12 de octubre



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EL ATROZ REDENTOR LAZARUS MORELL

En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas.


A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la décimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.
Además: la culpable y magnífica existencia del atroz redentor Lazarus Morell.
Jorge Luis Borges, en Cuadernillo de Actividades para el aspirante. Ciclo lectivo 2004, Curso inicial Institutos de Educación Superior, Dirección General de Cultura y Educación. Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, p. 86
EL ADELANTADO Y LA HUESTE INDIANA EN LA CONQUISTA
Los dirigentes y el grupo expedicionario de soldados, marinos y primeros pobladores que intervinieron en la conquista española del Nuevo Reino de Granada y en general de América española, conforman el elemento humano de la sociedad conquistadora o dominante.
El adelantado era el jefe de la expedición descubridora o de conquista; era el planeador, el organizador y el caudillo o dirigente, quien con la hueste indiana o ejército expedicionario realizó la conquista de los pueblos y territorios. Y era a la vez gobernador y capitán general con poderes militares, políticos, administrativos y jurisdiccionales para la aplicación de la justicia.
El origen de los adelantados se remonta en España al siglo XIII, en los caudillos militares u ommes metidos adelante que ejercían su mando en los territorios fronterizos; ellos velaban por la seguridad de los dominios del rey y la administración de la justicia.
En los tiempos de la conquista española de América, los adelantados presentan un nuevo carácter, relacionado con el aspecto privado o mixto de la empresa indiana. En tal carácter, el adelantado es el jefe de la hueste, el capitán general y gobernador y es el partícipe principal en un negocio mercantil o lucrativo con los miembros de la hueste indiana, con quienes recibía participación económica de los beneficios de la expedición.
La presencia histórica del conquistador español en el siglo XVI, la podemos analizar teniendo en cuenta el liderazgo de un hombre característico de una época de crisis: un hombre dualista que se encuentra enmarcado y cabalgando entre dos mundos en la concepción ideológica: el teocéntrico y señorial del mundo medieval y el antropocéntrico y mercantilista del mundo renacentista.
El primero representa una concepción religiosa de la vida y una estructura socio-económica con influencia feudal o señorial; en cambio, el segundo representa una concepción individualista y mercantilista de un mundo que estaba en los albores de la modernidad.
Un ejemplo característico de este tipo de dirigente de la conquista, nos lo presenta en el Nuevo Reino de Granada el adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada, el conquistador de la tierra de los muiscas, jurista, letrado, humanista, encomendero, colonizador y hombre polémico, quien es típico representante de una época en la cual se entrecruzan la tradición y la modernidad, la sumisión al rey la rebeldía, el sentido de justicia y el deseo de afirmar su personalidad.
El conquistador español que llegó a estas tierras presenta intereses de dominación en todos los actos en relación con la sociedad indígena dominada. El recibe y practica la idea de una época en la cual todo europeo considera que tiene derecho sobre los pueblos dominados de todo el mundo.
El solo hecho de recibir autorización de la Corona para conquistar y colonizar, tomar posesión de las tierras en ceremonia especial y hacer el requerimiento a los indios y dejar las actas correspondientes, les daba el justo título y el derecho a la guerra justa contra los pueblos dominados, según las ideas europeas de la época.
El grupo social del cual surgieron los adelantados o dirigentes de la conquista, fue el de los hidalgos o de la baja nobleza y también algunos pertenecientes a la incipiente burguesía mercantil, compuesta principalmente por comerciantes y letrados.(…)
Tanto los hijosdalgo como los comerciantes y letrados, con el acicate del oro, buscaban movilidad social y prestigio en la sociedad. Ellos concibieron la meta de prestigio, por el camino de la adquisición de honores y riqueza en la conquista de estas tierras y pueblos.
Los ideales, sentimientos y creencias de los conquistadores, llevaron a la decisión y a la actuación ante una determinada situación de la acción conquistadora. Algunos actuaron en forma muy independiente, e hicieron norma aquella célebre frase: “se acatan las órdenes, pero no se cumplen.
