12 de octubre



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Alberto Cabado y Ángel Cabaña, Ayer y hoy en la vida de un pueblo, Sistemas Audiovisuales de Cultura, México, 1993, p. 29

EL CAUTIVERIO DE FRANCISCO NUÑEZ DE PINEDA Y BASCUÑÁN
¿Quién le iba a decir a Bascuñan que sería testigo obligado de un parlamento mapuche en el que se iba a decidir su suerte? “Y la verdad es que en aquel trance estaba bastante animado a morir por la fe de nuestro Dios y Señor como valeroso mártir”. El parlamento se formó de acuerdo a la categoría de los asistentes. “Luego se fueron poniendo en orden según el uso y costumbre de sus tierras y esta era más ancha que la cabecera, adonde asistían los caciques principales y capitanes de valor”.
A continuación, tomó la palabra Putapichun quien, dentro de la retórica florida llamada “parlas” propia de los parlamentos indígenas, se dirigió a Maulicán para explicar la finalidad con la que se había convocado al parlamento: “Esta junta de guerra y extraordinario parlamento nos e ha encaminado a otra cosa que a venir mancomunados a comprarte este capitán que llevas…para sacrificarle a nuestro Pillán”.
Obviamente los caciques presentes conocían al cautivo, su valor pecuniario y estratégico, y se dispusieron a hacer generosas ofertas a Maulicán, collares de piedras ricas, caballos entrenados y ensillados, otros cautivos españoles. El mismo Putapichun ofreció una hija suya a cambio. Maulicán resistió el canje y justificó su negativa en el placer que sentía de llegar a su parcialidad y mostrar el preciado botín a su padre y parientes. Prometía que una vez hecho esto regresaría el cautivo para que fuese sacrificado al gran Pillán (divinidad araucana).
Ante la negativa de Maulicán, como parte del ritual epílogo de una maloca, se procedió al sacrificio de uno de los soldados españoles que había sido tomado en la batalla junto con Bascuñán. Durante la época de los levantamientos mapuches y guerras del Arauco, estos tipos de sacrificios o ajusticiamientos de prisioneros eran comunes, así como prácticas antropofágicas asociadas al acto.
La narración de Bascuñán no elude detalle y es de gran patetismo. La víctima, uno de los soldados tomado en las Cangrejeras, fue traído con una soga al cuello y colocado en el centro de un círculo. Procedió un largo ritual que concluyó con el ofrecimiento a Maulicán para que acabase con sus manos con la vida de la víctima. A tal efecto se le entregó “una porra de madera pesada sembrada toda de clavos de errar… y se fue acercando al lugar donde aquel pobre mancebo estaba o lo tenían sentado, despidiendo de sus ojos más lágrimas que en la que los míos sin poder detenerse se manifestaban. Con que, cada vez que volvía el rostro a mirarme, me atravesaba el alma”. Maulicán no dudó, “le dio en el cerebro un tan grande golpe, que le echó los sesos fuera con la macana o porra claveteada. Al instante los acólitos que estaban con los cuchillos en las manos, le abrieron el pecho y le sacaron el corazón palpitando, y se lo entregaron a mi amo”. Más tarde, comió del corazón y lo pasó al resto de los caciques y principales quienes prosiguieron con la comunión ceremonial.

(…)


Francisco Núñez de Pineda y Bascuñan fue un cautivo criollo en un periodo de transición en el reino de Chile. Fue capturado en los años en que se percibían los primeros síntomas de pacificación de la región (1628)…Fue protagonista de enfrentamientos militares, atestiguó malocas y rivalidades entre las distintas parcialidades indígenas y vivió la cotidianidad diaria entre los mapuches, más como un convidado que como un prisionero. Fue un testigo de excepción y su testimonio es prueba evidente.

(…)


El cautiverio de Núñez de Pineda y Bascuñán concluyó al final de seis meses cuando fue canjeado por varios caciques principales en manos españolas. La despedida emocionda subraya el tono amistoso del libro que insiste, una y otra vez, en la nobleza de “los bárbaros infieles”, el derecho a sus libertades y la responsabilidad española en el conflicto (…) Bascuñán, a su regreso a España, redactó su extenso manuscrito que, aunque circuló profusamente, no se publicó hasta 1863.
Fernando Operé, Historias de la frontera. El cautiverio en la América Hispánica, Corregidor, Buenos Aires, 2012, p. 99-111

