12 de octubre



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Julio Cortázar, El perseguidor y otros cuentos, Bruguera, Barcelona, 1979, p. 43-50

NOS DEJARON LAS PALABRAS
Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo.
Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas. Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma.
¿Salimos perdiendo..? ¿Salimos ganando..? Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron las palabras.



Pablo Neruda, Confieso que he vivido, Seis Barral, España, 1974, p. 52

EL DESCUBRIMIENTO

Y

LA

CONQUISTA

DE

AMÉRICA
HOY

LA CONMOCIÓN DEL “ENCUENTRO”
Al promediar el siglo XVI agoniza la primera gran resistencia americana. Las catástrofes demográficas y la desarticulación social y cultural, producidas en los cincuenta años que siguieron a la conquista han sido dramáticamente constatadas –más allá de las polémicas entre las leyendas “negra” y “rosa” de la presencia hispano-portuguesa en América- aunque es difícil imaginar en toda su magnitud el significado de algunas cifras:
De los 80 millones de habitantes “americanos” que se estima existen a la llegada de los españoles a fines del siglo XV y comienzos del XVI, a mediados de éste sólo quedan 10…Si se quiere tomar un solo caso, México ilustra brutalmente: en un siglo la población autóctona es diezmada, pasando de 25 millones a apenas uno…Más allá de cualquier posición, hay una sola palabra para denominar la acción que termina, en tan corto tiempo, con el 90% de la población en un territorio (70 millones de seres humanos): genocidio. (Walter Ansaldi).
No menos arrasadora fue la acción europea sobre el sustrato material de las culturas indianas: los templos y construcciones religiosas se derrumban para construir sobre ellas las iglesias del conquistador; las artesanías de oro y plata se fundían en lingotes a fin de transportarlos al viejo mundo; se quemaron los documentos y fueron eliminados los sabios y las capas intelectuales que resguardaban la herencia de estos pueblos en sus manifestaciones más elaboradas. Como escribe Fray Diego de Landa en su Relación de las Cosas de Yucatán, dando cuenta de su accionar sobre la cultura maya:
Hallámosles gran número de libros de estas letras, y porque no tenían otra cosa que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todo, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena…
De esta manera, el primer siglo del dominio hispano-portugués iba a significar brutales trastocamientos sociales y culturales para los pueblos originarios y los esclavos africanos que, junto a las nuevas líneas de mestización de estos dos troncos principales entre sí y con los pobladores blancos, refundarían sobre bases altamente traumáticas las estirpes populares latinoamericanas. No obstante, esas diversas y matizadas realidades precolombinas lograrán sobrevivir al genocidio y a la impostación de la cultura y la religión europeas. Las principales lenguas: innumerables palabras, giros idiomáticos y significados; creencias y rituales religiosos amalgamados con el cristianismo; artesanías domésticas y sociales, tejidos, cerámica, alfarería; tradiciones comunitarias, mitos, formas de vida cotidiana, vestimentas, comidas, cánticos, expresiones musicales, relatos clandestinos, testimonios orales, van conformando el acervo de una visión del mundo hondamente diferenciada que se mueve en las profundidades del continente, disimulada a veces por el barniz de la sumisión; “y mucho quedará de la manera de ser y pensar aborigen en las costumbres sociales y realidades políticas plasmadas en “las indias después de la conquista (José María Rosa).
Alcira Argumedo, Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular, Ediciones del Pensamiento Nacional, Colihue, Buenos Aires, 2009, p. 144-145
PADRE Y MADRE
Se puede discutir si la conquista de América fue buena o mala, pero la Iglesia sabía perfectamente que su papel en el proceso colonizador era el de evangelizar La Iglesia entró en contacto con una población rasgada entre su deseo de rebelarse y su deseo de encontrar protección.
La Iglesia ofreció tanta protección como pudo. Muchos grupos indígenas, de los coras en México a los quechuas en Perú a los araucanos en Chile, resistieron a los españoles durante un largo tiempo. Otros acudieron en multitudes pidiendo el bautizo en las calles y en los caminos.
El fraile franciscano Toribio de Benavente, quien llegó a México en 1524 y fue llamado por los indios “Motolinia”, que significa “el pobre y humilde”, escribió que:
Vienen al bautismo muchos, no sólo los domingos y días que para esto están señalados, sino cada día de ordinario, niños y adultos, sanos y enfermos, de todas las comarcas; y cuando los frailes andan visitando les salen los indios al camino con los niños en brazos y con los dolientes a cuestas, y hasta los viejos decrépitos sacan para que los bauticen…Cuando van a el bautismo, los unos van rogando, otros importunando, otros lo piden de rodillas, otros alzando y poniendo las manos, gimiendo y encogiéndose; otros lo demandan y reciben llorando y con suspiros”.