En la acción y dinámica de la conquista existen algunos tipos de caudillos en relación con el poder y la acción: Un tipo de caudillo de la conquista es el que surge por autoridad legal, cuyo poder se basa en el instrumento de la capitulación o contrato entre la Corona y la empresa Indiana. Presenta un sentido burocrático-caudillista, en el cual el poder del líder se basa en la autoridad legal. (…)
Otro tipo de liderazgo que surgió en la conquista fue el caudillo carismático o de prestigio en la acción conquistadora. Fueron aquellos caudillos que se hicieron en la dinámica de la conquista, y se convirtieron en los salvadores de una determinada situación, y en especial ante el peligro.
Su poder lo recibieron por reconocimiento y acatamiento de los miembros de la hueste indiana; tal fue el caso del conquistador Vasco Núñez de Balboa en el Darién, quien aparece como un verdadero caudillo popular y canaliza los ánimos de los soldados para desconocer a Martín Fernández de Enciso y establecer el primer gobierno de facto en Tierra Firme.
El caudillo conquistador dominante por prestigio adquirido por su decisiva participación en la conquista, presenta un liderazgo de dimensiones nacionales. Tal fue el caso del conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, quien adquirió gran prestigio en sus conquistas y se convirtió en el eje del poder en el Nuevo reino de Granada y en el defensor de los antiguos conquistadores y encomenderos. Es por ello que su personalidad es polémica, tanto entre sus seguidores como entre sus enemigos.
Javier Ocampo López, Historia básica de Colombia, Plaza & Janés, Colombia, 2004, p. 67-71

LA ESCLAVITUD NEGRA
La enorme importancia que tuvieron el interés y el capital privados en la etapa que podríamos caracterizar como propiamente de la conquista de América, aproximadamente hacia el año 1570, obligó al rey de España y al Consejo de Indias a otorgar a los conquistadores una serie de garantías, regalías y excepciones que en lenguaje histórico más técnico llamamos sentido premial de la conquista. Tales regalías se refirieron muchas veces directamente a la esclavitud negra.
Hernán Cortés y Francisco Pizarro, por ejemplo, además de los permisos que obtuvieron para conquistar México y Perú, respectivamente, recibieron autorizaciones para introducir cantidades considerables de esclavos negros en sus gobernaciones; y como ellos, aunque en menor escala, los otros conquistadores de las diferentes regiones de América.
Permisos para pasar a las Indias con un número de esclavos que fluctuaba entre tres y ocho se les dio a casi todos los funcionarios nombrados por el Consejo en el siglo XVI: virreyes, gobernadores, oidores, contadores, fundidores, así como a las dignidades eclesiásticas y hasta los simples párrocos.
El motivo de esta largueza se explica recordando que a la mayoría de estos funcionarios les estaba vedado servirse de la población indígena para fines domésticos o comerciales. Aunque no pagaban derecho por su introducción y les estaba prohibido venderlos, esta última disposición casi nunca se cumplió, y constituía este mecanismo de entrada de negros una de las formas más seguras y baratas de mantener un pequeño mercado negrero, hasta en las regiones más impensadas del Nuevo Mundo.
El esclavo negro fue un objeto de comercio que llegó a todas partes con la conquista misma, no después de ella. En las huestes que pusieron sitio a la ciudad maravillosa de Tenoctitlán, en las que en un golpe de suerte y de audacia apresaron a Atahualpa, en las que atravesaron la cumbres de los Andes; en todas ellas se vendían y compraban esclavos negros, alternando el comercio con la guerra y con los actos de toma de posesión y las fundaciones de las primeras ciudades.
Los armadores de estas expediciones de descubrimientos y conquistas, generalmente los mismos capitanes de ellas, incluían en sus bagajes a los esclavos negros que habían conseguido por privilegios reales y los vendían a elevados precios si la partida había resultado económicamente provechosa.
