12 de octubre



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12 DE OCTUBRE

INDICE
PRESENTACIÓN
LA FUERZA DE UN PROYECTO

Daniel J. Boorstin, Los descubridores, Volumen I: el tiempo y la geografía, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1986


INDIANA

Homero Alsina Thevenet, Una enciclopedia de datos inútiles, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1987


EL VIERNES 12 DE OCTUBRE DE 1492

Cristóbal Colón, Diario, cartas y relaciones. Antología esencial. Selección, prólogo y notas de Valeria Añón y Vanina Teglia, Corregidor, Buenos Aires


UNA EMOCIÓN AMPLIAMENTE COMPARTIDA

J. H. Elliot, El viejo mundo y el nuevo. 1492-1650, El Libro de bolsillo, Alianza, Madrid, 1984


UN NUEVO PRODUCTO

Pancracio Celdrán, Historia de las cosas, Ediciones del Prado, España, 1995


ENTRADA DE CORTÉS EN LA CIUDAD DE MÉXICO

Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1968


LA MESA DE MOCTEZUMA

Antonio de Solís, Historia de la conquista de Méjico, conocida por el nombre de Nueva España. Población y progresos de la América septentrional, Librería Española de Garnier Hermanos, París, 1899


A TRAICIÓN Y CON MAÑAS

Hernán Cortés, Cartas de Relación, Porrúa, México, D. F., 1978


EL ATROZ REDENTOR LAZARUS MORELL


Jorge Luis Borges, en Cuadernillo de Actividades para el aspirante. Ciclo lectivo 2004, Curso inicial Institutos de Educación Superior, Dirección General de Cultura y Educación. Gobierno de la Provincia de Buenos Aires
EL ADELANTADO Y LA HUESTE INDIANA EN LA CONQUISTA

Javier Ocampo López, Historia básica de Colombia, Plaza & Janés, Colombia, 2004


LA ESCLAVITUD NEGRA

Rolando Mellafe, La esclavitud en Hispano-América, EUDEBA, Buenos Aires, 1964


NAUFRAGIO

Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios, en Liliana Lukin (compiladora). Una América de novela, Sudamericana, Buenos Aires, 2001


EL CHOQUE BÉLICO

Carlos S. Assadourian, Guillermo Beato y José C. Chiaramone, Historia Argentina. De la Conquista a la Independencia, Volumen 2, Paidós, Buenos Aires, 1972


EL SUPLICIO DE ATAHUALPA

Diego Barros Arana, Compendio de Historia de América. Cabaut y Cía. editores, París, 1926


QUEMANDO PAPELES INÚTILES

Ángel Cabaña, El placer de la historia, Lumiere, Buenos Aires, 2006


VIAJE AL RÍO DE LA PLATA

Ulrico Schmidl, Viaje al Río de la Plata, Capítulo VII, Colección Buen Aire, EMECE, Buenos Aires, 1945. En Leer x leer, Plan Nacional de Lectura, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, Volumen 3, 2004


PINTURA Y LABRADO DE LOS INDIOS. SUS BORRACHERAS Y BANQUETES

Fray Diego de Landa, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., 1982


EL PRINCIPADO DE TODAS LAS FRUTAS

Gonzalo Fernández de Oviedo, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., 1982


LA COCA

Joseph de Acosta, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., 1982


ENTERRAMIENTOS

Pedro Cieza de León, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., 1982


SENTENCIA CONTRA LOS HERMANOS ALONSO DE ÁVILA Y GIL GONZÁLEZ

Juan Suárez de Peralta, Descubrimiento y conquista de América. Cronistas, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, 1982


EL PARAÍSO DE MAHOMA

Pacho O’ Donnell, Historias argentinas. De la Conquista al Proceso, Sudamericana, Buenos Aires, 2006


VANDÁLICOS Y TRAICIONEROS

Alberto Cabado y Ángel Cabaña, Ayer y hoy en la vida de un pueblo, Sistemas Audiovisuales de Cultura, México, 1993


EL CAUTIVERIO DE FRANCISCO NÚÑEZ DE PINEDA Y BASCUÑÁN

Fernando Operé, Historias de la frontera. El cautiverio en la América Hispánica, Corregidor, Buenos Aires, 2012


PEDRO BOHORQUES Y LA REBELIÓN DE LOS CALCHAQUÍES

Raúl Mandrini, La Argentina aborigen. De los primeros pobladores a 1910, Siglo Veintiuno-Fundación OSDE, Buenos Aires, 2008


TESTIMONIOS ASOMBROSOS

Fragmento del discurso de Gabriel García Márquez en la entrega del Premio Nobel en 1982


UN QUILOMBO

Bernardo Kordon, Bairestop, Losada, Buenos Aires, 1975


UNA GUERRA JUSTA

Juan Ginés de Sepúlveda, Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios, en Alejandro Herrera Ibáñez, Antología. Del Renacimiento a la Ilustración. Textos de Historia universal, UNAM, México D. F., 1972


