parar una lanzada, que lo mismo podía tocarle a él que a cualquier otro. ¡Ah, los demonios desencadenados se nos vinieron encima con la ira de Dios! Corrían por entre los grupos, por entre los cuadros y por entre los cañones, como empujados por el huracán, haciendo estragos con sus lanzas. Era una confusión de coraceros de Alejandría, lanceros de Fogia, de infantería, de ulanos, de cazadores; un infierno del cual no era posible entender nada. Yo oía gritar: “¡Alteza! ¡Alteza!”. Vi venir las lanzas a la carga; disparamos los fusiles, una nube de pólvora lo ocultó todo… Luego el homo de la pólvora se disipó.. La tierra estaba cubierta de caballos y de ulanos heridos y muertos. Me volví hacia atrás y vi en medio de nosotros a Humberto a caballo, que miraba en derredor, tranquilo y como con aire de preguntar: “¿Hay alguno de

mis valientes que esté arañado?” Nosotros lo vitoreamos: “¡Viva!”, en su misma cara, como locos. ¡Santo Dios, qué momento…! ¡Ahí está el tren!.

La banda tocó, los oficiales acudieron y la gente se puso sobre la punta de los pies.

-¡Ah, no saldrá tan pronto! –dijo un guardia-. Ahora está oyendo un discurso.

Coretti no cabía en su propia piel.

-¡Ah! Cuando pienso en ello –dijo-, me parece que lo estoy viendo siempre allí. Pero está en todas partes, con los coléricos y los que sufrieron terremotos y no sé con cuánta gente más. Ha sido en todas las circunstancias un valiente, pero yo lo tengo en mi cabeza como lo vi entonces, entre nosotros y con aquella cara tranquila. Y estoy seguro de que él mismo se acuerda también del Cuarto del 49, ahora siendo rey, y que tendría mucho gusto en que nos reuniéramos a comer juntos todos los que estuvimos a su lado en aquellos momentos. Ahora tiene generales, señorones y libreas; entonces no tenía más que pobres soldados. ¡Si pudiera cruzar a solas cuatro palabras con él! ¡Nuestro general de veintidós años, nuestro príncipe confiado a nuestras bayonetas! ¡Quionce años que no lo veo…! ¡Nuestro Humberto! Esta música me enciende la sangre, palabra de honor.

Una frenética gritería lo interrumpió; millares de sombreros saludaron; cuatro señores vestidos de negro subieron en el primer carruaje:

-¡Él es! –gritó Coretti y se quedó como encantado. Luego dijo en voz baja-: ¡Virgen mía, qué canoso está ya!

Los tres nos descubrimos. El carruaje avanzaba con lentitud, en medio de la gente que gritaba y agitaba los sombreros. Yo miraba a Coretti padre; parecía otro, me parecía que fuera más alto, más serio y algo pálido, allí pegado a la pilastra.

El carruaje llegó delante de nosotros a un paso nada más de la pilastra.

-¡Viva! –gritaron muchos.

-¡Viva! –gritó Coretti, después de todos.

El rey lo miró a la cara y detuvo un momento sus ojos sobre las tres medallas.

Entonces Coretti perdió la cabeza, y gritó:

-¡Cuarto batallón del cuarenta y nueve!

El rey, que había vuelto la cabeza a otro lado, se volvió hacia nosotros, y fijándose en Coretti, extendió la mano fuera del coche.

Coretti dio un salto hacia delante y se la apretó. El carruaje pasó, la multitud se interpuso y nos quedamos separados, perdiendo de vista a Coretti padre. Fue sólo un momento. Lo

encontramos enseguida, fatigado, con lágrimas en los ojos, llamando a voces a su hijo y con la mano alzada. El hijo se lanzó hacia él, y él gritó:

-¡Ven acá, chiquitín, que todavía tengo caliente la mano…! –y le pasó la mano por la cara, diciendo-: esta es una caricia del rey.

Allí se quedó como si despertase de un sueño, contemplando a lo lejos el carruaje, sonriendo, con la piña entre las manos y en medio de un grupo de curiosos que lo miraban.

-Es uno del cuadro del 49 –decían.

-Es un soldado que conoce al rey.

-Es el rey quien lo ha reconocido.

-Es él quien le tendió la mano.

Ha dado un memorial al rey –dijo otro más fuertemente.

-No –respondió Coretti, volviéndose con brusquedad-, no, yo no le he dado ningún memorial. Otra cosa le daría, si me la pidiese…

Todos se quedaron mirándolo.

Y él, sin inmutarse, dijo:

-¡Mi sangre!



