12 de octubre



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Ángel Cabaña, El placer de la historia, Lumiere, Buenos Aires, 2006, p. 156-157
VIAJE AL RÍO DE LA PLATA
Desde allí zarpamos al Río de la Plata, y después de navegar quinientas leguas llegamos a un río dulce que se llama Paraná Guazú y tiene una anchura de cuarenta y dos leguas en su desembocadura al mar. Allí dimos en un puerto que se llama San Gabriel, donde anclaron nuestros catorce buques, y de inmediato nuestro capitán general don Pedro de Mendoza ordenó y dispuso que los marineros condujesen la gente a la orilla en los botes, pues los buques grandes solamente podían llegar a una distancia de un tiro de arcabuz de la tierra; para eso se tienen los barquitos que se llaman bateles o botes.
Desembarcamos en el Río de la Plata en día de los Santos Reyes Magos en 1535. Allí encontramos un pueblo de indios llamado Charrúas, que eran como dos mil hombres adultos; no tenían para comer sino carne y pescado. Éstos abandonaron el lugar y huyeron con sus mujeres e hijos, de modo que no pudimos hallarlos. Estos indios andan en cuero, pero las mujeres se tapan las vergüenzas con un pequeño trapo de algodón, que les cubre del ombligo a las rodillas. Entonces don Pedro de Mendoza ordenó a sus capitanes que reembarcaran a la gente en los buques y se la pusieran al otro lado del río Paraná, que en ese lugar no tienen más de ocho leguas de ancho.
Ulrico Schmidl
Schmidl fue un soldado alemán del siglo XVI que acompañó a Pedro de Mendoza a América, desde 1534 a 1553. Es considerado por algunos como el primer periodista del descubrimiento. Al regresar de su viaje, ya en Alemania, escribió las crónicas de lo que había conocido en el nuevo continente.
Schmidl, Ulrico, Viaje al Río de la Plata, Capítulo VII, Colección Buen Aire, EMECE, Buenos Aires, 1945. En Leer x leer, Plan Nacional de Lectura, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, Volumen 3, 2004, p. 174-175

PINTURA Y LABRADO DE LOS INDIOS. SUS BORRACHERAS Y BANQUETES
Labrábanse los cuerpos, y cuanto más, (por) tanto más valientes y bravos se tenían, porque el labrarse era gran tormento. Y era de esta manera: los oficiales de ello labraban la parte que querían con tinta y después sajábanle delicadamente las pinturas y así, con la sangre y tinta, quedaban en el cuerpo las señales; y que se labraban poco a poco por el grande tormento que era, y también después (se ponían) malos porque se les enconaban las labores y supurábanse que con todo esto se mofaban de los que no se labraban. Y que se precian mucho de ser requebrados y tener gracias y habilidades naturales, y que ya comen y beben como nosotros.
Que los indios eran muy disolutos en beber y emborracharse, de lo cual les seguían muchos males como matarse unos a otros, violar las camas pensando las pobres mujeres recibir a sus maridos, también con sus padres y madres como en cada de sus enemigos; y pegar fuego a sus casas: y que con todo se perdían por emborracharse.
Y cuando la borrachera era general y de sacrificios, contribuían todos para ello, porque cuando era particular hacía el gasto el que la hacía con ayuda de sus parientes. Y que hacen el vino con miel y agua y cierta raíz de un árbol que para esto criaban, con lo cual se hacía el vino fuerte y muy hediondo; y que con bailes y regocijos comían sentados de dos en dos o de cuatro en cuatro, y que después de comido, los escanciadores, que no se solían emborrachar, traían unos grandes artesones de beber hasta que se hacía un zipizape; y las mujeres tenían mucho cuidado de volver a borrachos a casa sus maridos.
Que muchas veces gastan en su banquete lo que en muchos días, mercadeando y trompeando, ganaban; y que tienen dos maneras de hacer estas fiestas.
