0501 la cumbre de la edad media



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0501 LA CUMBRE DE LA EDAD MEDIA

Los siglos XII, XIII y XIV representan una interesante época de nacionalismos y de culturas originales. En medio de tensiones militares y guerras fronterizas por afanes de predominio, de alianzas y de defensas de la conciencia nacional, se produce una situación europea que será la definitiva en los próximos siglos.

En el siglo XII, tiempo de cruzadas, comienzan las disputas y las escuela teológicas. En el XIII llega el tiempo de las Escuelas ( la Escolástica) donde las instituciones de los frailes (no de los monjes) como son los dominicos, los franciscanos, los agustinos... toman la vanguardia en las diversas materias, no sólo en los campos teológicos.

Y en el siglo XIV se asoma un fuerte humanismo en donde el protagonismo tiene a centrarse en las grandes figuras que "`piensan por su cuenta" y quieren sobresalir con la libertad, la originalidad y la dignidad personal que de la fama... En el silgo XV ya surgirá otra forma y muchas guerras. Pero siempre quedarán latentes la configuración europea medieval y los estilos de cada bloque, aunque luego se divina en naciones "oscilantes" y reajustables.

La polarización se halla muy condicionada por las monarquías absolutistas y hereditarias, que se extienden por los países y se consideran con derechos divinos de permanencia y con deberes fundamentales de responsabilidad ante Dios más que sobre los vasallos.

1. El Reino Franco

Se estabiliza en la zona Oeste del continente. Estará gobernado por una monarquía cristiana, pero absolutista. La de los Capetos entre el 987 y el 1316

Al fallecer Luis V de Francia en 987 sin descendencia, el arzobispo Adalberón de Reims, enemistado con los últimos reyes carolingios Lotario y Luis V, convenció a los nobles de que no eligieran al carolingio Carlos de Lorena, ya que era vasallo del emperador y como tal había intentado usurpar la corona en 978. Por eso la elección se produjo en beneficio de Hugo Capeto. No obstante, la situación del monarca era muy exigua, ya que solamente ejercía su influencia en torno al área de las ciudades de París y Orleans, y se encontraba atenazado por sus enemigos el conde de Blois y por el conde de Vermandois.

No obstante, como rey, se situaba en la cima de la pirámide feudal, de forma que no era vasallo de nadie y los grandes señores le debían fidelidad por medio del homenaje por tener sus posesiones. Con estas premisas podía convocar a la hueste durante un tiempo determinado, readquirir feudos sin heredero, y confiscar los feudos de los señores felones.

Por otro lado, la afirmación de su posición real venía establecida resaltando el carácter sacro de la monarquía, al consagrarse como rey en Reims con la Sagrada Ampolla, la que se suponía traída por el Espíritu Santo para bautizar a Clodoveo.

Pero de forma más práctica, mantuvo su posición al instigar confrontaciones entre los nobles más poderosos, y en la familia de los mismos; y por medio de hacer elegir como rey a su hijo primogénito, durante la vida del propio rey, siendo Felipe II el último rey que fue así elevado en vida de su padre.

Mientras, los primeros reyes Capeto, fueron afianzando su posición, no ya como reyes, sino como señores de sus propios feudos. El duque de Normandía se hizo coronar rey de Inglaterra en 1066, y tras acabar el periodo de Anarquía en Inglaterra, el rey francés Luis VII se encontró con que el rey de Inglaterra Enrique II, vasallo suyo, era mucho más poderoso que él mismo, ya que por herencia era duque de Normandía y conde de Anjou y Maine, y por matrimonio con la ex reina de Francia y duquesa de Aquitania y Gascuña, Leonor de Aquitania, llegó a adquirir Guyena, Gascuña, Poitou, Lemosín, Angoumois, Saintonge y Périgord; y por otro lado, por el sur, se desarrolló una creciente influencia del rey de Aragón sobre Languedoc.

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Francia en época de los primeros Capetos Bandera de Francia en los siglos XII y XIII.

El reinado de Felipe II va a suponer un punto de inflexión en la monarquía francesa. Contra los angevinos, va a fomentar las disputas entre los distintos miembros de la familia real inglesa, de forma que se va a apropiar de feudos ingleses, los cuales van a quedar reducidos a Guyena; y en el sur, el Rey francés va a apoyar la Cruzada albigense para extender su influencia sobre el Languedoc.

Para afirmar el poder real sobre las nuevas tierras, realizó cambios administrativos al servicio de una concepción de bien público, no en vano, Felipe II empezó a titularse como Rey de Francia, frente a Rey de los francos utilizado con anterioridad. Todos estos logros van a confirmarse tras su victoria en la batalla de Bouvines (1214), y la posición dinástica de los Capeto quedó tan plenamente consolidada, que la monarquía dejó de ser electiva y pasó a serlo hereditaria, terminando la costumbre de coronar como rey al posible sucesor en vida del padre.

Conquistas de Felipe Augusto

Sus sucesores van a afirmar el poder monárquico, organizándose instituciones como la corte real de justicia, los parlamentos, la moneda real, la Cámara de cuentas; los reyes apoyan el desarrollo de las ciudades frente a los señores feudales, y ampliaron los territorios del dominio real especialmente con Languedoc y Champaña.

Para evitar la división del reino o guerras civiles entre el rey y sus hermanos, los monarcas infeudaban a sus hijos varones con territorios llamados apanage, que re-vertían a la Corona en caso de extinguirse la línea masculina.

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Reino franco en el XII y en el XIV

2 El Sacro imperio Romano-germánico

Se sitúa con fuera en el centro europeo, aunque su excesiva extensión. Otro nuevo concepto de la época medieval fue la sistemática fundación de ciudades, tanto por parte del emperador como por los duques locales. Este fenómeno, justificado por el crecimien-to explosivo de la población, también supuso una forma de concentrar el poder econó-mico en lugares estratégicos, teniendo en cuenta que las ciudades ya existentes eran fundamentalmente de origen romano o antiguas sedes episcopales. Entre las ciudades fundadas en el siglo XII se incluyen Friburgo de Brisgovia, modelo económico para mu- chas otras ciudades posteriores, o Múnich.

