18. Info-doc-utopías no



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Recuperación crítica de la utopía

En la situación de destierro, de descrédito y de silencio en que se encuentra la utopía, en medio de la confusión que genera la consideración engañosa de la globalización neoliberal como realización de la utopía y ante la propuesta de alternativas de Otro Mundo Posible por parte de los movimientos sociales, es necesario recuperar la utopía como imagen movilizadora de las energías humanas, horizonte que guía y orienta la praxis, instancia critica de la realidad, alternativa al sistema y “perspectiva para la prospectiva” (Paul Ricoeur)17.

La utopía libera a la historia de su estancamiento, inercia y pasividad, de su fijación en el pasado y de la ley del eterno retorno. Es ella la que lleva a tener el futuro como horizonte y la que ha hecho posible los avances de la humanidad en dirección a la justicia, la libertad y la igualdad (no clónica), en una simbiosis entre utopía y esperanza, razón y acción.

Comentando mi libro Invitación a la utopía, escribe Luis García Montero: es “un equipaje para viajar en este mundo. Pensar en la utopía como fuerza dinámica de la historia significa afirmar que tenemos derecho a dejar de sufrir. De ahí que Juan José Tamayo entienda que en tiempos de crisis es imprescindible una Invitación a la utopía. Porque renunciar a ella no supone que la utopía desaparezca del mundo, sino que la abandonamos en manos de la injusticia”18.

Pero no debe ser entendida como confianza ciega, optimismo ingenuo o fijación mítica en los orígenes, sino en su carácter paradójico y dialéctico, ya que lleva en sus gérmenes éxitos y fracasos, fragilidad y fortaleza, verdad y no-verdad, fecundidad y esterilidad, poder e impotencia, afirmación y negación, conciencia crítica y propuestas alternativas.

Los seres humanos, los proyectos y los movimientos utópicos han sido, por tomar prestada la letra de la emblemática canción de Labordeta, los que han empujado la historia hacia la libertad. Pareciere que hubieran fracasado, pero solo lo parece, ya que dejaron huella, que siguieron otros caminantes por sendas utópicas. A ellos se deben buena parte de los avances de la humanidad en todos los terrenos: éticos, políticos, económicos, sociales, culturales, simbólicos, religiosos, jurídicos, etc.

Zaratustra, Buda, Moisés, los Profetas de Israel, Judit, Julda, Sócrates, Espartaco, Jesús de Nazaret, María Magdalena, Hipatia, Francisco y Clara de Asís, Margarita Porete, Cristina de Pisán, Teresa de Jesús, Thomas Müntzer, Olympia de Gouges, Mary Wollstonecraft, Marx, Bakunin, Alejandra Kollontai, Rosa Luxemburgo, Simone Beauvoir, Simone Weil, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Juan XXIII, Monseñor Romero, Ignacio Ellacuría, Nelson Mandela,Rigoberta Menchú, Yasir Arafat, Isaac Rabin, Shirin Ebadi, Berta Cáceres, Chico Mendes, Vandana Shiva, Wangari Maatai.…

Estas personas y otras muchas que podríamos citar fueron portadoras de utopías, cada uno en su tiempo y en su terreno, e iluminaron el camino para que pudiéramos caminar en dirección a la utopía por la senda de la esperanza, de la docta spes, sabia esperanza. Fue esta esperanza la que les impidió caer en el fatalismo histórico, pensando –mejor, creyendo- que el futuro ya está escrito y que la historia terminará en un gran fracaso.

La docta spes evitó igualmente que cayeran en el optimismo ingenuo, pensando que las cosas cambian por arte de magia. En todas las personas citadas ética y utopía caminaron juntas, al unísono. No hay utopía sin axiología moral, como tampoco hay ética sin horizonte utópico. En todas convivieron razón y esperanza.