La primera, que es de los señores y gente principal, obliga a cada uno de los convidados, a que hagan otro tal banquete y que den a cada uno de los convidados una ave asada, pan y bebida de cacao en abundancia y al fin del banquete suelen dar a cada uno una manta para cubrirse y un banquillo y el vaso más galano que pueden, y si muere alguno de ellos es obligada la casa o sus parientes a pagar el banquete.
La otra manera es entre parentelas, cuando casan a sus hijos o hacen memoria de las cosas de sus antepasados; y ésta no obliga a restitución, salvo que si cuando han convidado a un indio a una fiesta así, él convida a todos cuando hace fiesta o casa a sus hijos.

Y sienten mucho la amistad y la conservan (aunque estén) lejos unos de otros, con estos convites; y que en estas fiestas les daban de beber mujeres hermosas las cuales, después de dado el vaso, volvían las espaldas al que lo tomaba hasta vaciado el vaso.


Fray Diego de Landa, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., p. 163-165

EL PRINCIPADO DE TODAS LAS FRUTAS
Hay en esta isla Española unos cardos, que cada uno de ellos lleva una `piña (o, mejor diciendo, alcachofa), puesto que, porque parece piña, las llaman los cristianos piñas, sin lo ser. Ésta es una de las más hermosas frutas que yo he visto en todo lo que de el mundo he andado…Ninguna de éstas, ni otras muchas que yo he visto, no tuvieron tal fruta como estas piñas o alcachofas, ni pienso que en el mundo la hay que se le iguale en estas cosas justas que ahora diré. Las cuales son: hermosura de vista, suavidad de olor, gusto de excelente sabor. Así que, de cinco sentidos corporales, los tres que se pueden aplicar a las frutas, y aun en el cuarto, que es el palpar, en excelencia participa de estas cuatro cosas o sentidos sobre todas las frutas y manjares del mundo, en que la diligencia de los hombres se ocupe en el ejercicio de la agricultura. Y tiene otra excelencia muy grande, y es que, sin algún enojo del agricultor, se cría y sostiene. El quinto sentido, que es el oi: la fruta no puede oir ni escuchar, pero podrá el lector, en su lugar, atender con atención lo que de esta fruta yo escribo, y tenga por cierto que no me engaño, ni me alargo, en lo que diejre de ella. Porque, puesto que la fruta no puede tener los otro cuatro sentidos que le quise atribuir o significar anteriormente, hase de entender en el ejercicio y persona del que la come, y no de la fruta (que no tiene ánima. Sino la vegetativa y sensitiva, y le falta la racional, que está en el hombre con las demás).
(…) Mirando el hombre la hermosura de ésta, goza de ver la composición y adornamiento con que la Natura la pintó e hizo tan agradable a la vista para recreación de tal sentido. Oliéndola, goza el otro sentido de un olor mixto con membrillos y duraznos o melocotones, y muy finos melones, y demás excelencias que todas estas frutas juntas y separadas, sin alguna pesadumbre; y no solamente la mesa en que se pone, mas, mucha parte de la casa está, siendo madura y de perfecta sazón, huele muy bien y conforta este sentido del oler maravillosa y aventajadamente sobre todas las otras frutas. Gustarla es una cosa tan apetitosa y suave, que faltan palabras, en este caso, para dar al propio su loor en esto; porque ninguna de las otras frutas que he nombrado, no se pueden con muchos quilates, comparar a ésta.
Palparla, no es, a la verdad, tan blanda ni doméstica, porque ella misma parece que quiere ser tomada con acatamiento de alguna toalla o pañizuela; pero puesta en la mano, ninguna otra da tal contentamiento. Y medidas todas estas cosas y particularidades, no hay ningún mediano juicio que deje de dar a estas piñas o alcachofas el principado de todas las frutas.