PEDRO BOHORQUES Y LA REBELIÓN DE LOS CALCHAQUÍES
El aventurero andaluz Pedro Bohórquez y Girón llegó al Perú en 1620. Vivió con indígenas de la sierra central, aprendiendo el quechua y las costumbres, creencias y prácticas de esos pueblos. Luego realizó un largo viaje al oriente boliviano, a Paytití, donde, se decía, se habían refugiado tropas incaicas que habían intentado conquistar a las poblaciones de la selva. Bohorques afirmaba que había encontrado Paytití y había sido reconocido como Inca por sus habitantes. Tras años de aventuras, fue apresado y enviado a Valdivia, en Chile, de donde escapó a Mendoza para dirigirse luego a la región calchaquí.
Allí, muchos reconocieron su calidad de Inca y uno de ellos, Pivanti, cacique de Tolombón, lo acogió en su casa. Desde esa posición, negoció con el gobernador del Tucumán. El encuentro, en julio de 1657, se realizó con toda pompa. Bohórquez, con su séquito de calchaquíes lujosamente ataviados, arribó en medio de salvas de arcabuces y recibió obsequios y agasajos del gobernador y su comitiva. Luego de una solemne misa, y tras quince días de negociaciones, ceremonias, festejos y homenajes, Bohórquez fue reconocido como Teniente de Gobernador y Capitán General, autorizándoselo a emplear el título de Inca.
El acuerdo fue desaprobado por el virrey del Perú, que ordenó capturar al fugitivo. El idilio con Bohórquez había durado poco y el flamante Inca endureció su discurso contra los españoles, alentando a los nativos a la rebelión. Entre choques y enfrentamientos –incluso fueron quemadas dos misiones de los jesuitas-, las relaciones alcanzaron su máxima tensión en 1659.
Finalmente, Bohórquez aceptó entregarse a cambio de un indulto y fue enviado preso a Lima. Sin embargo, llevó varios años controlar la dura resistencia que opusieron los calchaquíes. Bohórquez, preso en Lima, fue condenado a muerte y ejecutado en 1666, sospechado de participar en una conjura de curacas de esa ciudad.
Raúl Mandrini, La Argentina aborigen. De los primeros pobladores a 1910, Siglo Veintiuno-Fundación OSDE, Buenos Aires, 2008, p. 212
TESTIMONIOS ASOMBROSOS
Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación.
Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos.
Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro.
Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
Fragmento del discurso de Gabriel García Márquez, en la entrega del Premio Nobel en 1982

UN QUILOMBO
En tierra brasileña se mezclaron los rollizos bantúes de la selva con los guerreros y magos sudaneses de esqueletos largos y miembros nervudos. Durante mucho tiempo trataron de mantener sus lenguas y creencias. Para los blancos, ellos eran simplemente piezas, y no se registraba otro origen de los negros que los puertos de embarque.
Sin embargo, la tradición precisa que fueron cuarenta negros de Guinea los primeros en sublevarse en las plantaciones de Pernambuco. Ganaron la selva virgen de Alagoas y al pie de la Serra da Barriga levantaron un fuerte con troncos clavados a pique que llamaron quilombo, que en idioma bantú quiere decir fortaleza. Los fugitivos se juramentaron pelear por su libertad y se enorgullecían de llamarse quilombolas, voz de Angola que significa golpe fuerte y distingue al guerrero que ataca violentamente.
Durante más de medio siglo los negros alzados rechazaron todas las entradas de las tropas portuguesas. Los quilombolas eran muy diestros en el arco, temibles lanceros y tenían la habilidad de arrojar teas encendidas (sus únicas armas de fuego) capaces de convertir a la selva en un infierno devorador.
Veinte mil negros encontraron y defendieron su libertad en el quilombo de Palmares. De los inmensos bosques de palmeras que cubrían la región extraían el palmito y fabricaban esteros y fibras para vestirse, aceite y licor. Cultivaban mandioca y porotos. Pocas veces abandonaban sus tierras y cuando lo hacían era para incursionar hasta poblaciones indias y blancas en busca de mujeres. Todo negro fugitivo era aceptado como ciudadano libre, pero cuando atrapaban a un negro que no había fugado lo mantenían como esclavo en el quilombo.
Zambi es voz congoleña que distingue al caudillo. Ganzuguba fue el último zambi del quilombo de Macaco. Comandaba la guardia de mil quinientos quilombolas que era la fuerza de choque de toda una confederación: a Macaco ya lo rodeaban los nuevos quilombos: Dambrubanga, Osenga, Sucupira y Antalaquituxe (...).
El imperio esclavista reunió fuerzas para liquidar a la primera república americana de negros. Era en 1695: los quilombos habían luchado 77 años con lanzas, flechas y tizones encendidos. Finalmente las armas de fuego del poderoso ejército colonial arrasaron las defensas de Palmares. El cerco portugués se cerró en el quilombo de Macaco.
El zambi Ganzuguba lo esperaba con sus capitanes en lo alto de un peñasco para ser visto por todos. Desde esa altura presenciaba su derrota y señaló el camino a seguir: el zambi y sus principales jefes se arojaron al vacío para morir como hombres libres.
El largo asedio y el asalto final culminaron con la afiebrada búsqueda de mujeres, niños y negros heridos. Era el botín ofrecido a los expedicionarios. Dos días después ya se habían formado los principales lotes de cautivos. Los orgullosos quilombolas volvían a ser piezas de compra y venta. Domingo Jorge Velho abarcó con un gesto una larga hilera de negros encadenados.