Motolinia afirma que 15 años después de la caída de Tenochtitlan en 1521, “más de cuatro millones de almas habían sido bautizadas”. Y aunque esto puede ser propaganda eclesiástica, el hecho es que los actos formales del catolicismo, del bautismo a la extremaunción, se convirtieron en ceremonias permanentes de la vida popular en toda la América española, y que la arquitectura eclesiástica desplegó una imaginación práctica, capaz de unir dos factores vitales para las nuevas sociedades americanas. La primera fue la necesidad de tener un sentido de parentesco, un padre y una madre. Y la segunda, fue la de contar con un espacio físico protector, donde los viejos dioses podrían ser admitidos, disfrazados, detrás de los altares de los nuevos dioses.
Muchos mestizos jamás conocieron a sus padres. Sólo conocieron a sus madres indígenas, amantes de los españoles. El contacto y la integración sexuales fueron, ciertamente, la norma de las colonias ibéricas, en oposición a la pureza racial y la hipocresía puritana de las colonias inglesas. Pero ello no alivió la sensación de orfandad que muchos hijos de españoles y mujeres indígenas seguramente sintieron. La Malinche tuvo un hijo de Cortés, quien lo reconoció y lo bautizó Martín. Pero el conquistador tuvo otro hijo, también llamado Martín, por su mujer legítima, Catalina Juárez. Andando el tiempo, ambos hermanos se conocieron y protagonizaron, en 1565, la primera rebelión de la población criolla y mestiza de México, contra el gobierno español.
La legitimación del bastardo, la identificación del huérfano, se convirtió en una de los problemas centrales, aunque a menudo tácitos, de la cultura latinoamericana. Los españoles lo abordaron de maneras religiosas y legalistas.
La fuga de los dioses, que abandonaron a su pueblo; la destrucción de los templos; las ciudades arrasadas; el saqueo y destrucción implacables de las culturas; la devastación de la economía indígena por la mina y la encomienda: Todo ello, además de un sentimiento casi paralizante de asombro, de maravilla ante lo que ocurría, obligaba a los indígenas a preguntar: ¿Dónde hallar la esperanza? Era difícil encontrar ni siquiera un destello en el argo túnel que el mundo indígena parecía recorrer. ¿Cómo evitar la desesperanza y la insurrección? Ésta fue la pregunta propuesta por los humanistas de la colonia, pero también por sus más sabios, y astutos, políticos.
Una respuesta fue la denuncia de Bartolomé de las Casas. Otra, las comunidades utópicas de Quiroga y los colegios indígenas de la Corona. Pero en verdad fue el segundo virrey y primer arzobispo de México, Fray Juan de Zumárraga, quien halló la solución duradera: darle una madre a los huérfanos del Nuevo Mundo.
A principios de diciembre de 1542, en la colina del Tepeyac cerca de la ciudad de México, un sitio previamente dedicado al culto de una diosa azteca, la virgen de Guadalupe se apareció portando rosas en invierno y escogiendo a un humilde tameme, o cargador indígena, Juan Diego, como objeto de su amor y de su reconocimiento.
De un golpe maestro, las autoridades españolas transformaron al pueblo indígena de hijos de la mujer violada en hijos de la purísima Virgen. De Babilonia a Belén, en un relámpago de genio político. Nada ha demostrado ser más consolador, unificante y digno de lás feroz respeto en México, desde entonces, que la figura de la virgen de Guadalupe, o las figuras de la virgen de la Caridad del Cobre en Cuba, o de la virgen de Coromoto en Venezuela. El pueblo conquistado había encontrado a su madre.
También encontraron un padre. México le impuso a Cortés la máscara de Quetzalcóatl. Cortés la rechazó y, en cambio, le impuso a México la máscara de Cristo. Desde entonces, ha sido imposible saber quién es verdaderamente adorado en los altares barrocos de Puebla, Oaxaca y Tlaxcala: ¿Cristo o Quetzalcóatl? En un universo acostumbrado a que los hombres se sacrificasen a los dioses, nada asombró más a los indios que la visión de un Dios que se sacrificó por los hombres. La redención de la humanidad por Cristo es lo que fascinó y realmente derrotó a los indios del Nuevo Mundo. El verdadero regreso de los dioses fue la llegada de Cristo. Cristo se convirtió en la memoria recobrada, el recuerdo de que en el origen los dioses se habían sacrificado en beneficio de la humanidad. Esta nebulosa memoria, disipada por los sombríos sacrificios humanos ordenados por el poder azteca, fue rescatada ahora por la Iglesia cristiana.
El resultado fue un sincretismo religioso flagrante, la mezcla religiosa de la fe cristiana y la fe indígena, una de las fundaciones culturales del mundo hispanoamericano. Y, sin embargo, existe un hecho llamativo: todos los Cristos mexicanos están muertos, o por lo menos agonizan. En el calvario, en la cruz, tendidos en féretros de cristal, todo lo que se ve en las iglesias populares de México son imágenes de Cristo postrado, sangrante y solitario.
En contraste, las vírgenes americanas, como las españolas, están rodeadas de gloria y celebración perpetuas, flores y procesiones. Y el decorado mismo que rodea a estas figuras, la gran arquitectura barroca de la América Latina es en sí una forma de celebración riesgosa de las viejas religiones supervivientes.
Carlos Fuentes, El espejo enterrado, Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1992, p. 154-157
MODERNIDAD Y COLONIALIDAD
Según Todorov, para los cristianos y los europeos fue el acontecimiento más extraordinario “desde que Dios creó el mundo”. Sin embargo, los trabajos nucleados en torno a las teorías decoloniales relativizan el alcance de esta afirmación. Para estos, la conquista de América, desató dos procesos que son –solo en apariencia- contradictorios.