LOS MUCHACHOS CRISTIANIZADOS

Alejandra Moreno Toscano, El siglo de la conquista, Historia general de México, Tomo 1, El Colegio de México, México, D. F., 1981


LAS PRINCIPALES CONQUISTAS ESPAÑOLAS EN AMÉRICA

Alberto Cabado y Ángel Cabaña, Los Días del Hombre, Tomo 1: De: La prehistoria a: El encuentro de Dos mundos, Sistemas Audiovisuales de Cultura, México, D. F., 1991


A COLÓN. CAUPOLICÁN

Antología poética. Selección y prólogo de Ángel J. Battistessa, Corregidor, Buenos Aires, 2011


CRÓNICAS DE INDIAS

José Emilio Pacheco, Tarde o Temprano, letras mexicanas, Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1986


GONZALO GUERRERO

Eugenio Aguirre, Gonzalo Guerrero, Alfaguara, México, D. F., 2002


JUAN DE GARAY

Francisco Urondo, Obra poética, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2007


LOS CABALLOS DE LOS CONQUISTADORES

José Santos Chocano, en La mejor poesía. Selección de Héctor Yánover, Seix Barral, Buenos Aires, 1998


EL HAMBRE

Manuel Mujica Láinez, Misteriosa Buenos Aires, Sudamericana, Buenos Aires, 1968


LA MALDICION DE MALINCHE

Gabino Palomares


DURA, TORVA Y LENTA

Julia Prilutzky Farny, La Patria, Buenos Aires, Plus Ultra, Buenos Aires, 1978. En Cronistas de Indias. Antología. Selección, introducción, notas y propuestas de trabajo: Silvia Calero y Evangelina Folino, Colihue, Buenos Aires, 2006


LA NOCHE BOCA ARRIBA

Julio Cortázar, El perseguidor y otros cuentos, Bruguera, Barcelona, 1979


NOS DEJARON LAS PALABRAS

Pablo Neruda, Seix Barral, España, 1974


LA CONMOCIÓN DEL “ENCUENTRO”

Alcira Argumedo, Los silencios y las voces en América latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular, Ediciones del pensamiento Nacional, Colihue, Buenos Aires, 2009


PADRE Y MADRE

Carlos Fuentes, El espejo enterrado, Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1992


MODERNIDAD Y COLONIALIDAD

Nicolás Arata y Marcelo Mariño, La educación en la Argentina. Una historia en 12 lecciones, Novedades Educativas, Buenos Aires, 2013


LOS VENCIDOS

Lucas Luchilo, La Argentina antes de la Argentina, Colección Los Caminos de la Historia, Buenos Aires, 2002


LA PROPAGACIÓN DE LAS ENFERMEDADES DURANTE LA CONQUISTA

Beatriz Aisenberg, Enseñar Historia en la lectura compartida. Relaciones entre consignas, contenidos y aprendizaje, en Isabelino A. Siede (coord.), Ciencias Sociales en la escuela. Criterios y propuestas para la enseñanza, Aique, Buenos Aires, 2012


LA MALINCHE

Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1972


ESPLENDORES DEL POTOSÍ: EL CICLO DE LA PLATA

Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2010


HECHOS E INTENCIONES

Margarita Peña, Descubrimiento y Conquista de América, Poetas, Misioneros y Soldados. Una antología general, SEP/UNAM, México, D. F., 1982


EXTRACTO DE LA EXPOSICIÓN DEL PRESIDENTE DE BOLIVIA, EVO MORALES
ACTIVIDADES
BIBLIOGRAFÍA

La presentación, selección, organización y opiniones expresadas junto a los textos seleccionados para cada una de las temáticas no han sido sometidos a revisión editorial, es  exclusiva responsabilidad del autor y pueden no coincidir con las del Ministerio de Educación de la Nación.


