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¿HA MUERTO LA UTOPÍA? ¿TRIUNFAN LAS DISTOPÍAS?

Lección jubilar pronunciada el 24 de abril de 2018

Juan José Tamayo

Universidad Carlos III de Madrid

Deseo expresar mi agradecimiento al Sr. Rector de la Universidad Carlos III de Madrid, Dr. Juan Romo, a la Vicerrectora de Comunicación y Cultura, dra. María Pilar Carrera, al decano de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación por su generosa invitación a dictar esta lección, a Ustedes, colegas, estudiantes, amigas y amigos por acompañarme en esta efemérides tan significativa y a todas las personas que no han podido asistir y me han expresado su amistad y apoyo.

El texto que Ustedes tienen en sus manos consta de cuatro partes: la primera da cuenta de mis investigaciones sobre las utopías, las distopías y el pensamiento utópico y distópico. La segunda analiza críticamente el destierro, maltrato e incluso odio a la utopía. La tercera expone la antropología de la esperanza y la filosofía utópica. La cuarta propone la rehabilitación crítica de la utopía e intenta responder a la pregunta “¿qué utopía rehabilitar”?

Como el texto es muy extenso -91 páginas + 40 de mi bibliografía-, expondré solo tres temas: 1. Pugna entre dos tipos de razón: utópica y científico-técnica. 2. La utopía en horas bajas. 3. Rehabilitación crítica de la utopía1.

En esta lección voy a renunciar a la oratoria, que es mi género literario preferido y, siguiendo el protocolo académico, leeré la lección.


  1. Razón utópica versus razón científico-técnica

Tiempo y sazón: Qohélet 3,1-8

Cuando comencé a escribir esta lección, que llaman ultima lectio –espero que lo sea solo como ritual académico-, y que yo prefiero llamar lección jubilar, me vino a la memoria un texto escrito por un autor hebreo entre los siglos IV y III antes de la era común y recogido en la Biblia judía con el título “Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén”. En realidad, Qohélet no es un nombre propio, sino, probablemente, el nombre de una función, la del que habla en la asamblea, es decir, el “Predicador”2.

El libro transmite una filosofía pesimista de la existencia, subraya la negatividad de la historia, rechaza el presente y llama la atención sobre la vacuidad del bienestar (“vanidad de vanidades, y todo vanidad” –es el juicio demoledor con que se abre el libro y cuya tónica continúa a lo largo de toda la obra-). Niega la felicidad de los ricos, cuya acumulación de riquezas resulta una calamidad enfermiza y provoca desdichas, como insomnio, insatisfacción permanente, vulnerabilidad en los negocios, sufrimiento, conciencia de inutilidad, etc.

Es escéptico ante las posibilidades de cambio de mejores condiciones de vida. Solo está abierto al disfrute de los pequeños goces, a la utopía de la vida material y sensual desde la cotidianidad, al comer, beber y gozar con alegría del producto del trabajo y a vivir el ahora intensamente,

Es quizá una de las primeras obras que cultiva la distopía como género literario y como actitud ante la vida, para quien la fe-confianza en Dios todopoderoso constituye una alternativa imposible. Su autor es un judío palestinense, quizá de Jerusalén, influido por la sabiduría oriental. El texto dice así:

“Todo tiene su tiempo y su sazón, todas las tareas bajo el sol:

tiempo de nacer, tiempo de morir;

tiempo de plantar, tiempo de arrancar;

tiempo de matar, tiempo de sanar;

tiempo de derruir, tiempo de construir;

tiempo de llorar, tiempo de reír;

tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar;

tiempo de arrojar piedras, tiempo de recoger piedras;

tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse;

tiempo de buscar, tiempo de perder;

tiempo de guardar, tiempo de desechar;

tiempo de rasgar, tiempo de coser;

tiempo de callar, tiempo de hablar;

tiempo de amar, tiempo de odiar;

tiempo de guerra, tiempo de paz”.