Las regalías llegaron más lejos, pues el rey deseaba y necesitaba que las provincias que se iban agregando al imperio colonial adquirieran una fisonomía económica y social apropiada, se asentara, como se decía en la época, para lo cual debió dar garantías y franquicias especiales. Tales garantías, en materia de esclavos, se tradujeron en la disposición por la que los negros fueron declarados inembargables en varias circunstancias: por ejemplo, cuando eran indispensables para hacer producir un trapiche o una mina, y si la deuda que motivaba el embargo era a favor del rey. A los conquistadores se les podían embargar todos sus bienes por deudas, con excepción de su cama, un caballo y dos esclavos. En el Perú y en Chile, una mina podía ser retenida por su actual usufructuario o concesionario si estaba poblada, es decir, trabada por 8 indios o 4 negros.
Si la política económica general de la corona española fue favorable a la esclavitud negra, hubo algunos actos ocasionales que incidieron aún más directamente en la consolidación de la esclavitud como una institución característica del periodo de la conquista; uno de los más importantes fue el otorgamiento de juros o anualidades.
En los primeros decenios del siglo XVI, la corona española, siempre en apuros económicos, se vio a veces obligada a confiscar las remesas de dinero de particulares, por lo general conquistadores y mercaderes, que llegaban a España desde las Indias en las flotas anuales. A cambio de estos préstamos forzosos pagaba un interés relativamente alto en juros, que eran algo así como bono de deuda pública. La particularidad de estos juros es que por muchos años se acostumbró a convertirlos en licencias para introducir esclavos negros en América, lo que llegó a transformarlos en un buen negocio que atrajo a muchos de los que se habían enriquecido con la conquista.
El sistema de juros vinculó directamente a los grandes conquistadores, a los hombres de empresa de la conquista, con la esclavitud negra. Los primeros conquistadores, en cada región de América, fueron también los primeros importadores de esclavos y los más importantes detentadores de la mano de obra negra.
Rolando Mellafe, La esclavitud en Hispano-América, EUDEBA, Buenos Aires, 1964, p. 22-24

NAUFRAGIO
Otro día, saliendo el sol, que era la hora que los indios nos habían dicho, vinieron a nosotros, como lo habían prometido, y nos trajeron mucho pescado y den unas raíces que ellos comen, y son como nueces, algunas mayores o menores; la mayor parte de ellas se sacan de bajo del agua y con mucho trabajo. A la tarde volvieron, y nos trajeron más pescado y de las mismas raíces, y hicieron venir sus mujeres e hijos para que nos viesen; y ansí se volvieron ricos de cascabeles y cuentas que les dimos, y otros días nos tornaron a visitar con lo mismo que estotras veces.
Como nosotros viamos que estábamos proveídos de pescados y de raíces y de agua y de las otras cosas que pedimos, acordamos de tornarnos a embarcar y seguir nuestro camino, y desenterramos la barca de la arena en que estaba metida, y fue menester que nos desnudásemos todos y pasásemos gran trabajo para echarla al agua, porque nosotros estábamos tales, que otras cosas muy más livianas bastaban para ponernos en él; y así embarcados, a dos tiros de ballesta dentro en la mar nos dio tal golpe de agua, que nos mojó a todos; y como íbamos desnudos, y el frío que hacía era muy grande, soltamos los remos de las manos, y a otro golpe que la mar nos dio, trastornó la barca; el veedor y otros dos se asieron de ella para escaparse; mas sucedió muy al revés, que la barca los tomó debajo y se ahogaron.
Como la costa es muy brava, el mar de un tumbo echó a todos los otros, envueltos en las olas y medio ahogados, en la costa de la misma isla, sin que faltasen más de los tres que la barca había tomado debajo. Los que quedamos escapados, desnudos como nacimos, y perdido todo lo que traíamos; y aunque todo valía poco, para entonces valía mucho.