EL ASILO INFANTIL Martes, 4.

Mi madre, según me había prometido, me llevó ayer, después de almorzar, al asilo infantil de la avenida Valdocco. Iba para recomendar a la directora una hermanita de Precossi.

Yo no había visto nunca un asilo. ¡Cuánto me divertí! Eran doscientos entre niños y niñas, tan pequeños que los de la sección primera de nuestra escuela son hombres a su lado. Llegamos en el momento en que estaban formados en el refectorio, donde había dos larguísimas mesas con muchos agujeros redondos y en cada uno una escudilla negra, llena de arroz y alubias, y una cucharilla de estaño al lado. Al entrar, algunos se caían y permanecían sentados en el suelo, y allí se quedaban hasta que venía alguna maestra a ponerlos de pie. Muchos se paraban delante de una escudilla, creyendo que aquel era su sitio y engullían a escape una cucharada, cuando llegaba una maestra y les decía: “¡Adelante!” Avanzaban tres o cuatro pasos, y vuelta a tragar otra cucharada, y así hasta

que llegaban a su puesto después de haber picoteado una media ración a cuenta de los demás.

Finalmente, a fuerza de empujar y gritar: “¡Despachad! ¡Vamos pronto!”, Los pusieron a todos en orden y comenzó la oración. Pero los de las filas interiores, que al rezar tenían que ponerse de espaldas a la escudilla, constantemente se volvían a mirarla, temiendo que se la llevasen, y así rezaban con las manos juntas y los ojos al cielo, pero con el corazón en el plato. Después se pusieron a comer. ¡Oh, qué espectáculo más divertido! Uno comía con dos cucharas; otro se arreglaba las manos; muchos separaban las alubias, las metían en el bolsillo y las golpeaban hasta hacer una pasta. No faltaba quien dejaba de comer, embobado con el vuelo de las moscas, ni quien al toser lanzase una lluvia de arroz por su boca. Un gallinero parecía aquel comedor. Pero, así y todo, el espectáculo era gracioso. Las dos filas de niñas hacían hermoso conjunto, con sus cabellos atados atrás con cintas rojas, verdes, azules. Una maestra preguntó a una fila de ocho niñas:

-¿En dónde nace el arroz?

Las ocho, abriendo de par en par la boca llena de comida, respondieron a una voz, cantando:

-Nace en el agua.

Luego la maestra mandó:

-¡Manos en alto!

Daba gusto ver entonces cómo de todos los bracitos, que dos meses antes estaban fajados, salían las manecitas, agitándose como si fueran otras tantas mariposas blancas o rosadas.

Después fueron a jugar, no sin haber recogido antes sus cestitas con la merienda, que estaban colgadas en las paredes. Salieron al jardín, se desparramaron y sacaron sus provisiones: pan, ciruelas, pasas, pedacitos de queso, un huevo cocido, manzanitas, puñaditos de cerezas, un ala de pollo. En un momento quedó cubierto el jardín de migajas, como si se hubiera esparcido granza para bandadas de pájaros. Comían de las maneras más extrañas, como los conejos, como los topos y como los gatos, royendo, lamiendo, chupando. Un niño sostenía de punta contra el pecho una rebanada de pan y la untaba con un níspero como si estuviese sacando brillo a una espada. Había niñas que estrujaban en la mano requesones frescos, que escurrían por entre los dedos como si fuera leche hasta meterse por entre las mangas, y ellas apenas si lo advertían. Corrían y se perseguían unos a otros, con las manzanas y los panecillos entre los dientes, como los perros. Me chocó ver tres niñas que agujereaban con un palito un huevo duro, creyendo que en su interior había un tesoro, lo desparramaban por el suelo y luego iban recogiendo pacientemente los fragmentos como si fueran perlas. Al que tenía en su cesto algo extraordinario, lo rodeaban ocho o diez con la cabeza inclinada para mirar, como habrían mirado la luna dentro de un pozo. Lo menos había veinte alrededor de cierto arrapiezo, como un huevo de alto, que tenía en la mano un cucurucho de azúcar, y todos iban a hacerle cumplidos para que les

permitiera hundir allí el pan. Tras de oír muchos ruegos, él solo concedía que le chupasen un dedo después de haberlo metido en el cucurucho.