PRESENTACIÓN
Corre por estos documentos un torbellino de pasión; los autores admiran y apenas creen sus propias hazañas; todavía están poseídos, alucinados, por la fiebre ávida que los impulsó en un mundo desconocido, misterioso y lleno de maravillas; a distancia de siglos comunican su exaltación de ánimo con viveza inmarcesible; oímos sus pasos y sus voces, reconstruimos sus gestos y ademanes, participamos de su asombro ante la magnificencia cultural y natural de las tierras que descubren y conquistan, hacemos nuestras sus zozobras, esperanzas y venturas; suenan los cascos de los caballos, resuenan los golpes de las armaduras, y hasta el fuego del sol, la tenacidad de las lluvias, el ímpetu de los ríos, el aliento de las montañas, el rumor de la vida en los pueblos y los pequeños ruidos en las noches de vela, cobran animación en estas páginas.”
Agustín Yáñez
El descubrimiento, conquista y colonización de América tuvieron sus cronistas, como era inevitable por su importancia. Casi todos ellos fueron protagonistas –marinos, soldados, misioneros-, que contaron lo que vivieron, sobre las características geográficas del Nuevo Mundo, la cultura y formas de vida de sus habitantes, las tácticas y luchas que les permitieron a los españoles apoderarse del continente y la organización que crearon para gobernarlo.
No escribieron por el placer de escribir, a veces con calidad narrativa, otras con prosa ruda, pero siempre con alto valor documental. Sus personajes son hombres y no dioses, tienen sombras. Pasan a América “por servir a Dios y a su Majestad y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente veníamos a buscar”.
Curiosos, no les alcanzaban los ojos para describirlo todo: las carabelas, la vida a bordo, el perfil de los navegantes, las discordias humanas, los sentimientos, costumbres y tradiciones indígenas, el bullicio en los grandes mercados, el género de vida de los soberanos indianos, el impulso guerrero, la diferencia de armamento y las peripecias de un choque bélico, los repartos del botín, naufragios, cautiverios, conspiraciones y rebeliones, los sacrificios humanos, la navegación por ríos caudalosos y el ascenso a las altas cumbres, los vegetales, animales y minerales, la fundación de ciudades.
En medio de su asombro, dijeron cosas nunca oídas ni soñadas. Como haber visto indios con rabo, con los pies al revés, durmiendo bajo el agua, perdiendo la razón al verse frente a un espejo, ofreciendo oro a los españoles cuando éstos les pedían alimento para sus caballos porque según ellos, los caballos comían metal por el freno que llevaban en la boca. Como haber visto animales con cabezas y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de cuervo y relincho de caballo; cerdos con el ombligo en el lomo, serpientes con alas y brazos.

Mención destacada, el documento titulado “Requerimiento”, que era leído a gentes que no entendían el español, intimándoles a someterse a los beneficios de la civilización. “Pero, si no lo hicierais, os aseguro que me veré obligado a intervenir por la fuerza, con la ayuda del Cielo, y que entraré en vuestras tierras por la fuerza de las armas, desatando sobre vosotros la guerra hasta someteros por violencia y reduciros a la, obediencia de la Iglesia y de su Majestad. Y, si ese caso llegare, me apoderaré de vosotros y de vuestros hijos para convertiros en esclavos y venderlos como a tales, y tomaré vuestros bienes, os causaré todo el mal que pueda. Y con ellos os prevengo que toda la sangre derramada y todos los daños caerán sobre vuestras cabezas culpables, y no sobre Vuestra Majestad o sobre Mí, ni sobre los nobles señores que conmigo vienen”.


Entre los conquistadores fueron amplia mayoría quienes se dejaron llevar por los metales más que por la aventura, los que consideraron a los indios seres inferiores, crueles, brutos, feos del cuerpo y del alma: destruyeron templos e ídolos, enviaron a la hoguera caciques, quemaron libros e impusieron la cruz en las huacas. En un principio trazaron un cuadro paradisíaco de sus habitantes aunque, con el tiempo, los amorosos salvajes fueron vistos como “buenos para les mandar y les hazer trabajar y sembrar y hazer todo lo otro que fuera menester”.
En lo que respecta a los misioneros, no todos practicaron la bondad. Hubo quienes denunciaron abusos y salvajadas cometidas por los españoles y apreciaron la cultura de los indígenas, en especial las de México y Perú, aprendieron las lenguas indígenas para catequizar mejor, bautizaron en calles y caminos, construyeron iglesias y conventos, celebraron las primeras misas. En suma: posturas concretas de las tremendas tensiones que impone la conversión de un pueblo a otra cultura.
Entre los conquistadores también hubo mujeres. Una de ellas, Isabel de Guevara, después de haber fundado Buenos Aires con don Pedro de Mendoza, desde Asunción del Paraguay, dejó constancia de lo que padecieron junto con los hombres:
Vinieron los hombres en tanta flaqueza que todos los trabajos cargaban las pobres mujeres, así en lavarles las ropas, como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, limpiarles, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les venían a dar la guerra, hasta cometer poner fuego en los barcos, y a levantar los soldados, los que estaban para ello, dar armas por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados; porque en ese tiempo, como las mujeres nos sustentamos con poca comida, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres.”
En 1892, al cumplirse cuatrocientos años de la llegada de Colón a América, un decreto estableció el 12 de Octubre como fiesta nacional. Pero fue en 1917, durante la presidencia del doctor Hipólito Irigoyen, cuando ese día fue asumido como Día de la Raza.
Hoy en día, el “descubrimiento” y la conquista de América colisiona con los valores de nuestras sociedades –el respeto a las minorías; la aceptación de la diversidad cultural; la defensa de los derechos humanos y la convivencia democrática-, que se manifiestan en la currícula escolar.
Por ello, esta efeméride ha sido cuestionada hasta el punto de querer cambiarle el nombre, y circulan distintas versiones: la que remite a la América descubierta por Colón en 1492, la que sostiene que hubo un encuentro entre dos mundos, Europa y América, la que denuncia un proceso de explotación y expoliación, incluso de genocidio.
Ahí les dejo, entonces, esta nueva efeméride con dos miradas. Una, con los ojos de los protagonistas de “la mayor cosas después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó”, y la otra, con los ojos del presente.
Con el propósito de siempre: que la información que se presenta en estas 109 páginas acompañe y facilite el trabajo mancomunado de docentes y estudiantes y así poder extraer las conclusiones que cada uno crea más adecuada.
Ahora sí, ¡A conmemorar juntos el 12 de Octubre!
Autor: Angel Cabaña

LA FUERZA DE UN PROYECTO

El de 1485 demostró ser, en muchos sentidos, un mal año para Colón. Su esposa murió aquel año y él abandonó el país donde había pasado la mayor parte de su vida como adulto con su hijo Diego, de cinco años de edad. Colón se trasladó a España, con la esperanza de tener allí mejor suerte en la promoción del proyecto que le obsesionaba.