Y como entonces era por noviembre, y el frío muy grande, y nosotros tales, que con poca dificultad nos podían contar los huesos, estábamos hechos propia figura de la muerte. De mí sé decir que desde el mes de mayo pasado yo no había comido otra cosa sino maíz tostado, y algunas veces me ví en la necesidad de comerlo crudo; porque aunque se mataron los caballos entre tanto que las barcas se hacían, yo nunca pude comer de ellos, y no fueron diez veces las que comí pescado.
Esto digo por excusar razones, porque pueda cada uno ver qué tales estaríamos. Y sobre todo lo dicho, había sobrevenido viento norte, de suerte que más estábamos cerca de la muerte que de la vida. Plugo a nuestro Señor que, buscando los tizones del fuego que allí habíamos hecho, hallamos lumbre, con que hicimos grandes fuegos; y ansí, estuvimos pidiendo a nuestro Señor misericordia y perdón de nuestros pecados, derramando muchas lágrimas, habiendo cada uno lástima, no sólo de sí, más de todos los otros, que en el mismo estado vian.
Y a hora de puesto el sol, los indios, creyendo que no nos habíamos ido, nos volvieron a buscar y a traernos de comer; mas. Cuando ellos nos vieron ansí en tan diferente hábito del primero, y en manera tan extraña, espantáronse tanto, que se volvieron atrás. Yo salí a ellos y llamélos, y vinieron muy espantados; hícelos entender por señas cómo se nos había hundido una barca, y se habían ahogado tres de nosotros; y allí en su presencia ellos mismos vieron dos muertos, y los que quedábamos íbamos aquel camino.
Los indios, de ver el desastre que nos había venido y el desastre en qué estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos en tanta fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de allí se podía oír, y esto les duró más de media hora; y cierto ver que estos hombres tan sin razón y tan crudos, a manera de brutos, se dolían tanto de nosotros, hizo que en mí y en otros de la compañía creciese más la pasión y la consideración de nuestra desdicha.
Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios, en Liliana Lukin (compiladora). Una América de novela, Sudamericana, Buenos Aires, 2001, p. 154-155

EL CHOQUE BÉLICO
En el choque bélico de la conquista, contra la superioridad numérica y el conocimiento del terreno que poseía el indio, el español tuvo en su favor la superioridad el armamento y la contextura vital del hombre dispuesto a atacar y dominar despreciando la muerte.
La diferencia de armamentos era sideral a pesar de que las huestes del Tucumán podían ser calificadas de menesterosas. Los invasores portaron ballestas y diversas clases de armas de fuego y armas blancas probadas en las guerras europeas, y la expedición de Lerma a salta (1582) contó hasta con un anticuado tiro de bronce con dos recámaras.
Las armas defensivas con que los españoles protegían su cuerpo eran variadas y efectivas: mallas, cotas y quijadas de acero; escudos como la adarga de cuero, y la rodela hecha de madera; el escaupil, una defensa acolchada de algodón que cubría desde los hombros hasta la rodilla, muy frecuente en el Tucumán.

Los juríes, al cultivar y trabajar el algodón para los españoles, les proveyeron de esta defensa en la lucha contra los indios rebeldes.


La hueste contó con el caballo, considerado por muchos historiadores como el arma fundamental e indispensable de la conquista. Su uso en gran escala se explica porque, superada la primera escasez, la reproducción hizo caer vertiginosamente los precios. Ya para 1570, en Charcas podía obtenerse un buen caballo de guerra por 80 pesos.
La sagacidad indígena se pone de manifiesto en las tácticas utilizadas para contrarrestarlo. Una de ellas fue el habilísimo recurso de las boleadoras pamperas que infligieron una rodada colectiva a los jinetes de la expedición de Mendoza en el desastroso encuentro del río Luján. En el Noroeste los hoyos destinados primero a las fieras sirvieron para entrampar caballos y jinetes en su fondo erizado de fuertes púas.