Mi madre, en esto, había vuelto al jardín y acariciaba ya a uno, ya a otro. Muchos la seguían y se le echaban encima, pidiéndole un beso, como si mirasen a un tercer piso, abriendo y cerrando la boca, como para pedir la papilla. Uno le ofreció un gajo de naranja mordido ya; otro, una cortecita de pan; una niña le dio una hoja; otra le enseñó con gran seriedad la punta del dedo índice, donde, mirando bien, se veía una ampollita microscópica que se había hecho el día antes tocando la llama de una luz. Le ponían ante sus ojos, como grandes maravillas, insectos pequeñísimos que yo no sé cómo los veían y los recogían; tapones de corcho partido por la mitad, botoncitos de camisa, florecillas que cortaban de las macetas. Un niño con una venda en la cabeza, que quería que a toda costa lo oyesen, le contó yo no sé qué historia de una voltereta, de la que no pude comprender ni palabra; otro se empeñó en que mi madre se inclinase, y le dijo al oído.

-Mi padre hace escobas.

Entretanto, mil desgracias ocurrían en todas partes, que hacían acudir a las maestras; niñas que lloraban porque no podían deshacer un nudo del pañuelo; otras que se disputaban a arañazos y gritos dos pepitas de manzana; otro niño que se había caído boca abajo sobre un banco derribando y sollozaba sin poder levantarse.

Antes de salir, mi madre tomó en brazos a tres o cuatro, y entonces de todos lados vinieron corriendo para que también los alzase a ellos, con las caras manchadas de yema de huevo y de zumo de naranja; quién la agarraba de las manos, quién le tomaba un dedo para ver la sortija, le tiraba de la cadena del reloj o se esforzaba por tocarle las trenzas.

-¡Por Dios! –decían las maestras-. Le estropean a usted todo el vestido.

Pero a mi madre no le importaba nada el vestido, y siguió besándolos, y ellos echándose encima; los primeros, con los brazos extendidos como si quisieran trepar, los demás tratando de ponerse en primera fila, y todos gritando: “¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós!”. Por fin mi madre pudo escapar del jardín. Todos fueron corriendo a asomarse por entre los hierros de la verja para verla pasar y sacaban los brazos fuera saludándola, ofreciéndole todavía pedazos de pan, bocaditos de níspero, cortezas de queso, gritando al unísono:

-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vuelva mañana! ¡Que venga otra vez!.

Mi madre, al salir, todavía deslizó su mano por aquellas cien manecitas, como si acariciase una viva guirnalda, y una vez en la calle, toda desaliñada, cubierta de migajas y de manchas, con una mano llena de flores y los ojos llenos de lágrimas, se sentía contenta como si saliera de una fiesta. Aún se oía el vocerío de adentro, cual gorjeo de pajarillos que dijeran:

-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Venga otra vez, señora!.



EN CLASE DE GIMASIA Miércoles, 5.

En vista de que el tiempo sigue hermosísimo, nos han hecho pasar de la gimnasia del salón a la de aparatos, que están colocados en el jardín. Garrone estaba ayer en el despacho del director cuando llegó la madre de Nelli, aquella señora rubia, vestida de negro, para suplicarle que dispensasen a su hijo de los nuevos ejercicios. Cada palabra le costaba un esfuerzo, y hablaba teniendo una mano puesta sobre la cabeza de su muchacho.

-No puede… -dijo al director.

Pero Nelli se puso angustiado al ver que lo excluían de los aparatos y que tenía que sufrir otra humillación más…

-Ya verás, mamá –decía-, cómo hago lo que los demás.

Su madre lo miraba en silencio, con expresión de afecto y de piedad. Luego, dudando, le hizo observar:

-Pero temo que tus compañeros…

Quería decir: “Temo que te hagan burla”.

Pero Nelli respondió:

-¡No me importa…! Y luego está Garrone. Me basta que esté él y que no se ría.

En vista de esto lo dejaron venir.

El maestro, aquel que tiene una herida en el cuello y que estuvo con Garibaldi, nos llevó enseguida a las barras verticales, que son muy altas, y era preciso que trepáramos hasta la punta y que nos pusiéramos en pie sobre el penúltimo eje transversal. Derossi y Coretti se subieron como dos monos; también el pequeño Precossi subió con soltura, aunque entorpecido por su chaquetón, que le llegaba hasta las rodillas. Para hacerlo reír mientras iba subiendo, todos le decían su estribillo: “Dispénsame, dispénsame”. Stardi bufaba, se ponía colorado como un pavo, apretaba tanto los dientes que parecía un perro rabioso; pero aun cuando hubiese reventado habría llegado a lo lato, como llegó, en efecto; y también Nobis, que al llegar arriba adoptó una actitud de emperador; pero Votini se resbaló dos veces, a pesar de su bonito traje nuevo de rayitas azules, hecho ex profeso para la gimnasia. Para subir con más facilidad, todos se habían embadurnado las manos con pez griega, colofonia, como la llamamos, y, ya se sabe, el traficante de Garoffi es quien provee a todos, vendiéndola en polvo. Luego tocó la vez a Garrone, que subió mascando pan, como si no hiciese nada, y creo que habría sido capaz de subir a uno de nosotros montado en las espaldas; hasta tal punto es vigoroso y fuerte aquel torito. Después de Garrone vino Nelli.