Hay algunos tiempos de los que habla el Qohétet que no he practicado: el de la guerra –soy pacifista y ejerzo la no-violencia activa-; el del odio –no me lo permite mi conciencia-, el de morir –no me ha llegado la hora y mi apuesta es por la vida, tanto la personal como la de quienes la tienen más amenazada-, el de bailar –me encanta la música, que oigo con verdadera fruición, soy, empero, incapaz de moverme a su ritmo de la música solo o acompañado-. Los demás tiempos sí los he vivido dialécticamente.

Mirando hacia atrás, recuerdo que este mes se cumplen cincuenta años de mi actividad docente -quizá cincuenta años y un día-, que comenzara en 1968 en la entonces llamada Escuela de Artes y Oficios de la ciudad de Palencia, donde se iniciara mi compromiso desde entonces ininterrumpido con la educación, continuara en numerosas universidades de Europa, América Latina, Estados Unidos, África y España, y culminara en la Universidad Carlos III de Madrid, donde enseño desde hace casi dos décadas –diecinueve años, hablando con precisión- y en la que actualmente soy profesor emérito.



La palabra “utopía” cae como una losa

Cuenta el historiador e intelectual británico Tony Judt en su libro Algo va mal que, al terminar una conferencia sobre la situación mundial pronunciada en octubre de 2000 en Nueva York, la primera intervención fue la de un niño de doce años con una pregunta que dejó al público atónito y al conferenciante sin reacción: “Bien, pero si tienes una conversación cotidiana o incluso un debate sobre algunos de estos problemas [de los que ha hablado Usted] y se menciona la palabra ‘socialismo’, a veces es como si hubiera caído una losa sobre la conversación y no hay forma de retomarla. ¿Qué recomendaría para retomarla?”3.

Similar impresión he tenido muchas veces cuando, en ambientes académicos o simplemente coloquiales, se pronuncia la palabra “utopía”. Se hace un silencio sepulcral y un gesto de extrañeza. Tal situación es lo que me ha movido a dedicar a la Utopía (con mayúscula, como palabra mayor de mi pensamiento) y a las utopías (con minúscula, como encarnaciones históricas de un mundo mejor), esta lección jubilar, que el doctor Manuel Palacio, decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación, me ha pedido generosamente dictara.

Espero contribuya a normalizar su uso o, al menos, a no silenciarla en el debate académico, sobre todo en el terreno de las Humanidades y de las Ciencias Sociales y Jurídicas, pero también en el de las Ingenierías. Es uno de los objetivos que me propuse hace cuarenta años, aunque no sé si lo he conseguido. Eso sí, he puesto todo mi empeño en lograrlo a través de los cursos de Humanidades dirigidos a todo el alumnado de esta Universidad.

Remedando a Ortega y Gasset, podríamos decir que las utopías y las distopías son el tema de nuestro tiempo, o, al menos, debieran serlo, salvo que prefiramos estar instalados, no sé si cómoda o incómodamente, en la rutina del presente eterno, en lo dado, en lo factual, o, peor aún, en un pasado añorante afirmando con el poeta palentino Jorge Manrique “cómo a nuestro parecer/ cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Cuidado, el poeta no afirma que los tiempos pasados fueran mejores, sino, que, a nuestro parecer, fueren mejores.
Pugna entre dos modelos de razón: razón utópica y razón científico técnica
Esta lección intenta intervenir en la actual confrontación entre dos concepciones de la razón, la utópica y la científico-técnica, con un doble objetivo: rehabilitar y activar la utopía con sentido crítico y dialéctico en medio de la oscuridad del presente y ponerla al servicio de la emancipación humana, que tiene su traducción en la propuesta de Otro Mundo Posible de los Foros Sociales Mundiales. Ilustra esta confrontación la siguiente anécdota relatada por el teólogo holandés Edward Schillebeeckx:

"Una vez aterrizó con su avión un europeo occidental en medio de habitantes africanos que miraban atónitos al extraño pájaro grande. Orgulloso dijo: 'En un día he recorrido una distancia para la que antes necesitaba treinta'. Entonces se adelantó un sabio jefe negro y preguntó: 'Sir, ¿y qué hace con los veintinueve restantes?'"4.