La lucha entre los "Poderes Universales".

Los Poderes universales eran en el XII el Pontificado y el Imperio, por cuanto ambos se disputaban el llamado Dominium mundi (dominio del mundo, concepto ideológico con implicaciones tanto terrenales como trascendentes o espirituales).

En 1176 se llegó a la batalla de Legnano, la cual tuvo una repercusión crucial en la lucha que mantenía Federico Barbarroja contra las comunas de la Liga Lombarda (bajo la égida del papa Alejandro III).

Esa batalla fue un hito dentro del prolongado conflicto interno entre güelfos y gibelinos, y del todavía más antiguo existente entre los dos poderes universales: Pontificado e Imperio.

Las tropas imperiales sufrieron una derrota humillante y Federico se vio forzado a firmar la Paz de Venecia (1177) por la que reconoció a Alejandro III como papa legítimo. Al mismo tiempo, reconocía a las ciudades el derecho de construir murallas, de gober-narse a sí mismas (y en su territorio circundante) eligiendo libremente a sus magis-trados, de constituir una liga y de conservar las costumbres que tenían "desde los tiempos antiguos".

Este amplio grado de tolerancia, al que el historiador Jacques Le Goff llama "güelfismo moderado", permitió crear en Italia una situación de equilibrio entre las pretensiones imperiales y el poder efectivo de las comunas urbanas, similar al equilibrio logrado entre el imperio y el papado a través del Concordato de Worms (1122), que resolvió la Querella de las Investiduras.

El reinado del último de los Staufen fue en muchos aspectos diferente de los de sus predecesores. Federico II Hohenstaufen subió al trono de Sicilia siendo todavía un niño. Mientras, en Alemania, el nieto de Barbarroja, Felipe de Suabia, y el hijo de Enrique el León, Otón IV, le disputaron el título de rey de los alemanes.

Después de ser coronado emperador en 1220, se arriesgó a un enfrentamiento con el papa, al reclamar poderes sobre Roma; sorprendentemente para muchos, logró tomar Jerusalén mediante un acuerdo diplomático en la Sexta Cruzada (1228), cuando todavía pesaba sobre él la excomunión papal. Se autoproclamó rey de Jerusalén en 1229 y también obtuvo Belén y Nazaret.

A la vez que Federico elevaba el ideal imperial a sus más altas cotas, inició también los cambios que llevarían a su desintegración. Por un lado, se concentró en establecer un Estado de gran modernidad en Sicilia, en servicios públicos, finanzas o legislación.

Pero a la vez, Federico fue el emperador que cedió mayores poderes ante los duques germanos. Y esto lo hizo mediante la instauración de dos medidas de largo alcance, que nunca serían revocadas por el poder central.

En la Confoederatio cum principus ecclesiasticis de 1220, Federico cedió una serie de las regalías a favor de los obispos, entre ellas impuestos, acuñación, jurisdicciones y fortificaciones, y más tarde, en 1232 el Statutem in favorem principum fue funda-mentalmente una extensión de esos privilegios al resto de los territorios (los no eclesiásticos).

Esta última cesión la hizo para acabar con la rebelión de su propio hijo Enrique y, a pesar de que muchos de estos privilegios ya habían existido con anterioridad, ahora se encontraban garantizados de una forma global, de una vez y para todos los duques ale-manes, al permitirles ser los garantes del orden al norte de los Alpes, mientras que Federico se restringía a sus bases en Italia. El documento de 1232 señala el momento en que por primera vez los duques alemanes fueron designados domini terrae, señores de sus tierras, un cambio terminológico muy significativo.

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El resurgimiento de países en el Imperio tras los Staufen


Al morir Federico II en 1250, dio comienzo un período de incertidumbre, pues ninguna de las dinastías susceptibles de aportar un candidato a la corona se mostró capaz de hacerlo, y los principales duques electores elevaron a la corona a diversos candidatos que competían entre sí. Este periodo se suele conocer como Interregnum, que empezó en 1246 con la elección de Enrique Raspe por el partido angevino y la elección del Guillermo de Holanda por el partido gibelino.

Muerto este último en 1256, una embajada de Pisa ofreció la corona de rey de Romanos a Alfonso X "el Sabio", quien por ser hijo de Beatriz de Suabia pertenecía a la familia Staufen. Sin embargo, su candidatura se enfrentó a la de Ricardo de Cornualles y no prosperó. El Interregnum terminó en 1273, cuando coronaron a Rodolfo I de Habsburgo. La derrota del Imperio (plasmada en la batalla de Legnano) había quedado plena-mente de manifiesto ya en el reinado de Federico II y se había ratificado con el fin de los Staufen, las graves dificultades del interregno en Alemania, y la infeudación del Reino de Sicilia en Carlos I de Anjou, haciendo realidad la plena potestad pontificia.

Las dificultades en la elección de emperador llevaron al surgimiento de un colegio de electores fijo, los Kurfürsten, cuya composición y procedimientos fueron establecidos mediante la Bula de Oro de 1356. Su creación es con toda probabilidad lo que mejor simboliza la creciente dualidad entre Kaiser und Reich, emperador y reino, y con ello, el final de su identificación como una sola cosa. Una muestra de esto la tenemos en la forma en que los reyes del periodo post-Staufen lograron mantener su poder. Inicialmente, la fuerza del Imperio (y sus finanzas) tenían su base en gran medida en el territorio propio del Imperio, también llamado Reichsgut, que siempre pertenecieron al rey (e incluían diversas ciudades imperiales). Tras el siglo XIII, su importancia disminuyó (aunque algunas partes se mantuvieron hasta el fin del Imperio en 1806).