Para la contienda los indígenas utilizaron en bloques las armas y tácticas tradicionales que les servían en las luchas tribales; es lo que Jara denomina “la guerra primitiva al comienzo de la conquista”. Los fosos, hondas, flechas, la macana, el envenenamiento de las aguas, el desmoronamiento de piedras en los pasos estrechos, fortalezas como los pucaráes levantados en las cumbres, sirvieron muchas veces para detener el ímpetu español.
El arco y la flecha fueron armas de uso frecuente, con ejercicios de práctica en los poblados; al entrar Rojas a Santiago del Estero observó que los indios “tiene hechos sus terreros donde tiran el arco”.
En el Litoral las flechas encendidas causaban estragos en los miserables ranchos de paja de los conquistadores. En el Tucumán, sus puntas emponzoñadas causaron muchas víctimas. Los españoles descubrieron el contraveneno experimentando con un indio a quien flecharon los muslos dejándolo en libertad; “el indio se fue así herido, que apenas podía andar, y junto al pueblo cogió dos hierbas y majolas en un mortero grande, y de la una bebió luego el zumo, y con un cuchillo que le dieron se dio una cuchillada en cada pierna do era la herida, y buscó la púa de la flecha y sacola, y puso en las heridas el zumo de la otra hierba que había majado, y estuvo después con mucha dieta y sano prestamente”.
Quizá ya en el siglo XVI podamos descubrir la segunda etapa reconocida por Jara en la vida militar araucana, “la evolución militar por imitación de armas y de algunos métodos de los españoles”. Permite suponerlo Levillier cuando apunta que los indios calchaquíes se volvían más expertos en el uso de las armas españolas y alcanzaban victorias contra grupos numerosos, en las mismas circunstancias en que antes huían de un poder mucho menor.
Carlos S. Assadourian, Guillermo Beato y José C. Chiaramone, Historia Argentina. De la Conquista a la Independencia, Volumen 2, Paidós, Buenos Aires, 1972, p. 56-57
EL SUPLICIO DE ATAHUALPA
Acusábase a Atahualpa de que siendo hijo bastardo hubiese usurpado el trono de los incas y condenado a muerte a su hermano; de ser idólatra; de tener muchas concubinas; de haber gastado los tesoros del imperio que por derecho de conquista pertenecían al rey de España; y de haber levantado gente contra los castellanos. Siete de éstos, que fueron llamados a declarar, sirvieron para acumular cargos contra el acusado. Los indios prestaron sus declaraciones por medio del intérprete Felinillo, que estaba interesado en la condenación del inca; y aunque algunos de ellos se negaron resueltamente a responder y otros dijeron no a todas las preguntas, bastó que la mayoría declarara en sentido afirmativo, para que el tribunal condenase a Atahualpa a ser quemado vivo.
Algunos soldados castellanos propusieron que se apelara de la sentencia ante Carlos V; pero la mayoría los acusó de traidores. Como solía hacerse entre los españoles del siglo XVI en casos semejantes, se consultó la opinión de los teólogos para tranquilizar las conciencias; y el voto de Valverde fue concebido en estos términos:
“Hay causa para matar a Atahualpa, y si es necesario, yo firmaré la sentencia.”
En aquel simulacro de juicio, todo fue inicuo. La historia no recuerda un crimen más injustificable que el proceso y muerte de Atahualpa.
El desgraciado inca no pudo recibir con firmeza tamaño golpe. Suplicó a Pizarro con las lágrimas en los ojos que le perdonara la vida, comprometiéndose a pagar un doble rescate; pero aunque el general no pudo contener su emoción, no se atrevió a volver atrás.