(…)

Colón tuvo que soportar entonces fatigosos años de trámites académicos y burocráticos a manos de la reina Isabel y de sus favoritos españoles. Entretanto, la comisión demostró sus calificaciones académicas no aprobando el proyecto, pero tampoco rechazándolo. Los profesores debatían con gran erudición el ancho del océano Occidental y mantenían en suspenso a Colón con la limosna de una pequeña subvención mensual concedida por la reina.


Mientras las negociaciones se desarrollaban lentamente, Colón recordó que el rey Juan de Portugal se había mostrado muy amistoso con él en los años 1484 y 1485, y decidió entonces regresar a Lisboa e intentarlo allí una vez más. Colón le escribió desde Sevilla al rey de Portugal contándole sus esperanzas, pero cuando abandonó Portugal lo había hecho en medio de una apremiante situación económica y dejando numerosas cuentas sin pagar. No se atrevía a regresar a Lisboa a menos que el rey le garantizara que no iría a prisión a causa de sus deudas y le diese un salvoconducto. El rey estuvo de acuerdo, elogiando el “gran talento y la industria” de Colón, y le urgió, calificándole de “nuestro especial amigo”, a regresar. El renovado interés del rey se debía, sin duda, a la constatación de que la expedición de Dulmo y Estreito a la Antilla había fracasado. Tampoco se tenían noticias de Bartolomeu Dias. Que hacía varios meses había zarpado en busca del paso marítimo por el este hacia la India, en el decimosegundo intento portugués con este propósito.
Colón no podía haber elegido un peor momento. Porque, cuando Cristóbal y su hermano Bartolomé llegaron en 1488, lo hicieron a tiempo para ver desde el muelle a Bartolomeu Dias y sus trece carabelas remontar triunfantes el Tajo con la buena noticia de que habían dado la vuelta al cabo de Buena Esperanza y descubierto que realmente había una vía marítima abierta a la India. El éxito de Dias y lo que esto prometía acabaron, como es de suponer, con el interés del rey Juan por Colón. Si el paso por oriente estaba abierto y despejado, ¿por qué hacer conjeturas acerca de otra dirección?
Los hermanos Colón confiaron con desesperación en que este éxito portugués en el este estimulara el interés de los rivales por un proyecto competitivo en la dirección opuesta. Parece ser que Bartolomé se dirigió a Inglaterra, donde trató sin resultado de despertar el interés del rey Enrique VII; se dirigió luego a Francia donde abordó al rey Carlos VIII. El rey francés no se mostró al principio muy receptivo, pero Bartolomé permaneció en Francia. Se ganaba allí la vida como cartógrafo cuando finalmente llegó la noticia del gran descubrimiento de Colón.
Colón entretanto, viajó de Lisboa a Sevilla, donde halló que Fernando e Isabel todavía dudaban. Disgustado, iba ya a embarcarse rumbo a Francia para ayudar a Bartolomé a convencer al rey Carlos VIII cuando la reina Isabel, urgida por el administrador de sus fondos personales, decidió repentinamente invertir en el proyecto de Colón. El abogado de Colón había señalado que el apoyo necesario para la empresa no costaría más que una semana de atenciones reales a un dignatario extranjero que los visitara. Quizás Isabel fue persuadida por el hecho de que Colón había mostrado su intención de ofrecer la empresa aun soberano vecino y rival. La reina empeñaría las joyas de la corona si la financiación del viaje así lo requería. Afortunadamente, esto no fue necesario.
Daniel J. Boorstin, Los descubridores, Volumen I: el tiempo y la geografía, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1986, p. 228-229
INDIANA
Tras 61 días de viaje, incluyendo 25 días de intervalo en las Islas Canarias, Colón llegó a tierras del actual Mar Caribe, cuyos habitantes pasaron a llamarse naturalmente indios en una de las mejores confusiones de la historia universal.
El caso provocó, a su vez, que se reservara a los auténticos habitantes de la India una incorrecta calificación de hindúes, aunque en verdad el hinduismo se acerca más a ser una religión que una nacionalidad, y aunque en la India existía y existe una enorme proporción de musulmanes que se molestan si se les cree hindúes. (…)
Correspondió a un explorador llamado Amerigo Vespucci (y también Américo Vespucio) la distinción de haber aclarado algunos equívocos. Tras otras expediciones, en las que probablemente llegó hasta el Río de la Plata y la Patagonia, descubriendo nuevas tierras vírgenes, Vespucci concluyó que esas zonas no correspondían a la India ni a ninguna parte de Asia.
Esa convicción quedó expresada en sus mapas, luego identificados con su nombre. A partir de 1507 las nuevas tierras recibieron en su honor la designación de América, pero Colón no se enteró de esa ofensa, porque había fallecido en 1506.
Colón nació en Génova y circuló también por Portugal, lo que explica que su apellido haya sido escrito con ortografías distintas: Colombo, Colom, Colomo, después Columbus. Su rastro quedó en la historia al denominar a un país (Colombia), una universidad (Columbia) y centenares de aldeas, ciudades, calles y plazas Colón, tanto en América como en España. Quizás sea esa la compensación histórica de que su nombre no haya sido asignado al continente entero. Sin embargo, no es Colón todo lo que reluce:


  1. La española Santa Coloma (m. 853) y el irlandés St. Columban o Colombano (543-615) fueron figuras religiosas previas a Colón.




  1. La ciudad de Colombo, Ceilán (hoy Sri Lanka) es la capital de su país, situado en Asia, al sur de la Indias. Es seguro que Colón viajó mucho, pero no llegó hasta allí. El nombre de Colombo se originó en denominaciones locales, como Calembou y Kolamba, que también existían antes de Colón.




  1. Aun más arraigada está la convicción de que las palabras colonia, colonizar, coloniaje y afines derivan de Colón, porque efectivamente fue a partir de sus viajes que los españoles y portugueses ocuparon el nuevo continente. Pero ése es un error considerable, que hace buena compañía a los nombre de América y de indios. La palabra colonia era utilizada por los romanos, deriva de colonus (labrador) y antecede en quince siglos a Colón. Una prueba material es una ciudad alemana que se llama simplemente Colonia, al occidente del Rin. Allí nació Agripina, que fue mujer del emperador Claudio, lo que explica que el sitio fuera retitulado Colonia Claudia Ara Agrippinensium, en el año 50 de la era cristiana. Pero ella no agradeció el homenaje. No sólo después mató o mandó matar a su marido Claudio, sino que ingresó a la historia universal de la infamia como hermana del funesto emperador Calígula y como madre del aún más funesto Nerón, de quien siempre se dijo que fue un hijo de mala madre. El nombre Colonia Claudia Ara Agrippinensium era tan largo que hasta los alemanes se quejaban, con lo que fue abreviado a Colonia o Cologne. (…)

Sólo una formidable coincidencia histórica puede explicar que Colón haya recalado en 1492 sobre tierras vírgenes a las que efectivamente había que colonizar. La primera etapa de esa cruel tarea se llamó coloniaje, se vincula a una tradición de esclavitud y ha dado origen a quinientos años de libros y ensayos, desde Fray Bartolomé de las Casas hasta Eduardo Galeano…


Homero Alsina Thevenet, Una enciclopedia de datos inútiles, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1987, p.70-73

