12 de octubre



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Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1580)

Para algunos especialistas, el primer gran historiador de las Indias. Luego de guerrear en Italia y Flandes llegó a América en 1514 como cronista y escribano real. “De la natural Historia de las Indias”, “Historia general y natural de las Indias”, e “Isla y Tierra Firme del mar Océano”, concebidas a partir de 1525 por Fernández de Oviedo y Valdés, constituyen el primer intento de una historia completa del Nuevo Mundo.


Bernal Díaz del Castillo (1492-1581)

Capitán de Cortés, escribió al final de su vida “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”. Extensa, minuciosa, de primera mano, su obra es la más apasionante que se haya escrito sobre el tema y de lectura amena. Con ella puso en claro que si bien Cortés fue el jefe de la conquista, a ella contribuyeron decenas de capitanes, como él mismo, y centenares de soldados. En su escrito, la figura del conquistador –con sus virtudes y defectos- alcanza una semblanza humana más conmovedora que la que logra López de Gómara en su “Historia de las Indias”.


Bartolomé de las Casas (1474-1566)

Llamado “noble apóstol de los indios” por su defensa de los indígenas, la lucha y los escritos del sacerdote de las Casas se ganaron un lugar primordial entre las ideas modernas sobre el ser humano y el derecho de gentes. En una de sus obras dice que el haber perdido España el camino que la Providencia le había señalado, la conquista se convirtió en una invasión violenta “…de crueles tiranos, condenados no sólo por la ley de Dios, sino por todas las leyes humanas”. Reprochó a Fernández de Oviedo y Valdés el desprecio por los indios que manifestaban sus escritos.



Gaspar de Carvajal (1500-1584)

Misionero español, integró la expedición de Gonzalo Pizarro por el interior del Imperio incaico. Acompañó a Francisco Orellana en sus exploraciones, las que relató en “Descubrimiento del río Amazonas”, donde describe el carácter y los hábitos de los indios, tanto en la paz como en la guerra. Murió en Lima.


Pedro Cieza de León (1518-1560)

En su “Crónica de Perú” relata las feroces y sangrientas disputas entre Francisco Pizarro y sus capitanes. Además, describe las características geográficas e históricas del Imperio incaico. Sus opiniones muestran el desprecio que sentía por los indígenas, “salvajes capaces de crueldad y del pecado nefando de sodomía.”


José de Acosta (1539-1600)

Sacerdote jesuita, llegó a Perú en 1571, por donde viajó estudiando con enfoque científico la flora y la fauna, las costumbres y la historia de los Incas. Su “Historia natural y moral de las Indias” fue publicada en 1590 y, en seguida, editada en otros idiomas europeos. Hizo las primeras traducciones del catecismo al quechua y aimará, lenguas incaicas.


Isabel de Guevara

Llegó al Río de la Plata en 1536 con la expedición de Pedro de Mendoza, integrada por unos 2 mil hombres y algunas mujeres y, luego de la fundación de Buenos Aires, marchó al Paraguay. En 1566 envió un extenso documento a la princesa Juana, quejándose del injusto olvido en que la metrópoli tenía a las mujeres de esa colonia, las que habían sufrido tantos pesares, trabajos y calamidades en su conquista y colonización como el más valiente de los soldados. Desgraciadamente, carecemos de mayores datos biográficos de esta cronista, la primera feminista de América.


Alberto Cabado y Ángel Cabaña, Los Días del Hombre, Tomo 1: De: La prehistoria a: El encuentro de Dos mundos, Sistemas Audiovisuales de Cultura, México, D. F., 1991, p. 110-115


EL DESCUBRIMIENTO

Y

LA CONQUISTA

DE

AMÉRICA

EN LA

LITERATURA
A COLÓN

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,


tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Un desastroso espirítu posee tu tierra:


donde la tribu unida blandió sus mazas,
hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,
se hieren y destrozan las mismas razas.

Al ídolo de piedra reemplaza ahora


el ídolo de carne que se entroniza,
y cada día alumbra la blanca aurora
en los campos fraternos sangre y ceniza.

Desdeñando a los reyes nos dimos leyes


al son de los cañones y los clarines,
y hoy al favor siniestro de negros reyes
fraternizan los Judas con los Caínes.