Ciertamente, muchas personas utópicas fueron desacreditadas, sus proyectos deformados o falseados por sus adversarios, sus ideas descalificadas por los ideólogos del sistema. Otras fueron condenadas a muerte, asesinadas... Y todas acusadas de idealistas e ilusos. Pero, ¿fracasaron realmente?

Creo que no. Sus ideas fueron enarboladas por personas y grupos que las llevaron adelante, no pocos de sus proyectos se hicieron realidad y los que no se llevaron a cabo siguen pendientes, pero no se han descartado. Estas personas son referentes morales a seguir. Sus utopías iluminan el camino en la oscuridad de la historia. Dejaron el terreno abonado para que diera sus frutos, de los que no pudieron beneficiarse, pero sí lo hicieron las generaciones futuras.

¿Fracasaron los proyectos y los movimientos revolucionarios de 1848? Responde el historiador inglés Eric Hobsbawn: “Dos años después de 1848 parecía que todo había fracasado. Pero a largo plazo no había fracasado. Un buen número de medidas propuestas por los revolucionarios fueron implementadas. Fue, por lo tanto, un fracaso inmediato. Pero, a la larga, fue un éxito, pero no ya en forma de una revolución”.


¿Qué utopía rehabilitar?
La rehabilitación de la utopía no puede hacerse a cualquier precio y de manera abstracta. Por eso es necesario establecer las características de la misma, que resumo en las siguientes:

. Utopía no mitificada, que no nos haga regresar a edades de oro que nunca existieron.

. Guiada por un interés emancipatorio y liberador, y no utilitarista y mercantil.

. Con intencionalidad ética y estética.

. Abierta a la alteridad, conforme al principio de la filosofía ubuntu africana “Yo soy, si tú también eres”

. En un horizonte laico, donde quepan todas las creencias religiosas y las no creencias.

. En la perspectiva de las víctimas. Escribe Albert Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”.

. Integradora de la pluralidad de alternativas para no caer en la uniformidad.

. Que son se limite a la actitud iconoclasta, sino que compagine crítica y propuesta.

. Que guíe la praxis y oriente hacia ella: Escribe Adela Cortina. “Sin futuro utópico en el que quepa esperar y por el que quepa comprometerse, carece de sentido nuestro actual presente”.

. Que contemple la imperfección como inherente al ser humano y la posibilidad del fracaso para evitar construir paraísos celestes en la tierra, que, a la larga, pueden convertirse en infiernos, y que sea capaz de levantarse de sus fracasos. Decía Nelson Mandela: “La mayor gloria no es nunca caer, sino levantarse siempre”.

. Utopía que, según Walt Whitman, se proponga e intente alcanzar metas, pero también superarlas, para evitar caer en “la melancolía del cumplimiento” (Bloch).

. Utopía descolonizadora, que no absolutice ni imponga una visión etntrica del futuro sino que respete y reconozca otras visiones utópicas, otras miradas al futuro y posibilite el diálogo igualitario entre saberes y sabidurías, utopías y pensamientos utópicos de las diferentes tradiciones filosóficas, culturales y religiosas.

. Utopía feminista, que libere a la sociedad del sistema de dominación patriarcal, elimine las discriminaciones y la violencia de género, devuelva a las mujeres el protagonismo que el patriarcado les ha negado, reconozca los derechos sexuales y reproductivos y lleve a cabo la igualdad y la paridad entre hombres y mujeres.

. Utopía que armonice la democracia y la revolución. Históricamente ambas han opuesto y colapsado. Para salir de la opción carcelaria en la que, según el científico social Boaventura de Sousa Santos, vivimos encerrados entre fundamentalismos distópicos y mañanas sin pasado mañana, para que el futuro sea de nuevo posible, es necesario que democracia y revolución se reinventen y se convoquen de manera articulada, conforme a su lúcida y creativa propuesta: “democratizar la revolución y revolucionar la democracia”19.