EL VIERNES 12 DE OCTUBRE DE 1492
Hasta el día viernes, que llegaron a una isleta de los Lacayos,, que se llamaba en lengua de indios Guanahani. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Anés, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los naos por seña con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escovedo, Escribano de toda el armada, y a Rodríguez Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio como él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escripto. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante, en su libro de primera navegación y descubrimiento de estas Indias. “Yo (dice él), porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les dí a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles.
En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andaban todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más que una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi con sedas de cola de caballos, e cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos de tras que traen largos, que jamás cortan.
Dellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y dellos se pintan de blanco, y dellos de colorado, y dellos de lo que fallan, y dellos se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo, y de ellos solo los ojos, y dellos sólo el nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les amostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún fierro: sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señale de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí e creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que deprendan hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos en esta isla”. Todas son palabras del Almirante.
Cristóbal Colón, Diario, cartas y relaciones. Antología esencial. Selección, prólogo y notas de Valeria Añón y Vanina Teglia, Corregidor, Buenos Aires, 2012, p. 118-123
UNA EMOCIÓN AMPLIAMENTE COMPARTIDA
A primera vista, la existencia de un lapso de tiempo entre el descubrimiento de América y la asimilación de tal descubrimiento por Europa no aparece perfectamente delimitada. Pero al menos existe una clara evidencia de la emoción que las noticias del desembarco de Colón provocaron en Europa.
“¡Levantad el espíritu, escuchad el nuevo descubrimiento!”, escribió el humanista italiano Pedro Mártir al conde de Tendilla y al arzobispo de Granada el 13 de septiembre de 1493. Cristóbal Colón, comentaba, “ha regresado sano y salvo: dice que ha encontrado cosas admirables: ostenta el oro como prueba de las minas de aquellas regiones”.
Y a continuación Pedro Mártir contaba cómo Colón había encontrado hombres que iban desnudos y vivían de lo que les proporcionaba la naturaleza. Tenían reyes; peleaban entre sí con palos y con arcos y flechas; y aunque estaban desnudos, rivalizaban por el poder y se casaban. Adoraban a los cuerpos celestiales, pero la exacta naturaleza de sus creencias religiosas era todavía desconocida.
El hecho de que la primera carta de Colón fuese impresa y publicada nueve veces en 1493 y hubiese alcanzado alrededor de las veinte ediciones en 1500 revela que la emoción de Pedro Mártir era ampliamente compartida. Las frecuentes impresiones de esta carta y de las crónicas de los posteriores exploradores y conquistadores; las quince ediciones de la colección de viajes de Frrancanzano Montalboddo, Paesi Novamente Retrovati, publicada por primera vez en Venecia en 1507; la gran compilación de los viajes de Ramusio de mediados de siglo; todo ellos testifica la gran curiosidad e interés alcanzados por las noticias de los descubrimientos en la Europa del siglo XVI.
De forma parecida, no es difícil encontrar en los autores del siglo XVI afirmaciones resonantes acerca de la magnitud y significación de los acontecimientos que se estaban desarrollando ante sus ojos.
Guicciardini prodigaba alabanzas sobre los españoles y los protegieses, y especialmente sobre Colón, por la pericia y valor “que han proporcionado a nuestra época las noticias de cosas tan grandes e inesperadas”. Juan Luis Vives, que nació el mismo año del descubrimiento de América, escribió en 1521 en la dedicatoria a Juan III de Portugal de su obra De Disciplinis: “verdaderamente el mundo ha sido abierto a la especie humana”. Ocho años más tarde, en 1539, el filósofo de Papua Lázaro Buonamico introdujo un tema que sería desarrollado posteriormente en la década de 1570, por el escritor francés Louis Le Roy y que llegaría ser un lugar común en la historiografía europea:
No creaís que existe ninguna cosa más hermosa para nosotros o para la época que nos precedió que la invención de la imprenta y el descubrimiento del Nuevo Mundo; dos cosas de las que siempre pensé que podían ser comparadas no sólo a la Antigüedad, sino a la inmortalidad.
Y en 1552 Gómara, en la dedicatoria a Carlos V de su Historia General de las Indias, escribió seguramente la más famosa, y sin duda sucinta, de las definiciones del significado de 1492:
La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de las Indias.
J. H. Elliot, El viejo mundo y el nuevo. 1492-1650, El Libro de bolsillo, Alianza, Madrid, 1984, p. 22-23
UN NUEVO PRODUCTO
El año admirable, así considerado el de 1492, por haber sido el del descubrimiento de América y el de la expulsión de los musulmanes de España, entre otras cosas dignas de mención sucedidas entonces, es también el año en el que se comienza a hablar en el mundo occidental de un nuevo producto o sustancia: el tabaco.
La primera descripción de un fumador es del mismo Cristóbal Colón en un apunte que el Almirante hace en su diario, un 6 de noviembre de aquel año de 1492. Dice el texto:
“…y hallamos a mucha gente que volvía a sus poblados, mujeres y hombres, con un tizón en la mano hecha de hierbas, con que tomaban sus sahumerios acostumbrados…”
Colón había presenciado el espectáculo, al que da poca importancia, en la isla de San Salvador. Preguntados los indios, supieron los españoles que a aquella planta daban el nombre de cohivá, palabra que hoy asociamos a los famosos puros del caribe.
El tabaco no sólo se fumaba, sino que se mascaba. Para lo primero utilizaban tubos de barro o madera que llenaban con hierba picada. Otra forma de utilizarlo era reducir la hierba a polvo o picadura que aspiraban por la nariz.
Los españoles no fueron muy conscientes de aquello, y debieron considerarlo práctica salvaje, aunque es cierto que algunos los probaron, e incluso se hicieron adictos a la planta. Sobre todo hacia 1520, en la península del Yucatán mexicano, cerca de Tabasco, de donde creen algunos que le vendría el nombre. Dos años antes, en 1518, un fraile hizo un sorprendente envío a Carlos I: semillas de tabaco.
El Padre Bartolomé de las casas, en su famosa Historia, escribe sobre el tabaco:
“…son unas hierbas secas metidas en cierta hoja a manera de mosquete encendido por una parte, mientras por la otra chupan con el resuello para adentro aquel humo, con lo cual se adormecen y casi se emborrachan y no sienten el cansancio. Y a esto llaman tabaco. Y ya por entonces había en Haití españoles que no sabían dejar este vicio…”
Sevilla fue la primera ciudad europea donde se fumó en público. Curiosamente, también fue en Sevilla donde se prohibió por primera vez esa práctica. Apoyándose en bulas papales y ordenanzas reales, se alegaba que fumar aturdía los cuerpos y enflaquecía la voluntad, entorpeciendo las almas.
Un médico sevillano, nacido en 1493, Nicolás Monardes, fue el primer escritor científico en alabar el tabaco, atribuyéndole virtudes curativas, e introduciendo aquella planta entre las beneficiosas para la salud. Esta alabanza del tabaco la hace el famoso doctor en su “Segunda Parte del Libro de las Cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, que sirven de medicina, do se trata del Tabaco, del Cardo Santo y de otras muchas Yerbas que han venido de aquella parte…”.
La obra se imprimió en 1571, y en ella se afirma de manera peregrina que el tabaco, tomado en un caldo producto de su cocimiento, aliviaba la artritis y curaba el mal aliento; y mascándolo hacía desaparecer la jaqueca y el dolor de muelas.