La anécdota refleja las dos actitudes que podemos adoptar ante la realidad, ante el tiempo, ante la vida, ante los demás, ante la naturaleza. Una es la actitud técnica, pragmática y calculadora, que convierte en medio lo que es fin, como el ser humano –es su mercantilización- , con tal de lograr sus objetivos de dominio y de crecimiento; depreda la naturaleza como si de un bien sin dueño se tratara; logra programar hasta la esperanza, sin dejar resquicio alguno a la imaginación creadora; considera el futuro como repetición de muchos pasados sumados al presente.

Otra es la actitud utópica e imaginativa, que se pregunta por el sentido de las acciones humanas, no se conforma con la realidad y extrae de ella lo más espumoso y creador que posee y tiene la mirada puesta en la la meta.

Buena parte de mi trabajo intelectual, de mi actividad académica, de mis publicaciones y de mis sueños despiertos ha girado en un juego dialéctico entre la utopía y la distopía. Días enteros y muchas noches en vigilia he dedicado a pensar y escribir sobre la utopía y la esperanza, y a intentar hacerlas realidad a través de la praxis histórica emancipatoria.

Me hago a mí mismo las preguntas con las que comienza Miguel Abensour “La conversion utopique: L’ utopie et l’ eveil”: “¿Quién puede decir por qué alguien ha podido escribir toda su vida –o casi- sobre la utopía, por qué ha podido dar a su trabajo el objetivo de pensar la utopía?, ¿cómo podemos intentar explicar el atractivo o, mejor, la atracción que puede ejercer la utopía?”5.

He intentado poner en práctica intelectual y vitalmente dos afirmaciones de Bloch: “La razón no puede florecer sin esperanza, la esperanza no puede hablar sin razón” y “la verdadera génesis no se encuentra al principio, sino al final y empezará comenzar solo cuando la sociedad y la existencia se hagan radicales, es decir, cuando pongan mano en su raíz”6 .

En el aprendizaje de la esperanza he tenido tres maestros: mi padre, que apenas sabía escribir –abandonó la escuela a los diez años- y tenía una esperanza indestructible, Pablo de Tarso, el primer teólogo cristiano de la esperanza, y el ya citado Ernst Bloch, autor de El principio esperanza, calificada como la catedral laica de las utopías.

Cuando escribí en 1993 Para comprender la escatología cristiana, quise dedicárselo a mi padre que en el momento de la redacción se debatía entre la vida y la muerte. Falleció cuando el libro estaba ya en la imprenta y unos días antes escribí la siguiente dedicatoria:

“A mi padre, que nada sabía de escatología y mucho de esperanza; que, siendo labrador, no cayó en la tentación de mirar al cielo en tono de súplica y lamento, sino que supo labrar la tierra con la azada y el arado, supo esperar activamente contra toda esperanza el tiempo de la recolección, y trillar la mies en la era. Pareciera que san Pablo estuviera pensando en mi padre cuando escribía a los cristianos de Corinto: ‘El que ara tiene que arar con esperanza; y el que trilla, con esperanza de obtener su parte’ (1Cor 9,10)”. Es este uno de los textos que leo con frecuencia para levantar el ánimo en tiempos de decaimiento, y cada vez que lo hago se me saltan lágrimas de esperanza.

Dos pensadores de orientación religiosa tan divergente como Pablo de Tarso y Ernst Bloch convienen en la necesidad de la herejía, -interpreto que es la herejía de la esperanza-. Pablo de Tarso afirmaba: "oportet haereses ese”, que suele traducirse como “conviene que haya disensiones" para que resplandezca la verdad. Ernst Bloch escribe en el frontiscipio de su libro El ateísmo en el cristianismo: "Lo mejor de las religiones es que produce herejes". Efectivamente, así ha sido históricamente: la heterodoxia religiosa en el terreno doctrinal ha dado lugar a las grandes revoluciones.

He dedicado a la utopía y al pensamiento utópico media docena de ensayos, decenas de artículos y numerosos cursos, que espero hayan ayudado a vencer el fatalismo histórico, mantener viva la esperanza en la oscuridad del presente y caminar hacia la tierra prometida, sin seguridad de que exista y, si existe, sin seguridad de que se pueda llegar a ella. Basta con saber que sirve, como afirma Eduardo Galeano, “para caminar7.