Conclusión e invitación

¿Optimista o pesimista? ¿Utópico o distópico? Es la pregunta que suelen hacerme al final de mis clases, cursos y conferencias sobre la utopía. Tomando prestada la definición de mi amigo y maestro el científico social Franz Himkelammert y por muy contradictorio que parezca –es casi un oxímoron-, me defino como “pesimista esperanzado”. Pesimista, porque la realidad no da para ser optimista. Estamos sometidos a una serie de sistemas de dominación en racimo que se apoyan y legitiman, cuyo objetivo último es robarnos la esperanza, robársela a las personas y colectivos empobrecidos, que es, posiblemente, uno de los mayores latrocinios que está cometiendo el neoliberalismo.

Pero al mismo tiempo soy esperanzado, porque ese pesimismo no me lleva a cruzarme de brazos, sino que me induce a actuar, y la acción es ya de por sí una respuesta al pesimismo ambiente. Coincido con Antoni Gramsci cuando habla del "pesimismo de la razón y del optimismo de la voluntad", y con el intelectual peruano José Carlos Mariátegui, que se refiere al "pesimismo de la realidad y el optimismo de la acción".



Por eso invito a:

. Conocer las grandes utopías tejidas por la Humanidad a lo largo de su historia y leer la literatura utópica de todos los pueblos: la República de Platón, la Isla del Sol, de Yambulo; la Era del Espíritu de Joaquín de Fiore la Utopía quiliástica, de Thomas Müntzer y los anabautistas, la Utopía de Tomás Moro, creador del neologismo, la Ciudad del Sol, Tomasso Campanella, la Nueva Atlántida de Francis Bacon, las utopías del Buen Vivir de las comunidades aymaras, quechuas y qichwas, de la Tierra sin Mal, de los guaraníes, de los Quilombos, de los afrodescendientes de Amerindia, que he visitado recientemente con motivo de mi participación en el Foro Social Mundial celebrado en Salvador de Bahía.

. Leer también las distopías para no caer en los idealismos, viajes al cielo sin hacer pie en la tierra, ni en los optimismos ingenuos en los que con frecuencia ha caído el pensamiento utópico.

. Cultivar los géneros literarios utópico y distópico, sin que este fagocite a aquel ni conduzca a un interminable invierno anti-utópico, estación que a los sectores conservadores e instalados les gustaría convertir en la única del año, de la vida, de la historia, y sin que el género utópico nos transporte a las esferas celestes y nos lleve a perder el sentido de la realidad a transformar.

. Crear heterotopías (Michel Foucault) y feminotopías (Mary Louise Pratt). .

. No contraponer utopía a tiempo pasado, porque el pasado está preñado de futuro y la utopía mira también al pasado como laboratorio de esperanza.

. Traspasar la realidad, como pide Bloch, y pensarla más allá los límites de lo posible, como sugiere Walt Whitman: “Antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.

Vivir utópicamente, sin renunciar a los sueños, sobre todo a los sueños despiertos.

Desde la heterodoxia y la frontera, mis lugares naturales, en los que me ubiqué muy pronto en mi Castilla natal, como reconoce mi hijo Roberto Tamayo Pintos en el prólogo de mi libro Desde la heterodoxia. Reflexiones sobre laicismo, política y religión20, el camino que he seguido y seguiré en adelante es el de la esperanza en dirección a la utopía. Preferiría hacerlo en compañía, no en solitario, porque esperar es siempre co-esperar. Os invito a acompañarme para no perder el norte, ni instalarme cómodamente en el orden establecido, que más que orden es des-orden.

 

Pero ¿qué ocurrió realmente?


El obispo Spong se pregunta por lo sucedido realmente en la Resurrección


John Selby SPONG
 

I. PRESENTACIÓN

Antonio CARRASCOSA MENDIETA

 

El texto que ofrecemos de John S. Spong es un texto peculiar por tres razones[1]. Lo es por lo que tiene de novedoso dentro del discurso religioso habitual; lo es –y mucho más– por ser de un obispo de una iglesia cristiana; y también por ser de un tono distinto dentro del conjunto al que pertenece. Estas tres razones creemos que justifican sobradamente una presentación.