Bebiendo la esparcida savia francesa


con nuestra boca indígena semiespañola,
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.

Las ambiciones pérfidas no tienen diques,


soñadas libertades yacen deshechas.
¡Eso no hicieron nunca nuestros caciques,
a quienes las montañas daban las flechas!

Ellos eran soberbios, leales y francos,


ceñidas las cabezas de raras plumas;
¡ojalá hubieran sido los hombres blancos
como los Atahualpas y Moctezumas!

Cuando en vientres de América cayó semilla


de la raza de hierro que fue de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.
¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!

Libre como las águilas, vieran los montes


pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.

Que más valiera el jefe rudo y bizarro


que el soldado que en fango sus glorias finca,
que ha hecho gemir al zipa bajo su carro
o temblar las heladas momias del Inca.

La cruz que nos llevaste padece mengua;


y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,


Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y en las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque
Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!
CAUPOLICÁN
Es algo formidable que vio la antigua raza:

robusto tronco de árbol al hombro de un campeón

salvaje y aguerrido, cuya fornida maza

blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.


Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,

pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,

lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,

desjarretar un toro, o estrangular un león.


Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,

le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,

y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
“¡El Toqui, el Toqui!”, clama la conmovida casta.

Anduvo, anduvo,. Anduvo. La aurora dijo “Basta”,

e irguiose la alta frente del gran Caupolicán.
Rubén Darío
Antología poética. Selección y prólogo de Ángel J. Battistessa, Corregidor, Buenos Aires, 2011, p. 105/249-250

CRÓNICA DE INDIAS
…porque como los hombres no somos todos muy buenos…
Bernal Díaz del Castillo
Después de mucho navegar

por el oscuro océano amenazante, encontramos

tierras bullentes en metales, ciudades

que la imaginación nunca ha descrito, riquezas,

hombres sin arcabuces ni caballos.
Con objeto de propagar la fe

y arrancarlos de su inhumana vida salvaje,

arrasamos los templos, dimos muerte

a cuanto natural se nos puso.


Para evitarles tentaciones

confiscamos su oro.


Para hacerlos humildes

los marcamos a fuego y aherrojamos.


Dios bendiga esta empresa

hecha en Su Nombre.


José Emilio Pacheco
Tarde o Temprano, letras mexicanas, Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1986, p. 77

GONZALO GUERRERO
Tomé a Pedreros de la rubia cabellera y lo atraje hacia mi cara, hasta que sus ojos y los míos se vieron sin ninguna interferencia. Le hablé en la lengua de los Cheles y el hombre quedó boquiabierto, sin entender ni jota. Así lo hice por divertirme un poco y para dar oportunidad a mis hombres de que entendiesen lo que le estaba preguntando y lo que le estaba recriminando. Lo separé un poco de mi cuerpo y lo dejé reposar un rato. Su aliento, oloroso a miedo, brotaba agitado desde la profundidad de sus pulmones.
- ¿Quién es vuestro capitán, señor Pedreros?- le espeté con sonidos que ya no eran míos, con palabras que ya no me pertenecían, ecos que eran extrañas voces para mi boca y que mi lengua apenas y lograba modular.
El hombre palideció y comenzó a temblar como si lo hubiesen embrujado. Sus mandíbulas chocaron entre sí y sus rodillas se volvieron de trapo. Tuve que sostenerlo e insistir en mi pregunta:
-¿Quién es vuestro comandante, vuestro jefe?
El hombre balbuceó…¡Montejo, Francisco de Montejo…!, reculó y vociferó…¿Pero quién sois vos, engendro del demonio? ¿Te habéis tragado a uno de mis hermanos y ahora utilizas su voz ¿Qué clase de sortilegio es el que haces?
Esperé a que se calmara, a que las babas que escurrían por entre sus aterrorizados labios bajasen a apelmazar sus barbas y entonces le hablé:
-Soy Gonzalo Guerrero, natural de Palos, y no soy ningún engendro, ni demonio, ni ninguna de las estupideces que podéis estar pensando. Soy tan español como vos, sólo que en mi alma no habita la codicia ni la maldad que moran en la tuya, pícaro, ladrón, cobarde que abusáis de vuestros adelantos bélicos para sojuzgar a estas razas, a estos hijos del Sol que nada os piden, y para nada os necesitan.
Como véis, estos salvajes, a quienes tanto despreciáis, son capaces de venceros en limpia lid, usando armas muy inferiores a las vuestras. Y ahora, para vos eso es suficiente, no os informaré de más. No quiero arrojar margaritas a los cerdos, ni perder mi tiempo con tal alimaña. Contestarás a mis preguntas escuetamente, sin comentarios, y ya yo veré qué hago con vuestra vida.
Creo que nunca he visto en toda mi existencia a un sujeto tan asustado y a la vez tan asombrado. Por su cabeza han de haber pasado las escenas más enloquecedoras y alucinantes. Lástima que no me detuve a observarlo con mayor detenimiento, pero mi gente esperaba algo y tuve que hacerlo:


  • ¿Cuántos hombres quedaron en Séla y quién los capitanea?

  • Doce soldados y una bestia. Nuestro capitán es Alonso Dávila, esforzado y leal soldado de Su Majestad Carlos Primero de España.

En mi paladar se quedó pegado el nombre del nuevo monarca de mi patria. Cuántas cosas habían cambiado desde que salí en la Santa maría de la Barca…; cuántas cosas…




  • ¿Y a qué habéis venido a estas tierras, cuáles son vuestras intenciones?

  • Conquistarlas para nuestro Adelantado, quien tiene Cédula Real para poblar y cristianizar estos dominios; para hacer repartimiento de indios y para impartir justicia…




  • ¡Basta, es suficiente…! –le corté el hilo de sus explicaciones. Me retiré unos pasos y me quedé meditando acerca de lo que debería hacer con el cautivo. Los Cheles y todos los demás pobladores del Mayab sacrifican a sus prisioneros y…en mi espíritu hay más garfios de esas selvas que gárgolas europeas; de mi sangre ha sido parida sangre Chele, y por lo tanto…

Pedí a los akhines que no devoraran su cuerpo, sino que después de sacrificarlo arrojaran sus cuartos a un foso. No tengo dudas de que cumplieron con mi solicitud. La carne de los caballos recompensó con creces su apetito.


Eugenio Aguirre, Gonzalo Guerrero, Alfaguara, México, D. F., 2002, p. 288-290
JUAN DE GARAY
Tu grito de horror.

No veré más el ritmo de mis pequeños amores. Ahora la aventura, el naufragio lento de los recuerdos.


¿Qué rumbo elegirá su rostro desconocido? ¿Bogando suave por el mar Amarillo, o sangre adentro?
El Adelantado parte; huye en busca de su salvación y exhorta para no dar un paso atrás en su conquista.
Vengan indios milagrosos.
Francisco Urondo, Obra poética, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2007, p. 76

LOS CABALLOS DE LOS CONQUISTADORES
¡No! No han sido los guerreros solamente,

de corazas y penachos y tizonas y estandartes,

los que hicieron la conquista

de las selvas y los Andes:

los caballos andaluces cuyos nervios

tienen chispas de la raza voladora de los árabes,

estamparon sus gloriosas herraduras

en los secos pedregales,

en los húmedos pantanos,

en los ríos resonantes,

en las nieves silenciosas,

en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!


…………………………………………………
Se diría una epopeya

de caballos singulares,

que a manera de hipogrifos desalados

o cual río que se cuelga de los Andes,

llegan todos,

empolvados, jadeantes,

de unas tierras nunca vistas

a otras tierras conquistables;

y, de súbito, espantados por un cuerno

que se hincha de huracanes

dan nerviosos un relincho tan profundo,

que parece que quisiera perpetuarse…

y, en las pampas sin confines,

ven las tristes lejanías, y remontan las edades,

y se sienten atraídos por los nuevos horizontes,

se aglomeran, piafan, soplan…y se pierden al escape:

detrás de ellos una nube,

que es la nube de la gloria, se levanta por los aires…

¡Los caballos eran fuertes!

¡Los caballos eran ágiles!


José Santos Chocano (Perú, 1867-1934)
En La mejor poesía. Selección de Héctor Yánover, Seix Barral, Buenos Aires, 1998, p. 339-341
EL HAMBRE
Don Pedro (…) se retuerce como endemoniado… ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
(…) Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético (…) En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó!
(…) Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay.
(…) Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
(…) Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos Quinto; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos, han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así.
(…) A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad.
(…) El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí (…) Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados.
(…) No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse.
El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.
Manuel Mujica Láinez, Misteriosa Buenos Aires, Sudamericana, Buenos Aires, 1968, p. 7-14

LA MALDICIÓN DE MALINCHE
Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados,
eran los hombres barbados
de la profecía esperada.