  1. La utopía, en horas bajas

La utopía vive hoy horas bajas. No parece que sean estos tiempos propicios para la utopía. Quizá ningún otro tiempo lo haya sido, como tampoco lo serán los tiempos venideros. Es posible sea ese su estado propio: no el buen lugar, sino el no-lugar, al que hace referencia el neologismo creado por Tomás Moro: “u-topía (no-lugar), el tener que nadar contra corriente y ascender cuesta arriba con el viento de cara. Así lo tradujo Francisco de Quevedo en el prólogo a la primera edición castellana en 1637: “no ai tal lugar”8.

Miguel Abensour califica a la utopía de “intempestiva”, que, después de Nietzsche y y François Proust, puede significar dos cosas: cuanto pensar y actuar a contracorriente del propio tiempo y afrontar el propio tiempo en que una persona vive desde su reverso, provocando la in-actualidad del presente9.

Calificar hoy a una persona de utópica no es, precisamente, un halago, y menos aún el reconocimiento de un valor o de una cualidad encomiable. Muy al contrario: es una descalificación en toda regla. Es como llamarla ingenua, no tener sentido de la realidad, vivir colgada de las nubes sin hacer pie en la realidad, ser una ilusa, y otras lindezas similares.

Las personas y los proyectos utópicos, así como los movimientos sociales críticos con la globalización neoliberal, las organizaciones alter-globalizadoras que luchan por otro mundo posible, sufren hoy un clamoroso e inmerecido destierro, similar al de los poetas en la República de Platón, que eran expulsados de la ciudad ideal porque eran meros imitadores y no alcanzaban la verdad:

“Afirmamos, pues, que todos los poetas, empezando por Homero, son imitadores de imágenes de virtud y de todas aquellas cosas sobre as que componen, y que en cuanto a la verdad, no la alcanzan, sino que son como el pintor. El poeta no sabe más que imitar… Está a tres puestos de distancia de la verdad”.


Destierro de la utopía
La utopía tiende a ser excluida de los diferentes campos del saber: de las ciencias y de las letras, de la economía y de la ética, de la filosofía y de la teología, de la política y de la religión.

. En la filosofía impera la razón instrumental, que consiste en adecuar la razón a la realidad, por muy irracional que esta sea, no la realidad a la razón, como sería lo propio. Otras veces la filosofía se aleja del camino de la racionalidad y entra en un estado de letargo. El resultado es el título del cuadro 43 de los Caprichos de Goya “El sueño de la razón produce monstruos”. Otras, en fin, legitima situaciones de injusticia que claman al cielo y que debiera denunciar por irracionales.

. Las ciencias sociales, que en su origen y posterior desarrollo se caracterizaron por ser teoría crítica de la sociedad y proponer alternativas, se atienen hoy a los datos y parecen haber perdido toda capacidad transformadora. La economía, que debe caracterizarse por su orientación humanista -responder a las necesidades humanas-, ha pasado a estar sometida al asedio del mercado, que la tiene controlada y a su servicio. Lo que impera en ella es justamente la razón contante y sonante, la razón calculadora y contable. La inversión está servida: el valor de uso ha sido sustituido por el valor de cambio. Al final caemos en la necedad, como ya expresara con sentido crítico Antonio Machado: es de necios confundir valor y precio.

. La razón política se ha convertido en razón de Estado para justificar lo injustificable. Criticando el racionalismo rígido Pascal decía que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Lo mismo puede decirse de la utopía: que tiene razones que la razón política no entiende. Efectivamente, la razón política dice actuar por el bien de la sociedad, del pueblo, de la humanidad cuando sus frutos son los contrarios. La irracionalidad se reviste de humanidad para que sea más fácilmente creíble. Es la racionalidad de lo irracionalizado. Pero, aunque la irracionalidad se vista de racionalidad, irracionalidad se queda.

. La teología en general –salvo honrosas excepciones como la teología política, la teología de la esperanza, la teología de la liberación, la teología feminista, la teología del pluralismo religioso, la teología interrogativa- se atiene a los datos de la Revelación, liberados de toda dimensión utópica, de su lenguaje simbólico y sometidos al control de los magisterios oficiales de las religiones, a sus dogmas, a la vetusta tradición y a los falaces argumentos de autoridad, que cierran toda posibilidad de pensar libre, crítica y creativamente.