–¿Cuánto cree el señor que vale esta corda en el mercado de Porto Calvo o en Olinda?

-No, señor-Bernardo Vieira de Mello sacudió la cabeza con energía-. Estos negros llevan el quilombo en la sangre y no los queremos en estas tierras.

-Tiene el diablo en el cuerpo-intervino otro pernambucano-.¿Les ve esas caras largas? Mandingas son; los tuve en mi plantación y no los quiero ni regalados; hacían brujerías y escribían oraciones con letras de turco. ¿Por qué tienen que escribir su maldita lengua cuando tantos caballeros lusitanos no sabemos escribir portugués? Mejor matarlos que traerlos a nuestras plantaciones.

-¿Qué hacer entonces?- preguntó Domingo Jorge Velho-. Estos negros me costaron dos años de lucha y la vida de mis mejores hombres.

-Los cautivos son el justo premio de una larga guerra- dijo Bernardo Vieira de Mello-, pero no deben ser semilla de nuevas sublevaciones. Hemos pensado en un plan para que nadie, ni ustedes los paulistas ni nosotros los pernambucanos resultemos perjudicados. Se trata de llevar estos negros hasta Olinda y mejor a la Bahía de Todos los Santos, puertos siempre llenos de barcos deseosos de cargar esclavos. No olviden que cuanto más al sur, más vale un negro. Y es una verdadera fortuna si alguien lo lleva al Perú.

-En Sao Paulo no hay necesidad de esclavos negros, ni suficiente dinero para comprarlos. Gracias a nos, los capitanes do mato, hay hartura de indios para matar y para hacerlos trabajar con la mitad de la comida de un negro.

-No me refiero a Sao Paulo sino más al sur. Estos esclavos serán vendidos para el Río de la Plata.

-Magnífica idea –sonrió vengativo el rudo capitán paulista-. ¡Los vendemos a mejor precio y que vayan a armar quilombos en Buenos Aires!
Bernardo Kordon, Bairestop, Losada, Buenos Aires, 1975, p. 7-11

UNA GUERRA JUSTA
Y no vayas a creer que antes de la llegada de los cristianos vivían en aquel pacífico reino de Saturno que fingieron los poetas, sino que por el contrario se hacían continua y ferozmente la guerra unos a otros con tanta rabia, que juzgaban de ningún precio la victoria si no saciaban su hambre monstruosa con todas las carnes de sus enemigos, ferocidad que entre ellos es tanto más portentosa cuanto más distan de la invencible fiereza de los escitas, que también se alimentaban de los cuerpos humanos, siendo por lo demás estos indios tan cobardes y tímidos, que apenas pueden resistir la presencia de nuestros soldados, y muchas veces, miles y miles de ellos se han dispersado huyendo como mujeres delante de muy pocos españoles, que no llegaban ni siquiera al número de ciento.

(…)