Se oyó la voz del monarca


de que el Dios había llegado
y les abrimos la puerta
por temor a lo ignorado.

Iban montados en bestias


como Demonios del mal,
iban con fuego en las manos
y cubiertos de metal.

Sólo el valor de unos cuantos


les opuso resistencia
y al mirar correr la sangre
se llenaron de vergüenza.

Por que los Dioses ni comen,


ni gozan con lo robado
y cuando nos dimos cuenta
ya todo estaba acabado.

Y en ese error entregamos


la grandeza del pasado,
y en ese error nos quedamos
trescientos años de esclavos.

Se nos quedó el maleficio


de brindar al extranjero
nuestra fé, nuestra cultura,
nuestro pan, nuestro dinero.

Y les seguimos cambiando


oro por cuentas de vidrio
y damos nuestra riqueza
por sus espejos con brillo.

Hoy en pleno siglo XX


nos siguen llegando rubios
y les abrimos la casa
y los llamamos amigos.

Pero si llega cansado


un indio de andar la sierra,
lo humillamos y lo vemos
como extraño por su tierra.

Tú, hipócrita que te muestras


humilde ante el extranjero
pero te vuelves soberbio
con tus hermanos del pueblo.
Tomado de AlbumCancionYLetra.com
Oh, Maldición de Malinche,
enfermedad del presente
¿Cuándo dejarás mi tierra
cuando harás libre a mi gente?
Letra: Gabino Palomares

DURA, TORVA Y LENTA
Por este río –casi una llanura-

y por esta llanura –casi un cielo-

penetraron los hombres en aquélla

que aún no era la patria.

Ni era nuestra.

Remontaron las aguas, machetearon la selva

atravesaron montes, temblaron con las fiebres,

abrieron los senderos

aprendieron los nombres ignorados

y enseñaron los nuevos.

Las frentes sudorosas, enojaba

un irascible viento.

Fue dura la conquista.

Dura y lerda.

Siguió la caravana por salinas,

por desiertos de piedra,

descendió hasta la sima pavorosa

y avanzó entre las tinieblas.

Las espinas brotaban de la sangre

como una extraña floración siniestra:

los días desnudaban la esperanza

y las noches vestían el deseo.

Desde el violado fondo americano

desde todos los ríos y los cerros.

se defendía el continente vírgen

con graves sortilegios:

fantasmas del metal, raíz salvaje,

riesgo invisible, flechas con veneno

y el bárbaro clamor desesperado

desde la entraña aviesa del misterio.

Fue torva la conquista.

Torva y lenta.

Bajo los pies, crecía inmensamente

Una pampa cuajada en tolvaneras

Y los hombres plantaron la semilla

Cercaron la tierra,

Levantaron los muros de la casa

Y tomaron las hembras.

Sobre aquel horizonte desbocado

comenzó el entrevero,

empezaron a unirse las distancias:

los hombres, todavía estaban lejos

los unos de los otros. No sabían

-no supieron tal vez por mucho tiempo-

Que para no estar solos ni perdidos

Había que sentar todas las huellas.

Así, fueron andando los caminos;

así, fueron crujiendo las carretas,

crecieron caseríos melancólicos

y alrededor de las capillas tiernas

se apretaron los miedos pequeñitos.

Y nadie tuvo miedo.


Julia Prilutzky Farny (1912-2002)
Julia Prilutzky Farny, La Patria, Buenos Aires, Plus Ultra, Buenos Aires, 1978. En Cronistas de Indias. Antología. Selección, introducción, notas y propuestas de trabajo: Silvia Calero y Evangelina Folino, Colihue, Buenos Aires, 2006, p. 164-165

LA NOCHE BOCA ARRIBA
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos se rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte.

(…)


Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

(…)


"Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

- Se va a caer de la cama - dijo el enfermo de al lado. - No brinque tanto, amigo.

(…)

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.



(…)

Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha.



(…)

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó, buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. (…) Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y se abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. (…) Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras



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