(…) Y para los que nunca le vieron sino aquí, no les puede desagradar la pintura, escuchando la lectura; con tal aditamento y promesa, que les certifico que si algún tiempo la vieren, me habrán por disculpado si no supe ni pude justamente loar esta fruta. Verdad que ha de tener respecto y advertir, el que quisiere culparme, en que aquesta fruta es de diversos géneros o bondad (una más que otra), en el gusto y aun en las otras particularidades. Y el que ha de ser juez, ha de considerar lo que está dicho, y lo que más aquí diré en el proceso o también de las diferencias de estas piñas. Y si, por falta de colores y del dibujo, yo no bastare a dar a entender lo que querría saber decir, dese la culpa a mi juicio, en el cual, a mis ojos, es la más hermosa fruta de todas las frutas que he visto, y la que mejor huele y mejor sabor tiene; y en su grandeza y color, que es verde, alumbrado o matizado de un color amarillo muy subido, y cuanto más se va madurando, más participa del jalde, y va perdiendo de lo verde, y así se va aumentando el olor de más que perfectos melocotones, que participan también del membrillo; que éste es el olor con que más similitud tiene esta fruta; y el gusto es mejor que los melocotones y más jugoso.
Gonzalo Fernández de Oviedo, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., p. 185-187
LA COCA
En el Pirú no se da, más dase la coca, que es otra superstición harto mayor y parece cosa de fábula. En realidad de verdad, en sólo Potosí monta más de medio millón de pesos cada año la contratación de la coca. por gastarse de noventa a noventa y cinco mil cesto della, y aún en el año de ochenta y tres, fueron cien mil.
Vale un cesto de coca en el Cuzco, de dos pesos y medio a tres, y vale en Potosí, de contado, a cuatro pesos y seis tomines, y a cinco pesos ensayados; y es el género sobre que se hacen cuasi todas las ventas fraudulentas, porque es mercadería de que hay gran expedición.
Es pues la coca tan preciada, una hoja verde pequeña que nace en unos arbolillos de obra de un estado de alto; críase en tierras calidísimas y muy húmedas; da este árbol cada cuatro meses esta hoja, que llaman allá tresmitas.
Quiere mucho cuidado en cultivarse, porque es muy delicada y mucho más en conservarse después de cogida. Métenla con mucho orden en unos cestos largos y angostos, y cargan los carneros de la tierra, que van con estas mercadería a manadas, con mil, y dos mil y tres mil cestos.
El ordinario es traerse de los Andes, de valles de calor insufrible, donde los más del año llueve y no cuesta poco trabajo a los indios, ni aun pocas vidas, su beneficio por ir de la sierra y temples fríos a cultivalla y beneficialla y traella. Así hubo grandes disputas y pareceres de letrados y sabios, sobre si arrancarían todas las chacras de coca; en fin han permanecido.
Los indios la aprecian sobremanera, y en tiempo de los reyes Ingas no era lícito a los plebeyos usar la coca sin licencia del Inga o su gobernador.
El uso es traerla en la boca y mascarla, chupándola; no la tragan; dicen que les da gran esfuerzo y es singular regalo para ellos. Muchos hombres graves lo tienen por superstición y cosa de pura imaginación.
Yo por decir verdad, no me persuado que sea pura imaginación; antes entiendo que en efecto obra fuerzas y aliento en los indios, porque se ven efectos que no se pueden atribuir a la imaginación, como es con un puño de coca caminar doblando jornadas sin comer a las veces otra cosa, y otras semejantes obras.
La salsa con que la comen es bien conforme al manjar, porque ella yo la he probado y sabe a vino de uva, y los indios la polvorean con ceniza de huesos quemados y molidos, o con cal, según otros dicen. A ellos les sabe bien y dicen les hace provecho, y dan su dinero de buena gana por ella, y con ella rescatan como si fuese moneda, cuanto quieren.