El objetivo de este trabajo es, en primer lugar, situar el texto de Spong en el conjunto del libro al que pertenece y subrayar, además, la intención del mismo, que es ayudar al creyente que busca, dentro de la fe, entender y saber decirse a sí mismo y a los demás dicha fe en el lenguaje y las categorías de su tiempo. Los cuatro primeros apartados quieren cumplir este primer objetivo. El quinto apartado se sitúa en otra óptica: señalar, primero, algunas consideraciones críticas desde el punto de vista exegético, así como indicar, después, ciertos puntos de afinidad entre Spong y Légaut*.

La figura de John Shelby Spong no es nueva en nuestra revista. En la revista «Cuadernos de la diáspora» (nº 10) y en RELaT, Revista Electrónica Latinoamericana de Teología (nº 373), ya se publicó un fragmento de una obra suya anterior sobre las tradiciones recogidas en el Nuevo Testamento sobre el nacimiento y el origen de Jesús[2]. En la presentación de entonces ya se ofreció una información biográfica sobre el autor, a la que nos remitimos[3], y que completaremos con las últimas referencias bibliográficas, sobre todo, con algunas observaciones en relación con el tema de la Resurrección.

 

Dos etapas en la obra de Spong

Podemos distinguir dos etapas en la trayectoria de J. S. Spong como escritor, aunque esta división sea un tanto artificial. Spong fue obispo de la iglesia episcopaliana en Newark (Nueva Jersey, Estados Unidos) durante veintiséis años, hasta que se jubiló en 1999. En el tiempo en que ejerció el episcopado, escribió más de diez libros y numerosos artículos, que le han convertido en uno de los autores cristianos más conocidos en el área lingüística inglesa. Hasta 1998, a las puertas de su jubilación, Spong se enfrentó a las cuestiones morales y de conocimiento que, como obispo, se le planteaban. El tema de fondo de todas estas cuestiones era la búsqueda de una comprensión de la revelación bíblica acorde con el universo mental de nuestra época; una comprensión que superase la lectura fundamentalista, tan frecuente en su entorno, sin que esta superación supusiese abandonar la fe sino, por el contrario, reencontrarla en otro plano. Esta búsqueda le llevó a abordar temas de actualidad, considerados polémicos dentro del cristianismo, como, por ejemplo, los márgenes –o los extremos– de la figura histórica de Jesús, es decir, sus orígenes y su Resurrección, así como cuestiones éticas en torno a la sexualidad y a las fronteras de la vida. Como fruto maduro de este camino, Spong, a partir de su retiro, empezó una segunda etapa que podríamos denominar de síntesis, cuyo objetivo está consistiendo en repensar la imagen de Dios, la figura de Jesús, la plegaria y la Iglesia más allá del teísmo. Sus “Doce Tesis para una Nueva Reforma” pueden dar una idea suficiente de las inquietudes actuales de este obispo singular:

1. El teísmo, como forma de definir a Dios, ha muerto: ya no se puede pensar a Dios, con credibilidad, como un ser, sobrenatural por su poder, que habita en el cielo y está listo para intervenir periódicamente en la historia humana e imponer su voluntad. Por eso, la mayor parte del lenguaje teológico actual sobre Dios carece de sentido; lo cual nos lleva a buscar una nueva forma de hablar de Dios.

2. Dado que Dios no puede pensarse ya en términos teísticos, no tiene sentido intentar entender a Jesús como la encarnación de una deidad teísta. Por eso, la Cristología antigua está en bancarrota.

3. La historia bíblica de una creación perfecta y acabada, y la caída posterior de los seres humanos en el pecado, es mitología pre-darwiniana y un sin sentido post-darwiniano.