En su lugar, los Reichsgüter fueron empeñados a los duques locales, con objeto, en ocasiones, de obtener dinero para el Imperio pero, con más frecuencia, para recompensar lealtades o como modo de controlar a los duques más obstinados. El resultado fue que el gobierno de los Reichsgüter dejó de obedecer a las necesidades del rey o los duques.

En su lugar, los reyes, empezando por Rodolfo I de Habsburgo, confiaron de forma creciente en sus territorios o Estados patrimoniales como base para su poder. A diferencia de los Reichsgüter, que en su mayor parte estaban esparcidos y eran difícilmente administrables, sus territorios eran comparativamente compactos y, por lo tanto, más fáciles de controlar. De este modo, en 1282 Rodolfo I ponía a disposición de sus hijos Austria y Estiria.

Con Enrique VII, la casa de Luxemburgo entró en escena, y en 1312 fue coronado como el primer emperador del Sacro Imperio desde Federico II. Tras él, todos los reyes y emperadores se sostuvieron gracias a sus propios Estados patrimoniales (Hausmacht): Luis IV de Wittelsbach (rey en 1314, emperador 1328-1347) en sus territorios de Baviera; Carlos IV de Luxemburgo, nieto de Enrique VII, fundó su poder en los Estados patrimoniales de Bohemia. Es interesante constatar, a raíz de esta situación, cómo aumentar el poder de los Estados y territorios del Imperio se convirtió en uno de los principales intereses de la corona, ya que con ello disponía de mayor libertad en sus propios Estados patrimoniales

Sacro Imperio entre 1200 y 1350.

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El Sacro Imperio Romano centro geográfico del cristianismo.

El siglo XIII también vio un cambio mucho más profundo tanto de carácter estructural como en la forma en que se administraba el país. En el campo, la economía monetaria fue ganando terreno frente al trueque y el pago en jornadas de trabajo. Cada vez más se pedía a los campesinos el pago de tributos por sus tierras; y el concepto de "propiedad" fue sustituyendo a las anteriores formas de jurisdicción, aunque siguieron muy vinculadas entre sí.

En los distintos territorios del Imperio, el poder se fue concentrando en unas pocas manos: los detentores de los títulos de propiedad también lo eran de la jurisdicción, de la que derivaban otros poderes. Es importante remarcar, no obstante, que jurisdicción no implicaba poder legislativo, que hasta el siglo XX fue virtualmente inexistente. Las prácticas legislativas se asentaban fundamentalmente en usos y costumbres tradicio-nales, recogidos en costumbrarios.

Durante este periodo, los territorios empiezan a transformarse en los precedentes de los Estados modernos. El proceso fue muy distinto según los territorios, siendo más rápido en aquellas unidades que mantenían una identificación directa con las antiguas tribus germánicas, como Baviera, y más lento en aquellos territorios dispersos que se fundamentaban en privilegios imperiales.

3 Reino o Imperio de Hungría. (970-1301)

En la década de 970, como consecuencia de los cambios nacionales e interna-cionales, el más poderoso de los príncipes húngaros, Géza adoptó el Cristianismo, la fe de los vencedores, y comenzó a difundirlo por el país. Por la misma época, inició un proceso de organización del poder central. Apenas había entrado en guerra con países extranjeros durante sus 25 años de gobierno. Géza reforzó su política pacifista gracias a los matrimonios entre sus hijos y los miembros de las dinastías europeas más poderosas, para consolidar el poder magiar en la llanura panónica.
Los esfuerzos de Géza por establecer un estado estable que garantizara el trono a sus sucesores fracasaron en última instancia porque se vio obligado a compartir el territorio con otros miembros de la familia principal. El Príncipe Koppány también reclamaba el trono. En el derecho húngaro de sucesión se utilizaba el sistema llamado del Señorío- es decir, el derecho del hermano mayor superviviente. Koppány también exigía en matrimonio la mano de la viuda principal, Sarolt. La voluntad de Géza de que su primogénito heredara el trono chocaba con el derecho ancestral húngaro.
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Sagrada Corona de Hungría.

En relación con su conversión al Cristianismo, surgía la gran cuestión de si Hungría debería unirse a la Iglesia Católica o a la Iglesia Ortodoxa. En un primer momento (en torno a 948), los nobles húngaros se adhirieron mayoritariamente a la Iglesia de Bizancio, ortodoxa. Sin embargo, en el otoño de 972, Adalberto de Praga fue nombrado obispo por el papa Silvestre II, con el objetivo de difundir el cristianismo occidental entre los húngaros. San Adalberto bautizó a Géza y a su familia. Su esposa, Sharolt, había sido bautizada por un obispo griego en su niñez.

La decisión de adoptar este segundo bautizo fue dictada por las circunstancias. La última fase de los ataques húngaros fue dirigida contra el sureste, lo que encolerizó a los bizantinos. La abolición por parte del emperador de Bizancio de la independencia política y religiosa de Bulgaria fue un aviso a los húngaros.

La amenaza bizantina obligó al príncipe húngaro a buscar el reconocimiento político y moral del Sacro Imperio. La implantación del cristianismo occidental fue un acontecimiento cultural y político para los húngaros. Durante el reinado de Géza, finalizaron las expediciones de saqueo y a punto estuvo de lograr la consolidación de un estado independiente antes de su muerte.

San Esteban I


A la muerte de Geza, comenzaron los enfrentamientos por la sucesión en la corte: según el derecho ancestral húngaro, Koppány debería ocupar el trono, pero Geza había designado heredero a su primogénito. Las luchas en la familia real comenzaron en 997. Koppány se levantó en armas, y mucha gente en Transdanubia se unió a él. Los rebeldes representaban el antiguo orden, el derecho ancestral, la fe pagana y la organización tribal. Su rival Vajk Stephen, que tomó el nombre de Esteban tras ser bautizado, estaba respaldado por los señores magiares leales y caballeros alemanes e italianos, y preten-día unirse a la comunidad europea. La victoria final de Esteban sobre Koppány cambiaría para siempre el curso de la historia de Hungría.