Y por lo que toca al modo de vivir de los que habitan la Nueva España y la provincia de Méjico, ya he dicho que a éstos se les considera como los más civilizados de todos, y ellos mismos se jactan de sus instituciones públicas, porque tienen ciudades racionalmente edificadas y reyes no hereditarios, sino elegidos por sufragio popular, y ejercen entre sí el comercio al modo de las gentes cultas. Pero mira cuánto se engañan y cuánto disiento yo de semejante opinión, viendo al contrario en esas mismas instituciones una prueba de la rudeza, barbarie e innata servidumbre de estos hombres. Porque el tener casas y algún modo racional de vivir y alguna especie de comercio, es cosa a que la misma necesidad natural induce, y sólo sirve para probar que no son oso, ni monos. y que no carecen totalmente de razón. Pero por otro lado tienen de tal modo establecida su república, que nadie posee individualmente cosa alguna, ni una casa, ni un campo de que pueda disponer ni dejar en testamento a sus herederos, porque todo está en poder de sus señores que con impropio nombre llaman reyes, a cuyo arbitrio viven más que mal suyo propio, atenidos a su voluntad y capricho y no a su libertad, y el hacer todo esto no oprimidos por la fuerza de las armas, sino de un modo voluntario y espontáneo es señal ciertísima del ánimo servil y abatido de estos bárbaros. Ellos tenían distribuidos los campos y los predios de tal modo que una parte correspondía al rey, otra a los sacrificios y fiestas públicas, y sólo la tercera parte estaba reservada para el aprovechamiento de cada cual, pero todo esto se hacía de tal modo que ellos mismos cultivaban los campos regios y los campos públicos y vivían como asalariados por el rey y a merced suya, pagando crecidísimos tributos. Y cuando llegaba a morir el padre, todo su patrimonio, si el rey no determinaba otra cosa, pasaba entero al hijo mayor, por lo cual era preciso que muchos pereciesen de hambre o se viesen forzados a una servidumbre todavía más dura, puesto que acudían a los reyezuelos y les pedían un campo con la condición no sólo de pagar un canon anual, sino de obligarse ellos mismos al trabajo de esclavos cuando fuera preciso. Y si de este modo de república servil y bárbara no hubiese sido acomodado a su índole y naturaleza, fácil les hubiera sido, no siendo la monarquía hereditaria, aprovechar la muerte de un rey para obtener un estado más libre y favorable a sus intereses, y al dejar de hacerlo, bien declaraban con esto haber nacido para la servidumbre y no para la vida civil y liberal. Por tanto si quieres reducirlos, no digo a nuestra dominación, sino a una servidumbre un poco más blanda, no les ha de ser muy gravoso el mudar de señores, y en vez de los que tenían, bárbaros, impíos e inhumanos, aceptar a los cristianos, cultivadores de las virtudes humanas y de la verdadera religión. Tales son en suma la índole y costumbres de estos hombrecillos tan bárbaros, incultos e inhumanos, y sabemos que así eran antes de la venida de los españoles; y eso todavía no hemos hablado de su impía religión y de los nefandos sacrificios en que veneran como Dios al demonio, a quienes no creían tributar ofrenda mejor que corazones humanos.
Juan Ginés de Sepúlveda, Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios, en Alejandro Herrera Ibáñez, Antología. Del Renacimiento a la Ilustración. Textos de Historia universal, UNAM, México D. F., 1972, p. 204-206

LOS MUCHACHOS CRISTIANIZADOS
La historia de esta conquista en Nueva España es muy rica en ejemplos concretos de las dificultades que trae consigo la conversión de un pueblo a otra cultura.
Hay que imaginar la situación en que se encontraron los primeros misioneros a su llegada al Nuevo Mundo. Sin conocimiento de la lengua –o mejor dicho de las lenguas, en un territorio de variedad lingüística impresionante- había que comenzar de cero. Ahí encontramos a nuestros misioneros durante los primeros tiempos intentando todos los procedimientos de evangelización imaginables. Se intentó, por ejemplo, predicar a señas. Los religiosos se paraban frente aun grupo de indígenas, en cualquier lugar concurrido, y para explicar la existencia del cielo y del infierno señalaban con las manos hacia la tierra y procuraban con señas dar a entender que había fuego, sapos y culebras. Alzaban los ojos y trataban de transmitir a señas la idea de que sólo Dios se encontraba allá arriba, y que allá irían a parar los buenos. Así andaban esos frailes por los mercados, por las plazas y los caminos, y seguramente causaban cierta curiosidad entre los indios que no comprendían lo que significaban tales ademanes.
Un misionero, que se recuerda solamente con el nombre de fray Juan de la Caldera, para pintar a los indígenas los horrores del infierno, ideó poner una caldera sobre el fuego y echar dentro varios animales –imagen en vivo del infierno que esperaba a malos e infieles-. Otro misionero llegó al grado de arrojarse a sí mismo a las brasas encendidas para demostrar que la carne era débil y flaca y que no podía soportar el fuego eterno al que quedaría condenada.
Cualquier posición extrema parecía actitud titubeante a esos hombres angustiados al no poder comunicar ni hacer comprender a quienes vivían en un error la verdad de la que eran portadores. Movidos por un misticismo apocalíptico heredado de los últimos siglos medievales, los franciscanos alcanzaron un entusiasmo misionero tal, que Mendieta llegó a escribir:
En penitencia, mengua y estrechura…San Francisco que viniera de nuevo al mundo no les hiciera ventaja.
Aunque evidentemente esos procedimientos iniciales no los llevaron muy lejos, la experiencia y el tiempo transcurrido en contacto con los indígenas permitieron a los frailes la aplicación de procedimientos más racionales. Uno de ellos sería la educación sistemática de los niños indígenas hijos de principales. (…)
La evangelización de niños, para que más tarde fueran ellos los evangelizadores, fue apoyada por Cortés, que mandó en 1524 que todos los principales de los poblados localizados a veinte leguas a la redonda de la ciudad de México enviaran sus hijos al colegio de San Francisco.
Estos niños se convirtieron en un medio eficaz para la promoción del apostolado y al mismo tiempo en una terrible arma ofensiva contra la religión y tradiciones prehispánicas. Salían de las escuelas cientos de muchachos a romper, y desde adentro, la sociedad de sus mayores.
Como relatan las crónicas recogidas por J. M. Kobayashi, andaban estos muchachos en cuadrillas de 10 y 20 jubilosos destructores de templos de ídolos, delatores de idolatrías clandestinas (en una ocasión llegaron a apresar hasta 200 infieles). Sus mayores los veían “espantados y abobados” y “quebradas las alas del corazón” romper a sus dioses y arrojarlos al suelo. Motolinia recogió el relato de la muerte de un sacerdote del dios Ometochtli en Plázcala, sacrificado a pedradas por estas cuadrillas de muchachos cristianizados:
todos los que creían y servían a los ídolos quedaron espantados…en ver tan grande atrevimiento de muchachos…
Alejandra Moreno Toscano, El siglo de la conquista, Historia general de México, Tomo 1, El Colegio de México, México, D. F., 1981, p. 332-334
LAS PRINCIPALES CONQUISTAS ESPAÑOLAS EN AMÉRICA
Además de México y Perú, las principales conquistas españolas en América, fueron:
Nueva Granada (1526-1538)