Todo podrían bien pasar si no fuese el beneficio y trato de ella con riesgo suyo y ocupación de tanta gente. Los señores Ingas usaban la coca por cosa real y regalada, y en sus sacrificios era la cosa que más ofrecían, quemándola en honor de sus dioses.
Joseph de Acosta, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., p. 246-147
ENTERRAMIENTOS
En la comarca del Cuzco entierra a sus difuntos sentados en unos asentamientos principales, a quien llaman duhos, vestidos y adornados de lo más principal que ellos poseían
(…) En la provincia de Chincham, que es en estos llanos, los entierran echados en barbacoas o camas o camas hechas de caña. En otro valle destos mismos, llamado Lunaguana, los entierran sentados. Finalmente, acerca de los enterramientos, en estar echados o en pie o sentados, discrepan unos de otros. (…) Y apartados unos de otros se ven gran número de calaveras y de sus ropas, ya podrecidas y gastadas con el tiempo.
Llaman a estos lugares, que ellos tienen por sagrados, guaca, que es nombre triste, y muchas dellas se han abierto y aun sacado los tiempos pasados, luego que los españoles ganaron este reino, gran cantidad de oro y plata; y por estos valles se usa mucho el enterrar con el muerto sus riquezas y cosas preciadas, y muchas mujeres y sirvientes de los más privados que tenía el señor siendo vivo.
Y usaron en los tiempos pasados de abrir las sepulturas y renovar la ropa y comida que en ellas habían puesto. Y cuando los señores morían, se juntaban los principales del valle y hacían grandes lloros, y muchas de las mujeres se cortaban los cabellos hasta quedar sin ningunos, y con tambores y flautas salían con sones tristes cantando por aquellas partes por donde el señor solía festejarse más a menudo, para provocar a llorar a los oyentes. Y habiendo llorado hacían más sacrificios y supersticiones, teniendo sus pláticas con el demonio. Y después de hecho esto, y muertóse algunas de sus mujeres, los metían en las sepulturas con sus tesoros y no poca comida, teniendo por cierto que iban a estar en la parte que el demonio les hace entender.
Y guardaron, y aun agora lo acostumbran generalmente, que antes que los metían en las sepulturas los lloran cuatro o cinco o seis días, o diez, según es la persona del muerto; porque mientras mayor es más honra se le hace y mayor sentimiento muestran, llorándolo con grandes gemidos y endechándolo con música dolorosa, diciendo en sus cantares todas las cosas que sucedieron al muerto siendo vivo. Y si fue valiente, llevándolo con estos lloros contando sus hazañas; y al tiempo que meten el cuerpo en la sepultura, algunas joyas y ropas suyas queman junto a ella, y otras meten con él.
Muchas destas ceremonias ya no se usan, porque Dios no lo permite, y porque poco a poco van estas gentes conociendo el error que sus padres tuvieron, y cuán poco aprovechan estas pompas y vanas honras, pues basta enterrar los cuerpos en sepulturas comunes, como se entierran los cristianos, sin procurar de llevar consigo otra cosa que buenas obras, pues lo demás sirve de agradar al demonio y que el ánima abaje al infierno más pesada y agravada.
Aunque cierto los más de los señores viejos tengo que se deben mandar enterrar en partes secretas y ocultas, de la manera ya dicha, por no ser vistos ni sentidos por los cristianos. Y que lo hagan así lo sabemos y entendemos por los dichos de los más mozos.
Pedro Cieza de León, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., p. 219-221
SENTENCIA CONTRA LOS HERMANOS ALONSO DE ÁVILA Y GIL GONZÁLEZ
Al fin se hallaron a los hermanos Ávila, y hecha la información y concluso el pleito para sentenciarle, los sentenciaron a cortar las cabezas, y puestas en la picota, y perdimiento de todos sus bienes, y las casas sembradas de cal y derribadas por el suelo, y en medio de un padrón (columna con una lápida y una inscripción, a veces, infamante) en él escrito con letras grandes su delito, y que aquél se estuviese para siempre jamás, que nadie fuese osado a quitarle ni borrarle letra son pena de muerte; y que el pregón dijese:
Es esta la justicia que manda hacer Su Majestad y la real audiencia de México, el virrey y demás autoridades en su nombre, a estos hombres, por traidores contra la corona real, etc.”