Perdida toda esperanza, Atahualpa recobró alguna tranquilidad y se dispuso para morir. En la noche del sábado 29 de agosto de 1533, salió al patíbulo y rodeado de una fuerte escolta y cargado de grillos. Cerca de la hoguera, el padre Valverde trató de convertirlo, prometiéndole suavizar el rigor de su suplicio con la aplicación del garrote. El temor de una muerte cruel le hizo aceptar esta gracia, y el infortunado inca recibió el bautismo con el nombre de Juan. Pidió que su cadáver fuese llevado a Quito para ser sepultado en la tumba de sus abuelos, y encargó a Pizarro que tomara a sus hijos bajo su protección. Entonces fue amarrado al palo fatal; y mientras los españoles entonaban el Credo, el verdugo estranguló al último soberano del Perú.
Al día siguiente, Pizarro mandó celebrar en la nueva iglesia los funerales del inca. Como si no tuviera conciencia del crimen cometido, él mismo asistía a la ceremonia en traje de duelo; y pudo ver las manifestaciones de dolor de las hermanas y esposas de Atahualpa. Según la costumbre del imperio, querían ahorcarse sobre su cadáver; y toda la actividad de los cristianos no bastó para impedir el voluntario sacrificio de algunas de ellas.
Pocos días después regresó Hernando de Soto de su expedición. Traía la noticia de que eran infundadas las acusaciones hechas a Atahualpa; y al saber la condenación de éste, manifestó el más profundo pesar por tan gran desgracia y por tan inhumana maldad: “Muy mal lo ha hecho su señoría, y fuera justo aguardarnos”, dijo el honrado caballero.
Pizarro no pudo contestar aquel reproche sino disculpándose, atribuyendo lo hecho a las sugestiones de algunos de los suyos. El crimen comenzaba a avergonzar a sus mismos autores.
Diego Barros Arana, Compendio de Historia de América. Cabaut y Cía editores, París, 1926,
QUEMANDO PAPELES INÚTILES
Convencidos de su vocación y especialistas en las cosas de Dios, los misioneros desembarcaron en México con el afán de imitar a Cristo e impulsar una religión limpia de ídolos y supersticiones. Andaban a pie, vestían humildemente, comían gracias a la limosna y predicaban por señas en plazas y mercados.
Dado que la comunicación con los indígenas en esas condiciones era casi imposible, los misioneros decidieron aprender las lenguas de los indios, y comenzaron a recopilar palabras que tomaban de los niños. Así fueron haciendo vocabularios, sermones, catecismos, vidas de santos y piezas teatrales.
Como suele ocurrir, aparecieron voces que consideraron insuficiente el aprendizaje de las lenguas. Había que ir más allá si querían desterrar las prácticas paganas, esto es, conocer las costumbres y modos de vida de los indígenas antes de la conquista española.
Fue entonces que los misioneros recurrieron al canto, al teatro, a la pintura y a los espectáculos imponentes y multitudinarios. Se hicieron dibujos en papel de amate y en las paredes de capillas e iglesias se pintaron escenas religiosas.
La mística de los religiosos llegó a tales alturas que, para sensibilizar a los espectadores, algunos llegaron a arrojar animales vivos al fuego, a azotarse públicamente, y a lanzarse sobre brasas encendidas para que el indiaje aprendiera cómo se sufría en el Infierno.
Digamos, para finalizar, que este calor religioso no fue el que predominó en los primeros tiempos, pues al principio, el mundo prehispánico fue considerado obra del demonio.
Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México, interlocutor de la imprenta y fundador de un colegio para nobles indígenas, escribió que sus monjes habían arrasado templos e ídolos; él mismo dirigió la destrucción en Teotihuacan, y envió a la hoguera al cacique Texcoco.
Diego de Landa, autor de un alfabeto útil para el desciframiento de la escritura maya, informó:
“Usaba esta gente ciertos caracteres o letras con la cuales escribían sus libros sobre sus cosas antiguas y su ciencias. Hallámosle gran número de libros, y porque no tenían sino superstición y falsedades del demonio se los quemamos todos”.
El español Diego de Landa no era el primero, antes que él, Tlacaélel, asesor de emperadores aztecas, había mandado quemar las crónicas y los archivos para inventar una historia a la medida de las necesidades de un imperio que iba en ascenso.
Ni el primero, ni el último.

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