Apenas lo vieron agarrarse a la barra, con sus manos largas y delgadas, mucho comenzaron a reír y a burlarse, pero Garrone cruzó sus gruesos brazos sobre el pecho y echó en derredor una mirada tan expresiva que todos entendieron claramente que soltaría cuatro golpes al que se atreviese, aun delante del maestro; así que todos dejaron de reír. Nelli comenzó a trepar; le costaba trabajo, ¡pobrecillo!; se le ponía la cara morada, respiraba muy fuerte, le corría el sudor por la frente. El maestro dijo:

-¡Baja!.-

Pero él no hacía caso, se obstinaba y hacía esfuerzos. Yo esperaba verlo desplomarse medio muerto. ¡Pobre Nelli! Si hubiera sido como él, pensaba, y me hubiera visto mi madre, ¡cómo habría sufrido, pobre madre mía! Y pensando en esto, lo quería tanto a Nelli que habría dado no sé qué por que al fin hubiera llegado arriba, o por poderlo sostener por debajo, sin que me viesen.

Entretanto, Garrone, Derossi y Coretti decían:

-¡Arriba, Nelli, arriba! ¡Fuerza! ¡Todavía otro empujón! ¡Ánimo!

Nelli hizo un esfuerzo violento y, lanzando un gemido, se encontró a dos cuartas del travesaño.

-¡Bravo! –gritaron todos-. ¡Ánimo! ¡Ya no falta más que otro empujón!.

Y Nelli se agarró del travesaño. Todos lo aplaudieron.

-¡Bravo! –dijo el maestro-; pero ya basta, bájate.

Nelli quiso subir hasta la punta como los demás, y después de forcejear un momento llegó a agarrarse con los brazos al último travesaño, luego puso la rodilla en el penúltimo y, por fin los pies. ¡Ya está de pie!, sin poder respirar, pero sonriente. Tornamos a aplaudirlo, y él miró entonces hacia la calle. Volví la cabeza hacia aquel lado, y al través de las plantas que cubren las verjas del jardín vi a su madre que paseaba por la acera sin atreverse a mirar. Nelli bajó, y todos lo festejaron. Estaba excitado, encendido, sus ojos resplandecían y no parecía el mismo.

Luego, a la salida, cuando su madre se le acercó y le preguntó algo inquieta, abrazándolo: “Y qué, pobre hijo, ¿cómo te ha ido?” Todos los compañeros respondieron: “¡Lo ha hecho bien! Ha subido como nosotros. Es fuerte. Es ágil. Hace lo que los demás”.

¡Era preciso ver el placer de aquella señora! Nos quiso dar gracias y no pudo. Apretó la mano de tres o cuatro, hizo una caricia a Garrone, se llevó consigo al hijo, y los vimos por un gran trecho que iban deprisa, hablando y gesticulando entre sí, tan contentos como no se los había visto nunca.



EL MAESTRO DE MI PADRE Martes, 11.

¡Qué viaje tan hermoso hice ayer con mi padre! He aquí cómo. Anteayer, al comer, leyendo el diario, mi padre saltó de repente con una exclamación de maravilla. Luego añadió:

-¡Y yo que lo creía muerto hacía veinte años! ¿Sabéis que todavía vive mi primer maestro de escuela, Vicente Crosetti, que tiene ochenta y cuatro años? Ve que el ministro le ha dado la medalla al mérito por sesenta años de enseñanza. Sesenta años… ¿lo entendéis? Y no hace más que dos que ha necesitado dejar de dar clase. ¡Pobre Crosetti! Vive a una hora de ferrocarril de aquí, en Condove, el pueblo de nuestra antigua jardinera de la quinta de Chieri. –Y añadió-: Enrique, iremos a verlo.

Y en toda la tarde no habló más que de él.

Y el nombre de su maestro de escuela le traía a la memoria cosas de cuando era muchacho, de sus primeros compañeros, de su madre ya difunta.