Y así proseguía el pregón.
Fuéronles a notificar la sentencia; ya se entenderá como se debió recibir. Dicen, el Alonso de Ávila, en acabándosela de leer, se dio una palmada en la frente, y dijo:
-¿Es posible esto? Dijéronle: - Sí, señor: y lo que conviene es que os pongáis bien con Dios y le supliquéis perdone vuestros pecados.
Y él respondió: -¿No hay otro remedio? –No.
Y entonces empezárosle a destilar las lágrimas de los ojos por el rostro abajo, que le tenía muy lindo, y el que le cuidaba, era muy blanco y muy gentil hombre, y muy galán, tanto que le llamaban dama, porque ninguna por mucho que lo fuese tenía tanta cuenta de pulirse y andar en orden: el que más bien se traía era él y con más criados, y podía, porque era muy rico; cierto que era de los más lucidos caballeros que había en México.
Lo que dijo Alonso de Ávila
Desde a un poco, después que la barba y rostro tenía totalmente en lágrimas, dio un gran suspiro y dijo:
-¡Ay, hijos míos y mi querida mujer! ¿Ha de ser posible que esto suceda en quien pensaba daros descanso y mucha honra, después de Dios, y que haya dado la fortuna vuelta tan contraria, que la cabeza y rostro hermoso, vosotros habéis de ver en la picota, al agua y al sereno, como se ven las de los muy bajos e infames que la justicia castiga por hechos atroces y Feos? ¿Esta es la honra, hijos míos, que de mí esperabais ver? ¡Inhabilitados de las preeminencias de caballeros! Mucho mejor os estuviera ser hijos de un muy bajo padre, que jamás supo de honra.
Después de cortada, con la grita y lloros, y sollozos, volvió la cabeza Alonso de Ávila, y como vio a su hermano descabezado dio un muy gran suspiro, que realmente no creyó hasta entonces que había de morir, y como le vio así, hincóse de rodillas y tornó a reconciliarse; alzó una mano, blanca más que de dama. y empezó a retorcerse los bigotes diciendo los salmos penitenciales, y llegado al del Miserere, empezó a desatar los cordones del cuello, muy despacio, y dijo, vueltos los ojos hacia su casa:
-¡Ay, hijos míos, y mi querida mujer, y cuáles os dejo!
Y entonces fray Domingo de Salazar, obispo que es ahora de Filipinas, le dijo:
-No es tiempo éste, señor, que haga vuesa merced eso, sino mire por su ánima, que yo espero en Nuestro Señor, de aquí se irá derecho a gozar de él, y yo le prometo de decirle mañana una misa, que es día de mi padre Santo Domingo.
Juan Suárez de Peralta, Descubrimiento y conquista de América…p. 178-179

EL PARAÍSO DE MAHOMA
Cuando estuvimos cerca, hicimos disparar nuestros arcabuces –escribiría el alemán Ulrico Schmidl, llegado con Pedro de Mendoza, primer cronista de la colonización en Río de la Plata –y cuando los oyeron y vieron que su gente caía y no veían bala ni flecha alguna sino un agujero en los cuerpos. no pudieron mantenerse y huyeron, cayendo los unos sobre los otros como los perros, mientras huían hacia su pueblo (…) Mas cuando vieron que no podrían sostenerlo más y temieron por sus mujeres e hijos, pues los tenían a su lado, vinieron dichos ‘carios’ y pidieron perdón y que ellos harían todo cuanto nosotros quisiéramos. También trajeron y regalaron a nuestro capitán Juan Ayolas seis muchachitas, la mayor como de dieciocho años de edad (…) Pidieron que nos quedáramos con ellos y regalaron a cada hombre de guerra dos mujeres para que cuidaran de nosotros, cocinaran, lavaran y atendieran a todo cuanto más nos hiciera falta.”