Esteban consolidó su poder expulsando a otros jefes de clanes rivales y confiscando sus tierras. Después, pidió al papa Silvestre II el reconocimiento como rey de Hungría. El papa accedió, y la leyenda dice que Esteban fue coronado el día de Navidad del año 1000. La coronación convertía a Hungría en un estado de pleno derecho dentro de occidente, independiente tanto del Sacro Imperio Romano como del Imperio bizantino.

También confería a Esteban un poder absoluto, que utilizó para fortalecer el poder de la Iglesia católica en Hungría. Ordenó a sus súbditos el pago de diezmos y la construc-ción de una iglesia por cada diez aldeas. Donó tierras el establecimiento de obispa-dos y monasterios, decretó el matrimonio obligatorio para aquellos que no fueran clé-rigos y prohibió los matrimonios entre cristianos y paganos. Los monjes extranjeros que llegaron al país trabajaron como profesores, e introdujeron métodos agrarios occiden-tales. Aunque al principio se utilizaba un alfabeto húngaro para poner por escrito los textos, el país acabó adoptando el alfabeto latino. Desde el año 1000 el latín fue la lengua oficial del país.

Esteban implantó en Hungría un sistema de condados a imitación del modelo franco, cada uno de los cuales estaba gobernado por un conde ispan, o magistrado, nombrado por el rey.

Durante la época de Esteban, la sociedad húngara estaba organizada en dos clases: hombres libres y hombres no libres. Los nobles descendían por línea paterna de los magiares que habían llegado a la llanura panónica o que habían recibido nombramiento real. Sólo los nobles podían desempeñar cargos públicos o presentar quejas al rey. Pagaban diezmos y debían prestar servicios militares a la corona, pero estaban exentos de impuestos. Los no libres -que no tenían representación política- eran esclavos, libertos, inmigrantes o nobles despojados de sus privilegios.

La gran mayoría eran siervos que pagaban impuestos al rey y entregaban parte de su cosecha a la nobleza por el uso de sus tierras. Los siervos dependían directamente del rey, lo que limitaba el poder de los nobles.

Las tierras de los clanes, las de la corona, y las antiguas tierras de la corona componían el antiguo reino. Las tierras de los clanes pertenecían a la nobleza, que podía dejarlas en herencia a otros miembros de la familia o a la iglesia; si un noble moría sin heredero, sus tierras revertían en el clan. Los territorios de la corona eran patrimonio de Esteban: tierras confiscadas a nobles desleales, conquistadas en la guerra, o desocu-padas. Por último, las antiguas tierras eran propiedades concedidas a la iglesia o a parti-culares por el rey.

Esteban consiguió someter también a príncipes semiindependientes como los Atjonia, en el sur de Hungría, cerca del río Mureş (Maros) y los Gyula de Transilvania.

4. Naciones eslavas

Europa en los siglos VII-X conoció el predominio de del feudalismo. El cristianismo como base espiritual de la civilización europea rechazaba la explotación de las personas, de los campesinos. Pero la realidad social iba por otro camino. En esa clave se desarrolló el amplio ámbito de los pueblos eslavos y cada vez más hubo la incorpo-ración de éstos al proceso histórico-cultural europeo. La Gran Moravia fue el más anti-guo estado eslavo. En ella surgió la escritura eslava gracias a sus predicadores San Cirilo y San Metodio, pero fue en estos siglo cuando más se extendió.

En el siglo X se dio la la organización de los territorios polacos en forma de Estado Polaco y apareción también el primer Reino Búlgaro. En las mismas fechas fue creciendo en importancia el reino de la Rusia antigua, teniendo por centro Kie y en las fronteras la amenaza del mundo del mundo musulmán.

Esa Europa oriental cobro vida ya muy organizada y de influencia creciente entre los siglos XII-XV y surgieron determinados reinos y naciones, como el caso de Chequia y Eslovaquia en los siglos XII-XV. Las guerras husitas y sus consecuencias supusieron un desgaste. Los territorios polacos entre los siglos XII-XV se estructuraron en Principados hasta la fundación de un Estado Polaco independiente

En el siglo XIII aparecen los centros culturales de Chequia, Polonia y Bulgaria como países eslavos. La Rusia nacional se vuelve dominadora en los siglos XII al XV, una vez que superaron la invasión mongolo-tártara. Desde entonces el papel que desempeñó Rusia en la defensa de la civilización europea fue grande.

Los siglos XII y XIII fueron época de declive político, económico y cultural en la zona del Este, denominada ya por Rusia. Los principados, con excepción de los del gran Nóvgorod y Pakov, se derrumbaron jaqueados por teutones y mongoles. En 1242 el príncipe Alejandro de Nóvgorod derrotó a los primeros en la célebre «batalla sobre el hielo» del lago Chudskoye, cerca del río Neva. Por esa victoria obtuvo el título de Nevski.

En 1245 el dominio mongol (tártaro) sobre el área rusa se consolidó. El príncipe Dimitri de Moscú los derrotó en 1380 en la batalla de Kulikovo, cerca del Don, lo que comenzó el proceso de liberación.

Pero sólo más tarde tomaron conciencia de su unidad y asumieron la necesidad de asociarse los diversos núcleos. En 1439 los rusos abandonaban la Iglesia griega y formaban una iglesia propia (ruso ortodoxa).

5 Imperio bizantino en esta época medieval

Todo el silgo XII estuvo regido el Imperio por la dinastía de los comenos, los cuales dirigieron las recuperación del imperio (1081-1185) aunque reduciendo su territorio por las conquistas mahometanas.