Comprendía la actual Colombia, ocupada por los chibchas. La región fue muy codiciada pues sobre ella se tejió la fabulosa leyenda de “El Dorado”, rica en oro y otras tentaciones. El personaje principal de esta conquista fue Jiménez de Quesada, quien fundó Bogotá en 1534.


Venezuela (1527-1567)

Carlos V, a fin de obtener fondos para sus guerras en Europa, concedió el derecho de conquista a los banqueros alemanes Welter y Fugger, quienes financiaron varias expediciones confiando en descubrir oro; pero fracasaron en su intento. España retomó la empresa y en 15678 Juan Rodríguez Suárez fundó Caracas.


Chile (1536-1556)

La conquista la inició desde Perú, Diego de Almagro, retomándola Pedro de Valdivia, quien en 1541 fundó Santiago. Los araucanos ofrecieron gran resistencia y, comandados por Lautaro, derrotan y ajustician a Valdivia. En 1553. Francisco de Villagra, su segundo, vengó la derrota, pero los araucanos serían los últimos indígenas de América en ser sometidos totalmente.


Río de la Plata (1536-1580)

La expedición de Pedro de Mendoza fundó Buenos Aires en 1536. Parte de sus capitanes –Ayolas, Irala y Salazar- remontaron el río Paraná y llegaron a Paraguay, donde Salazar fundaría el fuerte Asunción en 1537. En 1541, Irala trasladó a todos los españoles del Río de la Plata a Paraguay. Hacia 1570, Juan de Garay recibe las tierras entre el Paraná y el Atlántico, las que explora con un grupo de indígenas y soldados, muchos de ellos criollos nacidos en Paraguay, y en 1573 funda la ciudad de Santa Fe. Finalmente, Garay llega al estuario del Plata, en cuyo margen occidental funda nuevamente Buenos Aires, iniciando ese 1580 la colonización definitiva de la región.


LOS CRONISTAS
Cristóbal Colón (1451-1506)

Fue el primer cronista, como era de esperar. Sus escritos describen las riquezas de las tierras que descubría, riquezas que sólo más tarde se concretarían. También relató la apariencia y las costumbres de sus habitantes. Sus cartas y su diario se publicaron con el título de “Cartas y relaciones”.



Hernán Cortes (1485-1547)

Su expedición fue la primera en entrar en contacto con una gran civilización americana. Dirigidas a Carlos V, las “Cartas de Relación” de Cortés cuentan la grandeza y esplendor del Imperio azteca; las últimas, critican la actuación de encomenderos rapaces y frailes indignos.


Francisco López de Gómara (hacia 1510-1560)

Sin conocer América, escribió “Historia de las Indias”, una de cuyas partes relata la conquista de México, donde exalta hasta el heroísmo la figura de Cortés. López de Gómara considera que “…la mayor cosa después de la creación del mundo y la muerte del que lo creó, es el descubrimiento de las Indias”.



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