Por un lado, el “descubrimiento” de América fue la expresión del triunfo de las ideas modernas. El término modernidad se asocia a un ciclo histórico donde la razón logró imponerse sobre los dogmas religiosos y el oscurantismo. La modernidad valorizó la capacidad de análisis, autonomizó el conocimiento, exaltó la filosofía y las ciencias, la independencia de los individuos por sobre los grupos a los que pertenecían, llegando incluso a postular su igualdad jurídica.
Por otro lado, para los vencidos, la llegada del europeo representó un pachakuti, es decir, un trastorno del espacio y el tiempo que desarticuló su visión y su forma de relacionarse con el mundo. Desde este enfoque, la modernidad –cuando se extendió fuera de Europa- comportó siempre una forma de imperialismo que generó vínculos coloniales.
En este sentido, y en palabras de Walter Mignolo, fuera de Europa “no se puede ser moderno sin ser colonial”. El razonamiento que nos ofrece esta perspectiva es el siguiente: la modernidad no significó la superación de los vínculos coloniales, pues la conquista de América –origen y fundamento de la modernidad- fue concebida en la conciencia europea, que veía al continente como una gran extensión de tierra de la que había que apropiarse y a sus habitantes como un pueblo al que había que evangelizar y explotar. Según Mignolo, aunque los aspectos más oscuros y terribles de la empresa moderna se disfracen de “injusticias necesarias”, “el progreso de la modernidad va de la mano con la violencia de l colonialidad. Es precisamente la modernidad la que necesita y produce la colonialidad”.
Nicolás Arata y Marcelo Mariño, La educación en la Argentina. Una historia en 12 lecciones, Novedades Educativas, Buenos Aires, 2013, p. 40
LOS VENCIDOS
¿Cuáles fueron las razones de esta catástrofe sin paralelo en otros procesos de la historia moderna de la población? Las matanzas de los conquistadores explican solo una pequeña parte de la caída de la población indígena. Otros desencadenantes fueron los trabajos forzados en las minas y en las plantaciones, la esclavización de miles de aborígenes –trasladados de sus tierras para trabajar en zonas muy alejadas-, las requisas de alimentos que hicieron los españoles, que privaron de sustento a las familias nativas.
En este proceso, incidieron también factores psicológicos evidenciados en los suicidios y en el descenso de la natalidad, es decir, la disminución de la cantidad de hijos que tenían las familias nativas. Todos estos factores habrían bastado para reducir la población de manera significativa. Sin embargo, la causa más importante de la brusca caída demográfica fue la propagación de enfermedades traídas por los españoles, frente a las cuales los aborígenes no tenían defensas biológicas. La fiebre amarilla, la viruela, el sarampión, el tifus y la gripe devastaron a la población aborigen en América.
Lucas Luchilo, La Argentina antes de la Argentina, Colección Los Caminos de la Historia, Buenos Aires, 2002, p. 20 y 21
LA PROPAGACIÓN DE LAS ENFERMEDADES DURANTE LA CONQUISTA DE AMÉRICA
(…) Sin embargo, a pesar de que no existe acuerdo entre muchos especialistas sobre la relevancia de las enfermedades, no todos explican del mismo modo por qué arrasaron con un número tan elevado de vidas y produjeron una brusca disminución de la población nativa.
Tzvetan Todorov, un conocido lingüista e historiador, se opone a considerar que las epidemias se produjeran solo a causa de f actores biológicos y, en cambio, pone en relación a las enfermedades con otro tipo de factores. Dice Todorov:
“(…) Tampoco se pueden considerar esas epidemias como un fenómeno puramente natural. El mestizo Juan bautista Pomar, en su Relación de Texcoco, terminada hacia 1582, reflexiona sobre las causas de la despoblación (…); ciertamente fueron las enfermedades, pero los indios estaban agotados por el trabajo y ya no tenían amor por la vida: la culpa es de ‘la congoja y fatiga de su espíritu, que nace de verse quitar la libertad que Dios le dio, (…) porque realmente los tratan (los españoles) muy peor que si fueran esclavos’ ”.
También otros autores explican que la propagación de las enfermedades estuvo fuertemente relacionada con las condiciones sociales, económicas y laborales impuestas por los conquistadores. Los invasores despojaron a los indios de alimentos, destruyeron sus sembradíos y los capturaron para realizar duros trabajos; los más jóvenes fueron trasladados a regiones lejanas del lugar en que vivían. Los traslados determinaron la desunión de las familias: por un lado, empezó a disminuir el número de nacimientos y, por otro, los aborígenes sufrieron por estos cambios graves consecuencias psicológicas que se manifestaron en alcoholismo, suicidios y “desgano vital”.
Por lo tanto, según estos historiadores, las enfermedades introducidas por los españoles se convirtieron en terribles epidemias porque la mala alimentación, las duras condiciones de trabajo y la pérdida del entusiasmo vital habían dejado a la población aborigen en un estado general muy deteriorado. Esto es lo que el historiador Rafael Mellafe (1965) denomina complejo trabajo-dieta-epidemia que demuestra una terrible efectividad: la catástrofe demográfica producida en América por la llegada de los europeos es la mayor ocurrida jamás.
En síntesis, si bien muchos estudiosos de la conquista coinciden en que las enfermedades jugaron un papel central en la denominada catástrofe demográfica,