-¡Crosetti! –exclamaba-. Tenía cuarenta años cuando yo iba a la escuela. Me parece estar viéndolo. Un hombrecillo un poco encorvado ya, con los ojos claros y la cara siempre afeitada. Severo, pero de buenas maneras, que nos quería como un padre, sin dejarnos pasar nada. A fuerza de estudio y privaciones había llegado a maestro, desde trabajador de campo. Un hombre honrado. Mi madre le profesaba gran afecto y mi padre lo trataba como a un amigo. ¿Cómo ha ido a parar a Condove desde Turín? No me reconocerá ciertamente. No importa. Lo reconoceré yo. Han pasado cuarenta y cuatro años. ¡Cuarenta y cuatro años! Enrique, iremos a verlo mañana.

Ayer, por la mañana, a las nueve, estábamos en la estación de Susa. Yo habría querido que Garrone nos acompañara, pero no pudo, porque tiene a su madre enferma. Era una hermosa mañana de primavera. El tren corría por entre verdes prados y setos floridos, se sentía un aire cargado de olores. Mi padre estaba contento, y a cada paso me echaba un brazo al cuello y me hablaba como a un amigo, mirando al campo.

-¡Pobre Corsetti! –decía-. Él es el primer hombre que me quiso después de mi padre. No he olvidado nunca ciertos buenos consejos suyos, ni tampoco algunos reproches desabridos que me hacían volver a casa con el corazón triste. Tenía las manos gruesas y pequeñas. Aún lo estoy viendo entrar en la escuela: ponía su bastón en un rincón, colgaba su capa en la percha, siempre con los mismos movimientos. Todos los días el mismo humor, concienzudo, atento y lleno de cariño, como si siempre fuera la primera vez que diera clase. Lo recuerdo como si ahora mismo me gritase: “¡Bottini, eh, Bottini! El dedo índice y el medio sobre la pluma”. ¡Cómo habrá cambiado después de cuarenta y cuatro años!.

Apenas llegamos a Condove fuimos en busca de nuestra antigua jardinera de Chieri, que tiene una tenducha en una callejuela. La encontramos con sus muchachos, nos recibió con

mucha alegría, nos dio noticias de su marido, que debe de volver de Grecia, donde está trabajando hace tres años, y de su primera hija, que está en el Instituto de Sordomudos, en Turín. Luego nos señaló la calle para ir a casa del maestro, a quien todos conocen.

Salimos del pueblo y tomamos un caminito en cuesta, flanqueado de setos en flor.

Mi padre no hablaba; parecía totalmente absorto en sus recuerdos, y tan pronto sonreía como sacudía la cabeza.

De repente me detuvo, y dijo:

-Ahí está; apostaría cualquier cosa a que es él.

Venía bajando hacia nosotros, por el caminillo, un viejo pequeñito, de barba blanca, con ancho sombrero y apoyado en su bastón: arrastraba los pies y le temblaban las manos.

-Él es –repitió mi padre, apurando el paso.

Cuando estábamos cerca nos detuvimos. El anciano también se detuvo y miró a mi padre. Todavía tenía la cara fresca y los ojos claros y vivos.

-¿Es usted –preguntó mi padre, quitándose el sombrero- el maestro Vicente Crosetti?

el anciano también se quitó el sombrero, y respondió:

-Yo soy –con voz algo temblorosa, pero llena.

-Pues bien –dijo mi padre, tomándole la mano-. Permita a un antiguo discípulo estrecharle la mano y preguntarle cómo está. He venido de Turín para verlo a usted.

El anciano lo miró asombrado. Después dijo:

-Es demasiado honor para mí… No sé… ¿Cuándo ha sido mi discípulo? Perdóneme si se lo pregunto. ¿Cuál es su nombre, por favor?

Mi padre le dijo su nombre, Alberto Bottini, el año en que había ido a su escuela y dónde, y añadió:

-Usted no se acordará de mí, es natural. ¡Pero yo lo reconozco a usted tan bien…!.

El maestro inclinó la cabeza y se puso a mirar al suelo, pensando y murmurando por dos o tres veces el nombre de mi padre, el cual, entretanto, lo miraba sonriente.

De pronto el anciano levantó la cara con los ojos muy abiertos y dijo con lentitud:

-¡Alberto Bottini! ¿El hijo del ingeniero Bottini…? ¿Aquél que vivía en la plaza de la Consolación?

-El mismo –respondió mi padre, tomándole las manos.

-Entonces… -dijo el anciano-. Permítame, querido señor, permítame –y habiéndose adelantado, abrazó a mi padre. Su cabeza blanca apenas le llegaba al hombro. Mi padre apoyó las mejillas sobre su frente.