De allí en más, a favor de la belleza de las mujeres “carias” y de las costumbres poligámicas, Nuestra Señora de Asunción, establecida el 16 de septiembre de 1541, sería un paraíso del placer carnal, tan distinto al fuerte a la vera del Río de la Plata y en territorio de indios tan poco hospitalarios que había obligado a partir hacia el norte en busca de mejores condiciones de subsistencia.
Los conquistadores, ahora a orillas de confluencia entre el Pilcomayo y el Paraguay, ya no lo serían de tierras y riquezas, sino de cuerpos y sentidos. A cada uno de ellos se le encomendará un harem y la promiscuidad será lo habitual.
El moralizador presbítero Francisco González Paniagua le escribe al rey de España que el conquistador que “está contento con cuatro indias es porque no puede haber ocho y el que con ocho porque no puede haber dieciséis” y que “no hay quien baje de cinco y de seis, la mayor parte de quince, y de treinta y cuarenta los lenguas y capitanes”. Entre ellas, promiscuamente, convivían madres e hijas, hermanas y parientes, sometidas a un único dueño.
Tal es el crecimiento de Asunción y su atractivo que se decide la destrucción y evacuación de Buenos Aires. Corre 1541 y Alonso Cabrera, oficial del Rey encargado del asunto, asienta en sus considerandos que el misérrimo villorrio a orillas del Plata era “frío y la mayor parte de la gente está tan desnuda que no tiene con qué cubrir sus carnes”. En cambio, por ser Paraguay tierra caliente, “los que están desnudos podrán mejor vivir lo que les durase la vida”. Lo de “caliente” no sería sólo una referencia climática: “Estas mujeres son muy lindas y grandes amantes, afectuosas y muy ardientes de cuerpo, según mi parecer” se exaltaría Ruy Díaz de Guzmán.
Pacho O’ Donnell, Historias argentinas. De la Conquista al Proceso, Sudamericana, Buenos Aires, 2006, p. 29-30

EL PARAÍSO DE MAHOMA
Cuando estuvimos cerca, hicimos disparar nuestros arcabuces –escribiría el alemán Ulrico Schmidl, llegado con Pedro de Mendoza, primer cronista de la colonización en Río de la Plata –y cuando los oyeron y vieron que su gente caía y no veían bala ni flecha alguna sino un agujero en los cuerpos. no pudieron mantenerse y huyeron, cayendo los unos sobre los otros como los perros, mientras huían hacia su pueblo (…) Mas cuando vieron que no podrían sostenerlo más y temieron por sus mujeres e hijos, pues los tenían a su lado, vinieron dichos ‘carios’ y pidieron perdón y que ellos harían todo cuanto nosotros quisiéramos. También trajeron y regalaron a nuestro capitán Juan Ayolas seis muchachitas, la mayor como de dieciocho años de edad (…) Pidieron que nos quedáramos con ellos y regalaron a cada hombre de guerra dos mujeres para que cuidaran de nosotros, cocinaran, lavaran y atendieran a todo cuanto más nos hiciera falta.”
De allí en más, a favor de la belleza de las mujeres “carias” y de las costumbres poligámicas, Nuestra Señora de Asunción, establecida el 16 de septiembre de 1541, sería un paraíso del placer carnal, tan distinto al fuerte a la vera del Río de la Plata y en territorio de indios tan poco hospitalarios que había obligado a partir hacia el norte en busca de mejores condiciones de subsistencia.
Los conquistadores, ahora a orillas de confluencia entre el Pilcomayo y el Paraguay, ya no lo serían de tierras y riquezas, sino de cuerpos y sentidos. A cada uno de ellos se le encomendará un harem y la promiscuidad será lo habitual.