Coexisten entre ellos diferentes modos de explicar por qué y de qué manera las nuevas enfermedades provocaron el derrumbe de la población aborigen.


Beatriz Aisenberg, Enseñar Historia en la lectura compartida. Relaciones entre consignas, contenidos y aprendizaje, en Isabelino A. Siede (coord.), Ciencias Sociales en la escuela. Criterios y propuestas para la enseñanza, Aique, Buenos Aires, 2012, p. 96-98
LA MALINCHE
Por contraposición a Guadalupe, que es la Madre virgen, la Chingada es la Madre violada. Ni en ella ni en la Virgen se encuentran rastros de los atributos negros de la Gran Diosa: lascivia de Amaterasu y Afrodita, crueldad de Artemisa y Astarté, magia funesta de Circe, amor por la sangre de Kali. Se trata de figuras pasivas. Guadalupe es la receptividad pura y los beneficios que produce son del mismo orden: consuela, serena, aquieta, enjuga las lágrimas, calma las pasiones. La Chingada es aún más pasiva. Su pasividad es abyecta: no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional y reside, según se ha dicho más arriba en su sexo. Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina.

Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al Conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida, Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por 103 españoles. Y del, mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche.


Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a nuestros indios, estoicos, impasibles y cerrados. Cuauhtémoc y doña Marina son así dos símbolos antagónicos y complementarios. Y si no es sorprendente el culto que todos profesamos al joven emperador -"único héroe a la altura del arte", imagen del hijo sacrificado-, tampoco es extraña la maldición que pesa contra la Malinche. De ahí el éxito del adjetivo despectivo "malinchista", recientemente puesto en circulación por los periódicos para denunciar a todos los contagiados por tendencias extranjerizantes. Los malinchistas son los partidarios de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona. De nuevo aparece lo cerrado por oposición a lo abierto.

Nuestro grito es una expresión de la voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, sí, pero sobre todo, cerrados frente al pasado. En este grito condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro hibridismo. La extraña permanencia de Cortés y de la Malinche en la imaginación y en la sensibilidad de los mexicanos actuales revela que son algo más que figuras históricas: son símbolos de un conflicto secreto, que aún no hemos resuelto. Al repudiar a la Malinche -Eva mexicana, según la representa José Clemente Orozco en su mural de la Escuela Nacional Preparatoria- el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega de su origen y se adentra solo en la vida histórica.