. Las religiones construyen castillos en el aire, prometen paraísos futuros más allá del tiempo y de la historia, mientras en esta vida crean sus propios paraísos. Dicen creer en una vida en el más allá, mientras –salvo de nuevo honrosas excepciones testimoniales- apenas mueven un dedo para mejorar la vida en el más acá. Defienden la vida con todo tipo de argumentos, la vida de los no-nacidos desde el momento de la concepción y después de la muerte, pero no se interesan con el mismo empeño por la vida de las personas nacidas, sobre todo de las más vulnerables y de quienes la ven amenazada a diario.

Anuncian la vida eterna, mientras con frecuencia se aferran a esta vida con uñas y dientes, en busca de beneficios, privilegios, prebendas, favores, renunciando a su mensaje liberador y haciendo alianzas con el poder.

. La vida cotidiana y la educación tampoco se rigen por la utopía. Todo lo contrario. Las máximas que nos transmiten desde pequeños nuestros progenitores, tutores y educadores son de este tenor: “no te hagas ilusiones”, “ten los pies en el suelo”, etc. Tales consignas ejercen la misma función represiva de la imaginación que el cortar las alas a los animales voladores. Se mata la utopía desde la infancia.

Hemos pasado de las consignas inconformistas y movilizadoras de las energías utópicas del Mayo Francés de 1968 “Seamos realistas, pidamos lo imposible” y “la imaginación al poder”, a las actitudes conformistas expresadas cincuenta años después en afirmaciones como “seamos realistas, atengámonos a los hechos”, “la imaginación es enfermiza y calenturienta” y del “fuera del sistema está la respuesta a los problemas de la humanidad” al “fuera del sistema no hay salvación ni solución”.

La afirmación de Bloch, basada en el pensamiento de Hegel, “si una teoría no está de acuerdo con los hechos, peor para los hechos” se ha transformado en su contraria: “Si una teoría no está de acuerdo con los hechos, no es científica y debe ser rechazada”. Se cree a pies juntillas que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera, renunciando así a todo posibilidad de cambio, que los hechos son tozudos e inmutables, cuando son construcciones humanas, y a veces irracionales.


Maltrato semántico de la palabra “utopía”
La propia palabra “utopía” está desacreditada y ha sufrido un grave deterioro, hasta confundirla con ilusión, quimera, ingenuidad, fantasmagorería, falta de sentido de la realidad, plan bueno pero irrealizable, etc. Ha sufrido un maltrato semántico, reflejado en la propia definición de algunos diccionarios, que acentúan su carácter ingenuo, irreal, quimérico y, sobre todo, su imposibilidad de realización, que genera una actitud de desesperanza. Veamos dos ejemplos.

El Diccionario de María Moliner define la utopía como “nombre de un libro de Tomás Moro que ha pasado a designar cualquier idea o plan muy halagüeño o muy bueno, pero irrealizable"10. La Nueva Enciclopedia de Larousse, además de la referencia al libro de Moro, recoge dos acepciones del término: “plan ideal de gobierno, en el que todo está perfectamente determinado” y “cualquier plan o sistema bueno y halagüeño, pero irrealizable”11.

¿Todo perfectamente determinado? Más bien lo contrario: la utopía remite a lo imprevisible, a la sorpresa, a lo nuevo, a un mundo mejor que está por construir. ¿Irrealizable? Este calificativo conduce a mantener la realidad, por muy negativa que sea, en algo inmutable y lleva al ser humano a la inacción.

Tales desviaciones nada tienen que ver con el sentido que se le da en la literatura y el pensamiento utópicos. Lo que se han impuesto en el lenguaje ordinario, en la vida social es una caricatura de la propia palabra y de su verdadero significado. Así, de las personas utópicas se dice que se mueven por impulsos primarios, se dejan llevar por los sentimientos y no actúan racionalmente.