-Tenga la bondad de venir conmigo –dijo el maestro.

Y sin hablar, se volvió y emprendió el camino hacia su casa. En pocos minutos llegamos a una era, delante de una casa pequeña con dos puertas, una de ellas blanqueada alrededor.

El maestro abrió esta última y nos hizo entrar en un cuarto. Cuatro paredes blancas. En un rincón un catre de tijera con colcha de cuadritos blancos y azules; en otro, la mesita con una pequeña biblioteca; cuatro sillas y un viejo mapa clavado en la pared. ¡Qué olor tan rico a manzanas!

Nos sentamos los tres. Mi padre y el maestro se estuvieron mirando en silencio un momento.

-¡Bottini! –exclamó el maestro, fijando su mirada sobre el suelo de ladrillos, donde el sol pintaba un tablero de ajedrez-. ¡Oh!, me acuerdo bien. ¡Su señora madre era una señora tan buena…! Usted en el primer año estuvo una temporada en el primer banco de la izquierda, cerca de la ventana. ¡Vea usted si me acuerdo! Me parece que estoy viendo su cabeza rizada. –Luego se quedó un rato pensativo-. ¡Era un muchacho vivo…! ¡Vaya! ¡Mucho! El segundo año estuvo enfermo de crup. Me acuerdo cuando volvió usted a la escuela, delgado y envuelto en un chal. Cuarenta años han pasado, ¿no es verdad? Ha sido usted muy bueno acordándose de su maestro. Han venido otros en años anteriores a buscarme, antiguos discípulos míos, un coronel, sacerdotes, varios señores.

Preguntó a mi padre cuál era su profesión. Después dijo: Hacía tanto tiempo que no venía a nadie, que tengo miedo de que usted sea el último.

-¡Quién piensa en eso! –exclamó mi padre-. Usted está bien y es robusto. No debe decir semejante cosa.

-¡Eh, no! –respondió el maestro-. ¿No ve usted este temblor? –y mostró la mano-. Ésta es mala señal. Me atacó hace tres años, cuando todavía estaba en la escuela. Al principio no hice caso, me figuré que pasaría. Pero, al contrario, fue creciendo. Llegó un día en que no podía escribir. ¡Ah! Aquel día, la primera vez que hice un garabato en el cuaderno de un discípulo, fue para mí un golpe mortal. Aún seguí adelante algún tiempo, pero al fin no pude mas, y después de sesenta años de enseñanza tuve que despedirme de la escuela, de los alumnos y del trabajo. Me costó mucha pena. La última vez que di clase me acompañaron todos hasta casa y me festejaron mucho; pero yo estaba triste y comprendí que mi vida había acabado. El año anterior había perdido a mi mujer y a mi hijo único. No me quedaron más que dos nietos, ambos labradores. Ahora vivo con algunos cientos de liras que me dan de pensión. No hago nada, y me parece que los días no concluyen nunca.

Mi única ocupación consiste en hojear mis viejos libros de escuela, colecciones de periódicos escolares y algún libro que me regalan. Allí están –dijo, señalando a la pequeña biblioteca-, allí están mis recuerdos, todo mi pasado… ¡No me queda más en el mundo!

Luego, cambiando de improviso, dijo alegremente:

-Voy a darle a usted una sorpresa, querido señor Bottini.

Se levantó y acercándose a una mesa abrió un cajoncito largo que contenía muchos paquetes pequeños, atados todos con un cordón, y con una fecha escrita de cuatro cifras. Después de buscar un momento, abrió uno, hojeó muchos papeles, sacó uno amarillo y se lo presentó a mi padre. ¡Era un trabajo suyo de hacía cuarenta años! En la cabeza había escrito lo siguiente: “Alberto Bottini. Dictado. 3 de abril de 1838”. Mi padre al momento reconoció su letra, gruesa, de chico, y se puso a leer, sonriendo. Pero de pronto se le nublaron los ojos. Yo me levanté para preguntarle qué tenía.

Me pasó un brazo alrededor de la cintura, y apretándome contra él, me dijo:

-Mira esta hoja. ¿Ves? Estas son las correcciones de mi pobre madre. Ella siempre me duplicaba las “eles” y las “erres”. Las últimas líneas son todas suyas. Había aprendido a imitar mi letra, y cuando estaba cansado y tenía sueño terminaba el trabajo por mí. ¡Santa madre mía!.

Y besó la página.