El mexicano condena en bloque toda su tradición, que es un conjunto de gestos, actitudes y tendencias en el que ya es difícil distinguir lo español de lo indio. Por eso la tesis hispanista, que nos hace descender de Cortés con exclusión de la Malinche, es el patrimonio de unos cuantos extravagantes -que ni siquiera son blancos puros-. Y otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los indios le hayan- prestado atención. El mexicano no quiere ser ni indio, ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él empieza en si mismo.
El mexicano y la mexicanidad se definen como ruptura y negación. Y, asimismo, como búsqueda, como voluntad por trascender ese estado de exilio. En suma, como viva conciencia de la soledad, histórica y personal. La historia, que no nos podía decir nada sobre la naturaleza de nuestros sentimientos y de nuestros conflictos, sí nos puede mostrar ahora cómo se realizó la ruptura y cuáles han sido nuestras tentativas para trascender la soledad.
Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1972, p. 83-84

ESPLENDORES DEL POTOSÍ: EL CICLO DE LA PLATA
Dicen que hasta las herraduras de los caballos eran de plata en la época del auge de la ciudad de Potosí. De plata eran los altares de las iglesias y las alas de los querubines en las procesiones: en 1658, para la celebración del Corpus Christi, las calles de la ciudad fueron desempedradas, desde la matriz hasta la iglesia de Recoletos, y totalmente cubiertas con barras de plata. En Potosí la plata levantó templos y palacios, monasterios y garitos, ofreció motivo a la tragedia y a la fiesta, derramó la sangre y el vino, encendió la codicia y desató el despilfarro y la aventura. La espada y la cruz marchaban juntas en la conquista y en el despojo colonial. Para arrancar la plata de América se dieron cita en Potosí los capitanes y los ascetas, los caballeros de lidia y los apóstoles, los soldados y los frailes. Convertidas en piñas y lingotes, las vísceras del cerro rico aumentaron sustancialmente el desarrollo de Europa. “Vale un Perú” fue el elogio máximo a las personas o a las cosas desde que Pizarro se hizo dueño del Cuzco, pero a partir del descubrimiento del cerro, Don Quijote de la Mancha habla con otras palabras: “Vale un Potosí”, advierte a Sancho. Vena yugular del Virreinato, manantial de la plata de América, Potosí contaba con 120.000 habitantes según el censo de 1573. Sólo veintiocho años habían transcurrido desde que la ciudad brotara entre los páramos andinos y ya tenía, como por arte de magia, la misma población que Londres y más habitantes que Sevilla, Madrid, Roma o París. Hacia 1650, un nuevo censo adjudicaba a Potosí 160.000 habitantes. Era una de las ciudades más grandes y más ricas del mundo, diez veces más habitada que Boston, en tiempos en que Nueva Cork ni siquiera había empezado a llamarse así.
La historia de Potosí no había nacido con los españoles. Tiempo antes de la conquista, el inca Huayna Cápac había oíd hablar a sus vasallos del Sumaj Orcko, el cerro hermoso, y por fin pudo verlo cuando se hizo llevar, enfermo, a las termas de Tarapaya. Desde las chozas pajizas del pueblo de Cantumarca, los ojos del inca contemplaron por primera vez aquel cono perfecto que se alzaba, orgulloso, por entre las altas cumbres de las serranías. Quedó estupefacto. Las infinitas tonalidades rojizas, la forma esbelta y el tamaño gigantesco del cerro siguieron siendo motivo de admiración y asombro en los tiempos siguientes.
Pero el inca había sospechado que en sus entrañas debía albergar piedras preciosas y ricos metales, y había querido sumar nuevos adornos al Templo del Sol en el Cuzco. El oro y la plata que los incas arrancaban de las minas de Colque Porco y Andacaba no salían de los límites del reino: no servían para comerciar sino para adorar a los dioses. No bien los mineros indígenas clavaron sus pedernales en los filones de plata del cerro hermoso, una voz cavernosa los derribó. Era una voz fuerte como el trueno, que salía de las profundidades de aquellas breñas y decía, en quechua: “No es para ustedes; Dios reserva estas riquezas para los que vienen de más allá”. Los indios huyeron despavoridos y el inca abandonó el cerro. Antes, le cambió el nombre. El cerro pasó a llamarse Potojsí, que significa: “Truena, revienta, hace explosión”.
Los que viene de más allá” no demoraron mucho en aparecer. Los capitanes de la conquista se abrían paso. Huayna Cápac ya había muerto cuando llegaron. En 1545, el indio Huallpa corría tras las huellas de una llama fugitiva y se vio obligado a pasar la noche en el cerro. Para no morirse de frío, hizo fuego. La fogata alumbró una hebra blanca y brillante. Era plata pura. Se desencadenó la avalancha española.

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