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El Imperio bizantino en el silgo XIII

Alejo I Comneno: el retorno de la potencia bizantina


Durante cerca de un siglo, los Comneno intentaron restablecer el resplandor pasado del imperio. A su llegada al poder, Alejo I Comneno (1057-1118) encontró un imperio exangüe. La nobleza civil se había multiplicado y perdido toda su autoridad, mientras que la moneda se había devaluado y la economía estaba arruinada.

El sistema de los themas, que había garantizado la protección del imperio gracias a los soldados campe-sinos, no funcionaba ya porque el ejército entonces estaba compuesto principal-mente por mercenarios occidentales (francos, normandos de Italia, anglo-sajones), a quienes no se les podía pagar dándoles tierras. Incluso la Iglesia era presa de todo tipo de dificultades: desde desórdenes en los monasterios del Monte Athos al movimiento herético de los bogomilos que se habían extendido desde Bulgaria hasta Constantinopla.

Alejo se dedicó en primer lugar a restringir el poder de los senadores y de los eunucos del Palacio, apoyándose sobre los miembros de su propia familia y sobre algunas otras familias de la nobleza militar. Para este fin, creó una nueva jerarquía con títulos tan pomposos como vacíos de contenido y se rodeó de consejeros provenientes de medios modestos, incluso, extranjeros.

Fue sobre todo en la política extranjera donde se demostró su genio diplomático. Como el tesoro estaba exhausto y el ejército corto de efectivos, intentó encauzar los peligros externos por medio de un hábil juego de alianzas. En contra de Roberto Guiscardo y de los normandos, se alió con Venecia, que quería mantener su libertad de movimiento en el Adriático e impedir que cualquier potencia controlara ambas orillas.

Sin embargo, pagó muy caro su ayuda, ya que Venecia obtuvo poderes extraor-dinarios para sus comerciantes, que incluyeron exenciones de impuestos que les dieron ventaja sobre los mercaderes bizantinos.

Alejo I recibe a los cruzados. Si efectivamente pidió que Occidente le enviara tropas, esperaba ver llegar mercenarios y no ejércitos enteros, cuyo objetivo era conseguir fundar principados independientes.

La muerte de Roberto Guiscardo en 1085 permitió a Alejo tornarse hacia los peche-negos instalados en Mesia, entre el Danubio y los Balcanes. Primero invadieron Tracia en 1086 con sus aliados, los cumanos. Pero, pronto, los pechenegos y los cumanos se enfrentaron después de la batalla de Silistra. Asimismo, cuando los turcos se aliaron con los pechenegos y llegaron a sitiar Constantinopla, Alejo tuvo la idea de aliarse con los cumanos. Esta estrategia debía liberar al imperio de los pechenegos, los cuales fueron prácticamente aniquilados en la batalla de Levounion, el 29 de abril de 1091.Todavía debía enfrentarse a los turcos del emir de Esmirna, Zachas (o Çaka).

El fracaso del Monte Lebounion no había desanimado a Zachas, quien preparaba una nueva campaña para atacar Abidos y, de allí, a Constantinopla. Contra él, Alejo selló una alianza con el hijo de Solimán, Kilij Arslan, que el nuevo sultán de Persia había estable-cido como vasallo en Nicea.

Zachas no tenía la capacidad para luchar contra las fuerzas de los dos aliados y apeló al sultán, quien lo mandó degollar. En 1095, Constantinopla fue liberada de los peligros que representaban sus vecinos inmediatos.

La captura de Jerusalén por los cruzados.

Alejo probó la misma clarividencia ante el nuevo peligro que representaban las cruzadas. Para luchar contra sus vecinos turbulentos, había solicitado al papa que animara a los caballeros de Occidente para que fueran a prestarle ayuda.

En su mente, se trataba de luchar contra los turcos y los pechenegos, no de liberar a la tumba de Cristo. Además, el carácter que tomó la primera cruzada (1095-1099) lo sorprendió, al igual que el entusiasmo que generó en Europa sorprendió al papa.

Si Alejo pudo deshacerse fácilmente de las bandas indisciplinadas de Pedro de Amiens el Ermitaño, aislándolas al otro lado del Bósforo para evitar el saqueo de Cons-tantinopla, pensó que podía utilizar los caballeros cruzados como lo había hecho con otros mercenarios para reconquistar la costa de Asia menor. Para conseguir estos objetivos, creyó conveniente adoptar una costumbre que imperaba en la Europa feudal: la del juramento de fidelidad que hacían los vasallos, para obligarlos a devolver al imperio las tierras que pudieran conquistar y a comportarse con respecto a su nuevo soberano «en sumisión total y solo con intenciones puras».

Si bien algunos, como Hugo de Francia, el primer llegado, se prestaron sin dificultad a esta formalidad, otros se negaron, como Tancredo de Galilea, quien llegó a Asia sin pasar por Constantinopla, o Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa, para quien las cruzadas eran una cuestión de conquista espiritual y no temporal. Así, y a pesar de su prudencia, Alejo se reveló incapaz de impedir la creación de reinos latinos en Siria y en Palestina; sin embargo, se aprovechó del avance de los cruzados para reconquistar las costa de Asia menor, así como la ciudad de Nicea, aunque Antioquía escapó a su control, pues se convirtió en sede de un principado latino que intentaba preservar su independencia frente a las reivindicaciones bizantinas.

Juan II Comneno: la continuación de la obra reconstructora



https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/e/e2/jean_ii_comnene.jpg/170px-jean_ii_comnene.jpghttps://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f7/manuelcomnenus.jpg

Juan II Comneno y Manuel Comeno representados sobre

un panel de mosaico en Santa Sofía.
A su muerte en 1118, Alejo había puesto fin a las tensiones entre la nobleza civil y la militar, había reconstituido un ejército y una armada poderosos, había eliminado los peligros de invasión procedentes de sus vecinos, a la vez que había recuperado varias provincias perdidas por sus predecesores inmediatos.
Su hijo, Juan II Comneno (1087-1143), a veces, calificado como «el más grande de los Comnenos» se convirtió en emperador, a pesar del complot de Ana, su hermana mayor, para mandarlo asesinar y apoderarse del trono con su esposo, el césar Nicéforo Brienio.