-He aquí –dijo el maestro, enseñando los otros paquetes- mis memorias. Cada año ponía aparte un trabajo de cada uno de mis discípulos, y aquí están numerados y ordenados. Muchas veces los hojeo, y así, al pasar, leo una línea de uno, otra línea de otro, y vuelven a mi mente mil cosas, que me hacen resucitar tiempos idos. ¡Cuántos años han pasado, querido señor! Yo cierro los ojos y empiezo a ver caras y más caras, clases y más clases, cientos y cientos de muchachos, de los cuales Dios sabe cuántos han muerto ya. De muchos me acuerdo bien. Me acuerdo bien de los mejores y de los peores, de aquellos que me han dado muchas satisfacciones y de aquellos que me hicieron pasar momentos tristes. Los he tenido verdaderamente endiablados, porque en tan gran número no hay más remedio. Ahora, usted lo comprende, estoy ya como en el otro mundo, y a todos los quiero por igual.

Se volvió a sentar tomando una de mis manos entre las suyas.

-Y de mí –preguntó mi padre, riéndose-. ¿No recuerda ninguna travesura?

-¿De usted, señor? –respondió el anciano, con la sonrisa también en los labios-. No, por el momento. Pero no quiere esto decir que no me las hiciera. Usted tenía, sin embargo, juicio y era serio para su edad. Recuerdo el cariño tan grande que le tenía a su señora madre… ¡Qué bueno ha sido y qué atento al venir a verme aquí! ¿Cómo ha podido dejar sus ocupaciones para llegar a la pobre morada de un viejo maestro?.

-Oiga, señor Crosetti –respondió mi padre con viveza-. Recuerdo la primera vez que mi madre me acompañó a su escuela. Era la primera vez que debía separarse de mí por dos horas y dejarme fuera de casa, en otras manos que las de mi padre, al lado de una persona desconocida. Para aquella buena criatura, mi entrada en la escuela era como la entrada en el mundo, la primera de una larga serie de separaciones necesarias y dolorosas; era la sociedad que le arrancaba por primera vez al hijo para no devolvérselo jamás por completo. Estaba conmovida, y yo también. Me recomendó a usted con voz temblorosa y luego, al irse, me saludó por la puerta entreabierta, con los ojos llenos de lágrimas. Precisamente en aquel momento usted le hizo un ademán con una mano, poniéndose la otra sobre el pecho, como para decirle: “Señora, confíe en mí”. Pues bien, aquel ademán suyo, aquella mirada, por la cual me di cuenta de que usted había comprendido todos los sentimientos, todos los pensamientos de mi madre; aquella mirada, que quería decir: “¡Valor!”; aquel ademán, que era una honrada promesa de protección, de cariño y de indulgencia, jamás los he olvidado; me quedaron grabados en el corazón para siempre. Aquel recuerdo es el que me ha hecho salir de Turín. Heme aquí, después de cuarenta y cuatro años, para decirle: Gracias, querido maestro.

El maestro no respondió: me acariciaba los cabellos con la mano, la cual temblaba saltando de los cabellos a la frente, de la frente a los hombros.

Entretanto, mi padre miraba aquellas paredes desnudas, aquel humilde lecho, un pedazo de pan y una botellita de aceite que tenía sobre la ventana, como si quisiese decir: “Pobre maestro, después de sesenta años de trabajo, ¿es éste tu premio?”.

Pero el buen viejo estaba contento, y comenzó de nuevo a hablar con viveza de nuestra familia, de otros maestros de aquellos años, de los compañeros de escuela de mi padre, el cual se acordaba de algunos, pero de otros no; el uno daba al otro noticias de éste o aquél. Mi padre interrumpió la conversación para suplicar al maestro que bajase con nosotros al pueblo para almorzar. Él contestó con espontaneidad:

-Se lo agradezco, muchas gracias.

Pero parecía indeciso.

Mi padre, tomándole ambas manos, le suplicó una y otra vez.

-¿Pero cómo voy a arreglarme –dijo el maestro- para poder comer con estas pobres manos, que siempre están bailando de este modo? ¡Es un martirio para los demás!

-Nosotros lo ayudaremos, maestro –dijo mi padre.

Aceptó, moviendo la cabeza y sonriendo.

-¡Hermoso día! –dijo, cerrando la puerta de fuera-. ¡Un día hermoso, querido señor Bottini! Le aseguro que me acordaré mientras viva.

Mi padre dio el brazo al maestro, éste me tomó de la mano, y bajamos por el caminito. Encontramos dos muchachitas descalzas que conducían vacas, y a un muchacho que pasó corriendo con una gran carga de paja al hombro. El maestro nos dijo que eran dos alumnas y un alumno de segunda, que por la mañana llevaban las bestias al pasto y trabajaban en el campo, y por la tarde se ponían los zapatitos e iban a la escuela.