Pancracio Celdrán, Historia de las cosas, Ediciones del Prado, España, 1995, p. 75-77
ENTRADA DE CORTÉS EN LA CIUDAD DE MÉXICO
Luego otro día de mañana partimos de Estapalapa muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho; íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de México, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y puesto que es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían; unos que entraban en México y otros que salían, y los que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos como vinieron, porque estaban llenas las torres y cues y en las canoas y de todas partes de la laguna, y no era cosa de maravillar, porque jamás habían visto caballos ni hombres como nosotros. Y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante parescía, que por una parte en tierra había grandes ciudades. Y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran ciudad de México (…) Ya que llegábamos cerca de México, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Moctezuma de las andas, y trayéndole del brazo, aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísima maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchivites, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello. Y el gran Moctezuma venía muy ricamente ataviado (…) y otros muchos señores que venían delante del gran Moctezuma barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas por que no pisase la tierra. Todos estos señores ni por pensamiento le miraban en la cara, sino los ojos bajos y con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que lo llevaban del brazo. Y como Cortés vio y entendió y le dijeron que venía el gran Moctezuma, se apeó del caballo, y desde que llegó cerca de Moctezuma, a unas se hicieron grandes acatos (…) Quién pudiera decir la multitud de hombres y mujeres y muchachos que estaban en las calles y azoteas y en canoas en aquellas acequias que nos salían a mirar. Era cosa de notar, que ahora que lo estoy escribiendo se me representa todo delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto pasó (…) Y como llegamos y entramos en un gran patio, luego tomó por la mano el gran Moctezuma a nuestro capitán, que allí le estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala adonde había de posar, que le tenía muy ricamente aderezada para según su usanza, y tenía aparejado un muy rico collar de oro de hechura de camarones, obra muy maravillosa, y el mismo Moctezuma se lo echó al cuello a nuestro capitán Cortés, que tuvieron bien de mirar sus capitanes del gran favor que le dio. Y desde que se lo hubo puesto, Cortés le dio las gracias con nuestras lenguas, y dijo Moctezuma: “Malinche, en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos; descansa”. Y luego se fue a sus palacios, que no estaban lejos, y nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, y nuestra artillería asestada en parte conveniente, y muy bien platicado la orden que en todo habíamos de tener y estar muy apercibidos, ansí los de caballo como todos nuestros soldados. Y nos tenían aparejada una comida muy suntuosa, a su uso y costumbre, que luego comimos. Y fue ésta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitán, México, a ocho días del mes de noviembre año de Nuestro salvador Jesucristo de mil quinientos y diez y nueve años.
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1968, p. 179-182
LA MESA DE MOCTEZUMA
Comía solo y muchas veces en público; pero siempre con igual aparato. Cubríanse los aparadores ordinariamente con más de doscientos platos de varios manjares a la condición de su paladar; y algunos de ellos tan bien sazonados, que no sólo agradaron entonces a los españoles, pero se han procurado imitar en España: que no hay tierra tan bárbara donde no se precie de ingenioso en sus desórdenes el apetito.
Antes de sentarse a comer registraba los platos, saliendo a reconocer las diferencias de regalos que contenían; y satisfecha la guía de los ojos, elegía los que más le agradaban, y se repartían los demás entre los caballeros de su guardia: siendo esta profusión cuotidiana una pequeña parte del gasto que se hacía de ordinario en sus cocinas, porque comían a su costa cuantos habitaban en su palacio, y cuantos acudían a él por obligación de su oficio.
La mesa era grande, pero abaja de pies, y el asiento un taburete proporcionado. Los manteles de blanco y sutil algodón, y las servilletas de lo mismo, algo prolongadas. Atajábase la pieza por la mitad con una baranda o biombo, que sin impedir la vista, señalaba término al concurso y apartaba la familia. Quedaban dentro cerca de la mesa tres o cuatro ministros ancianos de los más favorecidos, y cerca de la baranda uno de los criados mayores que alcanzaba los platos.
Salían luego hasta veinte mujeres vistosamente ataviadas que servían la vianda, y ministraban la copa con el mismo género de reverencias que usaban en sus templos.
Los platos eran de barro muy fino y solo servían una vez, como los manteles y servilletas que se repartían luego entre los criados. Los vasos de oro sobre salvillas de lo mismo; y algunas veces solían beber en cocos o conchas naturales costosamente guarnecidas. Tenían siempre a la mano diferentes géneros de bebidas, y él señalaba las que apetecía; unas con olor, otras de yerbas saludables y algunas confecciones de menos honesta calidad. Usaba con moderación de los vinos, o mejor diríamos cervezas que hacían aquellos indios, liquidando los granos del maíz por infusión y cocimiento: bebida que turbaba la cabeza como el vino más robusto.
Al acabar de comer tomada ordinariamente un género de chocolate a su modo, en que iba la sustancia del cacao, batida con el molinillo, hasta llenar la jícara de más espuma que licor; y después el humo del tabaco suavizado con liquidámbar; vicio que llamaban medicina, y en ellos tuvo algo de superstición, por ser el zumo de esta yerba uno de los ingredientes con que se dementaban y enfurecían los sacerdotes siempre que necesitaban perder el entendimiento para entender al demonio.
Asistían ordinariamente a la comida tres o cuatro juglares, de los que más sobresalían en el número de sus sabandijas; y éstos procuraban entretenerle, poniendo como suelen su felicidad en la risa de los otros, y vistiendo las más veces en traje de gracia la falta de respeto. Solía decir Moctezuma que los permitía cerca de su persona porque le decían algunas verdades.
Después del rato del sosiego solían entrar sus músicos a divertirle; y al son de flautas y caracoles, cuya desigualdad de sonidos concertaban con algún género de consonancia, le cantaban diferentes composiciones en varios metros que tenían su número y cadencia, variando los tonos con alguna modulación buscada en la voluntad de su oído.
El ordinario asunto de sus canciones eran los acontecimientos de sus mayores, y los hechos memorables de sus reyes; y éstas se cantaban en los templos, y enseñaban a los niños para que no olvidasen las hazañas de su nación: haciendo el oficio de la historia con todos aquellos que no entendían las pinturas y jeroglíficos de sus anales.
Tenían también sus cantinelas alegres, de que usaban en sus bailes con estribillos y repeticiones de música más bulliciosa; y eran tan inclinados a este género de regocijos, que casi todas las tardes había fiestas públicas en alguno de los barrios (…) fomentándolas y asistiéndolas Moctezuma contra el estilo de su austeridad, como quien deseaba con algún género de ambición que se contasen los ejercicios de la ociosidad entre las grandezas de su corte.
La más señalada entre sus fiestas era un género de danzas que llaman “mitotes”: componíanse de innumerable muchedumbre; unos vistosamente adornados, y otros en trajes y figuras extraordinarias. Entraban en ellas los nobles, mezclándose con los plebeyos en honor de la festividad, y tenían ejemplar de haber entrado sus reyes.
Antonio de Solís, Historia de la conquista de Méjico, conocida por el nombre de Nueva España. Población y progresos de la América septentrional, Librería Española de Garnier Hermanos, París, 1899, p. 241-243