4. La concepción y el nacimiento virginales, entendidos literal y biológicamente, convierten a la divinidad de Cristo, tal como tradicionalmente se entiende, en imposible.

5. Los relatos de milagros del Nuevo Testamento no pueden interpretarse, en un mundo posterior a Newton, como sucesos sobrenaturales realizados por una divinidad encarnada.

6. La interpretación de la Cruz como un sacrificio ofrecido a Dios por los pecados del mundo es una idea bárbara basada en conceptos primitivos sobre Dios que deben abandonarse.

7. La resurrección es una acción de Dios: Dios exaltó a Jesús a la significación de Dios. Por consiguiente, no es una resucitación física ocurrida dentro de la historia humana.

8. El relato de la Ascensión supone un universo concebido en tres niveles y por eso no puede mantenerse, tal cual, en una época cuyos conceptos espaciales son posteriores a Copérnico.

9. No hay una norma externa, objetiva y revelada, plasmada en una escritura o sobre tablas de piedra, cuya misión sea regir en todo tiempo nuestra conducta ética.

10. La plegaria no puede ser una petición dirigida a una deidad teísta para que actúe en la historia humana de una forma determinada.

11. La esperanza de una vida después de la muerte debe separarse, de una vez por todas, de una mentalidad de premio o castigo, controladora de la conducta. Por consiguiente, la Iglesia debe dejar de apoyarse en la culpa para motivar la conducta.

12. Todos los seres humanos llevan en sí la imagen de Dios y deben ser respetados por lo que cada uno es. Por consiguiente, ninguna caracterización externa, basada en la raza, la etnia, el sexo, o la orientación sexual, puede usarse como base para ningún rechazo o discriminación.

Nota del autor: Estas tesis, que planteo para el debate, están inevitablemente formuladas de forma negativa. Es algo deliberado. Antes de que alguien pueda escuchar lo que es el cristianismo debe crear un espacio para esta escucha borrando las falsas concepciones del mismo. Mi libro Por qué el cristianismo debe cambiar o morir es un manifiesto que llama a la Iglesia a una Nueva Reforma. En él empecé a diseñar una visión de Dios que va más allá del teísmo, una comprensión de Cristo como presencia de Dios, y una visión de la forma que, en el futuro, pueden tener tanto la Iglesia como su liturgia…[4]

Estas doce tesis no son, ni mucho menos, “un brindis al sol”, algo formulado a la ligera sólo por el prurito de ser moderno. Detrás de ellas hay muchos años de búsqueda y de fidelidad tanto en el orden personal como en el específicamente intelectual. El libro del que hemos escogido publicar un capítulo es, por ejemplo, el trabajo previo a las tesis 7 y 8, de la misma manera que el libro del que publicamos un capítulo hace siete años está en la base de la tesis 4. Tanto el libro del que el mismo Spong dice en su Nota que surgen las tesis (Por qué el cristianismo…) como, sobre todo, el inmediatamente posterior[5] buscan expresar una fe en Dios y en Jesús independiente del teísmo y son, por tanto, el trabajo que hay tras las tesis 1 y 2. Todo esto indica, como decimos, el largo itinerario, la lenta maduración que subyace tras estas tesis vigorosas, en cierto modo polémicas y radicales que, como el autor también indica en su nota, se ofrecen no como un punto de llegada sino como materia para el debate y la discusión y como punto de partida para una búsqueda posterior.

 

Spong y la “doble verdad”

Hay un dato del autor que debe tenerse en cuenta desde el principio: Spong no es primeramente un teólogo o un exegeta erudito sino un pastor. Querer acercarse a su obra como a la de un teólogo o exegeta académico o universitario sería un error. Su interés como pastor de la Iglesia es ayudar al creyente a formular una fe acorde con su mentalidad, propia de su tiempo, y con el carácter adulto y maduro de su ser en otros terrenos; un ser que se sabe responsable, incompleto, en búsqueda, pero que sabe también su dignidad. Spong no escribe para el especialista bíblico sino para el cristiano que no termina de comprender los textos de su tradición dado que el universo mental al que pertenece es muy distinto. Esta preocupación es interna al movimiento de la fe que no quiere caer en la esquizofrenia de quienes viven lo religioso como una dimensión de su vida ajena al esfuerzo reflexivo y responsable que rige el resto de la misma.