Era ya cerca del mediodía. No encontramos a nadie más. En pocos minutos llegamos a la posada, nos sentamos ante una gran mesa, el maestro en el centro, y empezamos enseguida a almorzar. La posada estaba silenciosa como un convento. El maestro rebosaba de alegría, y la emoción aumentaba el temblor de sus manos; casi no podía comer. Pero mi padre le partía la carne, le preparaba el pan y le ponía la sal en los manjares. Para beber era necesario que tomase el vaso con las dos manos, y aún así golpeaba contra los dientes. Charlaba mucho, con calor, de los libros de lectura, de cuando era joven, de los honorarios de entonces, de los elogios que los superiores le habían otorgado, de los reglamentos de los últimos años, sin perder su fisonomía serena, más encendida que en un principio, con la voz alegre y la cara animada de un muchacho.

Mi padre no se cansaba de mirarlo, con la misma expresión con que a veces lo sorprendo yo cuando me mira en casa, pensando y sonriendo a solas, con la cabeza algo inclinada hacia mi lado. Al maestro se le volcó el vino sobre el pecho, y mi padre se levantó y le limpió con la servilleta.

-¡No, eso no, señor, no lo permito! –decía riéndose.

Pronunciaba algunas palabras en latín. Al fin, levantó el vaso, que le bailaba en la mano, y dijo con mucha seriedad:

-¡A su salud, querido señor ingeniero, a la de sus hijos y a la memoria de su buena madre!-

¡A la salud de usted, mi buen maestro! –respondió mi padre, apretándole una mano. En el fondo de la habitación estaban el posadero y otros, que parecían gozar con aquella fiesta en honor del maestro de su pueblo.

Pasadas ya las dos, salimos, y el maestro se empeñó en acompañarnos a la estación. Mi padre le dio el brazo otra vez, y él me tomó de nuevo de la mano. Yo le llevaba el bastón. La gente se detenía a mirar, porque todos lo conocían; algunos lo saludaban. Al llegar a cierto punto del camino, oímos muchas voces que salían de una ventana, como de muchachos que leían juntos. El anciano se detuvo y pareció entristecerse.

-He ahí, querido señor Bottini –dijo-. Lo que me da pena: oír la voz de los muchachos en la escuela, y no estar con ellos, y pensar que está otro. He escuchado sesenta años seguidos esta música, y mi corazón estaba hecho a ella. Ahora estoy sin familia. Ya no tengo hijos.

-No, maestro –le dijo mi padre, reanudando la marcha-. Usted tiene ahora muchos hijos esparcidos por el mundo, que se acuerdan de usted como me he acordado yo siempre.

-No, no –respondió el maestro, con tristeza-, ya no tengo escuela, ya no tengo hijos; y sin hijos no puedo vivir más. Pronto sonará mi última hora.

-No diga eso, maestro, no lo piense –repuso mi padre-. De todos modos, ¡usted ha hecho tanto bien…! ¡Ha empleado su vida tan noblemente…!

El viejo maestro inclinó un momento su blanca cabeza sobre el hombro de mi padre, y me apretó la mano. Habíamos entrado ya en la estación. El tren iba a partir.

-¡Adiós, maestro! –dijo mi padre, abrazándolo y besándole la mano.

-¡Adiós, gracias, adiós! –respondió el maestro, tomando con sus temblorosas manos una de mi pare, que apretaba contra su corazón.

Luego lo besé yo. Tenía la cara mojada por las lágrimas. Mi padre me empujó hacia dentro del vagón, y en el momento de subir tomó con rapidez el tosco bastón que llevaba el maestro en su mano y en su lugar puso una hermosa caña, con puño de plata y sus iniciales, diciéndole:

-Consérvela en memoria de mí.

El anciano intentó devolvérsela y recobrar la suya, pero mi padre estaba ya dentro y había cerrado la portezuela.

-¡Adiós, mi buen maestro!

-Adiós, hijo mío –contestó él, mientras el tren se ponía en movimiento-, y Dios lo bendiga por el consuelo que ha traído a un pobre viejo.

-¡Hasta la vista! –gritó mi padre, con voz conmovida.

Pero el maestro movió la cabeza, como diciendo: “No, ya no nos veremos más”.

-Sí, sí –repitió mi padre-; hasta la vista.

El respondió, levantando su trémula mano al cielo:

-¡Allá arriba!

Y aún seguía en la misma actitud cuando, al correr del tren, dejamos de verlo.




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