El moralizador presbítero Francisco González Paniagua le escribe al rey de España que el conquistador que “está contento con cuatro indias es porque no puede haber ocho y el que con ocho porque no puede haber dieciséis” y que “no hay quien baje de cinco y de seis, la mayor parte de quince, y de treinta y cuarenta los lenguas y capitanes”. Entre ellas, promiscuamente, convivían madres e hijas, hermanas y parientes, sometidas a un único dueño.
Tal es el crecimiento de Asunción y su atractivo que se decide la destrucción y evacuación de Buenos Aires. Corre 1541 y Alonso Cabrera, oficial del Rey encargado del asunto, asienta en sus considerandos que el misérrimo villorrio a orillas del Plata era “frío y la mayor parte de la gente está tan desnuda que no tiene con qué cubrir sus carnes”. En cambio, por ser Paraguay tierra caliente, “los que están desnudos podrán mejor vivir lo que les durase la vida”. Lo de “caliente” no sería sólo una referencia climática: “Estas mujeres son muy lindas y grandes amantes, afectuosas y muy ardientes de cuerpo, según mi parecer” se exaltaría Ruy Díaz de Guzmán.
Pacho O’ Donnell, Historias argentinas. De la Conquista al Proceso, Sudamericana, Buenos Aires, 2006, p. 29-30

VANDÁLICOS Y TRAICIONEROS
Para compensar la gran mortandad que las guerras, las epidemias y la explotación produjeron en la población indígena, comenzaron a llegar al continente a comienzos del siglo XVI africanos.

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Hacia 1600 vivían en Nueva España miles de esclavos negros condenados a los trabajos más duros en los campos y las minas, o sirviendo como criados de los españoles notables.


Las condiciones de vida de los negros fueron peores que las de los indígenas, considerados jurídicamente seres libres.
Muchos esclavos escaparon y se refugiaron en el monte o en la sierra, recibiendo el nombre de cimarrones.
Los negros y negras no eran de los que acudían con rapidez y sonrisa de oreja a oreja al recibir una orden en nombre de Su Majestad.
Atrapados en la ignorancia, mostraban predisposición a la superstición y la superchería.
Sabían inquietar en pueblos indios, caminos y ciudades. No se caracterizaban por sus sutilezas filosóficas, literarias y científicas.
Por gritones, fiesteros e hiperkinéticos, no pasaron inadvertidos entre viajeros y cronistas extranjeros.
Las mujeres provocativas y despreocupadas, con sus colorinches daban matiz pintoresco al recito urbano, pero tened cuidado con ellas, señoras españolas, porque si madrugan será para robarles.
La ciudad de México no olvidaba la batalla ente las tropas salidas de Puebla, bajo el mando del capitán González de Herrera, y las fuerzas acaudilladas por el negro Yanga, en las cercanías del Pico de Orizaba, el 22 de febrero de 1609.
La victoria agigantó la figura del líder negro y la clase dominante española se atemorizó de esos “vándalos y traicioneros” cuando las autoridades españolas comunicaron que los negros, furiosos por haber sido muerta una negra a causa del maltrato de su amo, hablaban de ultimar a todos los blancos para coronar a un rey negro mediante una acción armada fijada para el jueves de la Semana Santa de 1612.
La conspiración fue descubierta. El toque de queda fue ordenado en las ciudades de México y Puebla, hubo arrestos, torturas y disolución de cofradías de negros.
Finalmente, el 2 de mayo fueron ahorcados en el Zócalo 29 conspiradores y 4 negras, según una versión, y 7 según otra. Tras la ejecución, sus cabezas fueron cortadas a hachazos, y expuestas en la vía pública. Como brutal advertencia y las familias de la ciudad española pudieran descansar en paz.
Sin embargo, nuevas sublevaciones contra la esclavitud estallarían en Nueva España en los años 1617-18, 1646 y 1665.

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