Spong sabe que, en las distintas iglesias y a diferentes ritmos, los teólogos llevan siglo y medio respondiendo al reto de examinar las creencias, de diferenciar éstas de la fe y de dar a la fe un lenguaje inteligible en el universo mental actual. Los avances en materia bíblica permiten, en efecto, un acercamiento nuevo a los textos sagrados del cristianismo. Sin embargo, esta manera nueva de interpretar la Biblia apenas llega a los cristianos de base de las distintas confesiones.

La razón de esta fractura no es la comprensible distancia que siempre hay entre especialistas y no especialistas en cualquier ámbito del conocimiento. Spong cree que, entre los responsables de las iglesias y entre los mismos teólogos y exegetas, existe el temor de que las perspectivas renovadas en la lectura e interpretación bíblica –patrimonio común ya de los estudiosos a pesar de las posturas diversas que existen entre ellos– provocarían, al llegar a los cristianos, un desmoronamiento insalvable de su fe[6]. Acostumbrados como están los fieles a sostener sus creencias sobre la base del literalismo bíblico y dogmático que hasta ahora se les ha inculcado con ahínco, ¿dónde iría a parar su fe si esta base literal se desmoronase? Ante este temor, los responsables de las iglesias, que no asumen a fondo la distinción entre fe y creencias, prefieren mantener lo que a Spong le parece una “doble verdad”: una verdad para los “especialistas”, teólogos, exegetas y gente informada, que asume, en mayor o menor medida, las exigencias del conocimiento crítico, y otra verdad para el “pueblo” al que se pretende mantener al margen, en un infantilismo impropio tanto de su madurez en otros terrenos como de la mentalidad de nuestra época.

Hay que reconocer, sin embargo, que muchos creyentes permanecen sin mayores problemas en este “infantilismo” que se ignora a sí mismo. Para ellos, no sólo Spong sino cualquier exegeta actual resultaría escandaloso e intolerable. Ahora bien, en el lado contrario, hay otros muchos cristianos a los que la lectura tradicional de la Biblia y la interpretación convencional de los dogmas les crean una tensión insostenible. Algunos de entre ellos permanecen en la iglesia con un sufrimiento, larvado o agudo, que sería evitable, y la mayoría, desgraciadamente, emigra silenciosamente y pasa a engrosar las filas de lo que Spong denomina la «asociación de antiguos alumnos del cristianismo».

La singularidad del obispo Spong y su misión como pastor incluye preocuparse de esta mayoría silenciosa, que considera importante para el futuro del cristianismo. Toda su obra es un intento de remediar esta fractura de la “doble verdad”, no sólo por mera honestidad intelectual –que también– sino por querer tomarse en serio la función de enseñar, inherente a la misión de un obispo. Spong es consciente de que mantener esta “doble verdad” está obrando, además, en contra de las Iglesias. Su preocupación es que los hombres y mujeres que quieren ser fieles a su tiempo y a su fe no tengan que elegir, erróneamente, entre abandonar la Iglesia por honestidad intelectual o seguir en ella al precio de hacer de sus creencias un feudo ajeno a la razón. La fe y la razón no son del mismo orden y, por tanto, no se excluyen. Sin duda, podremos discutir algunas de las interpretaciones de Spong, pero no podemos negarle su valentía y su responsabilidad. Otro sería el presente de nuestras iglesias si se diese, entre los responsables jerárquicos, un empleo honesto de la inteligencia, en el terreno de las fuentes y de las creencias, como el del obispo Spong[7].

 



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