Asimismo, Juan debió enfrentar a su hermano Isaac, quien intentó destronarlo en 1130. Se conoce muy poco sobre su política interna, salvo que continuó la reorgani-zación del ejército mediante el incremento del reclutamiento indígena y que se distinguió por sus fundaciones religiosas, como el monasterio del Pantocrátor; se recuerda sobre todo que su reino fue una «campaña perpetua».
En los Balcanes, Juan terminó la obra emprendida por su padre y puso fin al avance de los pechenegos quienes, tras su derrota de 1091, se habían reagrupado, habían atravesado el Danubio en 1122 y saquearon Tracia y Macedonia. Aprovechó la opor-tunidad para controlar las tierras serbias plagadas de agitación continua y para interve-nir en las querellas de sucesión en Hungría que se convirtió en una potencia balcánica y adriática de importancia.
No fue hasta 1130 cuando pudo regresar al Oriente, donde intentó alejar a los turcos de la Anatolia, restablecer la autoridad de Bizancio sobre Armenia y Cilicia e imponer su autoridad a los príncipes francos instalados en Oriente. Después de haber vencido al emirato de los Danisméndidas de Melitene en 1135, se lanzó en la conquista de Cilicia (acabada en 1137), lo que permitió capturar Antioquía, cuyo príncipe, Raimundo de Poitiers, debió jurar fidelidad al Emperador e izar su bandera sobre los muros de la ciudad.

Las relaciones con los Estados francos se deterioraron y la cuestión de Antioquía y Siria puso en evidencia la interrelación de los intereses de Bizancio en Oriente y en Occidente. Juan Comneno temía una intervención de Rogelio II de Sicilia, quien venía de conquistar Apulia y Campania, en Antioquía. Entonces, se unió a la coalición formada por Lotario II, el papa Inocencio II, los vasallos rebeldes de Apulia y Venecia contra el rey de Sicilia y el antipapa Anacleto.

Las tentativas de Juan II para liberarse de los lazos contraídos con Venecia y que paralizaban el comercio bizantino fueron inútiles. Así, después de que la flota veneciana atacó las islas bizantinas en el mar Egeo, Constantinopla fue obligada a firmar un nuevo tratado en 1026 que confirmaba todos los privilegios de Venecia. Preparaba una nueva expedición contra Antioquía, preludio de una expedición más grande contra Palestina, cuando murió en 1143 como resultado de un accidente de caza.

Juan Comneno había designado como sucesor a su cuarto hijo, Manuel I Comneno (1118-1180). El reinado de este marcó a la vez el apogeo de la influencia de Bizancio tanto en Oriente como Occidente y el inicio del declive que condujo a su primera caída en 1204. Se caracterizó por la política exterior muy ambiciosa de Manuel y, a veces, fuera de sintonía con respecto a los verdaderos recursos del Imperio bizantino.185 Muchos cambios se produjeron en la sociedad bizantina desde el advenimiento de los Comne-nos. Uno de los más importantes fue el rol que desempeñaba entonces la familia imperial en la administración del Estado.

Anteriormente, rara vez el emperador compartía el poder con otros miembros de su familia, con excepción de su presunto sucesor.

Con los Comnenos, los miembros de la familia imperial se encontraban en la cima de la jerarquía y ejercían los cargos civiles y militares más altos. De ahí la importancia de las alianzas matrimoniales que permitieron añadir progresivamente a las grandes familias tradicionales, como los Kontostéphanos y los Paleólogos, familias de extracción más baja como los Ángeles, los Cantacuzenos y los Vatatzés, que desempeñaron un papel importante en los siglos siguientes.

Por otra parte, los contactos cada vez más numerosos con Occidente comenzaron a transformar las estructuras y las mentalidades. Los extranjeros ya no eran solamente mercenarios en el ejército. Manuel, que estaba verdaderamente fascinado por el mundo de los caballeros y sus costumbres, nombró a varios de ellos en su gobierno, lo que, aunado a los privilegios de los comerciantes de Venecia, Génova y Pisa, provocó un descontento creciente en la población.

Pero, al igual que el reinado de Juan II, el de Manuel I, estuvo más ocupado en asun-tos de política exterior. La cuestión normanda siguió estando en el centro de las preocupaciones; sin embargo, a diferencia de lo sucedido bajo Juan II, esta vez la cuestión italiana tomó la delantera.

La colaboración con el Sacro Imperio de Conrado III continuó hasta la Segunda Cruzada (1147-1149), en la cual este último participó junto con el rey de Francia Luis VII, amigo de Rogelio II de Sicilia. El fracaso de esta cruzada favoreció no solo a los turcos, sino también a los normandos.188 Una nueva cruzada estaba surgiendo, dirigida esta vez contra el Imperio bizantino. Habría reagrupado de un lado a los normandos, los güelfos, Francia, Hungría y Serbia; del otro, a Bizancio, el Sacro Imperio Romano Germánico y Venecia.

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Constantinopla
La muerte de Conrado III y la llegada al poder de Federico Barbarroja pusieron fin a la alianza entre el Sacro Imperio y Bizancio, puesto que Federico Barbarroja rechazó las pretensiones bizantinas sobre Italia, dado que aspiraba a ser el único heredero del imperio romano universal.

La muerte de Rogelio II de Sicilia en 1154 y el advenimiento de su hijo Guillermo I permitió creer en un apaciguamiento e incluso en un cambio de las alianzas; sin em-bargo, no sucedió y los esfuerzos de Manuel por emplear su ventaja sobre Italia no tuvieron éxito y fue forzado a negociar un acuerdo con Guillermo I.