Odio a la utopía
Desdén y maltrato a la utopía, destierro de las personas utópicas. Hay todavía un paso más: la tenacidad del odio a la utopía12. Es la actitud de sus sepultureros, de quienes la quieren llevar a la tumba porque la vinculan con la violencia, el leninismo, el estalinismo y hasta con el nazismo y el fascismo. Actitud compartida por los “nuevos filósofos” de le década de los 80 del siglo pasado que la vinculaban con la violencia revolucionaria y los gulags.
Opción por la seguridad, la ley y el orden, frente a la utopía
Tras la erosión del discurso del progreso como orientación civilizatoria, se ha instalado en los dirigentes de las diferentes tendencias políticas y en el imaginario social una renuncia a la utopía en aras de la seguridad, la ley y el orden, que da lugar a una lógica, que no es económica, ni política, sino de la guerra. Quien mejor ha identificado esta actitud frente a la utopía es Alain Touraine13.

Como respuesta a la renuncia a la utopía y a la instalación en el discurso de la seguridad, la ley y el orden, surgen nuevos sujetos, nuevos discursos y nuevas prácticas que buscan ir más allá de lo posible y construir lo deseable con la conjunción de “la memoria, la resistencia y la imaginación, la creatividad, la utopía, la multiplicidad de saberes y experiencias”14. Saberes y experiencias, discursos y prácticas que se guían por la esperanza (Bloch), que Morin define como “la resistencia a la crueldad del mundo”15, a los gritos de la injusticia, la crueldad, la corrupción y la impunidad.



Ya no se escriben verdaderas utopías

Ya no se escriben verdaderas utopías o, al menos, no se prodiga dicho género literario como antes, afirma Francisco Serra, quien nos da la clave de dicha ausencia: quizá se debe a que vivimos en una “época desencantada”16. Podemos hablar sobre la utopía como discurso filosófico, pero el género literario utópico parece agotado. Originariamente dicho género ejercía una doble función: crítica de la negatividad de la historia, de la realidad, del presente, y diseño de un mundo mejor. A esa doble función responde Utopía, de Tomás Moro. La primera parte de la obra es una crítica de la situación generalizada de injusticia en la Inglaterra de su tiempo. La segunda es la propuesta de una alternativa. Hoy se descuida la segunda función y se privilegia la primera.



Distopías

El género literario que predomina actualmente y se encuentra en pleno auge es el de las distopías, fronterizo con las anti-utopías, las novelas de anticipación, las narraciones apocalípticas, etc., con las que comparte la visión negativa del futuro.

Quien primero parece haber empleado el término “distopía” fue el filósofo y político inglés, John Stuart Mill durante una intervención en el Parlamento de Londres en 1888. Es el antónomo de utopía. El Diccionario de la Real Academia Española no ha incorporado el término hasta su u 23ª edición, que lo han hecho con esta definición: “del lat. mod.  Dystopia,  y este del gr. δυσ- dys- 'dis-2' y utopia  'utopía'; representación ficticia de una sociedad futura de características negativascausantes de la alienación humana. Es una definición propuesta el escritor y académico José María Merino.

El género distópico describe diferentes situaciones dramáticas de la humanidad: una humanidad al borde de la extinción; que navega a la deriva; sometida al imperio de la tecnología, que roba la libertad a los seres humanos y los torna dependientes; sometida al control social; bajo regímenes totalitarios; bajo la amenaza nuclear; atrapada en el consumo; bajo el imperio de las transnacionales; a merced de los estragos del neoliberalismo; una humanidad llena de fronteras, alambradas, que impiden la libre circulación de los seres humanos, especialmente de quienes carecen de recursos y de quienes se ven sometidos a sistemas dictatoriales, persecución religiosa, etc.

Las distopías son el contrapunto y la antítesis de las utopías. Anticipan la deriva destructiva de aquellos métodos que provocan una sociedad injusta e insolidaria. Las distopías tienen que ver también con –y en cierta forma implican- la denuncia social y la crítica política. Es una modalidad de la teoría crítica de la sociedad, de la sátira, de la advertencia apocalíptica

Entre las más importantes de las últimas décadas cabe citar: El cuento de la criada, de Margaret Atwood; 2080. El fin del mundo, de Boualem Sansal; Un libro de mártires americanos, de Joyce Carl Oates; Mañana todavía. Doce distopías del siglo XXI, antología que recoge doce de textos de otros tantos escritores y escritoras españoles.




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