A TRAICIÓN Y CON MAÑAS

Estando, muy católico señor, en aquel real que tenía en el campo cuando en la guerra de esta provincia estaba, vinieron a mí seis señores muy principales vasallos de Mutezuma, con hasta doscientos hombres para su servicio, y me dijeron que venían de parte del dicho Mutezuma a me decir cómo él quería ser vasallo de vuestra alteza y mi amigo, y que viese yo qué era lo que quería que él diese por vuestra alteza en cada año de tributo, así de oro como de plata y piedras y esclavos y ropa de algodón y otras osas de las que él tenía, y que todo lo daría con tanto de que yo no fuese a su tierra, y que lo hacía porque era muy estéril y falta de todos mantenimientos, y que le pesaría de que yo padeciese necesidad, y los que conmigo venían; y con ellos me envió hasta mil pesos de oro y otras tantas piezas de ropa de algodón de la que ellos visten.


Y estuvieron conmigo en mucha parte de la guerra hasta el fin de ella, que vieron bien lo que los españoles podían, y las paces que con los de esta provincia se hicieron, y el ofrecimiento que al servicio de vuestra sacra majestad los señores y toda la tierra hicieron, de que según pareció y ellos mostraban, no hubieron mucho placer, porque trabajaron muchas vías y formas de me resolver con ellos, diciendo cómo no era cierto lo que me decían, ni verdadera la amistad que afirmaban, y que lo hacían por mi asegurar para hacer a su salvo alguna traición.
Los de esta provincia, por consiguiente, me decían y avisaban muchas veces que no me fiase de aquellos vasallos de Mutezuma porque eran traidores y sus cosas siempre las hacían a traición y con mañas, y con éstas habían sojuzgado toda la tierra, y que me avisaban de ello como verdaderos amigos y como personas que los conocían de mucho tiempo acá.
Vista la discordia y desconformidad de los unos y de los otros, no hube poco placer, porque me pareció mucho a mi propósito, y que podría tener de más aína sojuzgarlos, y que se dijese aquel común decir de monte, etc., y aun acordéme de una autoridad evangélica que dice: Omme regnum in se ipsum divisum desolabitur; y con los unos y con los otros maneaba y a cada uno en secreto le agradecía el aviso que me daba, y le daba crédito de más amistad que al otro.
Hernán Cortés, Cartas de Relación, Porrúa, México, D. F., 1978, p. 42




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