En los Balcanes, Manuel logró restablecer la autoridad imperial y conservar Dalmacia y una parte de Croacia. En 1161, había conseguido someter a los serbios: depuso al gran ispán Pervoslav Uroš y lo reemplazó por quien se convertiría, tras varios episodios, en el libertador de Serbia Esteban Nemanja. En Hungría, intervino de 1161 a 1173 en los asun-tos de sucesión, al apoyar a un candidato sobre el otro hasta que instaló a Bela III en el trono. En ese momento, Manuel estaba en la cúspide de su poder.

El declive comenzó cuando decidió llevar a cabo la unidad de la Iglesia y la del Imperio, incitando al papa a coronarlo emperador de Occidente. Si todavía era posible bajo Justiniano, no lo era más en una Europa donde un sistema complejo de Estados no permitió la creación de un imperio universal. La coalición que se formó inmediatamente contra él y el tratado de paz que debió firmar con los normandos terminó con esta ilusión y llevaron a la salida definitiva de las tropas bizantinas de Italia en 1158.

Manuel tuvo cierto éxito en sus relaciones con los Estados latinos de Oriente. Ame-nazados por los turcos, fueron reducidos uno después de otro a reconocer al emperador como su protector.

Las cosas salieron mal cuando, por sugerencia del rey de Jerusalén Amalarico I, planeó una expedición contra Egipto, una suerte de cruzada que habría sido dirigida por Bizancio y tendría como aliados a los reinos latinos. No obstante, Amalarico no esperó al emperador para atacar y fue derrotado por Nur al-Din y su soberano Saladino, quien se convirtió en el enemigo más implacable de los Estados cristianos.

Una segunda tentativa no tuvo mayor éxito y el llamado lanzado por Amalarico en Occidente a favor de una nueva cruzada quedó en letra muerta. Un último intento por parte de Manuel, esta vez con el sucesor de Amalarico, no obtuvo mayores resultados y la alianza entre Bizancio y los Estados latinos fue abandonada.

A su muerte en 1180, Manuel dejó un imperio reforzado, aunque sin éxito en eliminar las amenazas interiores y exteriores que debilitaban al imperio. Así, su derrota en Miriocéfalo contra los selyúcidas permitió a estos últimos mantenerse como una potencia amenazante sobre un territorio que, un siglo antes, todavía era bizantino.

El Imperio bizantino en 1180.

Su heredero, Alejo II Comneno (1169-1183), era un muchacho de trece años. La regencia recayó en su madre María de Antioquía, quien dirigió el Estado con el proto-sebastos Alejo Comneno. La elección de este último generó un gran resentimiento en la familia Comneno, mientras que la parcialidad de la reina madre, ella misma una latina, en favor de los comerciantes italianos, provocó el levantamiento del pueblo contra el régimen. El poder de los emperadores Comneno dependía de su capacidad para hacerse obeceder, capacidad que faltaba a los regentes de Alejo.

Se intentaron varios golpes de estado infructuosos hasta que apareció Andrónico Comneno, un aventurero que había sido el único en oponerse públicamente al emperador Manuel. Enemigo de la aristocracia feudal y de lo que fuera latino en general, no tuvo dificultad alguna en volver a Constantinopla, donde la población dio rienda suelta a su ira contra los latinos en el curso de disturbios en los cuales aquellos que no llegaron a huir a tiempo fueron masacrados.

Después de haber fingido proteger al joven emperador, Andrónico Comneno (1118-1185) se hizo coronar emperador y, dos meses más tarde, mandó estrangular a Alejo, cuyo cuerpo fue lanzado al mar. Dado que se presentó resuelto a extirpar el vicio por todos los medios posibles, Andrónico atacó la venalidad de los cargos en Contantinopla y las extorsiones practicadas por los agentes del fisco en las provincias.

La corrupción fue combatida sin piedad; los funcionario debían escoger: o bien dejaban de ser injustos o bien dejaban de vivir. Andrónico buscaba reducir el peso de la aristocracia. De hecho, esta debilitaba la autoridad imperial mediante la adquisición de tierras de los campesinos soldados que formaban la base del ejército bizantino



Como resultado, el Imperio bizantino debía emplear constantemente a mercenarios, cuya fiabilidad era débil. No obstante, rápidamente, este régimen virtuoso se transformó en uno de terror. Las revueltas se multiplicaron y crecía la posibilidad de una guerra civil. En el plano exterior, la debacle observada por Manuel se aceleró. Bela III de Hungría conquistó Dalmacia, Croacia y la región de Sirmia. Tras haber incorporado Zeta a la Rascia original, Esteban Nemanja proclamó la independencia del que se convertiría en el Estado serbio.

Chipre, cuya posición estratégica era de una importancia central, se separó del imperio; sin embargo, el golpe fatal provino de los normandos, quienes tras haber tomado Dyrrachium en junio de 1185 se dirigieron contra Tesalónica que cayó en agosto. Luego, Los normandos infligieron a los griegos la misma suerte que estos habían reservado a los latinos tres años antes. A continuación, una parte del ejército normando se dirigió hacia Constantinopla donde reinaba el terror del régimen, el miedo al enemigo y la ira. La revolución estalló y el 12 de septiembre de 1185 los rebeldes capturaron a Andrónico y le ejecutaron.

Dinastía de los Ángeles

Ya bajo los dos últimos emperadores Comneno, el declive del imperio se volvió una realidad y el prestigioso reinado de Manuel parecía lejano. Bajo la corta dinastía de los Ángeles, la situación del Imperio bizantino se agravó, tanto en el plano interior (multiplicación de levantamientos o movimientos separatistas) como en el plano exterior (amenaza latina cada vez más apremiante) hasta la toma de Constantinopla en 1204 que arrastró al mundo bizantino a una crisis sin precedentes.

Con Isaac II Ángelo (1185-1195) comenzó un proceso de disolución interior y exterior que llevó en menos de veinte años a la desaparición del imperio. Los Ángeles, familia relativamente oscura, originaria de Filadelfia (actual Alaşehir), habían ingresado a la aristocracia imperial gracias al matrimonio de la hija menor de Alejo I con Constantino Ángel.

Cuando se convirtió en emperador en favor del levantamiento popular que derrocó a Andrónico, Isaac debió hacer frente a los celos de las familias más antiguas y con más títulos que podían igualmente aspirar al trono. Entonces, escogió apoyarse en la burocracia, lo que significó tomar una política opuesta a la de Andrónico.

Las magistraturas fueron vendidas «como verduras en el mercado», la moneda fue devaluada para pagar a los funcionarios, los impuestos fueron incrementados y los grandes terratenientes se hicieron cargo de la administración civil de los themas que se habían vuelto inoperantes. El síntoma principal de la decadencia del Estado bizantino, es decir, el peso cada vez mayor de la aristocracia terrateniente a expensas de la autoridad imperial, continuó agravándose bajo la dinastía de los Ángeles.

Fue uno de estos nuevos impuestos el que daría inicio al proceso que puso fin al dominio de Bizancio sobre los Balcanes. Con el pretexto de la usurpación del trono por Andrónico, el rey de Hungría había invadido los Balcanes y había llegado hasta Sofía. Incapaz de hacer frente a este peligroa la vez que al de los normandos que habían invadido Tesalónica y avanzaban hacia Constantinopla, Isaac decidió negociar con Bela III, con quien selló una alianza por medio del matrimonio de Isaac con la hija de Bela.

Para pagar los gastos de la boda, estableció un impuesto especial sobre los rebaños. Los valacos que habitaban las regiones montañosas entre el Danubio y Tesalia se negaron a pagar y dos hermanos, Pedro e Iván Asen, tomaron la dirección de una insurrección que pronto se extendió al conjunto de Macedonia y Bulgaria (en 1186).

Se aliaron con los búlgaros que vivían en las llanuras, con los valacos y los cumanos (vasallos de Hungría que vivían al norte del Danubio) y con Esteban Nemanja de Serbia. Pedro tomó el título de zar, mientras que Esteban Nemanja aumentó sus territorios en detrimento del imperio.

De esta manera, los Balcanes se dividieron en dos Estados, sobre los cuales Bizancio no ejercía control alguno. Debilitado por las dos tentativas de golpe de estado del general Alexis Branas, miembro de una familia pretendiente al trono, Isaac debió negociar con Pedro e Iván.

Constantinopla abandonó la región comprendida entre la cadena de los Balcanes y el Danubio: había nacido el Segundo Imperio búlgaro, el cual se extendió pronto a Macedonia, los Ródope y Valaquia.

Las tensiones relacionadas con el paso de la tercera cruzada comandada por Federico Barbarroja sobre el territorio del Imperio bizantino constituyeron el preludio de la catástrofe de 1204. La situación no era mucho mejor en Asia menor. Habiendo partido desde Egipto, Saladino conquistó Siria y había entrado en Jerusalén el 2 octubre 1187.
Luego, se inició la tercera cruzada (1189-1192) comandada por Federico Barbarroja, Felipe II de Francia y Ricardo Corazón de León. Si Ricardo había decidido llegar a Palestina por vía marítima (conquistando Chipre en 1191, la cual estuvo en manos occidentales por siglos), Federico Barbarroja eligió tomar la vía terrestre, cruzando Hungría y los Balcanes.
Para este propósito, selló una alianza con los búlgaros, los serbios y los valacos, felices de tener a un poderoso aliado contra Bizancio. Después de haber acordado en un primer momento el libre paso de los ejércitos de Federico, Isaac se puso en comunicación con Saladino, con quien concluyó un tratado con miras a destruir el imperio alemán. Tras haber empleado la fuerza para atravesar los Balcanes, Federico devastó Tracia y se dirigió hacia Constantinopla, a donde llegó en 1190. Derrotado, Isaac debió aceptar un acuerdo con Federico, por el cual se comprometía a dejar pasar a su ejército sobre su territorio. Durante su larga marcha, el ejército fue continuamente acosado por los turcos que habían sido informados por Isaac del progreso de la expedición, hasta que Federico se ahogó el 10 de junio y su ejército se dispersó.
6 Los otros reinos de Europa

Se discute la fecha precisa en que comenzaron los cambios, ya que algunos historiadores los hacen remontar hasta finales del siglo X, pero en general todos están de acuerdo en que hicieron masa crítica y cambiaron la sociedad europea en el siglo XII.

Por motivos pedagógicos se puede situar dicho período de cambios entre dos hitos históricos determinados, como por ejemplo la Primera Cruzada (1099) y la batalla de Legnano (1176), momento en la que se consolidaron las comunas en el norte Italia, apareciendo un nuevo agente político que disputaba el espacio político a tanto los poderes universales (pontificado e Imperio) como a las monarquías feudales.

Charles H. Haskins, fue el primer historiador en utilizar extensamente el concepto, el de un renacimiento que surgió en la Plena Edad Media, comenzando en torno a 1070. En 1927, escribía que: En ell siglo XII en Europa] fue en muchos aspectos una era de vida fresca y vigorosa. La época de las Cruzadas, la del alzamiento de las ciudades y de los primeros estados burocráticos de Occidente, vio la culminación del Arte Románico y el comienzo del gótico; la emergencia de la literatura vernácula; la resurrección de los clásicos latinos, la poesía latina y el Derecho Romano; la recuperación de la ciencia griega, con sus adiciones árabes, y gran parte de la filosofía griega; y el origen de las primeras universidades europeas. El siglo doce dejó su firma en una educación superior, en la filosofía escolástica, los sistemas jurídicos europeos, en la arquitectura y la escultura, en el teatro litúrgico, en la poesía latina y vernácula.


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